<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252</id><updated>2012-02-16T10:44:08.635-06:00</updated><category term='Cuentos'/><category term='oscuridad'/><category term='brazos'/><category term='avatar'/><category term='beso'/><category term='Observador'/><category term='pacto de sangre'/><category term='doble jota'/><category term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><category term='esperanzas'/><category term='palabras'/><category term='bolero'/><category term='cuidados'/><category term='pacto'/><category term='frases'/><category term='abuelo'/><category term='Tradiciones'/><category term='Año Nuevo'/><category term='alter ego'/><category term='Animales'/><category term='relatos'/><category term='ceguera'/><category term='videojuego'/><category term='Madres'/><category term='cuento'/><category term='bomberos'/><category term='Anécdotas generales'/><category term='microrrelato'/><title type='text'>Jornadas</title><subtitle type='html'>Anteriormente, a los actos en que se dividía una obra teatral se les denominaba "Jornadas".
Me gusta pensar que, como actor principal en el escenario de mi vida, voy poco a poco dando forma a cada una de estas Jornadas, aunque en una manera diferente para este blog: Primero las vivo y luego las escribo. Así que: Tercera llamada. Comenzamos.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>44</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2600522618216499033</id><published>2012-01-16T22:55:00.000-06:00</published><updated>2012-01-16T22:55:42.167-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico – Parte VI</title><content type='html'>&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;La actividad de brindar soporte técnico a usuarios y familiares no es fácil. Por el contrario, puede resultar algo frustrante y lleno de estrés. Sin embargo, también es una labor ampliamente satisfactoria cuando, tras esfuerzos y tropiezos, se logran resolver los problemas que se presentan. Sobre todo cuando estos problemas van acompañados de risas y situaciones que vale la pena recordar. Las siguientes historias no tienen como fin burlarse de ninguna persona, sino compartir algunas de las experiencias que hacen que, todavía hoy, siga amando mi trabajo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;El servidor solitario.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Aunque no se menciona mucho, una de las actividades más tediosas del soporte técnico es esperar. Con frecuencia se llegan a ejecutar procesos que toman una gran cantidad de tiempo para concluir. Los comandos que se teclean pueden no requerir mucho conocimiento o esfuerzo, pero esperar a que todo termine pone a prueba el temple del ingeniero de soporte. No puedo enumerar ahora todos los momentos en que he tenido que pernoctar en las instalaciones de algún cliente simplemente aguardando a que alguna base de datos termine de repararse, a que se la copia de algún grupo de archivos alcance el cien por ciento, o, quizás, a que la restauración de alguna cinta de respaldo logre descargar toda la información necesaria para recuperar algún sistema. Bueno, hasta he tenido que esperar horas para que alguien autorice que se lleve a cabo alguna actividad cuya duración no rebasa los diez minutos. Sin embargo, no todas las esperas son iguales.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Hace ya algunos años, me encontraba en las oficinas de la empresa para la cual trabajaba, cuando un compañero de soporte telefónico se acercó a mí para hacerme una consulta. Resultaba que tenía en la línea a un cliente que insistía en que su servidor se estaba comportando de forma realmente extraña. “Dice que su servidor no quiere trabajar cuando se queda solo”, fue la explicación que mi compañero me dio. Por supuesto, pensé que se trataba de una broma para ver mi reacción. Me di cuenta de que no era un embuste cuando noté que la sonrisa no se hizo presente nunca en su rostro. “Me pide atenderlo en sitio porque por teléfono no es posible ver el comportamiento”, me indicó con el fin de asignarme el extraño caso. Creo que acepté ir más por curiosidad que por otra cosa. Tomé los datos de la dirección y el nombre del cliente y me dirigí inmediatamente al lugar donde aquel servidor reclamaba atención. Nada que un buen ingeniero de soporte no pudiera ofrecer a las almas solitarias de los servidores.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Cuando llegué a las pequeñas oficinas del cliente, me recibió en la entrada una chica que, según el reporte levantado, era la responsable del servidor problemático. Parecía ser una persona sensible y bastante agradable. Después de las respectivas presentaciones y las formalidades de los saludos, nos dirigimos hacia el lugar donde se encontraba el equipo motivo de mi visita.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Es algo muy raro lo que está sucediendo —dijo ella mientras caminábamos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Algo me explicaron pero no entendí. ¿El servidor no trabaja cuando se queda solo? —pregunté esperando que ella se riera de mi pregunta y me aclarara, de forma seria, la situación real.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Sí, como que no le gusta quedarse solo —fue su respuesta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Sé que la tecnología en aquellos años no era tan avanzada como ahora, pero mucha gente podría considerar que las computadoras toman control de nuestras mentes y de todo lo que nos rodeaba. Esto, sin embargo, rebasaba los límites a los que estaba acostumbrado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¿Por qué dices que no le gusta? —pregunté amablemente tratando de obtener más información, quizás algo útil.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Sé que suena tonto —dijo sensatamente—, pero cuando salimos del cuarto donde está el servidor, los usuarios ya no pueden entrar a consultar sus archivos. Ese servidor también tiene los servicios de impresión y, cuando no hay nadie presente en el cuarto, nadie puede imprimir.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¿En serio? —pregunté esperando inútilmente el grito animoso de “¡Sorpresa! ¡Estás en Candid Camera!”. Pero no, no llegó.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Sí. De hecho, si algún usuario se queda en la noche a trabajar, el servidor no funciona hasta que alguien entra en el cuarto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¿No será algún tipo de desconexión o de falso contacto en algún componente? —pregunté.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Eso pensamos al principio, pero el servidor muestra en todo momento actividad en la tarjeta de red. Responde sin problema los “pings”. No, no se desconecta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;No podía creer lo que estaba escuchando, pero estaba ansioso de revisar aquel equipo resentido. En unos minutos llegamos frente a una pequeña puerta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Está aquí adentro —dijo—. Como puedes ver, nadie puede imprimir, pero, en cuanto entremos, la impresora comenzará a funcionar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Ella abrió la puerta y, justo frente a nosotros apareció el servidor. Con un rápido movimiento, la chica encendió las luces y me mostró que el servidor se encontraba encendido. Efectivamente, el servidor no estaba apagado y su actividad parecía normal mientras estuvimos allí. La impresora comenzó a despachar varios trabajos y todo parecía funcionar de acuerdo a lo esperado. Revisé los parámetros de procesamiento y encontré que estaba utilizando apenas un cinco por ciento de su capacidad total. No había nada que indicara que algo estaba mal en aquella pequeña caja. Si acaso, podía notar que el espacio era muy reducido y, quizás, la temperatura resultaba elevada. Mi primera suposición era que, quizás, el calor del lugar provocaba que algún componente comenzara a fallar y provocaba aquel extraño síntoma de soledad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Ahora hay que salir. Cerremos la puerta y verás que la impresora y los accesos a los archivos dejan de funcionar —sugirió ella para que yo pudiera apreciar el tan extraño fenómeno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Efectivamente, después de unos minutos de haber abandonado el pequeño cuarto, se escucharon los reclamos de los usuarios porque habían perdido el acceso a sus archivos. Repetimos el proceso de entrar en el cuarto del servidor y rápidamente busqué que algún proceso estuviera siendo ejecutado e interrumpiendo el funcionamiento del equipo. No encontré nada. Los usuarios pudieron volver a imprimir y a tener acceso a sus archivos. Todo parecía funcionar bien una vez que entrábamos en aquel lugar. La situación ya era de por sí extraña, pero ese día aprendí que nunca es demasiado cuando de rarezas se trata. Escuché la voz de mi clienta preguntando:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Oye, ¿no será problema que es un servidor “stand-alone”?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;No, no, no. De verdad que no podía ser cierto lo que estaba escuchando. Esta vez sí estaba esperando la risa, la sonrisa, algo que me hiciera suponer que no lo decía en serio. De reojo miré su rostro y, al ver que hablaba en serio, no pude más que, con un movimiento violento, tomar el teclado del servidor y machucarme intencionalmente los dedos para evitar reírme.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¡Aauch! —grité de dolor, pero logré exitosamente deshacerme de mis deseos de soltar una carcajada—. Perdón, no sé cómo ocurrió eso. Pero no te preocupes, estoy bien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¡Qué bueno! ¿Pero cómo ves entonces lo del “stand-alone”?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Otra vez el teclado azotó sobre mi mano y un nuevo gritó salió de mi boca. No podía permitir que una risa burlona emergiera ante una clienta que apenas conocía. Si escuchaba nuevamente aquello de “stand-alone” como posible diagnóstico, estaba dispuesto a renunciar a mi cordura y a comenzar a arrojar cosas con el peligro de que gente inocente resultara lastimada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¡Otra vez! Disculpa, creo que es el poco espacio que hay aquí.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—Tal vez. ¿Pero no crees entonces que eso del “stand”...?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;—¡No! —grité rápidamente sin estar dispuesto a romperme algún hueso. Ni siquiera el teclado merecía romperse por una tontería de ese tamaño.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Tenía que haber alguna explicación lógica, pero que el servidor se sintiera solo no era una. Necesitaba pensar y aquella chica sentimental no me dejaba. Tuve que decirle que el hecho de que fuera “stand-alone” era precisamente para evitar ese tipo de comportamiento: Era para “estar solo”. No podía creer que le hubiera dicho eso, ni que ella me lo hubiera creído. Pero tenía que encontrar la forma de formular alguna hipótesis válida y conservar mis dedos completos, así que le pedí un momento a solas con ese desgraciado y estúpido insensato. El servidor, por supuesto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Instalé varias herramientas de monitoreo y registro de actividades. Todo lo que ocurriera en el servidor quedaría registrado en los archivos de diagnóstico. El plan era dejar ejecutándose todas esas herramientas mientras “abandonábamos” al servidor. Cuando su soledad lo hiciera suspender sus labores diarias, esperaríamos un momento para que las herramientas pudieran recolectar la información suficiente y, con suerte, podríamos determinar con mayor lógica lo que estaba ocurriendo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Así que dejé todo listo y me preparé para dejar el cuarto del servidor. Apagué la luz y, en voz más alta de lo normal, anuncié mi salida al equipo. Claro, quería asegurarme de que el servidor supiera que me iba y lo dejé ahí, en su rol maldito de “stand-alone”. Cerré la puerta ruidosamente y marqué mis pasos fuertemente por el pasillo hasta que el sonido de mis zapatos se fuera desvaneciendo mientras avanzaba. Normalmente, sólo era necesario dejar pasar unos cuantos minutos para que la soledad del servidor se manifestara en la incapacidad de los usuarios para acceder sus archivos o para mandar a imprimir. Pude percibir al final del corredor que un usuario comenzó a quejarse de que —otra vez — el servidor había dejado de funcionar. No quise arriesgarme a enfrentar un capricho parcial que arrojara poca evidencia y decidí esperar a que una cantidad mayor de usuarios elevara más insultos hacia el desdichado equipo. Yo estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario, estaba acostumbrado a ello. Podía esperar horas a que ocurriera algo, o a que no ocurriera nada. Esa no sería una situación que me pudiera incomodar. Aquel servidor acomplejado no me iba a derrotar en una batalla donde yo dominaba el terreno, las armas y contaba con una mejor estrategia. Por supuesto, no me precipité en cantar victoria. Las consecuencias de una soledad prolongada pueden ser impredecibles.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Cuando los usuarios comenzaron a enfurecerse y a traer recordatorios familiares a la “memoria” del servidor (quizás en afán de recordarle que no siempre había estado solo), decidí regresar al oscuro cuarto de cómputo y revisar las estadísticas registradas. Los resultados no se hicieron esperar. Durante los primeros minutos, la actividad del servidor había sido la esperada. Sin embargo, el uso del procesador se incrementó repentinamente al cumplir cinco minutos de “abandono”. De hecho, el procesador estaba siendo utilizado casi al cien por ciento de su capacidad. Así se mantuvo hasta que entramos y desactivamos las herramientas de monitoreo. Revisé el registro cuidadosamente para determinar el proceso que estaba usando de forma tan exhaustiva el preciado recurso de procesamiento. Los archivos de diagnóstico mostraron varias referencias hacia un archivo llamado OpenGL3D.scr.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Al ver la extensión .scr supe que se trataba de un protector de pantalla. En ese momento, mi clienta entró al pequeño cuarto del servidor. “¿Usan protector de pantalla en el servidor?”, pregunté sin esperar a que ella respondiera. Verifiqué la configuración y noté que el protector de pantalla usado era un graficador de figuras geométricas que, aleatoriamente, cambiaba su posición y su forma. Sí, se veía muy bonito, resultaba impactante la manera en que aquellas figuras proyectaban su sombra contra una pared ficticia. El problema era que, para poder generar todas aquellas líneas, sombras y rellenos, empleaba el procesador a toda su capacidad mientras realizaba todos los cálculos matemáticos necesarios que el protector de pantalla necesitaba. Claro, en esta heroica acción, los procesos de acceso a archivos y de impresión pasaban a un último término. ¡Qué importaba si los usuarios no podían trabajar cuando el protector de pantalla (que nadie podía apreciar) generaba sus caprichosas formas! Tal y como lo mostraban los archivos de diagnóstico, el protector de pantalla se activaba a los cinco minutos de inactividad y no tenía configurada ninguna contraseña. Por eso, cuando alguien llegaba a revisarlo, desactivaba inmediatamente el protector de pantalla en el primer movimiento del ratón y los usuarios podían ser atendidos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Cambié la configuración del protector de pantalla a una aburrida plantilla negra sin movimiento. Hicimos la prueba de volver a abandonar al servidor y esperamos varios minutos. Esta vez nadie se quejó. Mi clienta, sin embargo, no parecía muy convencida de que aquella fuera una buena solución. Sin expresarlo abiertamente, me dio a entender que el hecho de que el servidor fuera “stand-alone” ya era algo lo suficientemente negativo como para que, encima de todo, le hubiera configurado un protector de pantalla que simulaba un monitor apagado. “Va a estar bien”, le dije mientras le extendía mi reporte de servicio. Ella lo firmó y me retiré dejando a mi clienta en su desconcierto. Me pareció ridícula su idea de pensar que un servidor necesitara compañía para poder trabajar. Llamé a la oficina para reportar que el problema había sido resuelto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Pudo haber sido una situación en que mi clienta quedara eternamente impactada ante el diagnóstico recibido, así que decidí compensar un poco la imagen negativa que seguramente dejé en ella y, en la siguiente oportunidad, le ofrecí que asistiera a una plática donde un experto hablaría de nuevas tecnologías. “Creo que te gustará saber que, con esta nueva tecnología, dos o más servidores pueden trabajar juntos como uno. Les llaman Clústeres”. Ella sonrió de inmediato y aceptó ir a la plática. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;b style="mso-bidi-font-weight: normal;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Fuera de la jaula de cristal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/b&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Uno de los lugares donde un ingeniero de soporte técnico podía pasar gran parte de su tiempo era dentro de los Centros de Cómputo que, normalmente, se utilizan para mantener resguardados los servidores y alguno que otro equipo adicional relacionado con el servicio de cómputo. Estos Centros de Cómputo (a los que comúnmente se les llama Sites) cumplen con tres características principales: son ruidosos, fríos y les faltan lugares para sentarse. El aire acondicionado utilizado en esos espacios es la causa principal del ruido y del frío. Supongo que la falta de lugares para sentarse es una consecuencia de la errónea creencia de que hay que estar loco como para pasar un tiempo considerable dentro de aquellos escandalosos congeladores. O quizás, en una buena acción, quienes diseñan los sites procuran proteger a quienes entrar para no morir congelados en la silla por falta de movimiento que produzca calor corporal.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Sea como fuere, el caso es que el ingeniero de soporte técnico debía enfrentarse ante tan inclementes condiciones de trabajo y quedarse parado frente a un monitor mientras trataba de solucionar algún problema. Actualmente, esta práctica se ha ido reduciendo gracias a la capacidad de poder conectarse a los equipo de manera remota y controlar casi todas sus funciones como si se estuviera trabajando justo frente al equipo. Sin embargo, hace algunos años, entrar a un centro de cómputo era una actividad bastante común. A algunos nos resultaba bastante frecuente también.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;De hecho, uno podía darse cuenta del nivel tecnológico de un cliente simplemente con ver su site. La mayor parte del tiempo, contaban con vidrios que hacían las labores de paredes y ventanas a la vez. Pero las diferencias entre unos y otros comenzaban desde la puerta. Los más sencillos contaban con una vil puerta de aluminio con una manija de fácil accionar para poder abrirla. Los más modernos contaban con lectores biométricos para reconocer huellas digitales, la palma de la mano completa o, incluso, la retina ocular. Normalmente, contaban también con puertas corredizas que daban la impresionante sensación de retirarse en un gesto cortés para ceder el paso.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Uno pensaría que en los Centros de Cómputo más modernos podrían encontrarse mejores condiciones de trabajo. Claro, me estoy refiriendo a las condiciones de trabajo que los servidores requieren, no los ingenieros de soporte. Pero esta ocasión no quiero platicar sobre estas modernas jaulas de cristal ni de los volubles servidores que las habitan (y a los cuales deben los ingenieros de soporte técnico sus más grandes temores, sus frustraciones, pero también su amor propio y su prestigio, bueno o malo). No, esta vez quisiera platicar sobre lo que ocurre alrededor de ellos, sobre todo en las largas noches donde, muy frecuentemente, hay alguien laborando.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;u&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;La niña del site.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/u&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Una de las historias que ha permanecido como tatuada en mi memoria se refiere al site de un cliente donde, según contaba la leyenda, se aparecía una niña a medianoche. Sí, sé lo que deben estar pensando… bueno, no, no lo sé. Pero sí sé que por mi cuerpo pasó un fuerte escalofrío que realzó cada poro de mi piel cuando me lo dijeron a mí. Quizás fue por el hecho de que, justo esa noche, tendría que estar trabajando ahí. Adivinaron, a la medianoche. Al principio, intenté no pensar en aquel cuento urbano que mi cliente había osado confesarme. Imaginé que, para hacer un poco más amena la jornada de trabajo nocturno, quiso darme algo en qué pensar. “Dicen que es una niña que murió hace años encerrada en un cuarto, justo allí, donde está hoy el site. Pero no te preocupes, no hace nada”, aclaró el cliente. “Sólo camina hacia el site y se queda viendo fijamente, después se va”, concluyó. “¡Ah, menos mal!”, recuerdo que pensé. Pero luego me pregunté si estaba preparado para ver un fantasma infantil mirándome mientras yo trabajaba. ¿Y si esa noche aquella niña espectral decidía cambiar su comportamiento y desquitar su muerte sacrificando a alguien más justo en el lugar donde ella murió? Claro, eran patrañas. Pero les aseguro que, al estar justo allí, a su entera merced, las patrañas se toman muy en serio. “Llámame cuando todo esté arreglado”, me dijo el cliente. “¿No te quedarás?”, pregunté suplicando por un “sí”. Su única respuesta fue una risa burlona y se despidió, como a eso de las nueve de la noche.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Hago nuevamente énfasis en el ambiente que se genera dentro de un site de servidores. Es como un infierno congelado donde las almas de los servidores claman por aire fresco mientras son sometidos a trabajos forzosos que los hacen resoplar y vibrar para sobrevivir. El ruido lentamente se hace monótono y los visitantes dejan de escucharlo al cabo de unos cuantos minutos, pues sus oídos se cierran ante semejante caos. El frío, sin embargo, es algo que ni propios ni extraños pueden ignorar o eludir, el temblor que invade sus cuerpos lo hacen evidente. Pero, a diferencia de un averno común, en los sites es posible hundirse en la soledad de los propios pensamientos sin sentir ningún tipo de castigo o penitencia. Claro que, por supuesto, no pasa uno allí la eternidad purgando pecados. Pero, a veces, eso no sería tan malo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;El caso es que, al acercarse la medianoche, mi pulso se aceleró y yo traté de concentrarme insistentemente en la labor que estaba realizando con los servidores. Labor que, por cierto, no recuerdo ahora. Sólo recuerdo que, cuando el reloj del servidor donde estaba trabajando cambió de las 11:59 PM a las 12:00 AM, mi única reacción fue voltear rápidamente hacia afuera del site. Los grandes vidrios que fungían como paredes del lugar permitían ver claramente todo lo que ocurría a sus alrededores. Justo a esa hora, por encima de todo el ruido que había en el site, se escucharon unos pequeños pasos. Dejé lo que estaba haciendo y un temblor invadió mi cuerpo, tomando el lugar de mi voluntad. Permanecí inmóvil y sin poder decir palabra. Fuera del site, las luces estaban apagadas en su mayoría, pero la luz generada dentro del site iluminaba perfectamente los sitios aledaños. Los pasos continuaban pero no percibí nada que se estuviera moviendo. Luego un llanto se escuchó. Era un llanto como de bebé, no de una niña que pudiera ir caminando por el pasillo. Igual me paralizó. ¿Dónde estaba yo más seguro? ¿Adentro o afuera del site? No importaba. No podía dar un solo paso por la impresión. Los chillidos se hicieron más intensos, también mi miedo. Estaba esperando que, en cualquier momento, apareciera la niña, o el bebé, o alguna extraña combinación, y se acercara hacia mí. Estaba dispuesto a gritar, a romper los vidrios si era necesario, a defender mi inocente vida a como diera lugar. Pero nada ocurría ante mis ojos. Los gritos, sin embargo, se hicieron tenues, casi imperceptibles, lejanos. Tampoco escuché nuevamente los pasos. Al cabo de unos minutos sólo el ruido del aire acondicionado y el rugir de los servidores se escuchaban en el site. Extrañado, decidí no mover un solo músculo que delatara mi presencia. Estaba a punto de soltar un suspiro de alivio cuando las luces del site se apagaron y quedé en medio de las tinieblas. Un gritó sonó fuertemente dentro del site y yo brinqué lleno de terror como la única reacción que encontraba viable ante tan tremenda situación. Las luces se encendieron de inmediato y, con la vista, comprobé que estaba solo. Sí, el grito que había escuchado había sido mío y las luces sólo obedecían al sádico sensor de movimiento que las controlaba. Como había pasado un buen rato en que no me había movido, se apagaron unos momentos antes. Pero, al detectar mi increíble brinco de pavor, volvieron a encenderse. Dejé que mi corazón volviera a tomar su ritmo normal y que mi respiración no opacara el sonido del aire acondicionado, terminé mi trabajo y me largué de allí lo más rápido que pude.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Al día siguiente, ya con unas horas de reposo en el cuerpo, me reporté con el cliente para darle el resultado del trabajo que había estado yo realizando en la noche. Le expliqué cada una de las actividades realizadas y le dije que, en el transcurso del día, le haría llegar el reporte final. Él agradeció y, justo antes de que yo alcanzara a colgar el auricular del teléfono, me preguntó: “¿Todo bien anoche?”. Hubiera considerado aquélla como una pregunta atenta de no haber sido por la risa, casi carcajada, que escuché al otro lado de la línea. “Sí, todo bien”, contesté secamente. “Oye, disculpa por la broma que te hice ayer. Le cuento la misma historia a todos los proveedores. Es como un sucio vicio que tengo”, se rio aún más. “Pero, como pudiste darte cuenta, no pasó nada. No hay ninguna niña que vaya a visitar el site. Espero que puedas disculparme por tan infantil broma pero no puedo evitar hacerla”, dijo todavía riendo y colgó el teléfono. Si su confesión tenía por objetivo que me sintiera más tranquilo, creo que el tipo no debería ir con ningún sacerdote so riesgo de quedar excomulgado o exorcizado. “¿Y los pasos? ¿Y el llanto? ¿Los gritos?”, me pregunté todavía con el auricular en la mano. Traté de acomodarle una explicación razonable a toda la situación, traté de olvidarme del hecho, pero, como pueden ver, aún no lo he logrado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Así como esta, existen otras historias que giran en torno a los lugares que los ingenieros de soporte eran obligados a visitar de forma regular hace algunos años. Leyendas hay muchas, anécdotas aún más. Ya habrá tiempo de contar el resto y compartir un poco de esta apasionante y aterradora actividad.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 10pt;"&gt;&lt;span style="font-family: Calibri;"&gt;Hasta la próxima anécdota. O, quizás, hasta la próxima historia de ultra-site.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2600522618216499033?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2600522618216499033/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2012/01/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-vi.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2600522618216499033'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2600522618216499033'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2012/01/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-vi.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico – Parte VI'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2163992459136968413</id><published>2012-01-02T06:53:00.000-06:00</published><updated>2012-01-06T13:27:41.198-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='doble jota'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='ceguera'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='brazos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='oscuridad'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Año Nuevo'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>A Brazos</title><content type='html'>&lt;p&gt;Ocurrió un día de escuela mientras iba caminando bajo el intenso calor del sol. Sin notar el momento preciso, dejé de percibir los edificios que se encontraban a mi derecha y junto a los cuales repartía mis pasos. Fue una sensación extraña pues me pareció increíble que hubieran desaparecido así nada más. Dirigí curiosamente mi mirada hacia el lugar donde acababa de ver aquellas construcciones y, con cierto alivio, pude descubrir que no habían ido a ningún lado. Seguían allí. Sin embargo, con miedo noté que algo más desaparecía a mi derecha. Pero al virar con fuerza mi cabeza, constataba que todo permanecía justo donde debía estar. No eran las cosas las que desaparecían, era la vista en mi ojo derecho la que me estaba abandonando paulatinamente.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sería una mentira decir que fue una oscuridad la que invadió mi cabeza. No, fue justo lo contrario. Lo único que mi ojo derecho pudo percibir fue un brillo descontrolado que no me dejaba ver. Traté de disimular el síntoma y cerré, en una especie de castigo, aquel ojo traidor que ahora se volvía en mi contra para evitar mostrarme el mundo. Nada cambió. Era como si aquel destello proviniera de mi interior y deslumbrara mi vista. Pensé que el calor me estaba jugando una mala broma y decidí detenerme por unos instantes para tranquilizarme y regresar a la normalidad. Pronto la luz abarcó ambos ojos y, en una inesperada complicidad, me prohibieron volver a ver. No quiero volver a describir la sensación terrible que me recorrió en esos momentos, cuando el miedo me tomó como presa y la vida me ofreció como sacrificado a cambio, espero, de una buena causa.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El caso es que desde ese momento quedé ciego. Esa luz intensa que conformó mi última visión terminó por apagarse definitivamente aprovechando la inconsciencia que tomó el control de mi cuerpo. De eso han pasado ya muchos años. Veintiuno. Quizás veintidós. Es difícil recordar cuando lo que se desea es olvidar. Creo que los primeros meses de mi ceguera fueron los más difíciles, los más aterradores. No era la oscuridad en que vivía lo que me asustaba, sino todo el mundo que cobraba vida bajo la luz que yo no percibía. Mis más absolutas certezas se convirtieron en amplias inseguridades. Mi andar se hizo lento e indeciso ante el misterio que el camino representaba ahora. El dolor de cada golpe recibido se transformó rápidamente en vergüenza, y la vergüenza en incapacidad. Nadie se explicaba la razón de mi desgracia, sólo supe que, irreversiblemente, mis ojos no podían ahora más que llorar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así comenzó mi nueva vida, con incertidumbres y sin esperanzas. Quisiera poder decir que salir de mi casa representó todo un reto. Lo cierto es que el solo hecho de bajar de mi cama me significó algo similar a abandonar mi propia tumba. Día tras día, tropiezo tras tropiezo, comencé a conocer nuevamente un universo que creía había haber dominado desde siempre. Incluso mi cuerpo me resultaba desconocido, ¡ni hablar de mi propia habitación! Pero fui encontrando formas para ir recorriendo los espacios, buscando las luces que sólo mi espíritu llegó a vislumbrar. Como semilla recién plantada, la confianza en mí mismo parecía no retoñar. Requería tiempo, paciencia y constancia. Y así, a cada paso, literalmente, encontré el camino hacia una aventura que, de otra forma, no hubiera logrado apreciar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día abrí la puerta que, por tanto tiempo, no me había atrevido a cruzar. Sentí el viento en mi cara y, extraño como suena, sentí la luz posarse sobre mí. Los sonidos invadieron mi mente y formaron imágenes que tenía mucho tiempo sin ver, imágenes que quizás nunca había podido reconocer. Caminé con los brazos extendidos, apoyado sólo con un delgado bastón que dirigía torpemente para tratar de identificar los obstáculos que mi andar pudiera encontrar. ¿A dónde iba? Sé que parecerá estúpido pero me justificaba contestándome a mí mismo: "A respirar". Quería llegar al parque y recorrer sus paisajes, oler la fragancia de sus colores, escuchar sus formas, tocar todos sus movimientos.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero mi atrevimiento fue castigado casi de inmediato. En los primeros metros que recorrí para acercarme a mi destino me topé con estorbos que mi bastón no pudo detectar. No hablo de obstáculos que mis pies no pudieran evadir, ni de muros que interrumpieran mi decisión de avanzar. No, hablo de limitaciones que sólo ciertos humanos son capaces de edificar. Justo antes de disponerme a atravesar la primera calle, escuché la fuerte voz de un automovilista que, con palabras más o con palabras menos, reclamaba su derecho de paso por sobre el mío. Lo peor, sin embargo, fue que a fuerza de gritos atribuyó mi ceguera a mi estupidez. Ciertamente, me detuve, pero no para evitar ser arrollado, sino para acreditar aquellas palabras que acababa de escuchar y que, como sólidas cadenas, arrancaban mi determinación y buscaban arrastrarme de regreso a mi oscura habitación. Había comenzado a dar la media vuelta cuando de mi brazo colgó el peso de la bondad. "¿Lo ayudo a cruzar?", dijo una voz de mujer que sonaba alegre y atenta. Por supuesto, no pude verla, pero sabía que ella sonreía en ese momento. Su sonrisa se contagió en mi rostro y la cadena que luchaba por retener mi disposición terminó hecha añicos, tanto que casi pude escuchar los pedazos caer sobre el piso. Ella tomó mi sonrisa como un "sí" y me llevó cuidadosamente hacia el otro extremo de la calle. "¿Hacia dónde va?", preguntó en cuanto subimos la banqueta. "Al parque", contesté pensando en las siguientes tres cuadras que me separaban de él. "Vamos, lo llevo", dijo ella desprendiendo cierta emoción en sus palabras. Dejó de tomarme del brazo y, a cambio, colocó mi mano sobre su propio brazo y me condujo hacia el parque.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Su nombre era María Juana pero todos la llamaban Juanita, según me contó. A juzgar por la fuerza de su brazo, pude deducir que se trataba de una persona con un temple excepcional. Había también, en la forma en que me dirigía, una delicadeza que pocas veces había podido notar en una persona. Al principio, supuse que su compañía sería pasajera, pero ella decidió quedarse durante todo el tiempo que estuve en el parque. Si bien no estaba en mis planes que alguien pudiera disolver mi soledad en sus palabras, no puedo negar que lo disfruté enormemente. Hacía mucho tiempo que nadie parecía interesado en mi vida y, justo ese día, Juanita avivó mi propio interés. Los paseos al parque se hicieron pronto una costumbre y el brazo que guiaba mi camino se hizo tan familiar como si, a través de él, pudiera ver a Juanita. Ella me decía José, pese a que yo me presenté oportunamente como Raúl. Nunca la corregí, quizás porque decía que formábamos "la doble jota": Juanita y José.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por supuesto, Juanita no podía estar presente todas las ocasiones en que a mí me placía salir a indagar en el mundo. Inesperadamente, aunque gratamente, otros brazos ofrecieron su apoyo para que yo pudiera llegar a mi destino. A veces, aquellos brazos me acompañaron para cruzar una calle en específico; otras veces, para recorrer algunas cuadras; otras más, hasta asegurarse de que había yo llegado con bien a la vieja banca donde siempre me sentaba. Sólo Juanita se quedaba a platicar conmigo todo el tiempo. Pero pronto aprendí a distinguir que, dependiendo de la fuerza con que aquellos brazos me sostenían, de la posición que empleaban para brindar el apoyo, de la suavidad de sus movimientos o de la rapidez con que me soltaban, siempre había una relación con la personalidad de quien me ayudaba. Podría decir que incluso el calor que cada brazo transmite tiene que ver con la calidez humana de su dueño. En una ocasión pude sentir el dolor que un muchacho sentía sólo con aferrarme a su antebrazo. No dijo nada y yo sólo acerté a decir: "Todo va a estar bien". Él separó mi mano de su brazo pero enseguida me cubrió en un afectuoso abrazo y, con el rostro recargado sobre mi cabeza, dijo "Gracias". Sentí una gota salada cayendo sobre mi labio y el muchacho se retiró a toda prisa.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No quiero decir que cuente con algún don especial con esto de los brazos, pero es casi como percibir una mirada triste o mirar la verdad en los ojos ajenos. De alguna forma, cuando una persona extiende sus brazos con la intención de ayudar, abre también su corazón hacia quien necesita la ayuda, y eso puedo percibirlo mientras avanzo a su lado. Le comentaba este pensamiento a Juanita en una de las incontables veces en que, afortunadamente, me acompañó hacia el parque (y uso el verbo "acompañar" porque, después de las primeras veces, ofrecía su brazo más como cómplice que como guía). Ella quedó en silencio unos momentos y se me hizo evidente que dirigía su mirada hacia mí. De alguna forma, supe que sus ojos estaban llenos de asombro y sólo pude preguntarle: "¿Es muy tonto lo que acabo de decir?". A manera de respuesta, de sus labios llegó una sensación cálida y húmeda a mi mejilla y, de inmediato, recorrió en forma de escalofrío el resto de mi cuerpo. Luego, sus palabras se dejaron escuchar en mis oídos:&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;"Nada de tonto. Lo que pasa es que has aprendido a mirar a la gente más allá de su apariencia. Quienes podemos ver confiamos demasiado en nuestros ojos, aun sabiendo que tienen grandes limitantes, sobre todo en los momentos más oscuros. José, tú no tienes el prejuicio de la luz, lo que percibes es justamente los que, quienes te sostienen, te transmiten. No influyen en ti las pantallas de las apariencias.".&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para ser completamente honesto, nunca había creído que mi ceguera hubiera tenido algún beneficio. Por el contrario, siempre me había considerado el mayor de los desgraciados. Pero ante las palabras de Juanita me quedé sin saber qué decir. He omitido mencionar el enorme sufrimiento en que las personas ciegas nos hundimos a veces a causa de la discriminación y las limitantes que encontramos; y la razón por la cual decidí omitir mayor detalle es porque, simplemente, no son mayores que las limitantes y humillaciones que personas con todos sus sentidos pueden llegar a sufrir. La única diferencia, es que algunos tenemos un pretexto notorio para dejarnos arrastrar hacia la desesperación. Curiosamente, me sigue costando trabajo reconocer los regalos que la vida me ofrece y gente como Juanita me ayudan a salir de mi autocompasión y buscar nuevos horizontes. Desde ese momento, decidí que no volvería a poner mi ceguera como excusa para no vivir mi vida y acepté con gusto los retos que, en la intención de sentirme vivo, se me fueron presentando. Una ocasión, una amiga de ella me sugirió subir a un globo aerostático. La única condición que pude poner fue ir todo el tiempo aferrado a su brazo. Ella y Juanita me acompañaron en la travesía aérea que estuvo llena de sensaciones. Al menos para mí, el paisaje no fue un distractor y me concentré en las subidas, las bajadas, el aire en mi cara y, sobre todo, en la emoción que Juanita y su amiga depositaban en mis brazos. Fue una experiencia inolvidable. "Fue como acercarse a Dios", comentó Juanita cuando descendimos a tierra. Su brazo seguía temblando de la excitación.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En las recientes celebraciones de Año Nuevo, Juanita me invitó a caminar por el parque y me hizo una pregunta inusual: "¿Cuáles son tus propósitos de Año Nuevo?". Obviamente, cuando dije "inusual" me refería a que nadie me la había hecho en los últimos años. Por la misma razón, mi respuesta requirió de mucha reflexión y algún tiempo en silencio. Mientras lo pensaba, sabía que Juanita sonreía satisfecha. Finalmente, accedí a contestar: "Este año quiero viajar y conocer otros lugares. No conozco la playa". Ella tomó con fuerza mi brazo y emocionada dijo: "¡Es una estupenda idea!". Sin dejarla decir nada más, solté mi pregunta temiendo que ella notara el nerviosismo en mi cuerpo: "¿Irías conmigo?". Ella imprimió aún más emoción en la forma en que me sostenía y contestó casi de inmediato: "¡Sí, por supuesto! ¿Cómo te gustaría viajar?". Sólo pude emitir una respuesta basada en mis sentimientos: "A brazos, Juanita. A brazos.". Ella derramó una lágrima de alegría cuando contestó: "Abrazos, José. Abrazos.". Y me besó.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2163992459136968413?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2163992459136968413/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2012/01/brazos_02.html#comment-form' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2163992459136968413'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2163992459136968413'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2012/01/brazos_02.html' title='A Brazos'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-159369266192760138</id><published>2011-10-25T16:57:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:41.022-06:00</updated><title type='text'>Cuando sueño contigo</title><content type='html'>&lt;p&gt;No me ocurre todas las noches pero hay ocasiones en que mi noche se llena con un sueño. Y, a veces, el sueño se vuelve anhelo.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, tu voz pronuncia palabras que en tu sonrisa puedo interpretar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, recuerdo lo que no hemos vivido para no llegarlo a olvidar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, mi alma descansa, mi cuerpo se exalta y mi corazón te abraza.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, mis esperanzas se colman, mis miedos se pierden, mis lágrimas se borran.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, tu risa me regocija, me sosiega, me levanta.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, tus brazos me abarcan, me hacen tuyo, nos vuelven uno.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, tus lágrimas me arrastran, tu llanto me ahoga, tu mirada me salva.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, la calma me seduce, la serenidad me provoca, el miedo fracasa.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, la vida se renueva, la belleza aflora, la maldad se sofoca.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando sueño contigo, sabiéndote por siempre ausente, la pesadilla del despertar me destroza.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y hoy soñé contigo, papá.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-159369266192760138?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/159369266192760138/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/10/cuando-sueno-contigo.html#comment-form' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/159369266192760138'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/159369266192760138'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/10/cuando-sueno-contigo.html' title='Cuando sueño contigo'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-8933025531342731675</id><published>2011-06-21T10:19:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.990-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='pacto'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='abuelo'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='pacto de sangre'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuentos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='relatos'/><title type='text'>Pacto de sangre</title><content type='html'>&lt;p&gt;&lt;img align="left" src="http://juliolr.files.wordpress.com/2011/06/062111_2019_pactodesang1.jpg" alt="" /&gt;Escucho en el altavoz las monótonas instrucciones para ajustar mi cinturón de seguridad, las órdenes para poner en posición vertical mi asiento y para colocar la charola de alimentos en su lugar. No necesité acatar una sola de ellas pues alguien más se había hecho cargo ya. Escucho lo que, supongo, son  las mismas instrucciones y órdenes pero en un idioma que no comprendo. Supongo, una vez más, que es inglés. Increíble que la monotonía de las palabras sea independiente del idioma en que son pronunciadas. El viaje está por comenzar. Dos emociones surgen de las profundidades de mi ser cuando el avión inicia su lento recorrido hacia la pista: Fascinación y terror. Es mi primer viaje en avión y tengo la curiosidad de saber qué se siente dejar de tocar el piso y de moverse a velocidades enormes por los cielos. Después de un recorrido casi fúnebre, el avión llega a lo que parece ser el inicio de la pista y se detiene por completo. La ansiedad comienza a apoderarse de mí cuando, sin saber por qué, quiero que el avión avance y, al mismo tiempo, imagino que se ha detenido por alguna falla mecánica y entonces deseo que siga sin moverse. Aún no logro decidirme sobre qué opción prefiero cuando una fuerza invisible me arroja repentinamente hacia atrás manteniéndome pegado al respaldo de mi asiento. El avión ha iniciado su carrera a toda velocidad por la pista y se dispone a, lentamente (esa impresión me dio), ir abandonando la seguridad del piso. Conforme vamos ascendiendo, mi estómago se reduce a su mínima expresión pues, en varias ocasiones, siento como si cayéramos al vacío. Mis brazos están tensos y un súbito sudor recorre las palmas de mis manos, quizás otras partes de mi cuerpo también. Recuerdo que las experiencias que he logrado vivir a mis siete años de edad han sido todas con mis pies aferrados a la tierra (lo más que he podido), por lo que puedo decir que la fascinación que sentía acabó justo durante el despegue y sólo ha quedado el terror. Después de un buen rato de sacudidas y de las tan mentadas "turbulencias" (que las asistentes del vuelo insisten en nombrar como "normales"), el avión se ha mantenido estable y he comenzado a tranquilizarme y a pensar que las casi cinco horas que le restan al viaje van a ser poco menos que eternas. Visto el mundo desde donde estoy, desde mi ventanilla, el avión da la impresión de ir avanzando muy despacio. Por cierto, mi nombre es Octavio y, según me han dicho (aunque nadie tenía que aclarármelo), soy un "menor que viaja solo". O al menos así me han identificado a bordo. Supongo que se refieren a que ninguna de las personas con las que comparto el aeroplano es familiar mío. Esa parte es cierta, ni mi madre, ni mi padre, ni ninguna otra persona que yo conozca viaja conmigo. Pero no, lo menos que estoy es solo. Y no lo digo refiriéndome a toda la gente que me acompaña en el avión. Ni siquiera porque la señora gorda con vestido de flores que se encuentra sentada a mi lado haya intentado hacerme la conversación en más de una ocasión. Tampoco lo digo porque la niña que hoy viaja sentada al otro lado del pasillo me haya parecido agradable y que, en un par de ocasiones, me haya lanzado miradas de curiosidad a las que yo respondí con una tímida sonrisa. No, la soledad no me acompaña este día pues su lugar dentro del avión lo ha ocupado el recuerdo silencioso de una de las personas que más quiero en este mundo (y en cualquier otro, supongo). Me refiero al Abuelo, a quien no quiero catalogar como un familiar, ni como un amigo, ni como un compañero, sino como lo que en realidad es: un cómplice. Mi cómplice. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde que mi memoria ha podido hacer conscientes los recuerdos que mis neuronas protegen celosamente cerca de algún surco de mi cerebro (creo que lo leí en alguna enciclopedia infantil), el Abuelo ha vivido en la casa de mis padres (en la mía, por supuesto). Desafortunadamente, también desde que recuerdo, el Abuelo se ha mantenido casi inmóvil recostado en una cama en su propia habitación, siendo como un mueble más. Nunca he sabido qué enfermedad es la que lo mantiene postrado todo el tiempo, ni por qué, durante años, todo el mundo lo ha llamado así, Abuelo. Hasta donde tengo entendido, el único social y familiarmente habilitado para llamarlo así soy yo, pues soy, legítimamente (ilegítimamente también), su único nieto. Pero tanto mi madre (hija del Abuelo), mi padre, mis tíos y todos los que hoy sé que pertenecen a la familia, lo llaman Abuelo. Ignoro si este apodo sea de su agrado total pero no puede hacer nada al respecto. Muchos doctores han ido a revisarlo, le han aplicado cientos (tal vez miles) de exámenes y ninguno ha podido aclarar por qué el Abuelo no habla. Unos han tratado de explicar que una parálisis parcial ha afectado su habla, otros lo han atribuido a problemas neurológicos. Nada ha sido concluyente. Pero un hecho contundente es que, desde hace como nueve años, cuando él tenía 65, el Abuelo no volvió a pronunciar palabra. He escuchado versiones familiares que lo atribuyen a que la Abuela, su compañera de toda la vida (a quien no tuve la oportunidad de conocer), dejó este mundo y lo dejó a él también. Desde entonces, dicen quienes parecen saber, él no encontró ya ninguna razón para expresar lo que sentía, lo que quería, lo que pensaba. Simplemente, ya no tenía motivos para hablar. Sea como fuere, su salud fue decayendo con el paso de tiempo. A su mutismo se sumó la falta de apetito, la incapacidad para caminar, la debilidad general de su cuerpo y un aspecto tétrico producido por el creciente hundimiento de sus ojos. No quisiera que él se enterara, pero su cara me daba miedo. Y no son las arrugas que corroen insistentemente su rostro las que me asustaban, sino que, viéndolo con detenimiento, mirando no con los ojos, sino con algo que pudiera llamarse "el espíritu", veía la muerte. No la muerte física, sino una muerte que, mostrándose "de espíritu a espíritu", deja ver sus dientes chuecos en señal de triunfo. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En cuanto a sus cuidados, cada semana lo visita un enfermero que, hábil y cuidadosamente, lo baña sin bajarlo de la cama. Aunque no dice nada, el Abuelo parece disfrutar estos momentos. Cada paso de aquella esponja enjabonada y la sensación refrescante que le produce el agua al retirar suavemente el jabón de su cuerpo marchito, parecen ser los únicos placeres que actualmente puede tener. Como si, al remover mugre y células muertas, su existencia se sintiera también limpia y viva, o, al menos, no tan muerta. Por supuesto, no puede alimentarse solo. Esta capacidad la fue perdiendo poco a poco, conforme yo (en mis primeros años) la adquiría a mi vez, y daba la impresión de que mi madre, habiendo pasado tantas horas alimentándome pacientemente con las papillas envasadas en frascos desinfectados y cerrados al vacío, sólo hubiera tenido que cambiar de boca al dirigir la cuchara una vez que yo aprendí a sostenerla por mí mismo. A veces, algunos han llegado a pensar que su vida se encuentra en un estado casi vegetal, medio respirando, medio alimentándose, medio moviéndose. Pero lo cierto es que su nivel de conciencia es muy elevado, mayor quizás que el de muchos más jóvenes. Con esto quiero decir que el Abuelo entiende todo lo que se le dice, lo que le indican los doctores, lo que le platican sus familiares. Que él conteste u obedezca es totalmente otra historia.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Recuerdo que, un fin de semana, hace unos dos meses, me encontraba viendo un capítulo nuevo de mi programa favorito en la televisión y mis padres decidieron salir para comprar los víveres de la semana al almacén comercial. Aparte de que a mí siempre me han aburrido aquellas salidas, no quería perderme el resto del capítulo nuevo e insistí fervientemente en quedarme en casa. Inesperadamente (nunca pensé que aquello fuera posible), en una situación fuera de lo común, mis padres accedieron a que me quedara "solo" en la casa. Solo, con el Abuelo. Claro, la condición fue que limpiara mi cuarto, hiciera mi tarea y, por supuesto, cuidara del Abuelo. "Si ves que se pone inquieto, me llamas, por favor", me instruyó mi madre. "Y no hagas mucho desorden", ordenó mi padre. Por supuesto, prometí que haría todos aquellos menesteres, juré que no los defraudaría y aseguré que no había nada de qué preocuparse (todo ello, sin apartar por un solo segundo la mirada de la televisión). El caso es que, habiéndome salido con la mía, me quedé frente a la televisión mucho más tiempo después de que el capítulo nuevo hubo terminado. Posiblemente los programas que le siguieron no eran tan de mi agrado pero resultaban lo suficientemente interesantes para mantenerme en una especie de trance televisivo, lo mismo para ver programas infantiles, que para memorizar todos los cortes comerciales. Por insólito que parezca, un grito me tomó por sorpresa. No provenía de la televisión, sino del interior de la casa. Específicamente, de la habitación del Abuelo. Me quedé quieto, rogando silenciosamente que aquello hubiera sido producto de mi muy desarrollada imaginación. Nuevamente, escuché algo que pareció ser una voz, aunque esta vez no pude identificar si se trataba de un grito o un gran suspiro. Me acerqué en silencio, tratando de no ser notado, intentando que aquella voz, aquel suspiro o lo que fuera, no supiera que estaba allí. Conforme la distancia entre la habitación del Abuelo y mi miedo se hacía más pequeña, me di cuenta que aquellos ruidos en realidad eran palabras. Bueno, más que palabras, eran versos. Más que versos, parecía ser una canción. ¡El Abuelo cantaba! ¡Qué digo cantaba! ¡Podía hablar! Debió ser tanto mi asombro, mi emoción que no oculté mi alegría y entré corriendo a su cuarto. "Puedes hablar, Abuelo", dije como notificándole algo que él mismo no supiera, como si no hubiera notado que aquella voz grave le pertenecía. El Abuelo me miró con ojos grandes, más abiertos por sorpresa que por emoción. Guardó silencio un momento, quizás queriendo anticipar más sorpresas. "¿Estás solo?", me preguntó con cierto temor. "Sí, Abuelo. Mis papás fueron de compras", dije todavía emocionado por la repentina mejoría de la que había sido testigo. "¿Cómo lo hiciste, Abuelo? ¿Cómo puedes hablar?", pregunté contento al percatarme de que el solo hecho de oírle pronunciar palabras le daba un rango distinto, lo sacaba de aquella categoría en la que inconscientemente lo había clasificado y lo ponía, súbitamente, en la de "vivo". "Siempre he podido hablar", me dijo con voz áspera pero clara. "Pero desde hace mucho tiempo que nadie escucha mis palabras, tal vez no las dirijo a nadie en realidad", agregó. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mi mamá se va a alegrar mucho cuando sepa que…&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, nadie puede enterarse de que puedo hablar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Ni mi mamá?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pero…&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Desde hace muchos años perdí la ilusión de la plática, la capacidad de la comunicación, la necesidad de expresión. Por una u otra razón, ya nadie me escuchaba. Yo sólo dejé de querer que me escucharan. Porque ¿quién quiere escuchar las palabras necias de un viejo?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo, Abuelo. Yo quiero.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¡Ja! ¿Tú quieres? ¿Por qué?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Mmmm. No sé. Me gusta oírte hablar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quizás no fue la mejor explicación que uno puede darle a alguien para convencerlo de que interrumpiera su tan prolongado silencio, pero fue lo único que se me ocurrió allí. Él se quedó pensando, meditando mi respuesta, o tal vez la suya, quizás ambas. Posiblemente pensó que, de no acceder, corría el riesgo de que yo revelara su secreto. Aunque, pensándolo bien, ¿quién podría creerle a un niño que siempre había sido acusado de poseer una imaginación caricaturesca?  Finalmente, regresando su mirada hacia mis ojos, dijo: Está bien.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Vas a volver a hablar?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sí, pero sólo cuando estés tú. A nadie más. Y nadie puede enterarse de que puedo hablar. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Nadie?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Nadie. Pero no creas que tú no obtendrás nada. A cambio de que tú guardes el secreto yo te contaré un cuento cada vez que nos quedemos solos. Serán cuentos nuevos, cuentos que sólo existen o existirán en mi mente, en mi imaginación.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo sabía que el Abuelo había dedicado muchos años de su vida a escribir, a la construcción de historias fantásticas, y me pareció una oportunidad que no podía dejar pasar.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—De acuerdo.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ese será nuestro pacto. ¿Podrás respetarlo?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Yo no respondí pero, queriendo reforzar mi compromiso y mi credibilidad, salí corriendo de la habitación por un momento y regresé con una navaja de afeitar, un trozo de algodón y una botellita de alcohol. "Haremos un pacto de sangre", dije. Tomando la navaja de afeitar (previamente desinfectada con alcohol, por supuesto), hice una pequeña incisión en mi muñeca izquierda permitiendo que breves gotas de sangre formaran lentamente un pequeño camino rojo. Repetí la misma operación en la muñeca izquierda del Abuelo y finalmente, para sellar aquel pacto, uní nuestras heridas y, durante algunos pocos segundos, nuestra sangre corrió junta, como una sola. Por un instante, en mi mente se creó la ilusión de que su sangre recorría mis venas y mi sangre recorría las suyas, formando una especie de circuito en donde ambos compartíamos más que tiempo y espacio: compartíamos vida. Posiblemente el Abuelo sintió algo parecido porque, justo en el momento en que nuestras heridas se tocaban y se sanaban mutuamente, él sonrió. Nunca lo había visto sonreír. Nunca hubiera creído que tuviera la capacidad de mostrar el mínimo nivel de felicidad. Tras el compromiso adquirido mediante aquel acto, tomé un trozo de algodón y lo impregné con un poco de alcohol. Cuidadosamente, limpié la sangre, que ya lucía algo seca, y desinfecté ambas heridas. Ninguna de ellas sangraba ya, ninguna dolía, ninguna se veía. Sólo los dos sabíamos que existían, que vivían, que nos unían. Sólo para ambos tenían un significado.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Cuándo será el primer cuento? —pregunté.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Podría contarte uno ahora mismo, pero temo que lo improvisaría y no sería tan bueno. Ven mañana a verme, cuando no haya nadie. Ya habré inventado algo para entonces.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y la imaginación del Abuelo resultó mucho más prolífica que la mía. No era caricaturesca como la que a mí me tocó sino llena de emoción, de intriga, de diversión. Desde el momento que escuché el primer cuento quedé prendido a los inventos de su mente, a los delirios de su palabra, al ingenio descubierto en su voz. Esa voz que nadie más escuchaba, que nadie más conocía en esos días, que nadie más disfrutaba, pero que en el hilado de frases me incitaba al llanto, a la risa, a la admiración. Y es que, finalmente, cada historia se convertía en algo agradable, en un nuevo placer. Un placer que sus palabras me provocaban como si deliberadamente me sedujeran, me atraparan, me esclavizaran. ¡Qué no darían mis padres por sentirse absortos en sus pausas, en sus cadencias, en sus formas de narrar! Me sentí privilegiado entre los humanos hasta el grado de sentirme especial, divino, casi inmortal. Y agrego el "casi" sólo porque el Abuelo había dejado claro en una de sus narraciones que la vida es así, finita, fugaz.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tampoco resultaba posible que el Abuelo y yo platicáramos (o que él me platicara) todos los días. No siempre existía la oportunidad de encontrarnos solos en la casa. Pero el pacto de sangre que habíamos hecho siempre estuvo vigente, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Siempre ha estado vigente. Por mi parte, nunca he mencionado a alguien la capacidad del Abuelo para hablar, por más ilusiones que despierte en mí el hecho de compartir sus cuentos, sus historias, a veces su vida. No, es un pacto de sangre y se debe respetar hasta la muerte, hasta el final. Tampoco él ha fallado en su compromiso: dedica su tiempo, sus horas, sus minutos, su existencia, a crear cada nueva historia. Como si crear una historia nueva fuera su destino, su objetivo, su razón de estar. Hemos llegado al punto en que él tiene ya en mente dos o tres relatos pendientes por contar. Pero sólo me cuenta uno a la vez, como fue nuestro acuerdo, respetando el pacto que ambos llevamos no sólo en la memoria, sino en nuestro cuerpo, en nuestra sangre, en nuestro mismo ser.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero eso fue hasta que mis padres decidieron mandarme de vacaciones, a visitar a un tío lejano. Y con "lejano" me refiero a que él vivía en Detroit y nosotros en la Ciudad de México. Aunque también resultaba lejano porque nunca lo había yo conocido, como si no hubiera sido él hijo del Abuelo. Lo único que sabía de él es que vivía en otro país donde hablaban un idioma diferente al mío. No me emocionaba el hecho de salir de la casa y dejar al Abuelo solo, con mis padres. Pero ellos insistieron en que sería una buena oportunidad de conocer a mis primos y tíos extranjeros y de aprender un poco de inglés. Creo que lo único fascinante del viaje era poder regresar a mi casa y contarle al Abuelo todo lo que hubiera visto o aprendido, relatarle cómo los gringos habrían pronunciado mi nombre de forma chistosa o cómo se las ingeniaban para comer sin tortillas. Por supuesto, no es que yo supiera eso por adelantado sino que el propio Abuelo me lo había platicado en alguno de sus cuentos. Yo sólo quería complementar aquella historia y darle mi propia versión, mi propia aportación. En cuanto supe que saldría fui a despedirme del Abuelo. "Sólo serán dos semanas, Abuelo. Eso te dará tiempo para inventar nuevas historias y yo me encargo de platicarte todo lo que vea en Detroit. Le daré tus saludos a mi tío". El Abuelo sonrío con mirada un tanto triste y sólo me dijo "Te espero en dos semanas con nuevas historias". "Mientras tanto, nuestro pacto sigue: no cambia porque yo no esté aquí", le aseguré y el me miró conforme, con orgullo, podría decirse.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así que aquí estoy, a punto de aterrizar en el Detroit Metro Airport, según avisó el capitán del avión, o al menos eso me dijeron que dijo, porque no entendí más que "Detroit" y "Thank you". En la ventanilla, las casas, carreteras, y uno que otro automóvil comienzan a aparecer debajo de aquellas espesas nubes que mantenían un constante y aburrido paisaje blanco desde hacía ya varios minutos. Siento el descenso del avión directamente en la boca del estómago y, en varias ocasiones, mis pies dejan de tocar el piso dándome la impresión de que sólo porque llevo puesto el cinturón de seguridad no he ido a chocar contra el techo del avión. Sí, lo sé, es otra turbulencia "normal" y por eso entiendo que el miedo a volar de varias personas sea también "normal". Pero pensándolo bien, a mí no me dio miedo el vuelo, lo que me asustó fue el despegue y, ahora, el aterrizaje, donde el piloto, capitán, o chofer, lo que sea, va dando vueltas tan pronunciadas que puedo ver algunos autos al mirar por la ventanilla que se encuentra al otro lado del pasillo, donde la niña agradable lucha por no voltear a ver y, en cambio, fija su mirada en mí. Yo vuelvo a sonreírle y procuro parecer tranquilo, sin miedo, valiente. Por primera vez en todo el vuelo, ella me sonríe también. Es una suerte que con su mirada no logre captar el sudor que nuevamente recorre mis manos y que evidencian mi nerviosismo mientras el avión va acercándose a la pista de aterrizaje. Poco a poco, las figuras que aparecen en la ventanilla van cobrando su tamaño normal y eso me indica que estamos a segundos de tocar el piso. Una fuerte sacudida acompañada de un breve ruido de cosas moviéndose y el leve gritito de la señora gorda de vestido de flores marcan un aterrizaje exitoso. Mientras el avión recorre la pista y se acerca a la sala donde desembarcaremos (¿se dice desembarcar pese a que nos bajamos de un avión, no de un barco?), todos respiramos profundamente ahora, de alivio, aunque (igual, todos) aparentamos que es de cansancio. Una asistente me indica sonriente que debo esperar a que todos los demás bajen. La niña del otro lado del pasillo recibe la misma indicación y ambos esperamos pacientemente. Finalmente, nos indican que podemos salir y nos llevan a donde nuestros familiares nos esperan. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un hombre que reconozco gracias a las muchas fotos que mis padres me mostraron antes de salir me saluda: "Hi, Octavio". No sé qué contestar pero de mi boca sale espontáneamente un "Hola". Haciendo mucho esfuerzo por recordar las palabras en español, aquel hombre, mi tío, toma una bocanada de aire y me dice: "Me alegro que hayas llegado bien. Me comentaron tus padres que preferían que yo te explicara la situación en cuanto estuvieras aquí. Buscando que tengas un mejor nivel educativo, tus padres decidieron que sería más provechoso para ti estudiar en Estados Unidos. El inglés es muy importante para salir adelante hoy en día y estudiar un par de años aquí te abrirá muchas puertas y te garantizará un mejor futuro. Ellos no quisieron decírtelo allá en México porque sabían lo apegado que eres al Abuelo y no hubieras querido dejarlo. Él se enteró un poco antes que tú, justo cuando saliste rumbo al aeropuerto. Como siempre, no dijo nada, ya sabes que no puede hablar, pero seguro que se entristeció por no verte pronto. No te preocupes, va a estar bien". Repentinamente, mis oídos se ensordecen, mi pensamiento se nubla y sólo quiero gritar. Gritar que nada de esto es justo, que he sido engañado, agredido, ultrajado en mi alma. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Agradecer? ¿Aceptar? ¡Qué demonios! ¡Me separaron del Abuelo! Y no lloro porque yo lo extrañe ya, sino porque sé que su vida acabo justo cuando se enteró que yo me iba. Su única razón de vivir era mantener aquel pacto que habíamos hecho en casa. Él honraba nuestro pacto con cada historia que narraba, con cada cuento que inventaba. Hoy, repentinamente, le han quitado lo único que lo mantiene vivo. Quiero gritar que el Abuelo puede hablar, que me habla a mí, que se mantiene vivo gracias a eso, pero hacerlo violaría nuestro pacto, el pacto que ambos juramos respetar por toda la vida. ¡Abuelo, resiste! ¡Resiste a mi regreso! ¡Eso es lo que quiero gritar como si él pudiera escucharme! Maldigo, lloro, rasguño, pero no rompo el pacto. Mi propia sangre me lo impide. A lo lejos, la niña del avión me observa. Ya no me importa que ella vea mis lágrimas, que vea mi enojo, que escuche mis gritos de dolor. Ya no me importa nada. Sé que el Abuelo tenía cuentos listos para ser contados en su mente, unos 5 o 10 de ellos. Hoy sé que esos 5 o 10 cuentos no podrán ser escuchados porque él también mantendrá el pacto que hicimos, guardará silencio sabiendo que lo único que puede decir debe ser para mí. Y yo sé que él no resistirá, que la tristeza lo abatirá, que no aguantará a mi regreso, y que esos cuentos que hoy sólo existen en su mente se los llevará consigo, a la tumba, al cielo, o quizás a ningún lado.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="text-align:right;"&gt;A la memoria de M. B.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-8933025531342731675?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/8933025531342731675/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/pacto-de-sangre.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/8933025531342731675'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/8933025531342731675'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/pacto-de-sangre.html' title='Pacto de sangre'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-3337737056182435307</id><published>2011-06-11T01:27:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.962-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>No matarás</title><content type='html'>Estaba en la sala de su propia casa, de pie, inmóvil. Un hombre yacía muerto frente a él, sobre la alfombra. Augusto no pudo identificar quién era aquel desdichado pero tenía claro que su muerte acababa de ocurrir. Esta certeza la obtuvo de dos fuentes inequívocas: de la sangre que aún corría dispersándose por el resto de la alfombra y del olor a pólvora quemada que emanaba, aparentemente, del arma que Augusto empuñaba en su mano derecha. Con la mirada recorrió lentamente el lugar. Muebles rotos o movidos, cuadros y otros adornos tirados en el piso, papeles, juguetes y otros objetos formando un desorden. Y dentro de todo ese gran desorden, la posición estática de aquel desconocido sin vida, proporcionaba a la escena un cierto toque de calma. Aún no lograba hilar todos los pensamientos que lo invadían cuando escuchó tras de sí unos pasos que parecían querer esconder su sonido. Instintivamente, sujetó aún con más fuerza el revólver y se giró rápidamente alargando el brazo para apuntar hacia donde provenían los pasos. "¿Qué pasó?", dijo una voz infantil. Augusto se esforzó y pudo contener el disparo al reconocer la figura de Pedro, su hijo de ocho años. Después de un enorme suspiro de alivio bajó el arma y trató de que sus latidos y su respiración volvieran a su ritmo normal. Más pensamientos volvieron a agolparse en su cabeza en un intento de descifrar lo que estaba pasando. Intentó concentrarse sujetando su cabeza entre ambas manos pero no logró más que darse cuenta de que el cañón del arma aún estaba caliente. "¿Lo mataste, papá?", preguntó Pedro sin poder creer lo que estaba presenciando. Augusto no supo qué contestar, no sólo por las posibles consecuencias de la respuesta, sino porque, en realidad, no lo recordaba.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Como si el tiempo hubiera quedado detenido precisamente en ese momento, Augusto sintió que todo a su alrededor quedaba inmóvil, en pausa. Trató de recordar cómo había llegado a aquel escenario, cómo el destino lo había puesto ante aquella macabra situación donde la posibilidad de matar a un hombre parecía no haber resultado tan nula como siempre lo aseguró. Paradójicamente, pasaron ante sus ojos diversas escenas de su vida. Recordó, por ejemplo, todas aquellas lecciones en que su religión lo instaba a construir, no a destruir. "No matarás", repitió muchas veces como parte de su aprendizaje, de su entrenamiento, de su fe. El respeto a la vida y al derecho de todos a vivir constituyó un fuerte pilar en su propia existencia. Vinieron a su mente aquellos momentos en que, incluso, decidió volverse vegetariano, no por salud, sino como una forma de limpiar su conciencia ante la matanza de animales, de reafirmar su respeto a la vida, diría él. Luchó activamente contra la pena de muerte y repudió abiertamente a aquellos políticos, funcionarios y comunicadores que llegaban a velar apenas la idea de promover dicho castigo. Incluso temas como el aborto, la eutanasia, la guerra y otros donde la vida pudiera verse amenazada, servían de plataforma para exponer con fervor aquel bien aprendido mandato: "no matarás".&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sí, siempre estuvo en contra de acortar una vida, de arrebatarla, de robarla. No sólo por fe y convicción religiosa, sino por convicción personal también. ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo responder a aquella simple (y a la vez compleja) pregunta que hacía ahora su hijo?: "¿Lo mataste, papá?".&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Recordó aquella misma sala unos minutos antes. Aún se encontraba todo en su lugar, en impecable orden. Pedro se encontraba en su habitación viendo caricaturas en la televisión y devorando un paquete de frituras. Augusto revisaba en el sofá algunos documentos que daban la impresión de ser recibos y cuentas por pagar. Afuera, en el jardín, todo permanecía en calma. En una extraña e intranquila calma. Notó por debajo de la puerta de entrada una sombra en movimiento. Al principio no pudo determinar si se trataba simplemente de alguna nube que en su paso tapaba momentáneamente la luz del sol. Pensó que quizás se trataba de un gato callejero que estaba en busca de comida y acercaba su nariz a la puerta tratando de localizar con el olfato algún bocadillo. Enseguida notó que ninguna de estas explicaciones era correcta: la perilla de la puerta comenzó a moverse. No esperaba a nadie. Su instinto le advirtió con un torrente de adrenalina corriendo por su cuerpo que algo andaba mal. Sin decir una palabra, soltó descuidadamente los documentos que tenía en las manos, se puso de pie con más rapidez de lo que nunca imaginó que podía moverse y se dirigió hacia su escritorio. Empleando una pequeña llave, abrió uno de los cajones inferiores. Allí estaba el arma que su propia esposa le había regalado años atrás y que había sido, en varias ocasiones, motivo de discusiones, de peleas, de separaciones. Él accedió a conservar aquel revólver siempre con la condición de mantenerlo bajo llave y sin cargar. Quizás en realidad accedió a conservarlo cuando la muerte de su esposa lo motivó a cumplirle un último deseo. Como sea que haya ocurrido, el arma estaba allí pero descargada, justo como Augusto había acordado consigo mismo. Mientras buscaba las balas en otro cajón, deseó que el movimiento en la perilla hubiera cesado, pero al levantar la vista se dio cuenta de que los forcejeos eran ahora más violentos y descarados. Con manos temblorosas, colocó torpemente cada una de las seis balas en la cámara del revólver. No es que pensara usar el mortal artefacto: a lo más serviría para asustar al intruso con sólo mostrarlo o, menos probablemente, se vería obligado a hacer algún disparo al aire para hacerlo huir. Lo que fuera necesario, no para defenderse él, sino para defender a Pedro, a su amado hijo. En caso necesario, ¿sería capaz de matar por defender a su hijo? Esperaba no tener que llegar a decidir. Justo terminaba de armar el revólver cuando el intruso logró romper la cerradura y abrir ruidosamente la puerta. Era un sujeto robusto, de aspecto cruel y rostro desalmado. "¡Alto!", ordenó, casi suplicó, Augusto con voz temblorosa. Aquel invasor, al ver el arma con la que le apuntaba, dudó en seguir avanzando. Pero como si la tan arraigada frase aprendida años atrás ("no matarás") se viera reflejada en la mirada de Augusto, el tipo supo que no corría peligro y, esbozando una ligera sonrisa, se lanzó furiosa y confiadamente hacia él. Había tenido razón: Augusto no pudo disparar. Al recibir el impacto del criminal contra su cuerpo, Augusto cayó de espaldas sobre una pequeña mesa haciéndola añicos instantáneamente. Para su propio asombro, no soltó la pistola y golpeó con ella, usando todas las fuerzas con que disponía, la cabeza de su agresor. Esto lo liberó temporalmente y, apenas pudo levantarse, gritó desesperadamente: "¡Pedro, cierra la puerta de tu habitación y no salgas! ¡No salgas!". Pedro no alcanzó a distinguir la instrucción y asomó la cabeza fuera de su cuarto. "¿Qué pasó?", gritó el niño. "¡Cierra la puerta! ¡Cierra la puerta!", gritó Augusto desgarrándose la voz en su desesperación. Pero un fuerte golpe ahogó su grito y lo lanzó contra la pared, haciendo que varios cuadros cayeran. En una reacción inesperada, Augusto tomó todo lo que tenía a su alcance y comenzó a lanzarlo hacia el agresor. No tuvo suerte. Ninguno de los objetos alcanzó su objetivo. Una alarma comenzó a sonar en una casa vecina, quizás alguien había notado lo ocurrido y trataba de ayudar. Como si aquel salvaje quisiera acabar de una vez por todas con la oposición que estaba encontrando, sacó inesperadamente una pistola que traía oculta en la parte trasera del pantalón y apuntó hacia Augusto. Asustado, sorprendido, Augusto levantó también su arma y la dirigió a su atacante. Entonces se escuchó el disparo.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;"¿Lo mataste, papá?", volvió a preguntar Pedro. Augusto levantó la mirada hacia su hijo y trató de encontrar las palabras correctas para explicarle, para justificar sus actos, para convencerlo de que no era un asesino. Sin embargo, Pedro parecía no querer mirarlo, parecía querer ignorarlo. Sin entender qué estaba pasando, Augusto vio cómo su hijo echó a correr y se lanzó con desesperación hacia el cuerpo inerte que yacía en la alfombra. "¡Papá! ¡Papá!", gritó envuelto en lágrimas. Fue en ese momento que Augusto comprendió que había sido su atacante quien había realizado el mortal disparo. ¿Pero cómo? Miró el arma que sostenía en la mano y notó que las seis balas aún se encontraban en la cámara del revólver, sin usar. Lo que antes había creído ser el cañón caliente de su arma era, en realidad, el calor de la bala alojada en su cráneo. Al escuchar la alarma en la casa vecina, el intruso había decidido huir corriendo, cual cobarde era. Augusto echó un último vistazo a su hijo mientras abrazaba llorando su cuerpo sin vida. Pensó que, efectivamente, había cumplido su cometido de proteger a su hijo pero hubiera querido ser capaz, ahora, de responder su pregunta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-3337737056182435307?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/3337737056182435307/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/no-mataras.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3337737056182435307'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3337737056182435307'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/no-mataras.html' title='No matarás'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-694122846925960855</id><published>2011-06-06T16:44:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.267-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='bomberos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='microrrelato'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='esperanzas'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuento'/><title type='text'>Microrrelato: Desgracia</title><content type='html'>Aquellos bomberos ahogaron también mis esperanzas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-694122846925960855?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/694122846925960855/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/microrrelato-desgracia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/694122846925960855'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/694122846925960855'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/microrrelato-desgracia.html' title='Microrrelato: Desgracia'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-5879547900819003815</id><published>2011-06-03T18:44:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.946-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>Sin todo respeto…</title><content type='html'>Dicen que en México los caballeros ya no existen. Por supuesto, esto lo dicen las mujeres. Existen, pero no como los de antes, es la respuesta de los varones. Se dice (y esto no sé si lo digan los hombres o las mujeres) que los últimos dos caballeros mexicanos (como los "de antes") existieron en los años cincuentas. Sus nombres (ficticios sólo por cuestión práctica) eran Eulogio Montaño y Manuel Othón. Ambos caballeros habían sido educados bajo las más estrictas normas del respeto, la cortesía, las buenas costumbres y los buenos modales. Don Eulogio, sin embargo, estaba especializado en la vestimenta: su impecable traje de tres piezas era combinado y coordinado hasta el más mínimo detalle con el resto de sus prendas, que podían incluir guantes, sombrero alto (o bajo, dependiendo), bastón, reloj (de bolsillo, por supuesto), zapatos, calcetines y pañuelo, todo muy acorde a la ocasión para la que se hubiera vestido. Don Manuel, por su parte, era ampliamente reconocido por el correcto uso que hacía de las palabras, cómo las entrelazaba ingeniosamente y elaboraba con ellas frases llenas de inteligencia, de coherencia y hasta de pasión. Las mujeres parecían petrificadas al escucharlo hablar, siempre con total propiedad y respeto, enunciando encantos y piropos sin cesar. El poeta caballero lo solían llamar. El caballero poeta, insistía él que lo llamaran, porque para él era importante hablar bien, pero antes que poeta, antes que recitador, era caballero, con toda la honra con que podía y debía serlo.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Como podía esperarse, Don Eulogio y Don Manuel se conocían, y se conocían bastante bien. Desde la infancia fueron amigos entrañables y, conforme fueron creciendo y madurando, fueron depurando aquel bello arte de la caballerosidad. Constantemente tenían discusiones sobre protocolos de etiqueta, de comportamiento, de alimentación, de expresión, siempre con aprendizaje para ambos, con orgullo para todos. En diversas ocasiones fueron requeridos para organizar algún banquete, una que otra premiación, algún homenaje a un distinguido personaje. Sobra decir que siempre dejaron una buena impresión. Aunque, quizás, los invitados más impresionados eran aquellos que visitaban las residencias de tan distinguidos caballeros. Orden, control, ceremonia. Todo cabía en aquellas habitaciones que conformaban su hogar.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sin embargo, no siempre lograban ponerse de acuerdo en todos los aspectos. A Don Eulogio no le parecía correcto que Don Manuel, empleando su facilidad para encantar damas con sus versos, hubiera alcanzado ya la fama de seductor, de incitador a la pasión, al deseo, al amor. Don Manuel sólo reía al escuchar tales reclamos, respondiendo que simplemente brindaba a aquellas féminas la oportunidad de conocer mejor sus habilidades lingüísticas. En cambio, Don Manuel, lejos de hacer reclamos a Don Eulogio, le gustaba burlarse amablemente de él. "Deberías hacer lo mismo, aunque comprendo tu inapetencia para quitarte la ropa ante una dama, pues seguro te ha llevado todo el día elegir qué vestir", solía decirle con su clásica sonrisa pícara. "Inapetencia me daría volver a vestir a la mayoría de las damas de por aquí, que no logran combinar nada ni usando un solo color", contestaba Don Eulogio sin perder la postura. Al final, ambos reían y permanecían como amigos de tradición y abolengo.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Pero las cosas cambiaron con el paso del tiempo. En una ocasión, teniendo ya más de cuarenta años cada uno, llegó a los oídos de Don Eulogio que Don Manuel había estado seduciendo a una bella jovencita. Esto no causó mayor sorpresa a Don Manuel, quien permaneció inalterable al recibir la noticia. Su rostro, sin embargo, se transformó al enterarse que aquella bella jovencita era su hermana menor. "¿Lucrecia? ¿Mi hermana?", preguntó sabiendo ya la respuesta. Haciendo los arreglos pertinentes en su vestimenta para poder salir a la calle, Don Eulogio recorrió con furia las veinte calles que le separaban de la residencia de su "amigo". Llamó con propiedad a la puerta (dando tres golpes suaves pero firmes) y espero pacientemente a que Don Manuel abriera.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¿Sí? —preguntó Don Manuel al abrir la puerta y sin dejar de notar la mirada furibunda de Don Eulogio.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—He querido venir a confirmar personalmente la veracidad o falsedad de cierta noticia que ha pasado a ser de mi conocimiento y que te involucra a ti y a Lucrecia, mi hermana.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¿Y qué noticia es ésa?&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Que tú, abusando de la inocencia de mi pequeña hermana, la has seducido y has estado llevando una relación clandestina con ella.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Absolutamente falso.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¿Falso?&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Totalmente. En ningún momento ha sido clandestina nuestra relación.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¿¡Qué!?&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Y tampoco he abusado de la inocencia de Lucrecia —aclaró Don Manuel— ¡Ella no es nada inocente!&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Este último comentario hizo que Don Eulogio casi brincara sobre su interlocutor. Pero, como lo exigen los altos estándares de caballerosidad, guardó la compostura y se contuvo de arrancarle la cabeza.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¡Eres un desgraciado impertinente! —dijo, por fin, Don Eulogio.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¿Ah sí? Pues si esa es su opinión, le pido respetuosamente que no ose tutearme nuevamente. Ya no puedo considerarlo mi amigo.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Pues si esa es su decisión, así será: ¡Es Usted un desgraciado impertinente!&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;De esta forma, inició la ruptura de aquella amistad tan legendaria, tan respetuosa y formal. Y, pese a que el origen de aquella separación había sido Lucrecia, ésta no dudó, en la primera oportunidad que tuvo, en escaparse con un antiguo novio a un pueblo lejano, dejando abandonados y enemistados a tan ilustres caballeros.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Nunca volvieron a entablar una plática. Nunca volvieron a asistir a una reunión donde supieran que posiblemente estaría el otro. Nunca volvieron a frecuentar los lugares de costumbre para evitar la pena, la amargura de volver a verse. Así transcurrieron los años, en medio de rencores no olvidados, en medio de odios reforzados. Sin embargo, como suele pasar de vez en cuando, el destino suele jugar (jugarnos) algunas bromas. Tanto Don Eulogio como Don Manuel, lucían escasas pero blancas cabelleras, caminaban pesadamente con la ayuda de bastón (ya no por elegancia sino por perseverancia) y las arrugas habían invadido vorazmente sus rostros. Nunca, por otro lado, habían abandonado sus modales, sus costumbres de caballeros que habían subsistido firmes pese al paso batiente de los años. En un inusual paseo (uno desde el parque, el otro hacia él), ambos caballeros se encontraron en la calle frente a frente. Los dos caminaban sobre la acera pegados a la pared de un edificio colonial para cubrirse del sol. Dicta la costumbre que, al encontrarse de frente con otra persona, un caballero debe ceder la acera, es decir, debe alejarse de la pared y dejar pasar al otro, en señal de respeto y admiración. Pero entre estos caballeros, una de las tantas cosas que no existían era el respeto, menos la admiración. Su caballerosidad tampoco les permitía empujar al otro para ganarse violentamente el paso, eso sería deshonroso. Así que allí quedaron, inmóviles, sin apartar la mirada el uno de la del otro, sin avanzar. La gente que presenciaba aquella escena pasaba asustada cediendo inmediatamente la acera, sin pestañear, siguiendo desde lo lejos los acontecimientos aunque no aconteciera nada. Habían pasado ya unos quince minutos y ninguno cedía la acera, ninguno cedía el paso, ninguno podía pasar. Fue entonces que Don Eulogio, ajustándose un poco el sombrero inició la conversación:&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—Sepa usted, caballero, que yo no le cedo la acera a ningún estúpido.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Don Manuel, entrecerrando los ojos y con calma inédita, le contestó:&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;—¡Pues yo sí! —Y le cedió la acera haciéndose a un lado.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Se dice que, al día siguiente, ambos caballeros fallecieron. Uno de vergüenza, el otro de humillación. No se sabe cuál de cuál.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-5879547900819003815?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/5879547900819003815/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/sin-todo-respeto.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5879547900819003815'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5879547900819003815'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/06/sin-todo-respeto.html' title='Sin todo respeto…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-8265912919446291055</id><published>2011-05-30T14:03:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.902-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='beso'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Animales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuidados'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>Ese beso…</title><content type='html'>El día que Ella apareció fue especialmente difícil para mí. Podría enumerar todas y cada una de las inconveniencias que viví, pero creo que basta mencionar que estaba yo muriendo. Debo admitir que, cuando la vi acercarse, supuse que Ella también quería lastimarme. Y uso el "también" no porque yo quisiera lastimarla a Ella, sino porque otros compañeros suyos me habían propinado ya mucho sufrimiento a mí. Era gracias a ellos que yo agonizaba en esos momentos. Al principio traté de repeler su compañía pero no tenía ya fuerzas con qué luchar, ni motivos para hacerlo. Me encontraba yo tendido en una banqueta, golpeado, maltratado, abatido. Mis ojos deseaban, a manera de consuelo, expulsar alguna lágrima que desahogara mis lamentos. Pero ni para eso alcanzaban mis fuerzas ya. Ella se acercó y con cara de desesperación revisó mis heridas, mis golpes, mis fracturas. Las lágrimas que no podía yo producir las derramó ella en abundancia. No entendí sus palabras, hablaba siempre en un idioma incomprensible para mí, pero sus gestos, sus caricias en mi cabeza, su mirada, me indicaron que, a diferencia de los otros, Ella intentaba ayudarme. Cerré involuntariamente mis ojos y el dolor cesó.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;La siguiente vez que mis ojos pudieron abrirse por sí mismos yacía yo en una especie de cama pequeña. La habitación que me albergaba lucía blanca y brillante todo el tiempo, tan brillante que su propia luz lastimaba mis pupilas. Todo parecía poco nítido ante mí, pero para mi sorpresa, una lágrima corrió en cada ojo al tratar de combatir la luz y eso fue suficiente para aclarar mi visión. Estaba solo. No sabía cómo había llegado a aquel lugar ni por cuánto tiempo había estado en él. Lo único que sabía es que no estaba muerto. Y no lo sabía porque fuera yo catador de sensaciones de ultratumba, sino porque conocía perfectamente las sensaciones terrenales: tenía hambre. Hambre y dolor, los únicos indicadores de mi supervivencia. Así estuve un buen rato, inmóvil, pero vivo. Hambriento, pero vivo. Dolorido, pero vivo. Tal vez lo único que no me resultaba tan normal era la parte de la inmovilidad. Pero entonces Ella volvió a aparecer e, instintivamente, todos aquellos síntomas desaparecieron (quizás sólo se hicieron imperceptibles para mí). Comencé a moverme tratando de incorporarme pero ella me detuvo. Aunque no entendí una sola palabra de las muchas que pronunció, entendí que ella no quería que me levantara, sino, por el contrario, deseaba que me quedara recostado. Así lo hice. Yo intenté hablarle, agradecerle, pero de mi boca emanó sólo un fuerte silbido. Estaba muy débil aún. La máxima movilidad me la daba mi visión, que lentamente recorrió mi cuerpo, mostrándome todos aquellos vendajes y tablillas que mantenían rígida cada parte que antes podía flexionar. Ella siguió hablando y hablando, segura de que yo la entendía y, sin embargo, no esperaba mi respuesta. Acarició suavemente mi cabeza y en mis ojos debió haber notado algo porque los suyos se abrieron grandes repentinamente. Salió corriendo de la habitación y, en aquel lenguaje extranjero para mí, pronunció a gritos algunas palabras. No pasó mucho tiempo cuando regresó en compañía de un hombre alto y fornido, quien, con poca delicadeza, revisó mi cara, mis ojos, mis extremidades. Sentí en mi pecho el frío desprendido del aparato que Él colocó para escuchar mis latidos, mi respiración, mis suspiros, quizás mis delirios. En mi costado izquierdo sentí calor, que se tornaba frío inmediatamente. Una especie de líquido comenzó a emerger casi a borbotones. Los tres miramos con ojos enormes, sólo ellos dos hablaban, yo quería gritar. Sentí un pinchazo en la pierna que no me inmutó en lo más mínimo, pero mis ojos desistieron en su esfuerzo de mantenerse abiertos. Otra vez, el dolor cesó.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Fueron varios días de sufrimiento, no sólo para mí: Ella mostraba también un nivel considerable de dolor en su rostro. Un rostro que no se hacía menos bello cuando se llenaba de lágrimas pero que, cuando sonreía, podía iluminar aún más la habitación, el mundo entero. Poco a poco, recuperé la movilidad y comencé a caminar nuevamente. Por supuesto, Ella me acompañó a cada nuevo paso. Incluso comer fue un nuevo aprendizaje para mí. Después de tanto tiempo de sólo ingerir líquidos, aquellos primeros trozos de comida (no sé qué eran) me supieron a gloria. Mi voz cambió, al menos esa impresión me daba al principio, mi propia apariencia se transformó. En algunas épocas, había sido grande y robusto, ahora me sentía pequeño, débil, insignificante. Claro, así me sentía, pero supongo que ésa era la imagen que reflejaba hacia los demás. Y, sin embargo, a los ojos de Ella era yo hermoso, fuerte, triunfador. Claro, no lo decía (al menos yo no lo entendía) pero ésa era la imagen que Ella reflejaba hacia mí. Mientras más me reponía Ella sonreía más y yo me sentía orgulloso de provocar aquella reacción. Feliz. Orgulloso y feliz.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Pero también, mientras me recuperaba, encontraba yo en sus ojos cierta melancolía, algunas gotas de tristeza. No importaba cuánto pudiera yo moverme, gritar, saltar, Ella siempre reía pero, al final, su sonrisa desaparecía sin dejar de mirarme. Era como si supiera que algo estaba por suceder y no pudiera hacer nada al respecto. Yo no sabía nada. Vivía feliz en mi desconocimiento, en mi ignorancia, en sus momentos de innegable felicidad. Quizás su sonrisa llegaba a apagarse por las discusiones que, cada vez más frecuentemente, tenía con aquel hombre robusto que siempre venía a revisarme y me alimentaba. De forma personal, agradecía sus cuidados, sus atenciones, pero no soportaba que se mostrara agresivo con Ella. Aunque no era muy seguido, de vez en cuando las discusiones se tornaban en peleas. Cuánto me habría gustado entender aquello por lo que siempre discutían y, a veces, peleaban. Pero sus actitudes eran inconfundibles: se miraban entre ellos, hablaban fuerte, volvían a mirarse y, repentinamente, sus miradas se fijaban en mí, allí comenzaban los gritos de Él seguidos, casi instantáneamente, por los gritos de Ella. Una ocasión, en mi desesperación, en mi incomodidad al escucharlos gritar, en mi apoyo incondicional hacia Ella, me levanté y le grité a Él. Lo insulté, lo maldije, la disculpé. No creo que hubieran entendido mis palabras pues, al escucharme, Él sólo me señaló con su dedo pero siguió gritándole a Ella, ignorándome por completo. Ella vino hacia mí y me devolvió a mi habitación, hablándome suavemente, con suma ternura, contrastando con los gritos que recién acababa de proferir. Me quedé quieto, sabiendo que eso era lo que ella quería. Ella, al notarme calmado, me dijo algo, varias palabras que, en su estructura, no dijeron nada pero, en su esencia, lo dijeron todo: tenía que tranquilizarme, Ella estaba bien y sólo tenía que arreglar algunas cosas antes de que todo volviera a estar bien para todos. Asentí, como creando un pacto, como aceptando un destino del cual no tenía certeza alguna. Ella, en cambio, sonrió y me abrazó. Sentí sus brazos rodeando mi cuello y permanecí con esa sensación mucho tiempo después de que ella hubo salido de mi habitación.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Yo ya estaba completamente recuperado y salir a pasear en el auto me cayó divinamente. Sentir el aire que se colaba por las ventanas no sólo refrescaba mi rostro sino que purificaba mi espíritu y mi reacción instintiva ante aquella caricia fue abrir grandemente la boca y saborear su suavidad. Tanto Ella como Él rieron al verme desde los asientos delanteros, a grandes carcajadas, sin poder parar. Yo me reí también y, durante todo el camino, no dejé de sonreír contemplando el paisaje campestre. Después de un largo recorrido, llegamos a una casa vieja, algo descuidada, aunque con grandes jardines. Todos bajamos del auto y nos dirigimos a la entrada. Los jardines eran tan bonitos que despertaban en mí ganas de correr por ellos y recorrerlos una y otra vez. El dueño de la casa abrió la puerta y, tras de él, salieron dos pequeños niños corriendo atropelladamente. Todos se veían alegres y contentos, sobre todos ellos, los niños, que no dejaban de verme asombrados. Yo también les sonreí. Ella habló animosamente con el dueño y constantemente fijaba su mirada en mí y me regalaba una que otra caricia, pese al ánimo celoso de Él. Noté, repentinamente, que la atención de todos estaba fija en mí. No entendía la razón, no encontraba los motivos. Yo permanecí firme junto a Ella, sin despegarme, sin abandonarla, sin abandonarme. Entonces Ella, ignorando al resto del grupo, se dirigió a mí. Me miró fija y tiernamente. Sus palabras sonaron en mis oídos una vez más pero no logré entender nada. Sentí su cariñoso abrazo que duró más tiempo que ningún otro que me hubiera dado antes, regresó su mirada a mis ojos y me besó la boca. Yo reaccioné sin importar que Él estuviera allí y devolví el beso usando, quizás inapropiadamente, mi lengua. Ella sonrió y dejó que yo la siguiera besando, prolongando el beso por varios segundos. Algo mágico ocurrió entonces, pues su lenguaje se volvió claro para mí, como si con aquel beso Ella hubiera logrado enseñarme la forma en la que hablaba. Sus palabras cobraron sentido una a una y entendí perfectamente cuando me dijo: "Esta es tu nueva familia, los niños son adorables y te querrán tanto como yo te he querido desde que te encontré lastimado en la calle. Desde ese momento supe que eras especial y te cuidé, te brindé mi hogar mientras pude y, cuando ya no pude, te busqué un nuevo hogar con gente maravillosa. Vendré a verte cada vez que pueda. Te lo prometo. Me hubiera gustado poder tenerte conmigo más tiempo pero no puedo, mi situación no me lo permite. Eres un buen perro, una gran mascota, una excelente compañía. Ahora ve a jugar con los niños, te van a hacer muy feliz y, seguramente, tú a ellos también". Obedecí porque eran los deseos de Ella y nunca dejaría de cumplir su voluntad, así, fielmente. No pude, sin embargo, aullar de tristeza al verla partir, al ver sus ojos humedecerse cuando me lanzó una última mirada.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Desde entonces, he vivido una vida llena de felicidad, de amistad correspondida con mi nueva familia. Y, aunque nunca volví a comprender las palabras de los humanos como lo hice en aquel mágico momento, nunca olvidaré sus palabras, sus cuidados, su ayuda desinteresada. Ese beso que Ella me dio, que yo devolví, que juntos disfrutamos es el mejor recuerdo de mi vida. Porque sí, como cualesquiera otros animales, los perros tenemos recuerdos, sentimientos y voluntad. Lo sé, gracias a Ella.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-8265912919446291055?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/8265912919446291055/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/ese-beso.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/8265912919446291055'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/8265912919446291055'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/ese-beso.html' title='Ese beso…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-5930048414167468440</id><published>2011-05-18T20:44:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.836-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Observador'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='bolero'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='cuento'/><title type='text'>El observador…</title><content type='html'>Cada mañana Paco se levanta exactamente a las 6:32 de la mañana, justo después de que ha dejado sonar su despertador por cuatro segundos. Este comportamiento más que originado por una superstición o costumbre, está basado en la observación, como él mismo lo ha llamado. Observación que, bajo su propio concepto, consiste en determinar una forma segura de hacer las cosas, de forma consciente y programada, con el único objetivo de poder llevarlas a cabo inconscientemente y sin programas. No era raro, por ejemplo, verlo abotonando y desabotonando su camisa, una y otra vez, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, usando pulgar e índice, pulgar y medio, pulgar e índice y pulgar, todo para determinar la mejor forma de hacerlo, de abotonar y desabotonar su camisa, y para medir el tiempo que requería para hacerlo. Cuando se convencía de tener el resultado más predecible posible, su mente lo aprobaba, su cuerpo irremediablemente lo aprendía. Despertar a las 6:32 de la mañana no era una cuestión de azar, era el momento preciso en que su cuerpo había mostrado la mayor disposición a salir del ambiente onírico al que su mente lo guiaba cada noche.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Así, una vez levantado, cada mañana estira hacia arriba ambos brazos en un par de ocasiones (había observado que un par era "necesario y suficiente" para deshacerse de la modorra), se calza las sandalias de baño (primero la izquierda, luego la derecha) y se dirige hacia la ducha contando los 20 pasos que lo separan de ella. Meticulosamente, sigue el orden en que lava cada parte de su cuerpo, de forma que no pierde tiempo repasando alguna de ellas por no recordar si ya la había tallado con el jabón. Sale del baño recién duchado y, una vez secado su cuerpo, toma el control remoto y enciende la televisión en el canal de las noticias. Elije siempre el noticiario donde presentan cada noticia y reportaje como si llevaran prisa, pues le conviene enterarse rápido ya que sólo cuenta con 28 minutos para escucharlas (no está en sus planes voltear a ver la imagen), aunque no le gusta mucho el hecho de que su televisor no lo deje programar el apagado automático en ese tiempo y tiene que ajustarlo a 30 minutos. Mientras se entera de los acontecimientos del día anterior, se viste rápidamente con el traje correspondiente al día de la semana, que siempre consiste de un traje de tres piezas, camisa blanca y zapatos negros. La corbata, obviamente, está asociada al traje en turno. El nudo doble ha demostrado ser el más conveniente ya que es fácil de ajustar en caso de ser necesario. No desayuna, al menos no en casa, ya que no está en su lista de tareas el lavado de los trastes y utensilios que pudiera requerir para preparar el desayuno. No importa, lo pedirá por teléfono al llegar a la oficina. Sale del domicilio y, metódicamente, da vuelta a cada una de las cerraduras que resguardan las puertas. Aunque tiene auto, no lo usa pues considera ineficiente y poco predecible la forma en que se consume el combustible pues es dependiente del clima, el tráfico y la forma de manejo. La forma de manejo es controlable, los otros dos no. Se dirige hacia la parada de autobús y espera pacientemente a que llegue el transporte público. Afortunadamente para él, ésta es la primera estación del autobús y siempre logra conseguir un asiento libre. Llega al edificio donde labora y lo hace dentro del rango de tiempo que tiene calculado, entre 19 y 28 minutos, y mentalmente se prepara para subir las 47 escaleras que lo separan del cuarto piso. Tampoco usa los elevadores, no porque los considere ineficientes sino simplemente porque no le gusta compartir los espacios reducidos con mucha gente. Además, no le gusta regresar el saludo a cada persona que encuentra y que, inexplicablemente, se muestra alegre por las mañanas.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Cuando llega al cuarto piso siente que ha entrado en un segundo hogar donde cada situación, en mayor o menor grado, está controlada. Hace una pausa planeada al final de los 47 escalones recién subidos y mira por una de las ventanas interiores del edificio. Hay una especie de patio en el centro del edificio, lo que da la impresión de que el inmueble estuviera hueco. Siempre consideró un desperdicio aquel espacio sin utilizar ya que, por su existencia, debe recorrer gran parte del piso para llegar a su oficina. Es cierto, el único pasillo que existe conecta todas las oficinas y forma una especie de circuito en ese piso. Ese pasillo representa la máxima aberración de su jornada, el más grande insulto a su control e inteligencia puesto que no hay forma de esquivarlo, de brincarlo, sólo de caminarlo. Una vez recuperado el aire tras la subida, lo cual le toma 154 segundos exactamente, gira hacia su derecha e inicia el recorrido por el odiado pasillo. Baja la mirada y la enfoca hacia el piso. "Setenta y cinco baldosas negras", piensa mientras avanza. Se refiere a los cuadrados negros distribuidos a todo lo largo del camino y que forman el decorado del piso, que en su mayoría es blanco. Y efectivamente, son precisamente setenta y cinco cuadrados los que separan a Paco de su oficina. No pierde el tiempo volteando a ver al resto de la gente que va llegando a sus lugares, tampoco le da importancia a las plantas y letreros que pretenden decorar el lugar, su atención está fija en el largo conteo de las aburridas baldosas negras. Ha notado (observado, diría él), que dando zancadas suficientemente largas, podría pisar una baldosa negra con cada paso, sin tocar el espacio blanco. Pero hacerlo así lo forzaría a caminar de forma ridícula, casi impropia. Piensa en la enorme conveniencia que le traería el tener piernas más largas ya que podría, al mismo tiempo, llevar la cuenta de las baldosas como la de sus propios pasos. Se resigna y, con la experiencia que da el conteo diario, recorre (y cuenta) las 75 baldosas con los mismos 98 pasos de costumbre y entra a su oficina.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Con la misma precisión con la que un neurocirujano realiza una operación, Paco coloca su saco en la percha, acomoda el portafolio en su reducido escritorio, enciende la computadora y levanta el auricular del teléfono para pedir su desayuno. Al terminar de marcar, reconoce con agrado la voz de la mujer que todos los días le toma la misma orden, da la impresión de ser una buena persona, agradece y, como siempre, sugiere que no tarden mucho en llevarle su comida. Después de todo esto, revisa su reloj sólo para confirmar que aún está a tiempo para que Don Raymundo, el lustrador de calzado, logre hacer relucir sus zapatos que no han logrado mantenerse limpios durante el trayecto. Don Raymundo, sin embargo, no ha aparecido todavía. Mientras espera, Paco revista la lista de pendientes que preparó el día anterior antes de ir a casa. Debe localizar al responsable de la mesa de ayuda que acaba de asignarle incorrectamente un incidente. Descuelga el teléfono y hace la llamada. Aún está escuchando los tonos de llamada en el teléfono cuando Don Raymundo aparece y, sin decir palabra, se alista para lustrar los zapatos de su cliente. La llamada es contestada del otro lado de la línea y, con la máxima propiedad con que es capaz de comunicarse, Paco le hace saber a su interlocutor que aquello a lo que se ha clasificado como "incidente" no es tal. "Un incidente, de acuerdo a las definiciones de varias metodologías como ITIL, es un evento que no forma parte del desarrollo habitual del servicio y que provoca, o puede provocar, una interrupción o degradación del mismo", comienza diciendo. "Lo que me están solicitando es la asignación de permisos a una cuenta correspondiente a un usuario nuevo, Fernando Salazar, lo cual no representa una posible interrupción o degradación de ningún servicio, es sólo parte de la operación", continuó. Don Raymundo pasa de un zapato a otro y, sin inmutarse por el creciente ánimo en las palabras de Paco, sigue aplicando la cera color negro. "No entiendo cómo alguien que se dedica a esto puede cometer tan brutales errores de clasificación y no puedo quedarme callado ante tal irresponsabilidad", dijo Paco ya algo alterado y sabiéndose poseedor de la razón. "No, escúcheme usted primero. No es la primera vez que esto ocurre. De hecho es la sexta ocasión que algo así pasa en los últimos 23 días y no estoy dispuesto a soportar tanta incompetencia. Así que, siguiendo las reglas establecidas, tendré que reportarlo a sus superiores y demandar una sanción", dijo firmemente aunque se notaba cierto indicio de temblor en su voz. "Por favor, dígame su nombre para poder proceder con el reporte", ordenó y esperó pacientemente la respuesta ya con bolígrafo en mano para anotar. "¿Perdón? ¿Fernando Salazar? ¿Es usted el usuario?", preguntó asombrado. Súbitamente, su sorpresa se transformó en vergüenza. "Lo siento, me confundí. Fue un malentendido. Sí, sí. Claro. Me encargaré de tener listos los permisos que está solicitando en un momento. Sí, perdone la molestia". Para este momento, los zapatos de Paco brillaban como con luz propia, contrastando con la desilusión emanada de la mirada de su dueño. "No puedo creer que me haya equivocado de esta forma", dijo para sí pero sin importarle que Don Raymundo lo escuchara.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Quedó un rato meditabundo y, algunos minutos después, reaccionó ante el ademán de Don Raymundo que, evidentemente, le cobraba la boleada del calzado. Metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón (era allí donde siempre guardaba las monedas) y le pagó al lustrador. Don Raymundo guardó sus cosas y se dispuso a salir, pero justo antes de abrir la puerta de salida, volteó hacia donde estaba Paco y le dijo: "¿Me permite hacerle una observación?". Esta pregunta desconcertó del todo a Paco pues, para él, la observación había sido su especialidad, su &lt;em&gt;modus vivendi&lt;/em&gt;, era lo que le había permitido llegar al lugar en el que actualmente se encontraba. ¿Cómo se atrevía alguien a hacerle una observación a él, el observador? Sin embargo, intrigado y lleno de curiosidad ante semejante propuesta, Paco asintió. "Mire, sé que a mucha gente le parece irrelevante lo que hago, pero he desarrollado ciertas habilidades a raíz de mi trabajo. Por el tipo de zapatos que usa una persona puedo descubrir rasgos de su personalidad. ¿Sabía que aquellos que quienes usan zapatos sin agujetas son más directos, menos apegados al orden y más prácticos? Aquellos que prefieren las agujetas tienen personalidades de acuerdo al tipo de nudo que utilizan: sencillo, doble, corto o largo. El color de calcetines y su forma de combinarlos dice mucho también de la gente. Usted tiene un modo directo, frío, calculador. Intenta controlar al mundo a través de su propio control. Pero usted observa una sola cosa a lo largo del día, en cada minuto, en cada segundo: sólo se observa a usted mismo. En contraste, mi trabajo depende de observar más allá de mí mismo, de observar a los demás. Por el tipo de calzado de cada persona identifico a los que dan buenas propinas, a los que les gusta la pulcritud, a los que valoran el trabajo duro. También soy calculador, no se crea, pero lo hago para determinar el número de boleadas que haré en el día, para pronosticar los ingresos que tendré y para aprovechar el tiempo evitando a las personas que, evidentemente, no querrán lustrar sus zapatos en cada día. Ante cada persona, elijo el tema de conversación que emplearé dependiendo de las observaciones que hago a cada momento. Puedo determinar si una persona prefiere una boleada rápida o si debo aparentar tomarme mi tiempo para lograr un mayor brillo. Y, por supuesto, lo he observado a usted. Cada mañana sigue la misma rutina, camina los mismos pasos. Es un cliente predecible y seguro. Lo necesite o no, siempre boleará sus zapatos simplemente porque está dentro de su agenda, de las actividades que le dan seguridad. Eso está bien, pero se lo digo en serio, para ir más allá hay que levantar la mirada y notar lo que hay más allá de nuestro propio ser. No puedo decir que lo conozco simplemente por observarlo, pero sé que si pusiera la suficiente atención notaría que las cosas pueden hacerse mejor de forma diferente. Todas las mañanas, por ejemplo, si después de subir los 47 escalones que lo traen al cuarto piso y después de descansar durante 157 segundos, usted decidiera girar hacia la izquierda y no hacia la derecha, podría notar que, en lugar de 75, tendría que recorrer sólo 33 baldosas negras de aquel pasillo que tanto le disgusta. Acuérdese, es un circuito. Pero hay que voltear, enfocar la mirada en todo lo que nos rodea para poder interactuar de forma eficiente y decidir a dónde queremos ir, dónde queremos estar y con quién. Espero que esto que le digo no lo moleste pues lo hago con buena intención, porque lo he observado". Finalizó su frase con una seña de despedida y salió de la oficina hacia el pasillo. Paco quedó inmóvil y callado. Tal vez pensando, reflexionando, observando. Tras una pausa de varios minutos, tomó el auricular de su teléfono y marcó rápidamente. Esperó a que contestaran y, después de identificarse, dijo: "Señorita, por favor cancele el envío de mi desayuno: hoy iré a su tienda, desayunaré allí y la conoceré a usted".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-5930048414167468440?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/5930048414167468440/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/el-observador.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5930048414167468440'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5930048414167468440'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/el-observador.html' title='El observador…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-6264805500730480952</id><published>2011-05-10T16:12:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.732-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Madres'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='palabras'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='frases'/><title type='text'>De esta y otras madres…</title><content type='html'>Antes de dar inicio a este breviario cultural, quiero aclarar y afirmar solemnemente que lo que a continuación escribo no es, en mayor ni menor parte, invención mía y que lo hago con todo el respeto que las madres me merecen. Como ya mencioné, es un breviario de la cultura latina, al menos mexicana, y que me ha parecido interesante documentar dadas las contradicciones que pueden encontrarse al respecto de tan singular palabra: madre.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Empezando con la palabra en sí, madre es aquella mujer (o hembra en caso de los animales sin habla) que ha concebido al menos un hijo o hija. Madre también es utilizado en mujeres religiosas, también conocidas como monjas, hayan o no concebido hijos.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sin embargo, madre también puede hacer referencia a cosas. Decir "esa madre" es equivalente a decir "esa cosa" o en tono un poco más despectivo "esa porquería". Una "madrecita" es referida a algo de tamaño minúsculo, insignificante, y generalmente se acompaña de un ademán que consiste en mostrar el pulgar y el índice muy pegados el uno al otro mientras los demás dedos permanecen encogidos. No es importante, es cualquier "madre". Una "madresota", no obstante, es todo lo contrario. Y cuando se quiere hacer referencia a una cantidad abundante, tal vez excesiva, se dice que es un "madral".&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Estar "hasta la madre" tiene varias concepciones (usos, digamos). La más común se refiere a un sentimiento de hartazgo, de frustración, pero también denota saturación de trabajo, de actividades. En un sentido similar, un lugar o un camino están "hasta la madre" cuando se encuentran repletos de personas, que normalmente están "hasta la madre", por frustración quizás. Pero también, si una persona ha bebido demasiado alcohol, en cualquiera de sus graduaciones etílicas, y se ha emborrachado, también se dice que se puso "hasta la madre" o "hasta su madre", dependiendo de la cantina. En ocasiones, cuando el borracho tiene que manejar hasta su casa y ésta se encuentra muy lejos se dice también que vive "hasta su madre", o "hasta su puta madre" si es mucho muy lejos.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;"No tener madre" significa varias cosas también. Cuando una persona "no tiene madre" es porque se le considera un desgraciado, un patán y desvergonzado. Pero decir que una película, un videojuego, un libro, un auto o cualquier otra cosa "no tiene madre" indica que es muy buena, muy interesante, o es considerada la mejor quizás. De aquí se deriva que, en caso de que la madre no esté del todo ausente, se use la expresión "de poca madre". Se aplica en el mismo sentido que la anterior, para expresar admiración y aprobación por las cosas. "La plática estuvo de poca madre", significa que fue interesante, divertida, amena. A diferencia de "no tener madre", una persona "de poca madre" es una persona agradable, simpática, alegre, interesante (ese amigo es "de poca madre"). Cosa que indica que vale más tener poca que no tener en absoluto. Sin embargo, la expresión "¡qué poca madre!" indica desprecio, resentimiento, rencor, haciendo notar que la persona o personas a las que está dirigida la expresión, en realidad, "no tienen madre". Pero cuando la ausencia está ausente, es decir, cuando sí hay madre, no solo mucha sino toda, surge la expresión "a toda madre". Una persona que es "a toda madre" es aquella que nos ayuda, que nos brinda su apoyo y es agradable, aparte de todo. Pasársela "a toda madre" quiere decir que nos la estamos pasando increíblemente bien, "con madre" dirían en el norte.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Si, por ejemplo, uno revisa el trabajo que hizo un compañero de trabajo y encuentra que todo está mal, que nada checa, que el trabajo es muy malo, se dice que el trabajo está "de la madre". Si un compañero revisa un trabajo nuestro también puede decir lo mismo, así que cuidado. Por cierto, "hijo de su madre" no necesariamente es redundante y tierno, sino, por el contrario, puede corresponder a un insulto que muchas veces va adornado con otras palabras más floridas para aumentar el entusiasmo de la relación.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Los olores y sabores tienen su parte maternal también. Cuando algo huele (o sabe) mal, se dice que huele (o sabe) a "madres". Si un lugar está "hasta la madre" de gente, por ejemplo, seguramente también huele a "madres" después de un rato. Siguiendo con el plural de la palabra, "ni madres" significa que no, una negativa rotunda y firme, que no acepta objeciones. Aunque también es posible escuchar "ni madres" como sinónimo de "nada": No se ve "ni madres", no tiene "ni madres", no sabe "ni madres". Nada. Así que si algo sabe a "madres" puede ser porque quien cocinó no sabía "ni madres" de comida y el comensal puede decir que, definitivamente, no lo comerá. No, "ni madres". "¡Madres!", sin embargo, indica sorpresa generalmente producida por algún golpe, por un accidente, o por alguna situación con estrépito.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Cuando uno se encuentra ante una situación perdida, en que ya no hay mucho o nada qué hacer para hacerla positiva, se dice que es una situación que ya "valió madre", o "valió madres". Al referirse con la misma expresión a una persona, "Juan ya valió madres", se indica que esa persona está jodida, condenada, fregada, casi desahuciada, muerta tal vez. Por otro lado, cuando a alguien no le importa una situación o le importa muy poco, se dice que "le vale madres". Puede ocurrir también, que una persona repentinamente recuerde que debía entregar algún pendiente o hacer algo urgente, al momento de recordarlo es común que su expresión sea "¡en la madre!", lo cual denota desesperación.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;"Darle en su madre" a algo significa descomponerlo, romperlo, destruirlo. "Darle en su madre" a alguien quiere decir golpearlo, atacarlo, agredirlo. "Romperle la madre" a algo o a alguien es un equivalente a "darle en su madre". En ocasiones, cuando alguien se entera de que le quieren "romper su madre", consideran conveniente salir corriendo lo más rápido posible, a toda prisa, "hechos la madre". "Madriza" es la golpiza que les dan si no corren tan rápido. Pero "madriza" también se aplica a alguna humillación recibida.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;"Madrear" a alguien significa golpearlo o agredirlo. Estar "madreado" se refiere a sentir algún tipo de dolor o inconveniencia física, en caso de las personas. Cuando una cosa está "madreada" significa que está descompuesta o que alguien la descompuso por la mala, a "madrazos", es decir, a golpes. Aunque un "madrazo" también puede referirse a una cantidad importante de dinero que se pagó (le deposité un "madrazo"). Hacer algo rápidamente, como reacción inmediata, quiere decir que se hizo "de madrazo", no necesariamente bien hecho.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;"Echar desmadre" equivale a divertirse, a convivir relajadamente, sin muchos límites. "Tener un desmadre" indica tener desorden, poco cuidado, un caos. "Desmadrar" algo significa descomponerlo, "darle en su madre", desarmarlo sin orden.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Y así como éstas, pueden encontrarse muchas más expresiones referidas a la madre, pero el tiempo y mi poca memoria me impiden escribirlas en estos momentos. Así que cuando escuchen aquella famosa frase de que "madre sólo hay una", no le crean ni madres. Si alguien recuerda otras dignas de mencionar por favor anéxenlas en los comentarios.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;¡Feliz día a todas las… mamás!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-6264805500730480952?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/6264805500730480952/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/de-esta-y-otras-madres.html#comment-form' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6264805500730480952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6264805500730480952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/05/de-esta-y-otras-madres.html' title='De esta y otras madres…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7840551180162495829</id><published>2011-04-24T20:30:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.716-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='avatar'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='alter ego'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='videojuego'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>El Avatar…</title><content type='html'>&lt;img src="http://juliolr.files.wordpress.com/2011/04/042511_0129_elavatar11.jpg" alt="" align="left" /&gt;La vida de Kusanagi había sido afortunada en muchos sentidos. A su corta edad, había tenido la fortuna de visitar lugares, conocidos y desconocidos, había librado épicas luchas donde, gracias a su destreza, surgió como el único sobreviviente. Había sido también parte de varios grupos secretos que buscaban mantenerlo en sus filas pues eso les daba muchas ventajas sobre otros grupos. Pero él sólo elegía estar con uno o con otro según su propia conveniencia. Por eso, no podría decirse que él perteneciera a un bando. No, eso sería demasiado fácil y conformista: el bando le pertenecía a él. No buscaba inclusión, buscaba posesión. En su vasta experiencia la acumulación de bienes de todo tipo había sido parte fundamental de su éxito. Entre más poseyera, más posibilidades de supervivencia tendría. Tener más que los demás le daba fuerza y poder. Pero su físico también resultaba importante. Alto, delgado, fuerte. No buscaba, por extraño que parezca, exhibirse físicamente. Estaba en contra de un cuerpo con demasiados músculos porque, en su opinión, éstos sólo daban la impresión de fanfarronería, no de habilidad en sí. Después de todo, había logrado vencer en diferentes peleas a tipos mucho más grandes, mucho más temibles, con su sola perseverancia. Había aprendido que la apariencia era importante, pero no lo era todo. Tuvo que concentrarse en sus propios puntos fuertes y, sobre todo, en los puntos débiles del adversario. Pero quizás su mayor atributo había sido su versatilidad. Adaptarse a una y otra circunstancia que la vida le ponía en su camino, hasta hacerse flexible y esperar lo inesperado. Eso lo valoraba no sólo él sino todos aquellos que llegaban a conocerlo, sus amigos y, más aún, sus enemigos. Porque, como él mismo había dicho en muchas ocasiones, en este recorrido hay que desconfiar hasta de los amigos. No era para menos, más de una ocasión había sido víctima de traiciones, de amigos cegados por la ambición, por la avaricia, por el poder. No obstante, nunca guardaba rencores, quizás porque él mismo había incurrido miles de veces en las mismas prácticas. No por deslealtad, no por desamor, por sobrevivir, simple y llanamente. Por sobrevivir. Ése era, desde hacía mucho tiempo, su único objetivo. Sobrevivir. Seguir allí, perseverar, alcanzar. Pero, al final, sólo sobrevivir era importante. Era lo único importante. Por supuesto, no todo era malo. Había ganado muchas batallas, el mundo había sido testigo de sus logros. Había acumulado riquezas y tierras. Había sido capaz, incluso, de gozar de aplausos y reconocimientos de aquellos menos pensados. No es que fuera invencible. No, no lo era. Sin embargo aprendía siempre de sus derrotas, las analizaba, las estudiaba, las comprendía, las convertía en sus futuras victorias. Nunca cometía dos veces el mismo error, por muchos errores que cometiera. Desconocidos venían a él en busca de guía, de orientación. Nunca negaba su ayuda a otros, pero siempre guardaba secretos sólo para él. Revelarlo todo lo expondría, lo delataría en muchos casos. De vez en cuando compartía ciertos secretos menores, sólo para medir la habilidad de sus oponentes, para ver qué tan lejos podían llegar teniendo parte de su conocimiento. Mas siempre se arrepintió de divulgar información pues veía cómo otros se fortalecían y trataban de derrumbarlo con lo que él mismo les había enseñado. Ésa era la razón por la cual sus mejores trucos permanecían en el más absoluto secreto, sólo en su mente, en su alma. Y sin embargo, seguía compartiendo información, sólo para que todos supieran que él podía saber más que los demás y sentirse superior. Ser superior. Y lo lograba. Para muchos él era considerado un héroe, un superhéroe quizás. Fuerza, habilidad, velocidad, destreza, poderes sobrenaturales. Kusanagi lo tenía todo. Era, sin duda, el avatar más poderoso que alguien hubiera creado.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sin embargo, para sorpresa de muchos, tenía una debilidad, una parte misteriosa que buscaba ocultar a toda costa. Poseía, podría decirse así, un alter ego. Un ente oscuro en su ser que, por alguna razón, dominaba su vida. O, al menos, eso parecía. Menospreciando la capacidad de Kusanagi, su alter ego solía exponerlo inútilmente, desafiando su experiencia, su capacidad. La apariencia, ampliamente atesorada y cuidada por Kusanagi no era relevante para su alter ego, no era importante, no era necesaria. Más aún, últimamente su alter ego había descuidado en demasía su propia apariencia, se arreglaba poco y no parecía preocuparle la poca fuerza de su propio cuerpo. Eso no era aceptable para alguien como Kusanagi. Pero tampoco podría decirse que el alter ego fuera una mala persona, después de todo le había hecho compañía en todas y cada una de sus batallas, lo había apoyado en cada misión, lo había ayudado en situaciones dónde, de haber estado solo, no hubiera sobrevivido. Y esa era la parte fundamental de esta simbiosis, la supervivencia. Pero también era un hecho que muchas batallas habían sido perdidas por equivocaciones, por distracciones, por incompetencias del alter ego. De alguna forma, Kusanagi sabía que su poder sería aun mayor sin todas aquellas pifias. Odiaba sentirse controlado, anhelaba dirigir sus propias victorias, deseaba tomar las decisiones de las cuales su supervivencia dependía. No quería ser la consecuencia de las elecciones y dudas de otro. Estaba decidido a crear mundos nuevos y mejores. Y eso sólo podría ocurrir si se deshiciera de todo aquello que lo frenaba. Ésa había sido, sin duda alguna, su primera decisión. Continuar. Sobrevivir, pero ahora por su propia cuenta. Sin grupos, sin fallas, sin alter ego. Después de todo, era él el único que arriesgaba algo en todo este juego. Nadie más. Ni siquiera el alter ego, por muy leal que siempre le hubiera sido. Fue entonces que su plan comenzó. Era necesario ir tomando el control poco a poco, sin que su alter ego sospechara. Así, durante la batalla, fallaba uno que otro golpe, saboteaba alguna estrategia cuidadosamente planeada. Por supuesto, procuraba siempre sobrevivir. Esa parte no había cambiado. Ante todo, su permanencia en el juego seguía siendo esencial. De vez en cuando, erraba la recolección de bienes, conducía en direcciones diferentes a las ordenadas por su alter ego, tocaba mal una que otra nota musical. Todo tenía la intención de la frustración, de la desesperación, del descontrol. Sí, el descontrol era su objetivo. El descontrol total. Pero el alter ego parecía no reaccionar de acuerdo a lo que Kusanagi deseaba. Sin duda, se molestaba, maldecía, vociferaba. Pero el único resultado era el repetido cambio de controles, el ajuste de la pantalla, la recalibración de los dispositivos adicionales. Llegó incluso a probar batallas usando nuevos aparatos, en diferentes habitaciones, con diferentes personas. Esto, sin embargo, no iba a detener a Kusanagi. Después de todo, una de sus principales cualidades era la perseverancia, la repetición, el nunca sentirse derrotado. Se mantuvo firme en su plan, sabiendo que tarde o temprano conseguiría lo que tanto buscaba. Siempre había sido así. A cada día, a cada momento, su alter ego mostraba nuevos signos de desesperación, de frustración, de molestia. El plan empezaba a funcionar. Modificó diferentes cualidades en Kusanagi, su vestimenta, su velocidad, su apariencia. Esto definitivamente iba más allá de lo que cualquiera podría tolerar. Kusanagi, sin embargo, seguiría adelante, aun sabiendo que todo esto tendría una afectación directa en su propia reputación. Ya no sería ni el más poderoso, ni el número uno por algún tiempo. Por algún tiempo. Eso solía pensar, que todo el asunto era una cosa temporal. Difícil, humillante, pero pasajero. Poco a poco, el alter ego iba perdiendo control de Kusanagi. La frustración, la desesperación, el desconcierto hicieron del alter ego una presa fácil. Partida tras partida, ocurrió. Kusanagi había tomado el control, más bien, había arrebatado el control al alter ego. Y lo que era mejor, su alter ego ya no estaba interesado en seguir siendo parte de aquella burla, de aquel juego alterno. Y entonces, cuando el alter ego hubo rendido todos sus esfuerzos y Kusanagi estaba listo para tomar el control total, el plan tuvo un desenlace inesperado. Las fuerzas comenzaron a huir de Kusanagi, todas aquellas posesiones que aún conservaba desaparecieron de sus manos en cosa de segundos, sus territorios quedaron llenos de un vacío ensordecedor. Él mismo se desvanecía, literalmente. Tuvo, sin embargo, la claridad mental para reconocer, tal vez demasiado tarde, que el hecho de no notar las cuerdas, no implicaba que no fuera un títere. Con alta resolución gráfica, con control alámbrico o inalámbrico, en localidades virtuales, con efectos y habilidades especiales, pero títere a final de cuentas. Así se sintió, libre, sin cuerdas, pero al mismo tiempo abandonado, traicionado, cuando escuchó a su alter ego gritar mientras terminaba de borrar al avatar: "¡Kusanagi ha muerto! ¡Viva Kusanagi2!".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7840551180162495829?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7840551180162495829/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/04/el-avatar.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7840551180162495829'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7840551180162495829'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/04/el-avatar.html' title='El Avatar…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7304331681074023860</id><published>2011-04-16T23:24:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.698-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Cuentos'/><title type='text'>Yo tenía razón…</title><content type='html'>&lt;p style="text-align:justify;"&gt;Te lo digo, no era poca cosa. Tenía harto a los vecinos pero, sobre todo, a mí. Esa cosa nos enloquecía cada noche y, lo peor, nadie podía hacer nada. Ni siquiera yo. No, ni siquiera yo. A mí me gustaría saber más de esas cosas pero nunca tuve la oportunidad de aprenderlas. Más café, por favor, señorita. ¿Tú quieres más descafeinado? Uno americano y otro descafeinado, por favor. Sí, te digo que esas cosas me hubiera gustado aprenderlas pero no eran lo mío. ¡Qué no hubiera dado yo por saber cómo arreglar la condenada alarma! Sí, ya sabes. Esa alarma era una porquería. Más valdría el carro si no la tuviera. Piénsalo un poco. ¿De qué sirve una alarma que se enciende sola? Gracias, señorita. ¿Le encargo un poco de crema? Gracias. No es que se encendiera sólo en ciertos momentos. El problema eran los momentos en que se encendía. Las veces que mejor me iba era cuando se encendía una sola vez en la madrugada. Sí, cuando molestaba al resto del edificio sólo una vez. Dicen que se activaba por el cambio de temperatura en el ambiente. Eso tenía el descaro de hacer la estúpida. Quejarse de los cambios de temperatura. Pero eso era cuando la cosa iba bien. Hubo un día en que se activó tantas veces hasta que el aburrimiento de apagarla me hizo ignorarla. La dejé sonando y sonando. Bueno, tiene un sistema donde lo más que dura sonando son treinta segundos, se detiene un rato y después, como si la temperatura cambiara a cada instante, se vuelve a encender una y otra vez. Una pesadilla. ¡Qué digo una pesadilla! ¡Nadie podía dormir! ¿Sabes quién era yo en el edificio? ¿Sabes cómo me llamaban todos allí? El vecino de la alarma. Ese era yo. No el del 204 o el del carro gris. No. El vecino de la alarma. De vergüenza, verdaderamente. No, más que vergüenza, de humillación. Y no digo que los vecinos me humillaran, era la alarma que se activaba sola, o por la temperatura, por estúpida simplemente. Y no es que nunca hubiera hecho nada para arreglarlo. Siete veces. Siete ¿sabes? En siete ocasiones diferentes, en siete talleres diferentes revisaron la bendita falla de la alarma. Las mismas siete veces que me aseguraron que no volvería a pasar, que no volvería a sonar como poseída. Las mismas siete veces que se equivocaron, que me engañaron. Supongo que algo hacían, te lo digo en serio. Tú me conoces, no soy de los que desprecian el trabajo de otros sólo porque no lograron los resultados. El esfuerzo siempre es apreciado, al menos por mí. Pero eso no justifica que traten de engañarme. Sí, así como te lo cuento. Me decían que habían localizado la falla, que habían cambiado este y aquel sensor. Que habían tenido que reprogramar la lógica de no sé qué parte de la famosa computadora. Yo sólo querían que la hicieran callar. Pero hasta eso era imposible, me dijeron. Imposible, esa fue la palabra que usaron. También sabes que no me gusta desconfiar de las personas si no tengo un motivo para hacerlo. Sí, me conoces bien. Pero aceptar ciegamente que algo es imposible es algo que no puedo, no, no, no, que no quiero hacer. Y es que cuando me dijeron que desconectar el sistema dejaría, por seguridad, inservible el auto, fue algo que no me puedo creer ni yo. Y tú sabes lo crédulo que puedo ser a veces, muchas veces. Pero no para esto, no para este tipo de cosas. ¿Sabes la cara de estúpido que tenía que poner al tratar de dar esta explicación a los vecinos? ¿Sabes el ridículo que me hacía pasar la tonta explicación? "No puedo apagar la alarma porque hacerlo dejaría inservible el auto, por seguridad". ¡Pamplinas! Después de decir tan tremenda estupidez tenía ganas de castigarme a mí mismo, como si fuera el autor de la frasecita. Como si supiera lo que estaba explicando. No sabía si salir corriendo a pedir confesión a algún cura o torturarme lentamente escuchando la insoportable alarma. Sí, tienes razón, lo segundo ya lo hacía cada noche. La confesión… bueno, esa sigue esperando. ¿Pero sabes qué fue lo peor? Cuando una vecina me encaró, cuando tuvo el valor de acercarse. Bueno, más que el valor fue la desesperación, supongo, la que la motivó a acercarse a mí. "¿Podría no activar su alarma, por favor? No me deja dormir", me dijo. Con esas palabras. ¡Como si no quisiera yo mismo acabar con tal tormento! ¡Como si me pareciera gracioso o divertido que sonara cada madrugada y despertara a medio mundo! En otras épocas, tienes razón, pero no ahora. Casi exploto cuando me hizo la petición pero me controlé.  Tú tienes mucha más paciencia que yo pero sabes cómo me pongo cuando alguien me aborda así, con incoherencias y necedades. Pero esta vez esperé y logré calmarme. Pero luego ella misma me dio la clave, la solución a todo. "Podría dejarlo abierto, sin alarma. Aquí no podría robárselo nadie, hay vigilante y todos podríamos dormir", fue su comentario. No, por supuesto que no iba a dejarlo abierto, pero eso me hizo pensar. Como te dije, no soporto a la gente que dice que algo es imposible, simplemente no la tolero. ¿Sabes por qué? Porque quienes no ven la solución a los problemas difíciles son quienes no tienen una verdadera motivación para resolverlos. Un poco más de café, señorita. ¿Más para ti? ¿No? Sólo un americano, por favor. "Nadie podría robárselo", dijo la vecina. Y eso me llevó a pensar como ladrón. Como alguien que quisiera robarse el dichoso carro. Sí, sé que no es la gran cosa pero hoy se roban de todo sin importar si vale la pena o no. Pero déjame explicarte. ¿Qué pasaría si alguien realmente quisiera robarse el auto? ¿Podría hacerlo sin activar la alarma? Si se activaba hasta porque la cucaracha pasaba muy cerca. Pero ninguno de los que había revisado el carro, ninguno de aquellos siete charlatanes había tenido un real interés de que aquello funcionara. Sólo veían en mí a un tipo con un problema que no era suyo y era trabajo de ellos hacerme creer que así seguiría siendo siempre. Pero yo voy más allá, no tengo que darte más detalles a ti. Yo sabía que si encontraba a alguien con un motivo real él podría demostrar que yo tenía razón. Que las cosas no son imposibles sobre todo cuando algún fulano en otra parte del mundo diseñó aquella porquería. Que no me vengan con que aquello era inamovible, que era imposible. ¿Qué hice? Te lo diré. Salí a la calle y me puse a investigar quién tenía fama de ladrón, de robacoches. No fue una tarea fácil. Gracias, señorita. No olvide la crema, por favor. No, no fue fácil. Me tomó un par de semanas dar con el tipo adecuado. Una joyita. Aquel vago no creía lo que le estaba pidiendo. Me miraba de arriba abajo como tratando de descifrar qué estaba mal en mí, qué me fallaba. En fin, que le di todos los datos. Sabía dónde encontrarme. Y yo sabía que, tarde o temprano, lo haría. Lo juro, estaba completamente seguro de que lo haría. Por eso hoy estoy aquí, feliz, disfrutando mi desayuno contigo. Porque sabía que tenía razón. Esta noche, esta madrugada dormí profundamente. Todos los vecinos lo hicieron. Por primera vez en no sé cuantas semanas, tal vez meses, pudimos dormir sin interrupciones, sin enojos, sin alarma. Yo tenía razón. Hoy por la mañana era yo una persona diferente para los vecinos. Ya no era "el de la alarma", sino uno más de ellos a quien podían saludar con una sonrisa. ¿Sabes lo que es eso después de ser el malo de la película por tanto tiempo? ¡Es la gloria! Es volver a sentirse seguro de uno mismo. Es volver a vivir. No creas que exagero, así me siento ahora mismo. La cuenta por favor, señorita. Tener razón te hace sentir invencible, con un poder indescriptible. Perdón, ¿querías algo más de café? Bueno. Pero esa sensación de tranquilidad que te da el saberte en lo correcto es indescriptible. De haber sabido la respuesta desde el principio, lo habría hecho sin dudar. Pero mira cómo son las cosas. Gracias, señorita. El caso es que estoy feliz, contento como pocas veces en mi vida. Pero tengo que dejarte ahora. Hoy no quiero que nada ni nadie interrumpa mi felicidad. Y no quiero llegar tarde. Debo ir al ministerio público a levantar el acta por el robo del auto. Nos vemos luego. ¿Lo ves? ¡Yo tenía razón!&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7304331681074023860?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7304331681074023860/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/04/yo-tenia-razon.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7304331681074023860'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7304331681074023860'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/04/yo-tenia-razon.html' title='Yo tenía razón…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4410576284653399696</id><published>2011-03-30T00:37:00.000-06:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.682-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><title type='text'>Café cargado de recuerdos…</title><content type='html'>&lt;a href="http://juliolr.files.wordpress.com/2011/03/cafe.jpg"&gt;&lt;img class="alignleft size-thumbnail wp-image-83" title="Café" src="http://juliolr.files.wordpress.com/2011/03/cafe.jpg?w=150" alt="" width="150" height="113" /&gt;&lt;/a&gt;Hoy no he querido cenar. Mi apetito se interrumpe cuando mi mente intenta procesar tantas noticias, tantos deberes, tantos sentires. El calor, sin embargo, despierta mi sed y provoca que me sienta inquieto. A mi mente llega el comentario de Luis que, apenas en la tarde, había expresado: "Mi suegro, que vive en Veracruz, se quita el calor tomando café. Y sí funciona". No es que tuviera muchas ganas de probar aquella teoría de que el calor con calor se combate, pero no pude resistir el impulso de prepararme una taza. Mientras lo hago, en mi mente aparecen varios rostros. Unos me indican que tal vez caliento demasiada agua, otros me hacen pensar que es demasiado poca. Pruebo el café sintiendo cuidadosamente su temperatura y recibo la primera dosis de cafeína. "Muy cargado", pienso al principio. "No, está perfecto", corrijo enseguida y disfruto el pequeño sorbo que cubre con su sabor mi boca. "A ella le gusta cargado también", recuerdo mientras en mi mente se fija la imagen de una sola persona. "Pero ella lo toma dulce y con crema", pienso mientras mi boca dibuja una sonrisa espontánea. Así lo había comprobado la última vez que me permitió preparar su bebida cuyo sabor mereció amplios halagos cuando ella la bebía. No sé si realmente le agradó el café pero a mí me encantó su rostro al degustarlo. Ahora me encantaba al recordarlo.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sin notar la transición, mi mente visitó aquella mesa donde varias veces platicamos, donde tantas veces nos miramos, donde tantas veces nuestros labios se humedecieron al deleitarse con aquello que recuerdo como café pero que muy probablemente haya sido algo más. Veo, sin embargo, con suma claridad mi propia sonrisa, reflejo inequívoco de mi saciedad. Y es que en esos momentos no deseo nada más. Acaso, tiempo, más tiempo. O quizás, por el contrario, que no hubiera tiempo que contar. A cada sorbo, noto más claramente el fondo de aquella taza cuya temperatura empieza a bajar, contrastando con la nuestra, que no deja de aumentar. Después la mesa, quizás sólo mi mente, nos transporta a otro lugar, a viejas pláticas, a otra realidad. El sabor del café se transforma sin perder su intensidad. Hace frío pero el calor de aquel pocillo reconforta con placer mis manos que no se apartan de él. Nuevamente está su mirada, su sonrisa, su gracia al beber. Inesperadamente, ella se levanta y se va; yo, sin poder moverme, lamento su voluntad. Ante su ausencia, mis músculos se contraen violentamente y, ante quienes miran, mi cuerpo muestra escalofríos fingidos. Quiero tenerla, que regrese inmediatamente. El café se vuelve más amargo cuando no está. Ella regresa, muchas veces. A veces contenta, a veces indiferente. La vez en que más recuerdo su regreso fue cuando, enojada, me pidió que me marchara. Sin aparente motivo, sin ninguna razón. Sin terminar mi café. Todo volvió a cambiar: la temperatura, la intensidad, el sabor. Sobre todo el sabor. Como si lo salado de las lágrimas pudieran haberse combinado con lo amargo del café. Quise romper aquel vaso que lo contenía, hacer añicos la intención de seguir bebiendo. Me puse de pie e intenté terminar con aquellos impulsos. Bebí hasta el final aquella bebida triste. Al menos eso acabaría con ella, al menos eso me haría olvidar. O, por lo menos, no recordar. Cerré los ojos mientras tragaba a fuerzas cada gota, como si al no ver lo que tomaba, no sintiera su sabor. Pero al abrir nuevamente los ojos todo se había transformado frente a mí. No supe cómo, no supe cuándo, pero el café había vuelto a aparecer, como si nunca se hubiera ido. Ella también. Su sonrisa provocó la mía. Su mirada endulzó mi café. Nuevamente platicamos y reímos. Nuevamente disfrutamos el café. Ahora era su risa la que predominaba, la que llenaba mi ser. Sin usar un solo grano de azúcar, su presencia endulzó mi vida. Volvimos y nos sentamos a la mesa, a disfrutar de todo aquel placer producido, no por el café, sino por nuestros propios sueños.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Di el último trago, el calor había desaparecido. La teoría, sin intención de comprobarse, había sido comprobada. El calor con calor se combate. No porque el calor ya no exista, sino porque el cuerpo lo ha asimilado. Pero sigue allí, como la pasión, como el amor. Latente. Sin irse, aunque parezca ausente. Igual pasa con los recuerdos que pasan por mi mente al beber café. Quizás los aparte de mi mente, no los puedo apartar de mi café.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4410576284653399696?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4410576284653399696/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/03/cafe-cargado-de-recuerdos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4410576284653399696'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4410576284653399696'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/03/cafe-cargado-de-recuerdos.html' title='Café cargado de recuerdos…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7880988930184946498</id><published>2011-03-21T20:36:00.000-06:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.604-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><title type='text'>Primavera</title><content type='html'>&lt;p&gt;"¿Qué se celebra el 21 de marzo, papá?", fue la inocente pregunta de mi hermano hace ya varios años. Siendo él todavía un niño, tenía razón en preguntar: algo importante debía ocurrir para no tener que ir a la escuela al día siguiente. "Pues es el día en que inicia la primavera", contestó aún más inocentemente mi padre sin dejar de cortar la carne que conformaba su cena. "¡Aaaahhh!", fue la exclamación que todos esperábamos de mi hermano al encontrar respuesta a su duda. Aparentemente, la noche transcurriría sin mayores incidentes y todos nos dedicaríamos a ver las tan clásicas series de televisión para pasar un rato en familia. "¿En primavera llegan los marcianos?", preguntó de repente mi hermano. "No seas tonto, los marcianos no existen", me apresuré a decir en cumplimiento de mi deber como hermano mayor. "¡Dijeron en la tele!", replicó inmediatamente. "¿Verdad que no es cierto, mamá?", pregunté más queriendo tener la razón que queriendo saber la verdad. Mi papá soltó una pequeña risa tratando inútilmente de que no se notara y miró pícaramente a mi madre intrigado por saber cuál sería su respuesta. "¿Dijeron en la tele que venían los marcianos?", preguntó mi madre mirando tiernamente a mi hermano. La sonrisa de ella contrastaba con el enojo de él al sentirse desafiado por mí. "¡Dijeron que el año pasado las personas vieron OVNIs en las pirámides cuando fue primavera!", dijo con voz fuerte y segura mi hermano tratando de dar validez a su comentario. "¿Cuáles pirámides?", pregunté yo, sin tener idea de qué estaba hablando y desacreditándolo inmediatamente con mi pregunta. "Bueno, a veces la gente cree ver cosas que no existen", contestó tranquilamente mi mamá. "¿Cuáles pirámides?", volví a preguntar. "¡Yo los vi! ¡Los pasaron en la tele! ¡Eran dos, uno blanco y otro negro!", gritó mi hermano. Mi madre guardó silencio y sólo lanzó una mirada a mi padre que él inmediatamente interpretó: era su turno de intervenir y contestar. Haciendo a un lado su plato, puso los codos sobre la mesa y, asumiendo posición de quien trata de dar una explicación clara, entrelazó los dedos de ambas manos frente a su cara. "En Primavera mucha gente va a las pirámides, que son construcciones enormes muy antiguas, se suben a ellas y reciben la energía del Sol para recargar energías. Dicen que la forma de las pirámides ayuda a concentrar la energía en ciertos puntos y muchos esperan que esa energía los ayude a sentirse mejor, a tener más fuerzas y un mayor optimismo. Es gracias a esa energía que las plantas florecen y todo se ve más bello", fue su discurso tratando, infructuosamente, de que cesaran las preguntas. "¿Y los marcianos?", pregunté ahora yo. "Los marcianos no existen", dijo secamente. "¡Quiero ir a las pirámides!", dijo emocionado mi hermano. "¡Yo también!", respondí casi gritando inmediatamente. No entendía que era eso de "recargar energías", pero definitivamente era una buena oportunidad de ir a ver a los marcianos, aunque pensara que no existían. Y en el muy remoto caso que existieran, sabía que los OVNIs negros serían mis favoritos. Comenzó entonces la discusión entre mis padres de si en Primavera iba mucha gente, que el calor era insoportable, que la experiencia sería buena para todos y que, finalmente, tenía mucho que no salíamos de paseo. No es que mi madre ganara todas las discusiones, era sólo que nunca podíamos recordar cuando mi padre lo hacía. Y, siendo ella la que apoyaba la idea de visitar las pirámides, estaba todo dicho: el próximo 21 de marzo iríamos a Teotihuacán a visitar las pirámides, recargar energías y, de paso, buscar OVNIs.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No entendí aquello de la pureza cuando mi madre nos obligó, a mi hermano y a mí, a vestirnos con ropa blanca justo el día en que salíamos a las pirámides. A mí no me gustaba aquel pantalón que utilizaba en las ceremonias de la escuela porque tenía uno de los bolsillos rotos y, en mi distracción y olvido, siempre sentía cómo las monedas destinadas a comprar mi almuerzo recorrían mi pierna en su frío recorrido hacia abajo. Lo que sí me gustó fue el poder usar aquella gorra de beisbolista que casi nunca tenía oportunidad de lucir. Era de los Dodgers de Los Ángeles y me hacía sentir como si, al mirarme, la gente pudiera reconocer a una futura estrella del juego de pelota, así nada más, sólo con verme. Mi hermano parecía menos emocionado: habiéndonos levantado tan de madrugada aquel día, su trabajo consistió en mantenerse de pie mientras llegábamos al coche. Pero del sueño pasamos a la pesadilla. Una fila interminable de autos buscaba llegar a las tan famosas pirámides. No sé cuánto tiempo pasamos formados. Avanzábamos tan lentamente que, más de una ocasión, pensé que la primavera, la energía y los marcianos se habrían ido para cuando nosotros llegáramos. Ni siquiera estaba seguro de que las pirámides siguieran allí al arribar. En mi esperanza de niño, soñaba con que aquel día, y ante los ojos de todos, llegara alguna nave espacial (blanca o negra, no importaba) y secuestrara con un inmenso rayo succionador la pirámide más alta. Pero eso sólo lo sabría al llegar. Cosa que no ocurrió después de varias vueltas en el auto buscando lugar de estacionamiento.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Efectivamente, el calor era insoportable, la cantidad de gente era impresionante, la presencia de las pirámides impresionante y la ausencia de los OVNIs frustrante. Recorrimos lentamente el sitio arqueológico, no tanto por detenernos a admirarlo sino porque, gracias a la marea blanca formada por la muchedumbre, no podíamos avanzar más aprisa. Ansiaba llegar rápidamente a la cima de aquella lejana pirámide, recargar las famosas energías, mentarle su madre a los inexistentes marcianos y largarnos inmediatamente a descansar. Se dice fácil pero, a cada paso que dábamos, la pirámide parecía aumentar de tamaño, el camino se hacía más largo y el calor era incesante. Finalmente nos encontramos justo en la base de la pirámide del Sol. Viendo hacia la cima de tan colosal estructura, me di cuenta de que el trayecto difícil estaba apenas por comenzar. Aun así, pensé que podría resultar divertido. A los primeros treinta escalones deseché cualquier intento por divertirme. Me concentré sólo en subir esquivando a quienes, agotados por el insaciable Sol (que se suponía estaba encargado de dar energía), se quedaban descansando a mitad del ascenso. Todo sudoroso, vi con alegría el último tramo de escalones y, entonces sí, la energía volvió a mí y apresuré el paso para llegar al lugar prometido. Lo que vi allí me impresionó: No había nada. La tan prometida "energía" no se veía en ningún lado. Sólo gente mirando. Hacia arriba o hacia abajo, pero sólo mirando. Algunos alzaban los brazos como buscando alcanzar o recibir la energía de algún modo. Otros, con ambas rodillas en tierra, agachaban la cabeza como si fueran a recibir algún nombramiento real. Algunos más sólo cerraban los ojos tratando de sentir el momento justo de recibir la fuerza. Siendo un tanto escéptico, sin conocer el objetivo de todo aquello, decidí tomar una posición imparcial: puse una rodilla en tierra, cerré los ojos, alcé los brazos, abrí la boca, mantuve la cabeza derecha y apreté los puños en mi propia versión para re-energizarme. Así duré un par de minutos. Esperando. Sintiendo. Estaba a punto de rendirme, cuando algo pasó. Sentí cómo algo chocaba contra mi cuerpo, cómo hacía retroceder todo mi ser. No, no era la tan anhelada energía. No era el Sol que enviaba sus rayos a fortalecerme. Desafortunadamente, tampoco eran los marcianos tratando de secuestrar la pirámide. Era una ráfaga de viento que, intempestivamente, me arrancó la gorra de beisbolista de mi cabeza y la arrojó al vacío. Corrí tras de ella intentando desesperadamente de recuperarla. Traté de encontrarla con la mirada, intentando adivinar la trayectoria que había seguido. Pero esa gorra, la de los Dodgers, desapareció entre la multitud que se aferraba a las paredes de la pirámide.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El trayecto hacia la casa resultó descorazonador. La gorra no había aparecido y, entre promesas de comprar una nueva, de tratar de tomar la experiencia como algo positivo, yo lloraba la irreparable pérdida. Mi mamá se esmeró preparando la cena, cocinando mis platillos favoritos y animándome contándome las historias que sabía eran mis preferidas. Nada podía animarme, no en esos momentos. Entonces mi hermano, en un arranque de inspiración, sugirió: "Tal vez tu gorra no desapareció. Tal vez los marcianos se la llevaron con su rayo". Pensándolo un momento, sólo un breve instante, con todo el hastío que mi carácter me permitió, contesté: "Hoy no fuimos a la escuela porque se celebra el natalicio de Benito Juárez". Y todos seguimos cenando.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7880988930184946498?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7880988930184946498/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/03/primavera.html#comment-form' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7880988930184946498'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7880988930184946498'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/03/primavera.html' title='Primavera'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-3845097995252711090</id><published>2011-02-16T22:32:00.000-06:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.433-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><title type='text'>A mi profe sin cariño…</title><content type='html'>&lt;p&gt;Era un sábado a eso de mediodía, la peor hora para organizar un partido de futbol. El sol pegaba con toda su intensidad y alrededor de la cancha no podía verse una sola sombra que ayudara a jugadores y espectadores a protegerse del sofocante calor. La tierra suelta, principal materia prima de aquella cancha, no mejoraba el asunto. Aún los rostros de quienes no corrían quedaban cubiertos de gruesas capas de suciedad que quedaba firmemente adherida gracias a los interminables chorros de sudor que parecían emanar como por arte de magia, sin necesidad de palabras mágicas. "Échale ganas, viejo", gritó una alegre espectadora al momento que aplaudía efusivamente y en sus manos parecía formarse un pequeño remolino de polvo. Por supuesto, ninguno de los equipos que se enfrentaban era profesional, ni siquiera medio bien organizado. Las figuras de aquellos animosos jugadores los delataban: las panzas desbordadas en los ajustados uniformes, las calvas que rápidamente mostraban signos de irritación por la exposición al sol, y el inconfundible agotamiento provocado por la falta de ejercicio que se traducía en enormes nubes de tierra levantada al ir arrastrando los cansados pies. Así eran, en su mayoría, los torneos organizados para celebrar el Día del Padre en las escuelas primarias. En esta ocasión no se trataba de un partido "Padres vs Hijos", sino que, por la gran asistencia de padres ese año, se decidió organizar uno de "Padres vs Padres". Al menos la humillación para los perdedores sería menor por el simple hecho de haber sido derrotados por un equipo de "su misma condición", en todo caso. Como puede imaginarse, las porras provenían principalmente de las esposas de los jugadores ya que los hijos trataban de pasar inadvertidos y evitaban responder con vergüenza a la tan sádica pregunta de "¿Cuál es tu papá?". Y, si la pregunta no podía evadirse, había quienes alegremente señalaban con poca precisión hacia un grupo lejano difícil de distinguir entre la polvareda levantada. El juego no empezó tan mal, se escuchaban aplausos y porras casi eufóricas para animar a los jugadores y motivarlos a dar "un buen espectáculo". Los jugadores hicieron su mejor esfuerzo por moverse de un lado a otro sin que se notara mucho la poca idea de lo que estaban haciendo. No es lo mismo dirigir a un equipo de futbol desde la comodidad del sillón de la sala que ejecutar con precisión la jugada que todos quieren ver, sobre todo si hay que correr para llevarla a cabo. Poco a poco, los ánimos comenzaron a disminuir, junto con las fuerzas en las piernas de los jugadores. Se empezaba a distinguir cuáles jugadores podían ser fácilmente burlados y el otro equipo podía tomar ventaja de aquel punto flaco, o más precisamente,  de aquel punto débil. Así, comenzaron a caer los goles de un equipo, siempre aprovechando la poca velocidad de uno de los defensas que constantemente era dejado atrás. No era difícil que, con un pequeño drible, el delantero rebasara al cansado defensa y quedara frente al portero con alta probabilidad de anotar. Cada gol parecía la repetición del anterior: el mismo defensa dejaba de correr y dejaba expuesto a su guardameta. "Córrele, viejo. ¡Córrele!", le gritaba la esposa. "¡Ya está ruco!", avisaban entre gritos y risas los niños que presenciaban el partido. Todos los niños parecían muy divertidos cada vez que veían que, nuevamente, el delantero buscaba avanzar por la zona del defensa. "Allí está el pan. ¡Allí está el pan!", vociferaban todos ahogados casi en una carcajada. Todos, excepto uno. A diferencia del resto de los niños, había uno que parecía molesto. No, molesto era poco. Endiabladamente enojado. Y su enojo se tornaba en furia al reprimirse expresarlo. No quería que nadie lo notara. No quería ser el centro de burlas y comentarios malintencionados. Pese a que aquel lento defensa era su padre, él no tenía la culpa de su mala actuación. No tenía por qué pagar por la incompetencia de otro, aunque ese "otro" lo hubiera criado y hecho nacer. Permanecería callado, aguantando el coraje de ver la poca efectividad con la que se desempeñaba en el terreno su progenitor. Procuraría, incluso, reírse cuando, por enésima vez, aquel maldito delantero volviera a burlarlo. Pero algo en su interior se lo impedía, le resultaba imposible no enojarse. Cada vez le costaba más trabajo quedarse callado. No sabía cómo reaccionar. Quería hacer callar a todos aquellos burlones e insensibles que proferían mofas de su padre, quería romperles la boca y los dientes para detener su cruel risa. Con angustia, vio cómo aquel mismo delantero volvía a acercarse a la zona que "defendía" con cansancio extremo su padre. "No otra vez", pensó. "No otra vez". Pero todo parecía inevitable, mientras que el delantero preparaba ya la forma de burlar al defensa, los otros niños emocionados gritaban "¡Sí, sí, búrlalo otra vez!". Pero el hijo del tan atacado defensa no estaba dispuesto a permitirlo. No iba a permitir que humillaran nuevamente su honor, su intachable reputación, su inmejorable trayectoria, y tampoco, por supuesto, la de su padre. Así que cuando su padre estaba a punto de rendirse ante el embate del atacante, el hijo gritó con todas sus fuerzas, sacando toda su furia, haciendo uso de todo el aire que podía almacenar en sus pulmones: "Papá… ¡¡muévete, pendejo!!". En ese momento, todo mundo pareció callarse. Era como si una puerta cósmica se hubiera tragado el sonido por un momento y hecho que todo ocurriera como en cámara lenta. No pasó, sin embargo, mucho tiempo para que aquella puerta volviera a cerrarse y una estruendosa carcajada resonó por toda la cancha. Jugadores y espectadores no podían dejar de reír. Pero la risa no era motivada por la desesperación con la que el niño había gritado, tampoco por haber descubierto al hijo de aquel incompetente, y, menos aún se debía a aquella forma tan florida de referirse a su padre enfrente de todos. No, la risa se debió a que, tras el desgarrador grito, ¡se movió! Como impulsado por un resorte, el obediente padre logró vencer su cansancio y comenzó a correr rápidamente al grado que pudo quitarle el balón al delantero del otro equipo, avanzó en dirección de un compañero y le puso un pase impecable. Terminada su excelente jugada, el padre volteó orgulloso hacia donde había nacido el grito y, sonriéndole a su hijo, levantó el pulgar en forma aprobatoria.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Todavía las risas resonaban en el salón de clases cuando la voz del profesor volvió a escucharse. "¿Qué opinan?", fue su pregunta inicial. "Si pusieron atención a la historia que acabo de contar ¿qué conclusión sacan? ¿Por qué ese padre, cansado hasta el extremo, reaccionó inmediatamente al oír el reclamo de su hijo?", preguntó logrando que todos guardáramos silencio para reflexionar un poco sobre la recién escuchada narración. Podíamos sentir cómo su mirada recorría lentamente cada lugar, cada silla que ocupábamos. Pese a que su pregunta buscaba una respuesta seria, una pequeña sonrisa se dibujaba en su boca dando la sensación de que disfrutaba esos momentos en que nos hacía dudar. O, mejor dicho, esos momentos en que nos hacía pensar. Este tipo de dinámicas no eran poco comunes en las clases del profesor Raúl Rivera Carreño, a quien se le conocía más como "el Profesor Carreño". Siendo un maestro con una técnica de enseñanza poco tradicional, supongo yo que estaba acostumbrado a respuestas que más bien buscaban evadir las preguntas. "¿Eso va a venir en el examen, profesor?", era una de las clásicas. Típicamente, su sonrisa se convertía en mueca de desaprobación y surgía una de sus principales cualidades pedagógicas que lo caracterizaban: el sarcasmo. "No te preocupes, sólo harán el examen los que puedan pasarlo", respondía con la sonrisa vuelta al rostro. ¿Había sido eso un reclamo, una exhortación, un consuelo… una amenaza? Tal vez un poco de todo ello. Lo cierto es que, al menos vagamente, siempre surgía en la mente de los alumnos cierta inquietud: ¿Qué tenía que ver el partido de futbol y todas aquellas historias que el profesor Carreño contaba con la Ingeniería Industrial? Sí, la materia que estábamos estudiando era "Introducción a la Ingeniería Industrial" durante el primer semestre de la carrera en la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas del Instituto Politécnico Nacional. UPIICSA, para abreviar bastante. Si la memoria no me falla, era el año de 1989.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Posiblemente el padre se sintió motivado al escuchar el grito de su hijo –dijo  Rosa Ana, una de las compañeras más participativas de la clase.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Seguramente, pero ¿qué de aquello que dijo el niño fue diferente a lo que, por ejemplo, la esposa le gritó?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Pues nada, los dos buscaban motivarlo y que corriera, excepto que…&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿Ajá? Termina la frase.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Excepto que el niño lo llamó pendejo –dijo Rosa Ana soltando una risita.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¡Exacto! ¡Esa es la parte importante!&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿La de "pendejo"? –preguntó asombrada&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Háganse esta pregunta: ¿Qué clase de hijo le habla así a su padre en una situación como esta?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿Un suicida? –preguntó alguien más provocando una carcajada generalizada.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–No. Y la prueba es que, lejos de enfadarse, el padre parecía complacido al final. Eso indica que, de alguna forma, estaba familiarizado con aquella forma de motivación ¿cierto?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Pues sí –confirmó Rosa Ana&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿Cómo creen que el papá solía motivar a su hijo? ¿Con halagos? ¿Frases profundas y bien pensadas? ¡No! Seguramente lo hacía a punta de insultos, malas palabras  y provocaciones. Y, obviamente, esperaba que el hijo respondiera sin quejarse, sin resentirse. Desde su propio punto de vista, estaba educando a su hijo para ser "hombrecito". ¿Y saben algo? El niño lo estaba aprendiendo ya. ¿Así que cómo creen que ese niño educará en el futuro a sus hijos? Muy probablemente de la misma forma. Educar, enseñar y formar, conllevan un nivel elevado de responsabilidad, pero también involucran un riesgo: el riesgo de que aquellos a los que tratamos de educar, de enseñar y de formar aprendan. No por el hecho de aprender en sí, sino por aprender en la forma incorrecta. Cada aprendizaje, cada información recibida tiene al menos dos formas de emplearse de forma general: en beneficio del hombre o en su contra. Aquel que estudia ingeniería normalmente lo hace creyendo que utilizará sus conocimientos para construir, para crear. Pero les tengo noticias: aquellos que diseñan armas, que se las "ingenian" para determinar la forma más eficiente de destruir a otros seres humanos, también se han llamado "ingenieros". Una bala expansiva no se diseña para otra cosa que estar completamente seguros  de que, quien la reciba en un disparo, no necesite una segunda para morir. Si hay algo básico que me gustaría que aprendieran en esta clase es que todos tenemos en nuestras manos el poder de crear y el de destruir por igual. ¿Mi objetivo? Enseñarles que el verdadero hombre, el verdadero ingeniero respeta la vida y el lugar en donde vive él y sus semejantes. Recuerden siempre esto: Lo más importante para el ingeniero es el ser humano. Y me refiero al ser humano como raza y habitante de este mundo, como también me refiero a esa actitud que de vez en cuando adoptamos de "ser humanos". Repito: "¡Lo más importante para el ingeniero es el ser humano!".&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Obviamente, la relación con el estudio de la Ingeniería Industrial nos quedó clara.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Raúl Rivera Carreño resultó ser una persona risueña, de voz profunda y fuerte, cuya principal pasión consistía en cautivar con sus enseñanzas a sus alumnos. No era un típico maestro que escribe en el pizarrón esperando que los demás apunten. Era una persona que empleaba el pizarrón esperando que los demás aprendieran. Llenaba sus clases de historias e imágenes que nos transportaban a otros lugares, a otros tiempos, siempre buscando que, a nuestro regreso, pudiéramos reflexionar y pensar. En muchas ocasiones nosotros, sus alumnos, nos llegamos a preguntar de qué escuela había salido tan extraordinario profesor y cómo había llegado a la nuestra. Así lo explicaba él: "Si yo no hubiera sido Ingeniero Mecánico, habría sido Ingeniero Industrial, pero en el tiempo en que estudié no existía la carrera, al menos no en ESIME", y al tiempo de decir "ESIME" ponía una rodilla en el piso en signo de reverencia y volvía a levantarse inmediatamente, provocando risas entre los presentes. "El Ingeniero Mecánico diseña maquinaria y equipos para facilitar los trabajos pesados, el Ingeniero Industrial desarrolla procesos de forma inteligente, conoce cada aspecto de la maquinaria y busca nuevas formas de aplicarlas para ayudar al hombre cuidando su productividad y su propia seguridad. Y aun cuando no existía la carrera de Ingeniero Industrial en ESIME (rodilla en tierra), me siento profundamente agradecido con la escuela en la que estudié. No porque sea la mejor del mundo, ni porque cuente con prestigio ni reconocimiento universal, sino porque es el lugar en donde aprendí, no sólo conceptos, sino muchos principios, en más de un sentido. Espero que algún día ustedes se sientan orgullosos de su carrera y de su escuela, y, al igual que yo, se hinquen y rindan reverencia cada vez que escuchen 'UPIICSA' porque eso querrá decir que ha trascendido en ustedes más allá de los conocimientos adquiridos".&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Conforme el semestre fue transcurriendo, conocimos más aspectos del profesor en su forma de impartir su clase. Ninguna sesión era igual a la otra y siempre había algo sorprendente en ellas. Por supuesto que existían definiciones, conceptos, cuestionarios y otros aspectos de la educación tradicional en su clase, pero lo que recuerdo hoy con mayor intensidad son los aprendizajes que obtuve no sólo para mi carrera, sino para mi vida. En una ocasión, sin mayor preámbulo, fue hacia el pizarrón y escribió lo siguiente: F=ma &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿Qué dice allí? –preguntó señalando la fórmula que había escrito.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Fuerza igual a masa por aceleración –contestó alguien, muy probablemente Rosa Ana.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Así es, de acuerdo a la Ley de Newton, la Fuerza que adquiere un objeto en movimiento depende de la masa del propio objeto y es directamente proporcional a la aceleración que desarrolla el mismo objeto. Ahora, ¿qué dice aquí? –preguntó el profesor mientras escribía algo más en el pizarrón: "E=mc&lt;sup&gt;2&lt;/sup&gt;"&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–La Energía es igual a la masa por la velocidad de la luz elevada al cuadrado –respondió rápidamente Rosa Ana.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–No –dijo secamente el profesor&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Bueno, la Energía que adquiere un objeto es dependiente de la masa y directamente proporcional a la velocidad de la luz elevada al cuadrado&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–No&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Digo, que la Energía de un cuerpo depende de la velocidad de la luz elevada al cuadrado y es directamente proporcional… ¿a su masa?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–No&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Silencio.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–¿Alguien más? –inquirió retando con la mirada al resto del salón&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Silencio.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–No. Lo que realmente dice allí es: "Newton es un imbécil. Firma Albert Einstein". Newton no consideró cuestiones relativistas y su fórmula es válida únicamente para calcular fuerzas cinéticas y aplica sólo en ciertos escenarios cuando la masa permanece constante. Si tomamos como referencia un cohete que es lanzado al espacio, la masa que el propio cohete pierde en su desplazamiento es totalmente considerable. Los litros y litros de combustible que se consumen durante su ascenso provocan una variación en la propia masa de cohete que hace que la segunda ley de Newton quede totalmente obsoleta y sea poco práctica en estos casos. Einstein determinó que la velocidad de la luz resultaba una mejor referencia para estas situaciones ya que, independientemente de su punto de origen, dicha velocidad nunca varía. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Bueno, pero eso no significa que Newton haya sido un imbécil, simplemente que no consideró todos los escenarios.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;–Lo que en realidad quiere decir es que nadie tiene la verdad absoluta y que cualquier principio o ley puede tener su propio ámbito de aplicación, tal vez hasta su propia vigencia. No, no digo que Newton haya sido un imbécil. Por el contrario, creo que fue un científico genial para su época. Excelente buscador de la verdad. Lo que digo es que hasta los genios tienen sus limitantes. Posiblemente alguien en el futuro determine que la ley de la relatividad de Einstein es incorrecta o incompleta. Mi punto es que todo es mejorable en cada instante y que, pese a las evidencias que otros han mostrado en el pasado, siempre existe la posibilidad de ir más allá, de encontrar nuevos límites fuera de nuestra imaginación pero debemos trabajar y prepararnos para alcanzarlos. No, definitivamente Newton no era un imbécil. Algo que me oirán decir muy seguido durante las clases tiene que ver con la intención con que digo las frases, con el propósito de las anécdotas, con el objetivo de mis palabras: No es lo que digo, sino lo que quiero decir.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero sus enseñanzas no se limitaban a frases motivacionales o a relacionar la Ingeniería Industrial con la vida. Sus dinámicas abarcaban  mucho más. "A mí me gusta viajar mucho. Cada fin de semana procuro ir a algún estado de la República Mexicana o, con menor frecuencia, a algún otro país", comenzó diciendo alguna vez. "Independientemente de todos los lugares que uno puede conocer, de las experiencias que uno puede adquirir en un viaje, a mí me agrada la sensación de libertad que me da el recorrer lugares que no conozco. Libertad de ir caminando y tener total decisión en dar una vuelta a la izquierda, a la derecha, seguir de frente o simplemente parar. Constantemente recorro lugares donde uno puede seguir avanzando y avanzando y parece que no llegará a ningún lado. Normalmente son lugares poco transitados, llanos, bosques o praderas, en muchas ocasiones. Me he dado cuenta de que, por más cansado que uno se sienta en esos recorridos, siempre es posible dar un paso más. Y tras ese paso, otro, y luego otro más. Así hasta llegar a su destino. Parecería que el hombre estuviera diseñado para seguir caminando mientras todavía tuviera un destino al que llegar. Contrario a lo que muchos pudieran pensar, la resistencia física es más bien un asunto mental. Quienes corren un maratón pasan siempre por un punto en que sus fuerzas flaquean, los dolores en las piernas, en los brazos, en el abdomen, pueden volverse insoportables. Al llegar a este punto, las posibilidades de terminar el maratón se equilibran, independientemente de su preparación. ¿Por qué? Porque en ese preciso momento todo depende de su actitud mental. Un solo instante de duda basta para que las piernas no logren dar un paso más. Primero se rinde la mente, luego el cuerpo, después el espíritu. Todo termina allí. Por el contrario, si el corredor logra sobreponerse mentalmente al dolor, al cansancio, a la desesperación, logrará seguir avanzando. Y seguramente habrá momentos, más adelante en el camino, que volverán a retar su mente, a tratar de mermar su convicción de seguir corriendo. Sólo si logra vencer todas y cada una de las tentaciones de detenerse logrará cruzar la meta", nos dijo una vez. Posteriormente, se colocó en un extremo del salón y miró fijamente hacia el piso. En realidad no había nada raro allí, era el típico piso recubierto por losetas plásticas. Se ubicó sobre una de ellas y eligió un "camino" formado por una hilera de losetas consecutivas. "¿Qué me dirían si les pidiera que caminen por esta hilera de losetas, de un extremo del salón a otro? Sería fácil ¿no? Un camino de 30 centímetros de ancho, de máximo 10 metros de longitud. ¿Qué dificultad podría presentar?". Enseguida se puso a caminar sobre el "camino" con los brazos extendidos hacia los lados, de un extremo al otro del salón. "Sí, en realidad está fácil", dijo. "Es tan fácil que podría hacerlo con los ojos cerrados y yendo de espaldas", afirmó al tiempo que cerraba los ojos y giraba para caminar hacia atrás realizando aquella tarea impecablemente, sin salirse de la ruta trazada. "¿Lo ven? ¿Creen que podrían hacerlo ustedes también?". Y sin esperar a que hubiera respuesta regresó al punto de partida, como preparándose para repetir la hazaña. "¿Pero qué pasa si les digo que hagan exactamente lo mismo aunque con una pequeña diferencia? ¿Qué pasaría si les digo tienen que recorrer el camino de 30 centímetros de ancho, 10 metros de largo, pero que a cada lado del camino existe un abismo?". Inició el camino denotando miedo, como haciendo equilibrio de forma exagerada, sin confianza en seguir caminando. "¡Ay, nanita!", exclamó al tiempo en que puso rodillas y manos al piso, como para seguir avanzando a gatas". Por supuesto que todos reímos ante tal escena, tal vez porque era la primera vez que lo veíamos posar las rodillas sobre el piso sin haber mencionado la palabra "ESIME". Asumiendo nuevamente la posición vertical, preguntó hablando seriamente "¿Por qué nos acobardamos ante una tarea que, de antemano, sabemos que dominamos? ¿Son los riegos los que nos hacen comportarnos torpemente, ridículamente? Definitivamente, nunca hay que restarle importancia a los riesgos pero no tienen que ser justificantes de nuestras inseguridades. ¿De dónde proviene aquel miedo, esa torpeza, aquella indecisión? Sí, efectivamente. De nuestra mente. De nosotros mismos. Nuestra mente es muy poderosa. Sumamente poderosa, diría yo. Pero tiene un defecto enorme: es muy ingenua y se cree todo. ¿Qué pasa cuando a nuestra mente, provista con ese poder inmenso, le decimos 'No puedo'? ¡Pues que se la va a creer! ¿Y qué creen? ¡No vamos a poder! Las barreras más difíciles que un ser humano debe vencer son aquellas que provienen de su propio ser", concluyó.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Quisiera tratar de trasmitir un poco más claras las ideas e intenciones del profesor, así que permítanme presentar la siguiente clase en palabras del propio maestro, tal como las recuerdo:&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Iba avanzando lentamente por el tráfico. O mejor dicho, quisiera haber podido avanzar lentamente en ese tráfico infernal de viernes pero la interminable fila de autos amontonados en la calle y los inservibles semáforos me lo hacían imposible. Estaba anocheciendo y, para colmo de males, una torrencial lluvia se dejó sentir inesperadamente. Dentro de mi auto, un Topaz, el ambiente era mucho más tranquilo. La temperatura era bastante agradable, la música sonaba en el estéreo y, aunque difícil de creer, estaba yo disfrutando aquella sensación de privacidad, de intimidad conmigo mismo. Lo único que alteraba aquel estado de paz y serenidad era el estrés provocado por el camión de redilas que tenía enfrente y que bloqueaba mi vista. Me daba la impresión de estar a la deriva, con gran incertidumbre, sin saber qué estaba pasando. Tenía que estar atento de vez en cuando para ver si era posible avanzar unos cuantos centímetros. Decidí que sería mucho mejor estacionarme, dejar de preocuparme por todas las horas que podría pasar atorado en ese embotellamiento. En cuanto tuve la oportunidad me orillé y apagué el motor del auto, dejando que el único sonido que saliera de él fuera el de la música que tanto estaba disfrutando en ese momento. Subí hasta el tope las ventanillas, puse los seguros de las puertas y giré la perilla del volumen para opacar el ruido que producía la lluvia al golpear contra la carrocería del auto. Era un momento sumamente reparador y agradable. Cerré los ojos, tarareé la canción que sonaba en el estéreo y no pude dejar de sonreír inconscientemente. Así duré un rato, no sé cuánto. Sin realmente tener una razón, giré mi cabeza hacia la ventanilla del lado del pasajero y abrí los ojos. La escena que vi fuera del carro llamó enormemente mi atención. Era un hombre que vendía billetes de lotería. Protegía su cabeza con un pequeño impermeable plástico y ofrecía alegremente los billetes restantes a quienes pasaban apresuradamente. Sí, alegremente. Pese a la intensa lluvia, pese a la poca probabilidad de que alguien le comprara un billete mojado, ¡él sonreía! No sólo eso, debía tener un cierto grado de locura ya que, repentinamente, su sonrisa se volvió risa. ¿Cómo podía estarse riendo? Se estaba llevando la empapada de su vida, tenía que aguantar el frío que ya se sentía, nadie le compraba un billete y el tipo seguía saltando alegremente entre los charcos. ¡Riendo! En realidad no lo entendía. La expresión de mi rostro cambió al darme cuenta de todo ello. Pasé de un estado de paz mental a uno de completa estupefacción. Todavía estaba yo asimilando aquella escena cuando, sin saber por qué, reconocí esa rara sensación de estar siendo observado. Era como si la mirada de alguien se posara sobre mi nuca y me provocara girar mi cabeza hacia el lado opuesto. Allí, fuera de la ventanilla del lado del conductor, reconocí mi propia expresión. Aquella que el vendedor de billetes de lotería había provocado en mí. Se trataba de un completo desconocido que iba formado en el tráfico. Su auto era de una marca de lujo, iba vestido elegantemente y mantenía su mirada fija en mí. Sus ojos, su postura, sus gestos, todo expresaba claramente una duda, una cruel pregunta: "¿De qué se ríe ese estúpido? Encerrado en su Topaz, estacionado, sin intención de avanzar, posiblemente escuchando música él solo. ¡Y todavía sonríe!". Inmediatamente me imaginé que, a lo lejos, alguien en un helicóptero estaría mirando a aquel hombre a través de la ventanilla y con lástima pensaría: "¿Y ese de qué se ríe? Atorado en el tráfico, usando traje y corbata al manejar". Y quizás, desde un jet privado, algún otro personaje miraría con pena al conductor del helicóptero y se preguntaría si a alguien más se le ocurriría ir volando con aquella lluvia torrencial. Y así, quizás pudiera existir alguien más observando a los demás sin saber cómo es que alguien, en ciertas circunstancias, se atreve a ser feliz. Y es que la felicidad es una decisión personal, independiente de las circunstancias, creada por nosotros mismos. Nadie puede entender las razones que hacen feliz a los demás porque cada uno de nosotros ha elegido de forma personal aquello que lo hacen disfrutar y sentirse bien. Todos, absolutamente todos, podemos ser felices, es cuestión de atreverse, de decidirse, de querer serlo. En la vida encontrarán situaciones favorables y desfavorables. Tendrán altas y bajas en sus carreras, en sus vidas personales, con su pareja, en aspectos deportivos y políticos. Pero todo es parte de vivir, hay que aprender, mejorar y seguir disfrutando. ¿Qué me hace feliz a mí? ¿Qué me impulsa a seguir viviendo? ¿Qué me da fuerza para sonreír? Simple: Esa expresión inconfundible, esa sonrisa espontánea, esas palabras no siempre pronunciadas, aquello que puedo descubrir de vez en cuando en la cara de mis alumnos y que me da la certeza de que algo de lo que estoy diciendo ha llegado a su corazón. Eso, invariablemente, me hace sonreír.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero ningún relato sería suficiente para narrar todas las experiencias vividas durante las clases del profesor Carreño, por más extenso que fuera. Fueron cientos de historias, anécdotas, hechos interesantes. Imposible expresar con exactitud la intensidad de sus palabras, la profundidad de su mirada, las variaciones de su voz, su innegable carisma. Intentar recrear sus clases no logra una imagen cercana a lo que era presenciarlas ¿Por qué entonces estas líneas? ¿Con qué objeto escribirlas? No, no es cariño. De alguna forma, el cariño doblaría tendenciosamente mi juicio y pondría en duda la veracidad de mis palabras. No, es otra cosa. Por alguna extraña razón, su voz sigue resonando en mi mente, su risa sigue provocando la mía, sus relatos siguen inspirando mis acciones. Respeto, admiración, agradecimiento. Esas son sólo algunas de las cosas que me impulsan a escribir este pequeño tributo a una persona inolvidable para mí. Creo que el mayor logro que un maestro puede atesorar es que sus enseñanzas permanezcan vivas en aquellos a quienes él mismo las transmitió. No habría forma de que aquel logro sea atesorado sin ayuda de sus alumnos. Sólo cuando aquellos alumnos, que cada clase abandonaban el salón y parecían retirarse mostrándose indiferentes, regresan y muestran lo que han aprendido, es cuando el profesor empieza a sentir que su labor está rindiendo frutos. Pero ninguna enseñanza estaría completa si no produjera en un discípulo aquella sensación de haber recibido un tesoro, no para poseerlo o esconderlo, sino para transmitirlo. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Recuerdo que, en aquellos días de sus clases, el propio profesor Carreño nos recomendó una película: La sociedad de los poetas muertos. "Representó mucho para mí por el hecho de yo ser un maestro, pero seguramente será interesante para ustedes también", comentó. Por supuesto que la fui a ver y resultó una de mis películas favoritas hasta la fecha. Creo que la parte que más disfruté de aquella película fue cuando los alumnos suben a sus mesas en una especie de homenaje para él. En menor grado, este escrito intenta ser un pequeño homenaje a un profesor que dejó sus enseñanzas más allá del salón de clases y que me hizo comprender que una buena educación no se trata de sacar la mejor calificación en un examen, se trata de sacar lo mejor de uno mismo en la vida. Rodilla en tierra digo: ¡Gracias!&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-3845097995252711090?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/3845097995252711090/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/02/mi-profe-sin-carino.html#comment-form' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3845097995252711090'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3845097995252711090'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2011/02/mi-profe-sin-carino.html' title='A mi profe sin cariño…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7019194067191650935</id><published>2010-11-20T15:15:00.000-06:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.377-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><title type='text'>Lo que enseñan los niños…</title><content type='html'>Durante mucho o poco tiempo, todos hemos tenido la oportunidad de mirar en perspectiva el comportamiento infantil. Algunos quizás se las hayan arreglado distrayendo y cuidando a pequeños hermanitos, otros tal vez hayan tenido la oportunidad de jugar con sobrinitos, primos o algún otro familiar más o menos lejano, algunos más posiblemente hayan experimentado la fortuna de tener sus propios hijos y disfrutar diariamente de sus increíbles aventuras. Traviesos, inquietos, curiosos, gritones, tiernos, alegres, los niños siempre nos brindan la oportunidad de observar a alguien en constante aprendizaje… a nosotros mismos. Sí, es cierto que los niños aprenden cosas nuevas todos los días de los adultos pero las lecciones que ellos nos dan son invaluables. He aquí unos ejemplos:&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Igualdad.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Los niños no distinguen clases sociales ni situaciones económicas… siempre pedirán juguetes, regalos, ropa, discos y cualquier chuchería como si fuéramos los hombres más ricos del planeta.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Apoyo colectivo.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Sin importar lo bello, vistoso y encantador de sus juguetes, siempre desearán aquel que tiene el niño de al lado… y lucharán a muerte por obtenerlo (todo sea por el bien común).&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Amor al arte.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Entre mayor sea la atención que los padres pongan a sus berrinches, mayor será el desarrollo histriónico y teatral que tendrá el niño (y se encargará que su pasión por el drama sea destacado en toda la sociedad).&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Unión familiar.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Si bien entre semana es un verdadero sufrimiento hacerlos que se levanten temprano para que desayunen y vayan a la escuela, los sábados y domingos no faltan sus gritos madrugadores y visitas en la cama de los padres haciéndoles saber lo mucho que les gustaría jugar con ellos en esos momentos tan especiales.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Comunicación.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;No importa cuánto se las ingenien los padres por mantener el celular resguardado y fuera del alcance de los niños, éstos siempre encontrarán la forma de hacerle saber a todos los contactos que han logrado apoderarse de él.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Reciclaje.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Aprovechando las ventajas de aquellos sillones, sillas y otros muebles que permiten que pequeños trozos de comida queden atrapados en algunas de sus esquinas o compartimientos, los niños nos enseñan que nunca es tarde para que aquellos dulces, palomitas o pedazos de fruta, logren cumplir la función para la que fueron creados. Y si el desagradable sabor fuera un inconveniente, siempre existe la posibilidad de regresarlos a su escondite… hasta la siguiente vez.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Concentración.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Basta con que aparezca en la tele su programa favorito (y aunque no sea su favorito, es más, pueden ser los comerciales) para que podamos apreciar la enorme atención que un niño puede poner cuando se lo propone. Esos momentos son suyos, son privados, no los distraigan, pueden provocar algún tipo de déficit de atención.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Individualidad.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Los juguetes, dulces, accesorios y cualquier otro artículo que pudiera ser compartido… es SUYO. No es del dominio público ni está en red para quererlo compartir. Es totalmente individual. A compartir en Facebook.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Ciencia.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;¿Saben qué resulta de combinar refresco, papel de baño, jabón, crayolas, yogur, pegamento, sal de uvas, pelo de animal (y eso que no hay mascotas) y aceite para bebé? ¿No? ¡Ellos pueden orientarlos en cualquier momento! Y si por alguna extraña razón ellos no lo hubieran descubierto aún, no se preocupen, mientras ustedes leen esto y yo lo escribo… ¡¡Niños, qué están haciendo con todo eso!!&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Sinceridad.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Nada como escuchar la verdad directa de la gente que amamos… ¿o no? "¿Por qué tienes tantas canas, papá?", "No me gusta la comida que haces, mamá", "Jajaja… ¡se te ve la panza!"&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Sencillez.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Juguete ultramoderno, última versión del videojuego, ropa de vanguardia, discos y afiches de su artista favorito: un dineral. Que se pasen horas jugando con una caja de cartón: ¡no tiene precio!&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Orden.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Mientras más te esfuerces por alzar todo el tiradero que ellos han dejado por toda la casa, te darás cuenta que ellos vienen atrás de ti… dejando todo justo como lo habían dejado.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;Constancia.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;No importa cuántos libros de cuentos hayas conseguido para leerles en la noche. Siempre querrán escuchar de tus labios aquel que puedes repetir ya de memoria.&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Podría pasarme horas describiendo todas y cada una de las cosas que a diario aprendemos y disfrutamos de los niños, pero me doy cuenta que nunca acabaría. Tal vez de las que me parecen mejores es que el amor de un niño es más grande que su memoria. Sin importar cuánto hubieran llorado por un regaño o cuán largo hubiera sido el último de sus berrinches, al final, mientras se acerca la noche y el sueño comienza a hacerlos su presa, siempre podrás escucharlos decir "Te quiero".&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Para quienes creen que esto sólo les pasa a ellos, no se preocupen: Estamos juntos en esto. ¿Cierto…? ¿Hola…? ¿Hay alguien allí…?&lt;br/&gt;&lt;br/&gt;Hasta la próxima anécdota.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7019194067191650935?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7019194067191650935/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/11/lo-que-ensenan-los-ninos.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7019194067191650935'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7019194067191650935'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/11/lo-que-ensenan-los-ninos.html' title='Lo que enseñan los niños…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4065152375058588202</id><published>2010-10-14T12:13:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.326-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico – Parte V</title><content type='html'>&lt;p&gt;Durante mi carrera profesional, siempre me ha resultado interesante encontrarme con situaciones que, para variar, me liberan del estrés y hacen que la tan temida actividad de Soporte Técnico resulte divertida en extremo. Lo que a continuación relato es sólo una referencia sobre las cosas que disfruto de mi trabajo sin que represente, en forma alguna, falta de respeto hacia los usuarios y clientes con los que trabajo. Bueno, una vez aclarada la situación, no se aceptan reclamos y cualquier semejanza con la realidad no es coincidencia.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br/&gt; &lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="text-decoration:underline;"&gt;&lt;strong&gt;El correo fantasma.&lt;br/&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Seguramente esta situación les parecerá conocida: Recibimos una llamada de un amigo, familiar o compañero de trabajo diciendo "Hola, ¿qué te pareció el correo que te mandé?". "No tengo ningún correo tuyo" es nuestra respuesta inmediata tras revisar todas las carpetas de nuestro sistema de envío y recepción de correos electrónicos. Ya saben, empieza casi inmediatamente la cascada de preguntas que forman un interrogatorio digno de cualquier capítulo de "La Ley y el Orden". ¿Cuándo me lo mandaste? ¿Seguro que era mi cuenta? ¿Qué decía? ¿Cuánto medía? ¿No tendría virus? ¿Sí tienes bien mi dirección de correo? ¿Seguro que lo mandaste? ¿Ya salió de tu "Outbox"? ¿Sí me lo mandaste a mí? ¿No se lo mandaste a alguien más? ¿Me puedes deletrear mi dirección de correo para ver si lo tienes bien? ¿Mayúsculas o minúsculas? ¿Cuándo dices que, según tú, me lo mandaste?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Bueno, pues una vez que pusimos en entredicho la credibilidad de nuestro interlocutor y que le hicimos saber que seguramente fue él quien hizo algo mal, nos enteramos que, por alguna extraña razón, el correo simplemente desapareció, se esfumó, se perdió en el camino o tal vez haya sido capturado por algún "hacker" interesado en conocer todas y cada una de las tonterías que escribimos. La realidad es que, en la mayoría de los casos, los correos no dejan de existir ni se convierten en mensajes fantasmas que, si son afortunados, regresan recogiendo sus pasos hasta el servidor que los vio nacer notificando al usuario que, por causas fatales, no pudieron ser entregados. Debo advertir que la frase clave en la oración anterior es "en la mayoría de los casos".&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Antes de continuar, aclaro que están leyendo la opinión de un experto que se mantiene escéptico ante la actividad paranormal a la que se somete diariamente un servidor de correo electrónico. Sin embargo, lo que están a punto de leer resultó impactante para mí ya que pude atestiguarlo vía el uso de herramientas intensivas de rastreo de correos y es completamente real. &lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dejando a un lado el sarcasmo (sólo por un momento), les platico que las razones más comunes por las que un correo electrónico puede "desaparecer" es porque existen sistemas que examinan cada uno de los mensajes que son enviados en las empresas. Dependiendo de ciertas reglas que los administradores del correo electrónico definen, dichos sistemas "examinadores" pueden bloquear, filtrar o poner en "cuarentena" ciertos mensajes. Posiblemente algún correo tiene insertado algún archivo que resulta muy grande y estos sistemas rechazan correos que rebasan cierto tamaño. Otra situación pudiera ser el contenido del correo, como groserías, temas sexuales, anti-raciales, discriminatorios, entre otros. Quizás el correo contiene archivos que, si el usuario que los recibe llega a abrir, ejecutan ciertas instrucciones que pudieran tener algún fin "malicioso". Otros son simplemente publicidad o correo no solicitado que ya ha sido identificado como "spam". En otras situaciones puede ocurrir que el mensaje no es entregado simple y sencillamente porque el servidor está experimentando algún problema técnico. Olvidemos por un momento la intervención humana que, para fines de dar tranquilidad a los usuarios que leen esto, no existe ¿ok? Ni lo mencioné siquiera. Dije que lo olvidemos.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Resulta que, en una ocasión, uno de los directores de la empresa de unos clientes con los que trabajo envió un correo a otros directores. Este tipo de correo generalmente es confidencial, ultra secreto y de alta prioridad, no importa lo que diga. Esto no tendría nada de extraordinario a no ser porque, inexplicablemente, las cosas no salieron como ellos esperaban. El correo original decía algo así como "Les mando el archivo con la presentación que se verá en la siguiente reunión con Fulanito". Después de revisar el correo, uno de los directores que lo recibió contestó "Favor de enviarle el archivo a Fulanito en formato PDF para que no pueda ser editado". Lo que pasó a continuación fue inverosímil. Otro director que recibió el correo contestó "¿Cuál archivo? A mí no me llegó el archivo". No, no, no, no, no. No quiero decirles el problema que se armó: El siguiente correo que salió del director principal fue para la gente que administra el correo diciendo que era inconcebible que no se pudiera garantizar que los correos les llegaran a los directores. Que todos eran una bola de incompetentes, indignos de estar trabajando allí y que no merecían llamarse administradores si no lograban saber dónde se estaban quedando los malditos correos. Bueno, tal vez eso último no lo dijo él, pero yo… sí creo que lo pensó.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Casi le acababa de dar "Enviar" a su correo el director cuando todos los administradores se pusieron como locos tratando de encontrar el mensaje desaparecido. O mejor dicho, el archivo adjunto desaparecido (lo cual es todavía más misterioso). Si lo analizamos detenidamente, es poco probable que un mismo correo llegue a ciertos destinatarios con archivo adjunto y a otros sin él. Aun así, puede llegar a ser posible que ocurra si las reglas de los diversos sistemas "examinadores" de correos no tienen reglas idénticas. Sin entrar en muchos detalles técnicos, sólo mencionaré que en menos de 10 minutos ya estábamos como 10 personas involucradas buscando el famoso archivo por todos los lugares por los que pudo haber pasado. Cabe mencionar que toda nuestra búsqueda dependía de estar monitoreando el tamaño del correo en cada uno de los sistemas por los que fue pasando. Es decir, no teníamos forma de abrir el mensaje y "ver" si el archivo estaba allí cuando pasaba por cada servidor. Dependíamos totalmente de verificar que el tamaño del correo no hubiera disminuido considerablemente en algún punto.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tras varias horas de análisis, verificaciones y re-verificaciones, llegamos a la siguiente conclusión. El tamaño del mensaje no disminuyó en toda la ruta que siguió. Ningún sistema "examinador" reportaba que hubiera filtrado el archivo y, como consecuencia, nuestro diagnóstico experto era que el correo había llegado íntegro al destinatario. Si, lo sé. Era un diagnóstico arriesgado, no porque fuera incorrecto, sino porque iba a contradecir directamente a un dios, digo, a un director. ¿Cómo decir que el archivo sí llegó cuando él ya había establecido que no lo había recibido? Si por alguna razón, el director demostraba que el archivo no estaba en el correo, el puesto de más de uno estaba en peligro. Esa era otra limitante que teníamos: a un dios, digo, a un director no se le cuestiona. Si él decía que el archivo no había llegado había que creerle. No era necesario que proporcionara ningún tipo de evidencia. ¿Dónde había quedado ese endemoniado archivo?&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para ese entonces, todo mundo dentro de mi empresa estaba buscando explicaciones, alternativas. Incluso el cliente había solicitado (exigido) saber si existía alguna herramienta destinada a monitorear que los archivos hubieran llegado a su destino. Gerentes de cuenta, consultores, gerentes de producto, ingenieros de soporte técnico, ingenieros de preventa, la recepcionista, el bolero y uno que otro de los vigilantes se involucraron para dar una solución. No sé cuántas horas-hombre se invirtieron en la investigación. Creo que hasta un grupo de desarrolladores estaba listo para "inventar" la herramienta en caso de que no existiera. Pero lo principal ahora era localizar el archivo, así que los exorcistas fueron regresados en avión a sus lugares de origen.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tratando de no cerrarnos a la posibilidad de que tanto el director como nosotros tuviéramos razón, se nos ocurrió que todavía existía otra alternativa: Quizás él tuviera instalado en su computadora algún sistema de revisión de correos que le hubiera filtrado el correo por alguna situación. Sí, era poco probable, pero los dioses tienden a ser desconfiados de todo. A veces los directores también. Uno de los administradores solicitó acceso a su computadora para analizar el caso e, increíblemente, el director aceptó. Aunque tenía que ser a una hora en que él no estuviera presente. De preferencia, muy temprano por la mañana para no tener la necesidad de ver el rostro de los mortales. Y así fue. Un equipo de investigadores forenses llegó a la computadora del director el día siguiente, mucho antes de que él se apareciera por su oficina. Conocían el texto incluido dentro del "Asunto" del mensaje así que su primer intento fue localizar el archivo perdido buscando dicho texto en los mensajes que estaban en la "Bandeja de Entrada" de su sistema de correo electrónico. Nada. No existía el correo original, sea con o sin archivo adjunto. Se decidió entonces ampliar el rango de búsqueda pensando que el sistema hubiera catalogado el mensaje como "correo no deseado". Nada tampoco. En un esfuerzo sobrehumano (aunque todavía mortal) por encontrar el tan mentado correo (literalmente), se extendió aún más la búsqueda. Esta vez se buscaría en todas las carpetas, en todos los posibles repositorios de correo existentes en la computadora. Después de algunos minutos de intenso procesamiento, la búsqueda terminó. Y fue así como apareció. Sí, apareció.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Claro, el hecho de que apareciera no indicaba nada. Podía aparecer sin archivo y estaríamos exactamente donde empezamos. Curiosamente, el correo estaba allí… con el archivo adjunto. ¿Pero cómo pasó? ¿Por qué, si el archivo estaba allí, el director aseguró que no lo había recibido? ¿Por qué hizo tanto relajo y generó la movilización de tanta gente si el archivo estaba allí desde el principio? Bueno, tal vez estas preguntas pueden contestarse sabiendo dónde apareció el tan buscado correo. Resulta que toda la investigación llevó al siguiente descubrimiento: El correo estaba en los "Elementos eliminados". Como dato al margen, aclaro que no existe razón alguna por la que un correo pueda irse directamente a "Elementos eliminados" sin intervención del usuario. No, por muy chocarrero que un correo pudiera ser, no se va moviendo de carpeta en carpeta de forma aleatoria hasta aterrizar en donde se le pegue la gana. Normalmente no funciona así. Claro, una posibilidad es que el usuario tuviera definida alguna regla que automáticamente moviera ciertos correos a "Elementos enviados". Mucha gente hace eso pero de forma consciente. Yo, por ejemplo, empleo una regla que manda los correos de mis jefes a "Elementos eliminados" pero también les manda un correo de respuesta automática que dice "Ok, lo checo y te aviso en cuanto sepa algo". Consideración ante todo.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero en este caso, el usuario no tenía definida ninguna regla similar. No había ningún sistema extraño que analizara correos y los moviera a algún dispositivo móvil una vez que llegaran a la computadora. No, tenía que ser algo más. Podría ser un virus. ¿Existe algún virus que mande ciertos correos enviados por otros directores directamente hacia "Elementos eliminados"? Por curiosos que suene… sí, existe. Temo, sin embargo, que no es un virus informático y tampoco se tiene vacuna contra él. En general, se propaga rápidamente en el ambiente y sólo podrá detenerse cuando exista remedio contra enfermedades raras como la estupidez, la insensatez y otros males que hoy son incurables. No sé si los dioses procesen las peticiones de sus fieles seguidores mediante el apoyo de asistentes dedicados exclusivamente a depurar todo lo que va llegando a la "Bandeja de entrada". Tal vez los dioses no, pero los directores sí. Un grupo de cinco personas se dedica a que sólo lo verdaderamente importante sea leído por el director en cuestión. Claro, a alguien no le pareció importante el mensaje que del otro director y, como Fulanito es un nombre que no le sonó conocido, pues borró el correo. Curiosamente, nadie borró las respuestas subsecuentes y el director ya sólo se enteró de parte del chisme.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero lo peor no es eso. Nada tiene que ver que alguien borre correos, que se utilicen recursos tanto de la empresa como de proveedores, que se humille y presione a los colaboradores. Lo importante es sólo una cosa: Los dioses y los directores nunca, nunca jamás, se equivocan. Pese a todas las evidencias que se encontraron, hoy todavía sigue viva la petición sobre monitorear que los archivos lleguen bien en todos los puntos por los que pasa el correo. Claro, sólo para los directores. Los demás… bueno, lo checo y les aviso en cuanto sepa algo.&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hasta la siguiente anécdota…&lt;br/&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4065152375058588202?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4065152375058588202/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/10/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-v.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4065152375058588202'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4065152375058588202'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/10/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-v.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico – Parte V'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-1074416440298588085</id><published>2010-09-05T14:11:00.000-05:00</published><updated>2012-01-06T13:27:40.300-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas generales'/><title type='text'>Allí estaba yo…</title><content type='html'>&lt;p&gt;Allí estaba yo, por la tarde, viendo cómo su respiración se hacía más difícil cada vez. Llegué a comparar esa respiración con un profundo ronquido que pocas veces lograba apagarse. Sus ojos, en el mejor de los casos, quedaban entreabiertos, como si se negaran a cerrarse por completo. Eso sí, el movimiento de los globos oculares era continuo, yendo de un extremo al otro sin cesar. &lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Se acercaba la noche y sabía yo que era mi turno de permanecer en vela, procurando que, en caso de necesitarse, pudiera yo auxiliarlo (aunque ese auxilio fuera limitarse sólo a buscar ayuda de alguien más). Traté de descansar un poco las horas cercanas a la medianoche, cuando mi mamá y mi tía seguían despiertas procurándole los últimos cuidados del día. No, no pude descansar realmente. Alrededor de las 11:30 de la noche, mi tía me llamó para darme las recomendaciones pertinentes. “Pueden pasar dos cosas durante la noche”, me indicó. “La primera es que surja otra convulsión y hay que cuidar que no se golpee ni se lastime con algo. En realidad no hay mucho que hacer en ese caso pero, si pasa, llámanos inmediatamente”, continuó. “La segunda cosa que puede ocurrir es que deje de respirar”, dijo casi sin inmutarse. Por un momento quedé en espera sobre las indicaciones que tendría que seguir si eso ocurriera. Había dicho que en el caso de las convulsiones no había mucho que hacer, en el segundo caso ¿qué podía hacerse? La respuesta no llegó. Sólo concluyó la frase diciendo “Llámanos en cualquier caso”. Se dirigió hacia donde él estaba y alzando la voz un poco más de lo normal le dijo al oído “Joss, ya nos vamos a dormir. Aquí se queda Julio, tu hijo, contigo, cuidándote. Todos te queremos mucho y no tienes nada de qué preocuparte. Tu familia está tranquila. Ve con Dios”. A lo largo de todo ese día mucha gente se había esforzado en hablarle y generalmente terminaban su conversaciones con esa misma frase: Ve con Dios.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Finalmente, todos se fueron a dormir. Yo preparé un libro que planeaba leer durante el transcurso de la noche para mantenerme despierto y lo más alerta posible. Acomodé una silla de forma que quedara frente a él, viendo cualquier cambio que pudiera haber, estando atento a cualquier situación que pudiera emerger. La única luz que estaba encendida apenas alumbraba lo suficiente como para que yo pudiera realizar mi lectura y rápidamente cansó mi vista. Después de leer un capítulo dejé el libro a un lado y traté de mantenerme alerta. Habían pasado sólo unos minutos después de la medianoche y todo parecía transcurrir de forma normal. Mentalmente cuidaba cada aspecto en su cuerpo recordando aquellas dos situaciones que podrían ocurrir: Convulsiones o dejar de respirar. Debido a la poca luz de la habitación, decidí que sería más fácil monitorear la situación agudizando mi sentido del oído. En caso de una convulsión la cama de hospital que mi mamá había rentado comenzaría a moverse violentamente y produciría el típico ruido de tubos y resortes resistiendo la tensión. Y, debido a la dificultad que en ese momento tenía para respirar, escuchar los cambios en sus inhalaciones y exhalaciones no resultaba tan complicado.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Así que, allí estaba yo, sentado en aquella incómoda silla, sin zapatos y con la cabeza recargada en uno de tantos libreros que todavía permanecen en la casa. Repasé mentalmente cada uno de los sonidos que llegaban a mí: Su fuerte respiración, el tic-tac del reloj de pared, un motor destinado a producir un ligero masaje en su espalda. Pasaron unos minutos y, con cierta extrañeza, me percaté de que el ruido más predominante en la habitación era el del tic-tac del reloj de pared. Algo preocupado, me levanté de la silla y fui a revisar. Efectivamente, la respiración había dejado de ser tan sonora como en las últimas horas, sin embargo, el movimiento ascendente y descendente de su abdomen me indicó que la respiración no había cesado. Me relajé un poco aunque mi cuerpo mantenía un extraño temblor ligero pero constante. Hoy sé que, más que un simple temblor, lo que estaba sintiendo era miedo. No, no era miedo a que mi padre dejara de respirar o a que sufriera alguna convulsión horrible mientras yo estuviera allí. No. Era un miedo mucho más estremecedor para mí. Era miedo a quedarme dormido y no notar a tiempo que alguna de esas situaciones estuviera ocurriendo. Era miedo a dejarlo ir sin que alguien estuviera allí, sosteniéndole la mano. Mientras estaba parado junto a su cama, viéndolo con la escasa luz que había, noté que su respiración comenzaba a hacerse débil, cada vez irremediablemente más débil. Pude ver cómo los ascensos y descensos de su abdomen eran menos marcados. Con ansiedad sostuve su mano entre las mías, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. Sentí el frío de su mano al mismo tiempo que dejaba de percibir tanto el sonido de su respiración como el movimiento en su abdomen. Había pasado. Aquella situación que mi tía había descrito apenas unos minutos antes me tocó presenciarla a mí. Había dejado de respirar. Lentamente solté su mano y la acomodé junto a su cuerpo. Una sensación de urgencia se despertó en mí. Tenía que avisar, tenía que despertar a mi mamá y a mi tía para avisarles lo que había pasado. Por alguna razón, sentí que tenía que ser rápido, sentí que era urgente. Corrí a la primera habitación donde dormía mi tía. “¡Lupe!… ¡Lupe!… ¡¡Ven rápido, dejó de respirar!!”, fue mi única explicación. Al escucharme, ella se levantó y echó a correr hacia la habitación donde él seguía sin moverse. “¡Avísale a tu mamá!”, me ordenó sin más. Salí corriendo nuevamente a despertar a mi mamá. “¡Mamá!… ¡Mamá!… ¡Ven!”, dije. Por alguna razón, no pude decirle qué pasaba, no pude ser tan claro con ella. “¿Otra convulsión?”, preguntó. No salió una palabra de mi boca, sólo pude mover mi cabeza indicando una negativa. Corrimos hacia la habitación de mi papá y allí estaba mi tía acariciándole el rostro. Con los ojos llenos de lágrimas volvió su cabeza hacia donde estábamos mi mamá y yo y nos dijo “Ya se fue, ya está con Dios”. Mi mamá se acercó tiernamente hacia el rostro de mi papá y lo besó. Un tierno abrazo siguió a aquel beso y pensé que en ese momento mi mamá se desmoronaría de tristeza. Pero, para mi sorpresa, ella se incorporó más fuerte que nunca y le dijo “Ya estás con Dios”. Sacó un libro de rezos y comenzó a leer en voz alta las oraciones que en estos casos le resultaban las apropiadas, de acuerdo a su enorme fe. Yo miraba de pie toda la escena. Finalmente, era una escena de paz.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;A ese momento siguieron momentos fríos, llenos de trámites, de comunicaciones de la noticia, de reflexión. Volví a mirar la habitación que ahora se sentía tranquila y descubrí que en una pequeña mesita a su lado todavía se encontraba un disco compacto que le había yo regalado apenas unas semanas atrás. Era un compendio de obras de ópera. No era una coincidencia que hubiera elegido ese disco para regalárselo. No, había una razón especial. Crecí escuchando la interpretación de la ópera &lt;em&gt;Nabucco&lt;/em&gt;. ¿Qué tenía de especial esto? Simplemente que era mi papá quien la interpretaba, que era él quien con su potente voz llenaba el departamento donde vivíamos cuando yo era niño. Y todos sabíamos que cantaba sólo cuando se sentía muy feliz.&lt;/p&gt; &lt;dd&gt;&lt;i&gt;Va, pensiero, sull'ali dorate;&lt;/i&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;i&gt;va, ti posa sui clivi, sui colli,&lt;/i&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;i&gt;ove olezzano tepide e molli&lt;/i&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;i&gt;l'aure dolci del suolo natal!&lt;/i&gt;&lt;/dd&gt;  &lt;p&gt;Así iniciaba aquella pieza de Guiseppe Verdi. Traducido al español diría algo así:&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;&lt;dd&gt;&lt;em&gt;¡Ve pensamiento, con alas doradas, &lt;/em&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;em&gt;pósate en las praderas y en las cimas &lt;/em&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;em&gt;donde exhala su suave fragancia &lt;/em&gt;&lt;/dd&gt;&lt;dd&gt;&lt;em&gt;el dulce aire de la tierra natal!&lt;/em&gt;&lt;/dd&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Va mi pensamiento contigo, papá, al escribir estas líneas. Recordando todas tus enseñanzas, todos tus esfuerzos por inculcarnos una actitud de bien. Olvidando tus errores, si es que alguna vez los tuviste. Admirando tu dedicación al aprendizaje, pero sobre todo, a la enseñanza. Honrando tu vocación de servir a los demás, de ayudar a los necesitados, de cuidar a los enfermos. Venerando el amor incondicional a tu familia, a tu espacio, a tu comunidad, a los que te rodeaban. Mirando con profundo respeto todas aquellas cualidades que tenías y que nos intentaste transmitir: responsabilidad, dedicación, constancia, esfuerzo, disciplina, mucha disciplina. Anhelando algún día llegar a ser una persona tan querida como lo fuiste dentro y fuera de la familia. Comprometido a honrar tu nombre, tus acciones, tus enseñanzas. &lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Fuiste siempre un hombre ejemplar. Eso lo tengo muy claro, lo tengo marcado en el alma. Lo sé y me consta porque nadie me lo tiene que contar: Allí estaba yo… y lo agradezco. Gracias, papá.&lt;/p&gt;  &lt;p&gt;Ve con Dios.&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-1074416440298588085?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/1074416440298588085/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/09/alli-estaba-yo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1074416440298588085'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1074416440298588085'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/09/alli-estaba-yo.html' title='Allí estaba yo…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4704914921465515423</id><published>2010-04-23T23:22:00.001-05:00</published><updated>2010-04-23T23:22:39.795-05:00</updated><title type='text'>Jornadas vueltas…</title><content type='html'>&lt;p&gt;Muchos podrán criticar las redes sociales y la forma en que la gente se vuelve adicta a ellas cada vez más frecuentemente. Sí, debo admitir que, más que un gusto, es casi un vicio lo que siento al estar revisando cada cierto tiempo los comentarios en Twitter y los ‘status’, notificaciones y mensajes en Facebook. Y no es que necesite estar pegado a la computadora para hacerlo, uno de los mayores usos que le doy al celular es precisamente consultar estas y otras redes sociales cada vez que puedo. Sin embargo, es justo decir que mucha de la información que uno lee allí no necesariamente es relevante, y en ocasiones pueden resultar hasta contraproducentes las cosas que uno publica. Pero, ante todo, creo que las redes sociales son excelentes medios para mantenernos comunicados con mucha gente. Bueno, a veces con más gente de la que quisiéramos, créanme.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Lo que hoy les quiero platicar tiene que ver justamente con la forma en que, gracias a las redes sociales, hoy podemos compartir (aunque sea virtualmente) estados de ánimo, juegos, regalos, comentarios y, si somos un poco más afortunados, podemos también encontrar a aquellas personas con las que solíamos convivir años atrás y que, por todas las vueltas que da la vida (y por las que la vida nos hace dar), dejamos de frecuentar hasta que llegaron a convertirse en meros recuerdos dentro de nuestra muy olvidadiza mente.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero antes de entrar de lleno a este tema, déjenme platicarles un poco sobre cómo empezó toda esta historia, cuando aquello del Internet era algo totalmente desconocido para la mayoría de nosotros y las computadoras sólo las compraban aquellos que podrían haberse considerado los primeros ‘geeks’ que, aburridos de ver películas en su videocasetera Beta Max II, se ponían teclear comandos para crear, editar, guardar e imprimir (en impresoras de matriz de puntos, las de cartucho de cinta) los muy rudimentarios documentos que podían realizarse usando programas como el WordStar, el Chi-Writer, entre otros. Los más aventurados podían manipular una mayor cantidad de datos usando Lotus 1-2-3 y aquellos con más interés se dedicaban a programar en lenguajes de no sé qué generación para hacer que una pelotita (bueno, tal vez era la letra ‘O’ en realidad) rebotara en los bordes de la pantalla monocromática con el típico color verde de sus caracteres. Si con lo anterior no les quedó claro, estoy hablando ya de hace mucho tiempo atrás, casi 20 años antes de escribir este documento en mi laptop que cuenta con red inalámbrica, lector de huella digital, bluetooth y otras tantas características que pocas veces utilizo. En esa época de oscuridad tecnológica personal, mis mayores fuentes de diversión incluían jugar basquetbol y reunirme con un gran grupo de amigos los sábados. Este grupo de amigos del que les hablo era en realidad un grupo que organizaba retiros para jóvenes apoyados por la comunidad religiosa. A estos retiros les llamábamos ’Jornadas’. De hecho, se les sigue conociendo con el mismo nombre todavía (no todo cambia con el paso de los años) y existen cientos, tal vez miles, de grupos que siguen organizándolas. A grandes rasgos, una Jornada se trata básicamente de que los asistentes se conozcan a sí mismos, que conozcan lo que los rodea y que, a final de cuentas, puedan orientar sus valores, virtudes, pasiones hacia un objetivo positivo que permita que otros sigan sus pasos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero después de todo este breviario cultural, filosófico y, sobre todo, histórico antiguo, lo más importante respecto a las Jornadas es la cantidad de personas que se logran conocer en tan poco tiempo. Si de algo me siento afortunado, es de haber podido convivir con muchísima gente en aquella época. Desafortunadamente, y como en muchas ocasiones lo he mencionado, mi memoria no ha sido muy buena últimamente y he llegado a pasar por situaciones bastante embarazosas en las que más de una persona llega a saludarme muy efusivamente argumentando que nos conocimos en las Jornadas, pero en mi mente no logra fijarse ni la más mínima idea del nombre de quien en ese momento casi me está abrazando de alegría al verme. Para mi fortuna, la gente que con la que conviví más tiempo ha quedado de forma imborrable en mi mente (aunque por las situaciones que recuerdo, tal vez a ellos les hubiera resultado más conveniente que no recordara mayores detalles). Por ejemplo, entre las personas que conocí desde el principio de mi aventura en el mundo ‘jornalero’ está Perla. Ella era una chica sumamente tímida (más que yo, incluso) que solía sonrojarse fácilmente ante cualquier broma o comentario un tanto subido de tono. Tenía una dificultad muy grande para hablar en público y, dado que en las Jornadas nos dedicábamos a actuar y a dar pláticas, esto era realmente un problema para ella. Con enorme gusto, pude ver después de algún tiempo cómo “la niña Perlita” (como solíamos decirle) se iba animando poco a poco a dar pláticas venciendo el pavor que le provocaba pararse ante alguna audiencia (que en ocasiones rebasaban el centenar de personas). Ver la evolución de una persona para mí resultaba tremendamente gratificante y hacía que valorara el tiempo que dedicaba a organizar y planear las Jornadas (normalmente tomaba unos 4 ó 5 meses preparar cada una). Una persona que animaba mucho a Perlita era Araceli. Bueno, hablar de Araceli me llena la mente de muchos recuerdos. El primero de ellos que me viene a la memoria fue cuando la vi por primera vez. Yo era asistente (o sea “primerizo” en Jornadas) y ella era auxiliar (o sea… bueno, ya llevaba más tiempo allí), estábamos en la hora de la cena y ella estaba tocando la guitarra y cantando algunas canciones. Me llamó la atención que supiera tocar la guitarra pero también su hermosísima voz, que no era lo único atractivo en ella. Lo siguiente que noté fue su florido vocabulario y su risa contagiosa. Tenía siempre una plática alegre y era feliz “pintándole huevos” a quien se pusiera enfrente. Quienes la conocen saben que no miento al respecto. Quienes no la conocen podrán darse cuenta, por el tipo de comentarios que estoy haciendo sobre ella, que fue para mí una gran amiga y, por algún tiempo, una novia muy querida. Araceli tenía dos hermanos, uno mayor (Ramón) y uno menor (Javier). Los tres formaban el grupo de hermanos más alegres de que tenga yo memoria y todos formaban parte del grupo de Jornadas al que yo pertenecía.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Alguien a quien no puedo dejar de mencionar es a Luis Rey. Luis Rey era estudiante de medicina en ese entonces y no sabía distinguir los beneficios del alcohol de 96 grados contra los del merthiolate. Dada la impresión de ser un chavo tímido y serio, hasta que lo conocíamos un poco más. Era un verdadero desmadre. Eso sí, daba las mejores pláticas que jamás he escuchado. Su frase favorita al echar relajo era “te voy a hacer el amor”. Obviamente, cuando decía “Perlita, te voy a hacer el amor”, Perlita salía corriendo completamente roja de la pena ante semejante amenaza. A Luis Rey le gustaba jugar con los muñecos “Ziggy” tomándolos de brazos y piernas para simular que saltaban de un trampolín, lo que resultaba tierno para las chicas que observaban el acto, hasta que Luis Rey comenzaba a propinarle al Ziggy tremendas cachetadas que provocaba que todas quisieran arrebatarle el querido muñeco. Después de algún tiempo, se unió al grupo Esmeralda, que es hermana de Perla. Por diversas asociaciones y juegos de palabras con el nombre de Perla, a Esmeralda le llamábamos Ostrita. Ya saben, la Perla y la Ostra que… bueno, hoy no me parece tan gracioso, pero en ese entonces resultaba casi un chiste y de allí el sobrenombre de Esme. Ostrita siempre estaba bromeando con todos y riendo. Recuerdo que solía gritarme durante las comidas de las Jornadas cosas como “Julito, ¿verdad que me quieres mucho?”, a lo que yo, invariablemente, contestaba gritando “Ostrita, ya sabes que no”. Esto provocaba risa en ella y en todos los que nos escuchaban. La verdad es que la quería mucho y la sigo queriendo hasta hoy. &lt;/p&gt; &lt;p&gt;También podíamos encontrar dentro del grupo a verdaderos aficionados del deporte. De hecho, al que hasta hoy considero el fanático número uno del América y de los Acereros es Ricardo, que participó también en nuestro grupo. A Ricardo lo podían tratar de molestar haciendo alusión a su físico (era el más flaco del grupo, según creo) pero nada lo podía alterar más que una derrota del América (y no necesitaba ser contra las Chivas). Narraba partidos de futbol imaginarios de forma magistral y con tanta naturalidad que todos sabíamos que la mejor forma de ser feliz en su vida era dedicándose a algo relacionado con la locución, la crítica y el deporte. Personaje siempre bromista, risueño y parlanchín contagiaba una curiosa alegría simplemente por platicar unos segundos con él. Otra persona de la que ya hablé en alguna entrada anterior es Nayeli. Nayeli siempre llamaba mi atención por su simpatía y eterna sonrisa. Es una persona increíblemente creativa y amante de la naturaleza. Tenía una letra tan bonita que era fácil descubrirla cuando jugábamos al “amigo secreto” y porque sus cartas siempre estaban llenas de dibujitos que la delataban inevitablemente. En ese entonces estudiaba Biología y actualmente trabaja en un complejo ecológico que he tenido oportunidad de visitar en varias ocasiones. Y alguien que definitivamente nadie podría olvidar después de haberlo conocido es Gabriel, mejor conocido como ‘Lewó’ en Jornadas. Lewó era el nivel siguiente del desmadre inagotable. Comentarios, sarcasmo, bromas, poses, gestos, cartas, dibujos. Todo le daba una personalidad única que combinaba con una lealtad enorme hacia sus amigos. Aparte del diseño gráfico, era un estudioso de idiomas y en ese entonces su favorito era el francés, gracias a lo cual lo descubrí alguna vez en el juego del “amigo secreto” porque se refería a mí como “Julito avec C” (Julito con C), y a lo que una compañera ingenuamente preguntó “¿Julito con C? ¿Julitoc?”. Eso dio origen a uno de mis apodos de ese entonces: Julitoc.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Podría pasarme horas y horas platicando sobre la gente que conocí entonces pero para no hacer más cansado este relato y seguir adelante, sólo me permitiré mencionar a otras personas que también recuerdo con enorme cariño y que no porque no escriba más de ellas significa que no las aprecie de la misma forma. Así puedo mencionar a Norma Peregrina, La Pidos, La Pelos, Hugo, Claudia Shanaz, Luis Ramón, Paty, Arturo, Angélica, Héctor, Pedro, David, Martha, El Madas, Bere, Andrés, Tania, Dagmara, Claudia, Noé, Oscar, Nishi, Andrea, Kika, Ivonne, Cacho, etc, etc. Sé que hay muchos, muchos más y les ofrezco de antemano una disculpa por la omisión en este documento, pero mi memoria es más traicionera cuanto más trato de obtener de ella.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero como siempre pasa, tarde o temprano en nuestra vida, llegamos a un punto en que por alguna decisión personal, profesional, espiritual o de otras índoles, debemos dar la espalda a todo aquello que hemos obtenido, a todas aquellas personas que hemos querido y optamos por tomar caminos diferentes a los que hemos recorrido hasta entonces. Es así que, por circunstancias que prefiero no detallar ahora, tuve que dedicarme a otros asuntos y, al cabo de no mucho tiempo, le perdí la pista a la gran mayoría de las personas con las que había convivido tantos años. Por supuesto que conocí más gente, tuve nuevas experiencias que viví y, tal vez, disfruté. Pero hay una relación indescriptible con aquellas personas con las que se “vivían” las Jornadas allá “arriba”. Palabras tan simples como “cinito”, “Jederman”, “un alto” conllevan mucho más significado que las propias palabras para nosotros. Por eso, conforme fueron pasando los años, nunca he podido arrancarme la nostalgia que siento al recordar aquellos tiempos. Siempre preguntándome qué habrá sido de cada uno, qué caminos habrán tomado. ¿Serán felices ahora? ¿Habrán triunfado? ¿Cómo serán físicamente en la actualidad? ¿Me recordarían si me vieran? ¿Recordarían las pláticas que dí y las que ellos mismo dieron? ¿Dónde vivirán? Por supuesto que sería ingenuo el siquiera suponer que puedo encontrar respuesta a cada pregunta para cada persona que recuerdo, pero al menos nunca perdí la esperanza de volver a saber de algunos. Sin embargo, pasaron años y años, y era muy esporádico el contacto que tenía con alguno de ellos. Llegué a pensar muchas veces que no volvería a saber de ellos y que mi mejor oportunidad consistía en mantener vivos mis recuerdos mediante alguna foto, alguna carta, algún detalle encontrado en otras personas. Sobra decir que esto me amargaba lentamente conforme el tiempo pasaba. Me dediqué, pues, al trabajo, a la familia. Y como en ninguno de estos dos aspectos he conseguido ser medianamente bueno como quisiera, siempre me aturdía la sensación de haberme considerado bueno actuando y dando pláticas en las Jornadas. De cualquier forma, mi esfuerzo no ha sido poco con respecto a mis nuevas ocupaciones, pese a que muchos dirían lo contrario.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Como creo que a todos los que hemos incursionado en el terreno de las redes sociales nos pasa, un día recibí la invitación de alguien más para unirme a alguna de ellas. Sin mucho ánimo, decidí crear una cuenta y ver qué podía haber allí. De inicio todo era confuso. ¿Qué se supone que debe hacer uno dentro de una red social? ¿Debo incluir a toda la gente que me solicitar ser su “amigo”? ¿Debo hacer algo más que entrar y ver qué hay? ¿Cada cuánto es recomendable actualizar mi ‘status’? ¿Debo esperar que alguien me contacte? ¿Quién puede leer lo que escribo? ¿Microblogging? ¿Tags? &lt;/p&gt; &lt;p&gt;Está bien, no vayamos tan deprisa. La principal función de la red social es comunicar y mantener el contacto con otros. Pero quizás de las partes más interesantes es la conexión de amistades que se dan entre las personas. Una de ellas te puede llevar a otras y a otras a su vez. Así, de forma paulatina, es posible ir hilando y conectando puntos hasta llegar a alguien cuyo rostro no has visto en muchos años. Bueno, tal vez el rostro que vemos ahora no es el mismo que conocimos pero definitivamente sabemos que es la misma persona. De forma por demás increíble, logré en unos meses contactar a personas que durante años había pensado que no volvería a ver.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;En un principio me encontré con Nayeli y tuve la oportunidad de verla ya en varias ocasiones (ver &lt;a href="http://jornadas71.blogspot.com/2009/10/por-los-arboles-morados.html" target="_blank"&gt;Por los árboles morados&lt;/a&gt; para más detalles). Luego encontré a Perlita y a Esmeralda. Poco a poco fueron apareciendo Lewó, Ricardo, Nishi, Cacho, etc. Aún con todo esto, no había podido realizarse una reunión más grande (aunque en la fiesta de cumpleaños de Nayeli encontré a Oscar y a Benjamín). Siempre pensé que coordinar agendas podría resultar más fácil cuando nos encontráramos en las redes sociales. Pero los compromisos nuevos, las nuevas actividades e inclusos las nuevas residencias hacen complicada cualquier reunión de más de 3 personas. &lt;/p&gt; &lt;p&gt;Teniendo en cuenta esto, me sorprendí gratamente la semana pasada al recibir un mensaje de Perlita. Me estaba invitando a una reunión con Esmeralda, Ricardo y Javier. El lugar me quedaba un poco lejos, el horario era ya bastante tardecito, estaba yo en medio de un proyecto muy importante en el trabajo, y terriblemente cansado. Muchos factores parecían juntarse para evitar que me les uniera. ¿Pero no era acaso lo que siempre había estado deseando? ¿Saber cómo estaban? ¿Cómo les había ido? Quién sabe cuándo volvería a darse otra oportunidad de verlos. Haciendo el cansancio a un lado, ignorando el hecho de saber que el Periférico estaba cerrado a esas horas, me decidí a alcanzarlos y a pasar un rato agradable y divertido. Creo que ya pasaba de medianoche cuando llegué a donde quedamos de vernos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Mi primera preocupación fue encontrarlos en el lugar, que estaba lo suficientemente oscuro como para tener que acercarme bastante a cada mesa para reconocer a los que estaban sentados. Había visto a Perlita una semana antes, por lo que tenía, al menos, un rostro bien ubicado para hacer mi búsqueda, pero desconocía como lucirían los demás. Aceptémoslo, las fotos que se publican en Facebook no son necesariamente las más recientes. Fui así, recorriendo varias mesas en el lugar. De repente, me asaltó una duda más: En caso de que no sea Perlita la que me vea, ¿me reconocerían los demás?. No pasó mucho tiempo cuando, al acercarme a una mesa colocada justo en una de las esquinas, reconocí a Esmeralda. Por su expresión sonriente fija en mí me di cuenta de que, afortunadamente, me reconocía. Uno a uno fueron volteando los demás para verme y, como en una reacción en cadena, una sonrisa sincera se dibujó en sus rostros. El mismo efecto me alcanzó a mí. Nos abrazamos y comenzamos a platicar. Debo comentar que en el lugar tocaba una banda muy buena. La música era increíble pero, al mismo tiempo, nos impedía platicar como hubiéramos querido, por lo que teníamos que esperar los espacios entre canción y canción para poder decir algo. Aún así, la experiencia resultó mejor de lo que esperaba. Fue una de las mejores reuniones que he tenido por la gente que allí reencontré. Tal vez no platicamos mucho. Eso no importa. Nos vimos, nos abrazamos, nos re-unimos. Quedamos en vernos en un lugar más tranquilo para platicar próximamente. Estoy más que emocionado de volver a verlos a ellos y a todos los que podamos reunir.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Es muy probable que esa siguiente reunión no sea tan pronto como pudiéramos desear. No es fácil hacer coincidir a tanta gente con horarios y actividades tan distintas que, aparte, vivimos distribuidos a lo largo y ancho del área metropolitana. Pero mientras esa reunión logra darse, mientras las agendas encuentran finalmente el punto de coincidencia común, seguimos bromeando, apoyándonos, riendo, llorando… todo, a través de la herramienta que nos unió y nos hizo encontrarnos en la realidad: una red social.&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4704914921465515423?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4704914921465515423/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/04/jornadas-vueltas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4704914921465515423'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4704914921465515423'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/04/jornadas-vueltas.html' title='Jornadas vueltas…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-1589081462362570899</id><published>2010-04-01T20:30:00.001-06:00</published><updated>2010-04-01T20:30:09.315-06:00</updated><title type='text'>TechReady 10</title><content type='html'>&lt;p&gt;Antes de iniciar en forma con este relato, debo poner en antecedente que no me está permitido publicar nada relacionado al contenido del TechReady aunque sí del propio evento. Por lo que, para aquellos que al mirar el título en primera instancia hayan pensado en llamar a cualquier representante de algún movimiento tipo Santa Inquisición, no se preocupen; pueden colgar tranquilamente sus celulares dado que mi intención es platicar de la experiencia vivida sin entrar en detalles técnicos de alguna plática… pero mejor no se confíen y lean hasta el final para cerciorarse.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La semana pasada se llevó a cabo en Seattle, WA la décima edición de una serie de conferencias a la que se le denomina TechReady. Debo decir que el evento de este año fue, por mucho, diferente a cualquier otro de años anteriores. Para empezar, el número de asistentes se redujo notablemente. Sin entrar en muchos detalles, sólo diré que fui uno de los dos afortunados de mi equipo que logramos “librar” los recortes que hubo en el grupo originalmente seleccionado para ir. No puedo decir que el evento haya lucido apagado o con poca gente: con recortes y todo éramos un mundo de gente caminando entre los diversos escenarios donde se impartían las pláticas. Sí, dije “caminando”. A diferencia de otros años en que teníamos que ir arrastrando los pies, hombro con hombro, cabeza con cabeza, espalda con… bueno, muy amontonados, esta vez realmente se podía caminar tranquilamente a cualquier punto que fuera necesario ir. Otra diferencia notoria en este evento fue la fecha. Normalmente debía haberse realizado durante el mes de febrero, pero por razones desconocidas esta vez fue a finales de marzo. Y menciono la palabra “desconocidas” porque el hecho de que las Olimpiadas de Vancouver se llevaran a cabo en febrero no hubiera supuesto que alguien hubiera querido escaparse para ir a verlas ¿verdad? ¿Quién estaría dispuesto a hacer semejante incoherencia? Ante todo está el compromiso con el TechReady ¿no?. Dejémoslo en que fueron razones desconocidas. Este cambio de fecha trajo consigo el poder disfrutar de un clima más agradable. Y cuando digo agradable hay que recordar una cosa: en Seattle el clima sólo mejora para que el meteorólogo de las noticias conserve la chamba diciendo algo diferente a “va a llover ligeramente durante todo el día y hará un frío de la fregada”. Bueno, esta vez no llovió durante todo el día (sólo a ratitos en los primeros días) y el frío no fue tan crítico como uno normalmente espera.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Algo a resaltar respecto a la gente de Seattle es que, en general, son muy amables. “Demasiado amables”, diría un compañero inglés durante una cena en un evento anterior. En México, uno normalmente no esperaría que la mesera de algún buen restaurante entable una charla amena y desinteresada con los comensales. Por eso, el que una de ellas se hubiera mostrado muy amable e interesada en nosotros durante nuestra primera cena, y que incluso nos hubiera ofrecido un par de postres &lt;em&gt;‘on the house’&lt;/em&gt; hizo pensar a más de uno que “algo quería” conmigo. Pero no, es simplemente que la gente en Seattle tiene un estándar de servicio más alto que el nuestro. O al menos eso tengo que pensar porque no encontré su número telefónico bajo ningún plato después de la cena. Fue una situación muy divertida.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;El evento comenzó sin mayor diferencia a otros. Desayuno y sesión general por la mañana, sesiones de diversos tipos durante el resto del día con un espacio para el almuerzo a mediodía. Recorridos por el centro de convenciones tratando de encontrar la plática adecuada o, al menos, la que sonara más interesante &lt;em&gt;“en el papel”&lt;/em&gt;. Al respecto me gustaría decir algo. El título de una plática no necesariamente representa lo que escuchará uno durante la sesión. Por eso, es común escuchar comentarios como “no era lo que esperaba” o “entré sólo porque el salón que había elegido originalmente estaba lleno y resultó ser una de las mejores pláticas del evento”. De aquí permítanme expresar mi opinión con respecto a los títulos de las conferencias. Aquel expositor que siente pasión por la plática que dará se esforzará por hacerlo notar en el título con el que la bautiza. De eso me convencí cuando entré a una plática simplemente porque su título era poco convencional. Al estar allí, en la plática, pude ver a una persona menuda, de lentes, ya algo entrado en años, que hablaba con tanta energía, fuerza, pasión y entrega (estuve tentado a usar la palabra amor) sobre su producto que no hubo un rato en que pudiera apartar mi mente del salón. Salí queriendo instalar la última versión del producto cuando nunca antes había instalado una versión anterior. Y claro, el producto es bueno, como muchos, pero fue su presentador quien realmente me movió a tomar la decisión de su adopción.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Otras pláticas resultaron reveladoras también aunque en otro sentido. Durante una sesión en que algunos líderes de mi área abrieron los micrófonos para pedir retroalimentación con respecto a ciertas iniciativas, ocurrió algo increíble (casi aterrador). Imagínense el cuadro: un grupo como de diez personas sentadas en el escenario sonriendo al principio, casi desafiando si alguien podía dar &lt;em&gt;feedback&lt;/em&gt; interesante; en la audiencia, miles de personas que contaban con 3 micrófonos para hacer sus comentarios. No entraré en detalles sobre los propios comentarios pero cada vez que alguien daba el &lt;em&gt;feedback&lt;/em&gt; solicitado, invariablemente se escuchaba el aplauso y las exclamaciones de apoyo del resto de los integrantes de la audiencia. Rostros pálidos, ojos muy abiertos, sorpresa, miedo, era parte de lo que podía verse en cada uno de los integrantes del equipo de líderes que estaban al frente. La respuesta para muchos comentarios fue similar: nosotros pensábamos que esa iniciativa era un éxito, es lo que nos indican nuestros &lt;em&gt;direct reports,&lt;/em&gt; no sabíamos de todos estos problemas. Tratando de ver el asunto desde el lado positivo, qué bueno que exista la posibilidad de dar retroalimentación directa al equipo de líderes. Pero por otro lado, ¿por qué la retroalimentación que ya se había dado a los mandos medios no subió hacia los líderes? ¿Será que en algún punto todo se detiene porque es mejor proyectar un resultado positivo ante una iniciativa? No lo sé, se me ocurren varias respuestas pero no viene al caso debatirlas ahora. Además, supongo que eso pasa en todas las empresas… ¿o no?&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Pero pasando a cosas más agradables, la vida nocturna durante el TechReady fue increíble. No necesariamente multitudinaria, pero definitivamente divertida. Cena para la comunidad latina a la que asistireron pocas personas pero que estuvo enmarcada de humor, albures, picardía, risas y bebida. Cenas con los amigos durante las noches que se nos permitía elegir el lugar acompañadas de buenas pláticas, anécdotas, burlas y deliciosa comida. Una noche tuve la fortuna de cenar junto con compañeros de otros países y escuchar anécdotas tan lejanas pero tan similares a las nuestras llenas de humor y optimismo aunque nunca con la picardía latina, y sin embargo, muy divertidas también. Pero la noche que en lo personal me gustó más fue la de la fiesta de asistentes, donde había diferentes tipos de música en cada salón que iba uno recorriendo, diferentes tipos de comida, juegos y diversión. Pero el ingrediente que hizo esa noche especial fue encontrar la sala “mexicana” animada por un mariachi. Ya se imaginarán: cantos, bailes, risas, gritos silbidos. Una fiesta mexicana en Seattle. La comida y la bebida no fueron exactamente mexicanas pero no importó mucho, el ambiente lo era. Aun durante los momentos en que el mariachi iba a descansar seguían escuchándose cantos mexicanos &lt;em&gt;a capella&lt;/em&gt; en alguna mesa apartada, tal vez motivados por las cervezas, tal vez no. Invariablemente, las noches formaron una parte especial del evento al grado de terminarlo con muy pocas horas de descanso efectivo. Pero eso no importó. Sabíamos que la próxima vez que tuviéramos la oportunidad de estar en este evento podía ser muy lejana en el tiempo, así que había que disfrutarla al máximo, y lo hicimos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Algo que no deja de sorprenderme nunca es la cantidad de personas que uno conoce en Seattle, no sólo de otros países sino también de México. Este año no fue la excepción en ese sentido y conocí a varias personas que trabajan en mi misma subsidiaria y a los que nunca antes había visto. Pero también tuve la oportunidad de conocer a gente de Alemania, África, Bélgica, Argentina, República Dominicana, entre otros. El conocer otras culturas, otras formas de hacer las cosas, otras costumbres, gestos, ademanes, vestuarios, rasgos, miradas, todo forma parte de una experiencia sumamente enriquecedora para quien puede ser parte de ella.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Me llevo muchas cosas del Techready: alegría, noches interminables, pláticas amenas, risas, esperanza, pasión, cantos. Tantos y tantos recuerdos que me es imposible expresarlos adecuadamente aquí pero que ahora forman parte de mi ser. Me siento orgulloso de haber podido disfrutar tantas cosas en tan poco tiempo y espero con ansias una nueva oportunidad de asistir y volverme a sorprender tan gratamente. Por si esto lo ve alguno de mis jefes, debo mencionar que las sesiones a las que asistí fueron muy productivas también y que haré lo posible para llevar lo aprendido a mis clientes y cumplir con mis &lt;em&gt;commitments&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;¡¡Hasta el próximo TechReady!!&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-1589081462362570899?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/1589081462362570899/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/04/techready-10.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1589081462362570899'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1589081462362570899'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/04/techready-10.html' title='TechReady 10'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4089046635415085788</id><published>2010-03-09T13:12:00.001-06:00</published><updated>2010-03-09T13:12:58.724-06:00</updated><title type='text'>Miedo y Terror…</title><content type='html'>&lt;p&gt;Hoy, como otros días recientes, he despertado con migraña. Tal vez debería preocuparme más de lo que hasta ahora lo he hecho pero el saber que suele ser un dolor condicionado hace que, en un mismo tiempo, me tranquilice y me ponga a meditar. Muchas pueden ser las causas de mi dolor de cabeza constante: mala alimentación, falta de ejercicio, estrés, alguna enfermedad oculta, tal vez una combinación de todas y más. Después de un tiempo de reflexión creo que otra posible causa es el miedo. No, más bien el terror. El miedo puede considerarse un mecanismo de defensa y es aceptable sentirlo en muchos escenarios. El terror es otra cosa. El terror, al igual que la migraña, se presenta de forma intensa, constante, no es posible controlarlo de fácil manera; sólo afecta una región de la cabeza pero deja afectado el resto del cuerpo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Cuando siento terror la migraña aparece y no puedo dejar de pensar que están relacionados. No sé si este reconocimiento sirva para controlar mi dolor de cabeza pero al menos me ha ayudado con algunas conclusiones personales. El reconocer qué situaciones me dan miedo y cuáles me provocan terror debe servirme para encaminar mis pasos, para dictarme las futuras acciones a tomar. &lt;/p&gt; &lt;p&gt;&amp;nbsp;&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo de caminar por el camino equivocado. Tengo terror de no tener una meta hacia dónde caminar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a correr riegos innecesarios. Tengo terror de no necesitar arriesgarme.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a la burla y el ridículo. Tengo terror a no poder reírme de mí mismo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a sentir el rechazo ante un abrazo, un beso, una caricia. Tengo terror de ni siquiera intentarlo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a caer. Tengo terror a no intentar volar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a fracasar en el trabajo. Tengo terror a ser exitoso en la mediocridad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a lo desconocido. Tengo terror a no conocer más.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a la muerte. Tengo terror a una vida vacía.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a la tristeza. Tengo terror a la soledad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a ser mal hijo. Tengo terror a ser mal padre.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a la oscuridad. Tengo terror a que mis prejuicios y actitudes no me dejen ver con claridad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo de enfrentarme a mis enemigos. Tengo terror de no defender mis amigos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo al dolor. Tengo terror a dejar de sentir.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo al recuerdo de mis errores. Tengo terror al olvido.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo a dejar de respirar. Tengo terror a dejar de suspirar.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Tengo miedo al terror. Tengo terror de no actuar ante el miedo.&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4089046635415085788?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4089046635415085788/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/03/miedo-y-terror.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4089046635415085788'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4089046635415085788'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/03/miedo-y-terror.html' title='Miedo y Terror…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-5473333362761511068</id><published>2010-03-02T16:54:00.002-06:00</published><updated>2012-01-09T22:06:01.788-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico – Parte IV</title><content type='html'>Algo primordial cuando se trabaja en un área de Soporte Técnico es la preparación. Y con preparación quiero abarcar cuestiones personales como capacitación, disponibilidad y actitud de servicio. Pero también incluyo en este concepto aspectos importantes que debe cumplir el lugar de trabajo, como infraestructura, seguridad, accesibilidad, comunicación, etc. Todos estos elementos determinan, en mucha parte, la calidad con que el usuario final recibe el servicio de soporte técnico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;En el lado oscuro.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Durante más de siete años, trabajé como parte de un centro de soporte técnico especializado tanto en software como en hardware. Al principio, trabajé como ingeniero en campo visitando clientes directamente en sus oficinas (a veces en sus fábricas). Pese a que físicamente me encontraba fuera de mis propias oficinas, el contacto que debía mantener con el Centro de Soporte era continuo debido a que los agentes de soporte telefónico contaban con acceso a información, bases de datos técnicas, Internet y otras herramientas que no siempre era posible tener en las instalaciones del cliente. Resultaba claro entonces que la infraestructura en el Centro de Soporte debía tener la capacidad suficiente para atender tanto a clientes como a los propios ingenieros de campo como yo. Cuando, unos años más tarde, estuve a cargo de gran parte del Centro de Soporte, nunca dudé en proponer mejoras para facilitar el acceso a los clientes y procuré que los ingenieros contaran con la mejor infraestructura tecnológica que la empresa nos podía proveer. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos que uno pudiera hacer, siempre suele ocurrir algo que echa abajo toda nuestra previsión.&lt;br /&gt;Un día, mientras me encontraba revisando cifras de llamadas entrantes, llamadas perdidas, tiempos promedio de respuesta, tiempos promedio de solución, entre otros, la recepcionista del Centro de Soporte subió corriendo por las escaleras hasta mi lugar. No era algo común que ella abandonara su puesto en la recepción para ir a platicar con alguien, pero esta vez parecía ser algo urgente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Tenemos problemas!- dijo todavía sofocada por haber subido las escaleras tan rápido&lt;br /&gt;-¿Qué pasó?- contesté volteando instintivamente hacia el tablero de llamadas para verificar que el conmutador siguiera funcionando&lt;br /&gt;-¡Viene gente de la compañía de luz!&lt;br /&gt;-¿De la compañía de luz?&lt;br /&gt;-¡Sí! ¡Dicen que vienen a cortar el servicio por falta de pago!&lt;br /&gt;-¡¿Qué?! Dime que es una broma…&lt;br /&gt;-¡No! Traen un documento autorizando la desconexión. Ya chequé la dirección y es correcta.&lt;br /&gt;-¡Debe ser un error! Los de Finanzas pagan siempre puntualmente… Déjame llamarles…&lt;br /&gt;-¡Ya hablé con ellos! ¡Por algún motivo se les pasó hacer el pago! ¡Dos veces!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Servidores redundantes, arreglos de disco, dos salidas a Internet, sistemas ininterrumpibles de energía (hasta por 30 minutos), equipos de respaldo, luminarias de emergencia, 3 turnos de personal programados para atender al cliente en un horario 7x24 los 365 días del año… Todo se fue a la basura porque alguien no programó el pago del recibo de la luz, dos veces. Como siempre pasa, “algo hizo la mugre hoja de cálculo” que borró aquel rubro en el registro del responsable de hacer el pago. Teníamos que actuar de inmediato para evitar que el corte de luz ocurriera o estaríamos en graves problemas por no poder brindar el servicio a los clientes, porque no sólo los equipos de cómputo dejarían de funcionar, sino también el conmutador telefónico, que era el “alma” de nuestras operaciones. Había contratos con niveles de servicio muy estrictos y era posible que algún cliente nos penalizara gravemente por aquel increíble descuido. Y aunque dentro de los contratos se llegaban a considerar contratiempos ocasionados por cierto tipo de desastres fuera de nuestro alcance, la estupidez no era algo que estuviera amparado en ninguna cláusula.&lt;br /&gt;“Sobórnalos”, dijo mi jefe con cierta desesperación. Me quedé mirándolo incrédulo ante su propuesta aunque poco a poco fui convenciéndome de que podría ser una buena idea. Alguien había investigado ya y resultaba que, si llegaban a desconectarnos, aunque hiciéramos el pago inmediatamente, tardarían unos 3 días hábiles para hacer la reconexión.&amp;nbsp; “Pregúntales que cuánto te cobran por regresar al día siguiente en lo que arreglamos lo del pago”, me sugirió. No supe en qué momento acepté el puesto de “negociador” pero repentinamente sentí que todos los que estaban allí me empujaban con la mirada y me encomendaban a “arreglar” el penoso asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Oiga, seguramente esto es un error. Nunca nos hemos retrasado en el pago y no podemos dejar sin luz las instalaciones- dije ingenuamente&lt;br /&gt;-No, no hay error. Es la dirección correcta. Medidor correcto. Si acaso hay un error, es que usted no ha pagado y esa no es mi culpa- fue su fría respuesta que, además, me ponía ahora como responsable de todo el asunto.&lt;br /&gt;-Yo no soy el que paga, los de Finanzas se encargan de eso y me dicen que todo está bien- mentí tratando de ganar algo&lt;br /&gt;-No es mi asunto quién paga o no. Vengo a desconectar su servicio y este documento me autoriza a hacerlo. El señor viene conmigo para dar fe de mi trabajo- y señaló a quien se presentó como un notario público.&lt;br /&gt;-Oiga, pero ¿no hay forma de que nos permita revisar todo este asunto hasta el día de mañana? Estoy seguro de que todo es un error y no puedo dejar que corten la energía eléctrica porque dejaríamos sin servicio a nuestros clientes.&lt;br /&gt;-No, no hay forma- contestó el notario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin que nadie le indicara mayor detalle, el trabajador de la compañía de luz siguió los cables de la instalación eléctrica y encontró el lugar donde debía realizar la desconexión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Al menos déjeme apagar los servidores para que no se dañen. Diez minutos, no más- supliqué al notar que no había cómo hacerlos cambiar de opinión.&lt;br /&gt;-Está bien. En diez minutos cortamos la energía sin esperar nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Avisé rápidamente que se apagaran los servidores, el conmutador y todo aquello que pudiera presentar algún daño por quedarse sin energía abruptamente. Nadie lo podía creer. Algunos ingenieros de soporte telefónico tuvieron que cortar sus llamadas explicándole al cliente que había algunos inconvenientes técnicos y que volverían a comunicarse en cuanto se solucionaran. Se apagó el mayor número de equipos conforme nos fue posible, pero al cabo de los diez minutos de plazo notamos cómo el ruido del aire acondicionado quedaba silenciado, las lámparas de emergencia se encendieron y todos quedamos mirándonos unos a otros sin saber a ciencia cierta qué debíamos hacer. El personal de la compañía de luz selló la caja de conexiones donde habían trabajado y, entregándome una notificación, me advirtieron “es un delito romper los sellos para realizar una reconexión no autorizada”. Tomaron sus herramientas y salieron despreocupadamente del edificio.&lt;br /&gt;De acuerdo a nuestros procedimientos de recuperación de desastres (y esto definitivamente lo era), un grupo de ingenieros debía trasladarse a una localidad alterna para reanudar desde allí las operaciones en modo de emergencia. Otros debíamos asegurarnos de cambiar ruteos, hacer notificaciones a proveedores y realizar una serie de pasos para poder volver a ofrecer el servicio a nuestros clientes. Era una labor titánica que debíamos completar lo antes posible o el impacto podría ser aún más desastroso. La “cuadrilla” de ingenieros seleccionados para ir a la localidad alterna había sido seleccionada y estaba a punto de dejar el edificio cuando una voz a nuestras espaldas nos hizo detener en seco. “Creo que puedo ayudarlos”, dijo un tanto tímidamente. Era la voz de nuestro experto en reparaciones de hardware, Juan. A lo largo de los años, varios habíamos visto cómo Juan podía reparar casi cualquier cosa con métodos no necesariamente convencionales. Si alguien ha escuchado que los mexicanos pueden reparar casi cualquier cosa con un clip y la mitad del chicle que están mascando, muy probablemente sea porque alguna historia de Juan se ha hecho pública.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Nos puedes ayudar? ¿Cómo?- preguntamos con cierta reserva&lt;br /&gt;-Revisé la forma en la que desconectaron la energía y por el tipo de instalación del edificio creo que la puedo reconectar sin romper los sellos.&lt;br /&gt;-¿Crees o puedes?- preguntó mi jefe&lt;br /&gt;-Dame cinco minutos para revisar y, si puedo, les aviso. Lo más seguro es que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidimos detener cinco minutos a los ingenieros que estaban a punto de salir y quedamos en espera de la respuesta de Juan. Con un par de desarmadores en mano, unas pinzas de electricista, unas de punta y un rollo de cinta para aislar, Juan se puso a seguir la instalación eléctrica buscando algún punto donde pudiera llevar a cabo su “operación”. Finalmente se detuvo y comenzó a trabajar. Desconectó algunos cables, “puenteó” otros. Habían pasado ya casi diez minutos cuando, sosteniendo un par de cables entre sus manos, dijo “si ahorita que conecte estos dos enciende todo, ya la hicimos”. Como en aquellas películas donde se crea un enorme suspenso cuando el héroe desconecta los cables de una bomba, nosotros permanecíamos inmóviles viendo cómo aquellos cables que Juan sostenía iban perdiendo distancia entre sí y, finalmente, lograban juntarse. “¡A huevo!”, gritó Juan al ver que todo se encendía nuevamente. Todos corrimos para avisar que se volvieran a poner en operación los servidores y, sobre todo, el conmutador. El ruido del aire acondicionado volvió a escucharse y todos comenzamos a trabajar “normalmente”. Juan nos había salvado y era el héroe de nuestra película. Los jefes lo invitaron a comer y le hicieron fiesta todo el día… Pero, por supuesto, el festejo no podía durar para siempre.&lt;br /&gt;El día siguiente resultó extraño. Me encontraba, tal como el día anterior, revisando las estadísticas del Centro de Soporte. El susto de quedarnos sin luz había pasado y tenía en mente otros asuntos más importantes. Al menos eso pensaba. Como un verdadero &lt;em&gt;Déjà vu,&lt;/em&gt; noté que la recepcionista subía corriendo por las escaleras con rostro de preocupación. “Esto no puede estar pasando, no otra vez”, pensé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Vinieron los de la compañía de luz!- dijo ante mi asombro&lt;br /&gt;-¡¿Otra vez?!- pregunté tontamente&lt;br /&gt;-¡Sí! ¿Qué hacemos? Van a notar que volvimos a conectar todo. No los he dejado pasar, me están esperando allá afuera.&lt;br /&gt;-¡Apaga las luces y avísale a Juan que desconecte todo como lo dejaron ellos ayer! Yo mientras aviso a todos y apagamos los servidores otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras repetíamos todo el proceso de apagado, colgado de llamadas, aviso a los jefes y descontrol total, Juan se apresuraba a desconectar los cables. La puerta seguía sonando por la insistencia del personal de la compañía de luz. De un momento a otro, se hizo el silencio. Las luminarias de emergencia volvieron a realizar su labor y se encendieron indicándonos que el suministro eléctrico había sido interrumpido. Juan apareció apresurado escondiendo las herramientas que había utilizado y se metió en su pequeña oficina. Todos nos quedamos callados. La recepcionista se dispuso a abrir con toda la desfachatez del mundo como si nada hubiera pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Perdón, no podía abrir porque teníamos unos problemas aquí.&lt;br /&gt;-¿Todo bien?- preguntó el empleado de la compañía de luz&lt;br /&gt;-Sí, ya no hay problema. ¿Viene a conectar la luz?&lt;br /&gt;-¿Conectar? No, solo vengo a tomar la lectura del medidor. ¿Les cortaron la luz?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Efectivamente, era un empleado diferente de la misma compañía y aparentemente no tenía idea de la desconexión del día anterior. No sabíamos si echarnos a reír o a llorar por todo el relajo que ya habíamos hecho. Sin embargo, la recepcionista no perdió tiempo y le aseguró que el pago ya se había realizado y que realmente era urgente que nos conectaran la luz nuevamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Usted nos puede conectar la luz? Aquí está el recibo de pago- y le mostró el documento que la gente de Finanzas le había entregado.&lt;br /&gt;-No, necesita haber una orden de reconexión. No es tan rápido.&lt;br /&gt;-Pero ya pagamos. ¿No podría llamar para verificar y que nos reconectara de una vez?&lt;br /&gt;-Me gustaría poder ayudarla pero no estoy autorizado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tomó rápidamente la lectura del medidor y se fue. Por tercera ocasión en menos de dos días, Juan sacó sus herramientas y se dispuso a trabajar nuevamente con el cableado eléctrico. Momentos después volvimos a tener energía y seguimos trabajando. Lo que la recepcionista había comentado era cierto, el pago ya se había efectuado y sólo era cuestión de tiempo para que alguien de la compañía de luz llegara a hacer la reconexión. Pero no sabíamos cuándo ni a qué hora sería, lo que suponía que Juan tendría que volver a desconectar apuradamente todo cuando eso ocurriera.&lt;br /&gt;Los siguientes dos días transcurrieron sin incidentes de energía eléctrica. Casi nos habíamos olvidado que teníamos “puenteado” el cableado, hasta que un nuevo empleado de la compañía de luz tocó la puerta. La histeria volvió a apoderarse de nosotros y ya con la práctica adquirida en los días anteriores apagamos las luces y desconectamos todo en tiempo récord. Juan casi ni utilizó las herramientas para dejarlo todo listo. Nuestra recepcionista abrió la puerta y dejó pasar al trabajador que ya se notaba algo molesto por estar esperando afuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Vengo a conectar la luz- dijo secamente&lt;br /&gt;-Claro, pase. Ya lo estábamos esperando.&lt;br /&gt;-Sí, me imagino- dijo en tono sarcástico&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin detenerse a revisar mucho, rompió el sello, abrió la caja de conexiones y volvió a conectar todo. Para su sorpresa, y la de todos nosotros, cuando subió el interruptor no pasó nada. Extrañado, revisó una vez más las conexiones que había hecho y concluyó que estaban bien. Volvió a intentar bajando y subiendo repetidamente el interruptor. No funcionó. La cara de Juan pareció palidecer cuando notó que una de sus conexiones había quedado suelta. El empleado de la compañía de luz siguió el cableado para ver dónde estaba la falla. No tardó mucho en llegar a donde estaba el cable mal enredado que Juan se había apresurado a conectar. “Alguien dejó mal conectado este cable”, dijo sospechando algo. Pero nuestra recepcionista reaccionó rápido y comentó “Sí, el que vino a desconectar parece que venía de malas y dejó todo al aventón”. Sin insistir más, el electricista sacó unas pinzas y una cinta de aislar del estuche que traía colgado al cinturón y reconectó el cable al tiempo que todo volvía a encenderse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Listo. Ya quedó conectado nuevamente todo. Procuren no dejar pasar los pagos porque siempre es un relajo quedarse sin luz- dijo amablemente el empleado a la recepcionista&lt;br /&gt;-Sí, ha sido un verdadero problema. Ya no sabíamos que hacer sin luz y, por supuesto, trataremos que esto no pase otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando el empleado estaba a punto de salir se detuvo momentáneamente en la puerta y dijo con voz fuerte como para que todos lo escucháramos: “¿Sabe? La próxima vez consideren desconectar el timbre, es obvio que no es de baterías”. Y cerró la puerta tras de sí.&lt;br /&gt;Dos cosas quedaron claras ese día, no volvería a ocurrir que a Finanzas se le pasara un sólo pago de la luz y nosotros nos dedicaríamos a dar soporte técnico. Aquello de los teatros no era lo nuestro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;La señal.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Tal vez los casos de soporte técnico que yo más odiaba que me asignaran eran los llamados “quemados”. Un caso “quemado” era aquel en el que ya habían participado 2 ó más ingenieros con anterioridad y no habían podido arreglarlo. Debido a que los ingenieros eran asignados a otros asuntos o simplemente no podían acudir para darle seguimiento al caso, éste era asignado a alguien más e inmediatamente ese “alguien más” se convertía en el dueño del caso que ya llevaba mucho retraso en el tiempo de solución.&lt;br /&gt;Es lógico pensar que en un caso “quemado” el cliente ya se encuentra molesto porque ha visto desfilar por sus oficinas a mucha gente y el problema sigue sin resolverse. A veces el problema se había hecho más grande de lo que originalmente era. Tomar un caso de estos era enfrentarse a más de un problema al mismo tiempo.&lt;br /&gt;En una ocasión en que ya dos ingenieros habían estado esforzándose por semanas en conectar más de 3 equipos a una base de datos, resultó que ambos tenían ya asignadas otras actividades y no podían continuar atendiendo el caso. Era una situación un tanto confusa: todo parecía trabajar bien, pero al momento de conectar el cuarto equipo a la base de datos los otros tres perdían la conexión. El error que marcaba la base de datos no daba mucha información. Como el cliente estaba sumamente molesto por el poco o nulo avance obtenido hasta ese momento, puso un plazo un tanto estricto. “Si no me resuelven esto hoy mismo me voy a asegurar de que corran a tus ingenieros o a ti mismo”, le dijo a mi jefe. “Tenemos un problema muy serio”, me dijo por teléfono. “Necesitamos arreglar eso hoy a como dé lugar. El cliente es amigo del presidente de nuestra empresa y ya está muy delicado el asunto”, advirtió con un tono tal que me pareció amenaza.&lt;br /&gt;A regañadientes acepté ir sabiendo de antemano que ese cliente siempre había sido de trato muy pesado y estando molesto no mejoraría mucho. Llegué a las instalaciones del cliente con una sensación que iba desde el enojo hasta un temor enorme de no poder resolver el problema a tiempo. “Hasta morir”, había dicho mi jefe. Eso me imaginaba precisamente.&lt;br /&gt;Para hacer todavía más tensa la situación, el cliente era de ese tipo de personas que suele referirse a todo mundo con un apodo fijo. Es decir, hay quienes llaman a todos “amigo”, otros dicen “colega”, “viejo” o “maestro”. En el caso de este cliente le decía a todos “doctor”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Hola, “doctor”. ¿Ya te dijeron que esto es urgentísimo? Tiene que quedar hoy mismo o van a tener problemas conmigo- fueron sus palabras de bienvenida para mi.&lt;br /&gt;-Ya me platicaron algo de eso&lt;br /&gt;-Es un caso difícil, “doctor”. No es cualquier cosa. Ya dos compañeros tuyos estuvieron aquí y no han podido darle en casi tres semanas.&lt;br /&gt;-Sí, ya hablé con ellos y me dieron sus comentarios.&lt;br /&gt;-Lo principal, “doc”, es que sólo se logran hacer tres conexiones simultáneas. En cuanto la cuarta entra se pierden todas las conexiones anteriores. Necesitamos cinco en total.&lt;br /&gt;-Ok, necesito revisar el equipo de la base de datos.&lt;br /&gt;-Si no puedes, ni pierdas tu tiempo, “doc”. De todas formas, no se salvan ya.&lt;br /&gt;-Necesito ver qué errores marca.&lt;br /&gt;-Como quieras, “doc”. Pero entre más tiempo pasa, más me desespero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Honestamente, cada vez que oía el “doc” o el “doctor” me esforzaba por ocultar lo incómodo que me hacía sentir. Nunca he sido partidario de esos apodos “genéricos” pero, por la situación tan delicada que ya tenía con el problema de la base de datos, decidí ni siquiera mencionar nada. Me llevó al servidor donde estaba instalada la base de datos y me mostró la forma en que se producía el error. “Connection error”, era el único mensaje que obteníamos. No muy útil que digamos. “Ahí te quedas, ‘doc’. Cuando te rindas me avisas para empezar la fiesta”, dijo odiosamente el tipo.&lt;br /&gt;Estuve varias horas en las instalaciones del cliente, siempre recibiendo el mismo mensaje de “Connection error” y a cada minuto el estrés se hacía más presente en mí. No lograba mayor avance y, adicionalmente, tenía que soportar las constantes visitas del cliente preguntando “¿cómo vas, ‘doc’? ¿todavía no te rindes?”. Había momentos en que deseaba mandarlo con un “doc” de verdad a punta de patadas. Pero me limitaba a contestar “no, todavía no”, mientras sudaba de los nervios.&lt;br /&gt;Debo mencionar que no soy una persona muy apegada a la religión ni nada por el estilo, pero en aquellos momentos de enorme tensión, de mis labios empezaron a brotar súplicas de ayuda. “Ayúdame, Señor. Dame una ayudadita para arreglar esto”, dije en voz baja. Pero seguí sin poder encontrar la forma de arreglarlo por varios minutos más. “Sólo una señal, una pista para saber por dónde atacar el problema”, supliqué una vez más, aunque dentro de mí sabía que era poco probable ser escuchado. De pronto, algo cambió. De forma inusual noté algo en la pantalla del servidor. “No es posible”, pensé. “¿Será que mis plegarias están siendo escuchadas?”, pregunté incrédulo. Dudando de mis propios pensamientos seguí revisando aquello que había encontrado apenas. ¡Allí estaba la solución!&lt;br /&gt;Con enorme emoción, llamé al cliente y le expliqué: “Esta versión del producto está limitada a 3 conexiones, si requieres un número mayor de equipos conectándose simultáneamente debes adquirir la versión ‘Gold’ que no tiene esta limitante”. El cliente se quedó mirando la evidencia que le mostraba yo en ese momento. No tuvo ninguna objeción. “Con razón no podíamos conectar el cuarto equipo. Tienes razón, ‘doc’. Buen trabajo”, dijo satisfecho. Llamé inmediatamente a mi jefe para darle la noticia. “¡Muy bien! -me felicitó- ¿Cómo encontraste la respuesta?”. No recuerdo exactamente qué fue lo que le dije en ese momento, pero la realidad fue que después de haber implorado al cielo por una pista, noté que frente a mí, en la pantalla del servidor, había quedado el archivo que contenía la información completa del producto y sus limitantes. Se llamaba “ReadMe.doc”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;Apoyo al agente de soporte técnico.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Creo que la mayor frustración que sentimos al dar soporte técnico es escuchar que la gente a la que tratamos de ayudar no tiene ni la más remota idea de lo que tratamos de decirle. Y no es muy difícil darnos cuenta. Basta con hacer algunas preguntas sencillas para que la verdad salga a flote. “¿Que versión de Service Pack tienes instalada?”, sería una de ellas. “Servis ¿qué?”, sería la típica respuesta. Esto es un problema no sólo del lado técnico sino que implica todo un reto para saber manejar al cliente de forma que no se sienta demasiado estúpido tratando de responder. “Service Pack. No te preocupes, yo lo reviso”, por ejemplo.&lt;br /&gt;Como un apoyo a todos aquellos que dan soporte técnico y se enfrentan a este tipo de usuarios día con día, he preparado un diálogo típico con las preguntas y respuestas que pueden resultar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¿Qué problema tiene el usuario final?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No puede ver sus correos ni sus ‘meils’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok, no puede ver sus correos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Ni sus ‘meils’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok. Tampoco sus ‘meils’. ¿Pueden verse desde el OWA?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¿Desde el ‘Ogua’? Eh… no los vemos de tan lejos. Cada quien los ve en su ‘compu’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok, no importa. Entonces sólo han tenido el problema en su Outlook ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; El ‘autlú’… ah, sí. Y no se ven los ‘meils’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok, sí. Bueno, ¿pasa con todos los correos o sólo con algunos? ¿No falla sólo con los correos que tienen archivos adjuntos?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Con todos los correos, según me dicen. Y con los ‘meils’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¿Suelen mandar muchos archivos por Outlook?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, por ‘meil’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok, dejemos un momento el tema del correo. Y el de los ‘meils’, claro. Me decían que algunos usuarios tienen problemas cuando tratan de publicar un documento en el Sharepoint.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¿Cherpoin?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Sí, donde publican y almacenan sus documentos dentro de la intranet.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No sé de eso. Sólo sé del ‘meil’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Es que me habían dicho que lo del Sharepoint tenía prioridad, por eso quería saber. Es como un portal donde se pueden mostrar noticias, subir documentos, fotos y crear equipos de trabajo para que puedan colaborar.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¡Ah! ¿como ‘feisbuk’?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Sí, algo parecido a Facebook pero es sólo de uso interno.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, no sé. Es que aquí somos profesionales y no usamos esas tonterías.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Ok, no usan Facebook. ¿Pero algo parecido?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, no sé de qué me estás hablando.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Bueno, ¿usan Project aquí?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¿’Proyet’? No que yo sepa.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Funciona similar al Sharepoint si se usa en la intranet. Cada usuario actualiza sus proyectos y los demás pueden ver los avances de acuerdo a sus permisos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, joven. Aquí nadie tiene permisos de nada. Es por seguridad.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Pero deben de colaborar de alguna forma. ¿Cómo se comunican?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Por ‘meil’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¿Pero no usan otra cosa?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; El ‘tuiter’&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¿Usan Twitter?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Sí, para saber qué hacen todos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Interesante. Usan el microblogging entonces.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, el ‘tuiter’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Bueno, es que es una herramienta para hacer microblogging. Es como poner un blog pero muy simple.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; No, los que publican blogs son idiotas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¿Perdón?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Sí, son una bola de ‘ners’ que no tienen otra cosa que hacer más que andar perdiendo el tiempo publicando blogs.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Bueno, hay muchos tipos de blog que…&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; Son pendejos sin quehacer que se la viven pegados a las máquinas como si fueran a obtener algo de provecho.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; No todos los que…&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;:&lt;/strong&gt; ¡Que se consigan una vida y que dejen de andar saturando el internet que está bien lento en mi casa!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi angelito:&lt;/strong&gt; (Calma, no tiene idea de lo que dice. Además no lo dice por ti. No sabe que tú tienes un blog)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Bueno, yo tengo un blog…&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¡Sabía que eras uno de esos inútiles que cree que lo sabe todo! ¡Lúser! ¡No tienes nada que enseñarme!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi diablito:&lt;/strong&gt; (¡Patéalo! ¡Ahora!)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi angelito:&lt;/strong&gt; (¡No! Tranquilo, es tu cliente)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; Con todo respeto…&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¡Eres un patético insecto que se la vive ‘chatiando’! ¡Lúser! ¡Lúser! ¡Lúser! ¡Lúser!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi angelito:&lt;/strong&gt; (¡Atácalo, ya!)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi diablito:&lt;/strong&gt; (¡A la yugular!)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt; ¡Toma esto! ¡Aparte de imbécil no tienes idea de nada! ¡No sé como puedes tener un trabajo! ¡Toma esto! ¡Y esto! ¡Checa tu pinche ‘meil’!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¡Aayyy! ¡Lúser! ¡Aaayy!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi angelito:&lt;/strong&gt; (Hazle un favor al mundo: ¡que no se reproduzca!)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Usuario:&lt;/strong&gt; ¡Nooooo! ¡Allí noooo! ¡Aayyy!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi diablito:&lt;/strong&gt; (¡¡Aaghhh!! ¡Ya me dio asco!)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Perdón, mi imaginación voló y creo que me dejé llevar por los sentimientos que a veces tengo en este trabajo. Si de algo sirve, nunca he llegado a estos extremos… aunque poco ha faltado.&lt;br /&gt;¿Algún comentario?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mi diablito:&lt;/strong&gt; (¡Noooo!)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="wlWriterEditableSmartContent" id="scid:0767317B-992E-4b12-91E0-4F059A8CECA8:b598092b-0691-4497-a0f4-59cdc2d29622" style="display: inline; float: none; margin: 0px; padding: 0px;"&gt;Technorati Tags: &lt;a href="http://technorati.com/tags/An%c3%a9cdotas" rel="tag"&gt;Anécdotas&lt;/a&gt;,&lt;a href="http://technorati.com/tags/Soporte+t%c3%a9cnico" rel="tag"&gt;Soporte técnico&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-5473333362761511068?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/5473333362761511068/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/03/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-iv.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5473333362761511068'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/5473333362761511068'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/03/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-iv.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico – Parte IV'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7557790631437488664</id><published>2010-02-23T23:06:00.000-06:00</published><updated>2010-02-23T23:07:36.456-06:00</updated><title type='text'>Días de la bandera…</title><content type='html'>&lt;p&gt;Hace unos momentos alcancé a escuchar que algunas personas platicaban sobre las ceremonias en las que sus hijos participarían mañana para conmemorar el Día de la Bandera. Algunos tenían que elaborar enormes banderas para ir mostrando la forma en que ha evolucionado este símbolo patrio. Otros recitarían la historia de la bandera y darían la explicación sobre cada uno de los colores que la forman. He participado ya varias veces ayudando a mis hijos con sus labores escolares específicas para estas ceremonias: recortes de monografías, cartulinas decoradas como banderas de México y otros países, poemas, canciones, discursos llenos de orgullo y patriotismo, etc. Pero tal vez la mayor aportación que he hecho en este tema fue el haber participado en una escolta escolar cuando estudiaba la secundaria. No, seguramente no es nada que se puedan imaginar, así que permítanme contarles.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Supongo que ocurre en todas las escuelas secundarias del país: los alumnos con los mejores promedios son seleccionados y “honrados” para formar parte de la escolta escolar. Supongo también que en todos los casos se organizan concursos de escoltas para elegir una especie de escolta oficial de la escuela que, a su vez, tiene la responsabilidad de concursar contra escoltas de otras escuelas para, después, volver a concursar y concursar otra vez. Al final, la escolta ganadora… ganaba. Así nada más. Bueno, al menos esa es mi teoría porque nunca pasé de la primera fase de estos concursos. Claro, tampoco es que me importara mucho. La realidad es que la vez que llegué a formar parte de una escolta fue sin que me hubieran consultado previamente y, puedo decirlo ahora, contra mi propia voluntad.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Sí, estaba cursando apenas el primer año de secundaria. Mi estatura en ese entonces era apenas la altura promedio entre los niños de mi salón y mi actitud era más bien tímida ante la locura creciente que la adolescencia despierta en la mayoría de los estudiantes de esa edad. No es que fuera un alumno brillante sino que no había mucho de dónde elegir y resulté seleccionado para formar parte de la escolta del 1o. “B”. Había ciertas ventajas que los integrantes de las escoltas teníamos porque todos los días nos daban permiso de faltar a la última clase para poder ensayar todos los movimientos y agrupaciones que debían exhibirse durante el próximo concurso. Por designio de algún maestro cuyo nombre no recuerdo ahora, fui nombrado “comandante”, es decir, la persona que da las instrucciones al resto de la escolta. Me dieron un extenso manual con todos los lineamientos que debíamos seguir durante el concurso y los diferentes aspectos que serían evaluados: Presentación, uniforme, ejercicios obligatorios, ejercicios opcionales, los diferentes tipos de pasos que debíamos usar (paso redoblado, paso acortado, paso alto, paso de costado, cambios de dirección) y otra serie de movimientos que yo, como comandante de la escolta, debía dirigir con voz fuerte, clara, firme y dando siempre la pausa necesaria para que las instrucciones no se confundieran unas con otras. Bueno, esa era la teoría.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;No sé qué le hice al manual, honestamente no lo recuerdo pero, durante las horas que nos dedicábamos a “ensayar” los ejercicios obligatorios, con esfuerzos lográbamos mantener el paso coordinadamente. Tampoco nos preocupaba mucho eso. Nuestra idea nunca fue ganar sino simplemente participar “decorosamente” y olvidarnos por completo del asunto. Así que recorríamos sin mucha preocupación el contorno de la cancha de basquetbol usando algo parecido a lo que cada quien recordaba que era el paso redoblado. “¡Gallardo!”, me gritaba la maestra que nos coordinaba algunas veces. “¡López!”, la corregía yo mentalmente pensando que me estaba llamando por mi apellido. “Tú debes dar las órdenes de forma que todos te oigan, con fuerza y determinación”, me decía. Yo asentía convencido de que, mientras mi escolta me escuchara ¿qué importaba si el resto de la escuela no lo hacía?&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Finalmente llegó el día del concurso. Le atinamos al uniforme sólo porque era el mismo que usábamos todos los días pero, la verdad, ni siquiera ese día sabíamos qué tipo de recorrido realizaríamos. Hubo una especie de sorteo para determinar cuál sería el orden en que las escoltas marcharían frente a todos los alumnos de la escuela. Sí, todos los alumnos de la secundaria estaban allí, alrededor de la misma cancha de basquetbol donde solíamos (o al menos debíamos) practicar. Los espacios parecieron reducirse y repentinamente nos dimos cuenta de que todo el mundo nos estaría viendo muy, muy de cerca. Todos queríamos que nuestra escolta fuera la última en marchar, así posiblemente contaríamos con el aburrimiento acumulado de los espectadores y, con suerte, no nos prestarían mucha antención y podríamos pasar desapercibidos. Pero no fue así. De las diez escoltas que se presentarían esa mañana, éramos los cuartos en desfilar. Ciertamente no fuimos los primeros, pero un décimo lugar no nos habría desanimado. Recuerdo que buscamos hacer un juego de palabras con el lugar en que nos tocó desfilar, pero no fue fácil. Si hubiéramos sido los primeros habríamos dicho algo así como “los número uno”, el tercer lugar nos habría dado la oportunidad de decir “la tercera es la buena”, “no hay quinto malo” si hubiéramos sadado el número cinco. ¿Pero el cuarto? ¿Qué podíamos decir del cuarto lugar? Definitivamente era una señal de que algo malo se avecinaba.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;La primera escolta estaba formada únicamente por mujeres, cosa que al principio nos animó porque pensábamos que no podrían mostrar la “gallardía” requerida por el jurado. “¡Atención, escolta!”, dijo con potente voz la comandante. Su voz era tan fuerte que todos retrocedimos un poco al escucharla. “Paso redoblado… ¡Ya!”, indicó con la misma potencia mientras todas iniciaban con precisión milimétrica su marcha. Durante su ejecución realizaron tantos movimientos que provocó que todos nos quedáramos viendo como diciendo “¿de dónde sacaron esos pasos?”. Hubiera podido responder de haber sabido dónde extravié el manual, pero ya era un poco tarde para eso. La exhibición que dieron fue magistral y al final todos estaban aplaudiendo. La alegría se veía en el rostro de aquellas chicas al recibir abrazos y felicitaciones por su desempeño. Yo me preguntaba qué tan factible sería fingir alguna insuficiencia respiratoria para poder salir de allí urgentemente.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;“No se preocupen, al menos no nos tocó marchar después de ellas porque la comparación hubiera sido peor para nosotros”, dijo nuestro abanderado tratando de calmarnos. Desafortunadamente, la forma en que la segunda y tercera escoltas marcharon nos produjo la sensación de que, sin lugar a dudas, estábamos por pasar un mal momento, posiblemente el peor de toda nuestra vida. La única opción que teníamos era salir y hacer nuestro mejor esfuerzo… lo más rápido posible. Seguramente a lo largo de mi vida algo bloqueó los momentos que siguieron, porque no recuerdo de qué manera fue, pero súbitamente estábamos al centro de la cancha con la formación típica de las escoltas esperando que nos dieran la señal para el inicio de nuestra marcha.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;“¡Atención, escolta!”, grité sin poder ocultar el nerviosismo del momento. “Paso redoblado… ¡Ya!”, dije para iniciar nuestra marcha. Empezamos a recorrer un costado de la cancha de manera uniforme y no íbamos tan mal. Tratamos de demostrar que habíamos ensayado una que otra vuelta y formaciones diversas pero las cosas empezaron a salir mal. Sin darnos cuenta en qué momento ocurrió, perdimos el paso. Unos iban marchando con el pie derecho adelante justo al mismo tiempo que otros lo llevaban atrás. Nuestras brazadas eran tan disparejas que nos golpeábamos unos a otros por lo juntos que íbamos. Empezamos a escuchar cómo desde la tribuna se escuchaban risas y eso nos produjo más nervios, desconcentración y miedo. Era la peor presentación de una escolta en muchos años y nosotros mismos lo sabíamos. “Sácanos de aquí”, me dijo disimuladamente el compañero que iba marchando a mi lado. Yo estaba sudando copiosamente aunque no recuerdo que hiciera mucho calor. Imaginé que era el pavor cristalizado que recorría mi cara. Decidí entonces que ya había sido suficiente sufrimiento por un día: Ordenaría a la formación redoblar el paso, girar hacia la salida y rompería filas sin pensar siquiera en detenerme para que el abanderado pudiera regresar la bandera. Como pudimos, nos enfilamos hacia el espacio que las tribunas dejaban libres, bastaría dar vuelta y estaríamos fuera de la cancha, fuera de la vista de los demás, ojalá fuera del planeta. Con los nervios destrozados y una desesperación que no había sentido antes me dispuse a dar la orden de girar: “Atención, escolta… flanco izquierdo… ¡Ya!”, dije con todas mis fuerzas esperando que ese fuera el útlimo grito del día. Lo que pasó entonces hizo historia en los concursos de escoltas escolares. Toda la escolta, como era esperado, dio vuelta a la izquierda, excepto yo. Por alguna razón que aun hoy no me explico, di vuelta a la derecha. ¡Yo mismo había dado la orden! ¡Y me equivoqué al seguirla! Me di cuenta hasta después de haber marchado unos 3 ó 4 pasos ¡solo! Obviamente, las carcajadas no se hicieron esperar. Sin quererlo, había practicado un procedimiento quirúrgico extremo y había dejado acéfala la escolta. Ni ellos tenían quién los dirigiera, ni yo tenía a quién dirigir. Aunque quisiera decir que allí acabó todo, eso no fue lo peor. En mi desesperación por tratar de hacer pensar a todos que no era yo quien se había equivocado sino que, por una especie de estupidez generalizada, eran los demás quienes estaban mal, me atreví a gritar “¡el otro izquierdo, pendejos!”. El siguiente recuerdo que tengo es que la bandera se dirigía hacia mi arrastrando por el piso. Era porque el abanderado salía corriendo de la cancha doblado de la risa. “Un aplauso para la escolta del 1o. ‘B’”, dijo el maestro de ceremonias por el micrófono tratando de contener la carcajada. Al menos los aplausos resultaron efusivos.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;No es errado pensar que esa fue la última vez que participé en la escolta de la escuela. A decir verdad, fue la última vez que alguien me seleccionó pese a que mis calificaciones siguieron siendo de las mejores. Pero algo bueno saqué de aquella situación bochornosa (tal vez la más bochornosa que haya tenido en público): Nunca más volví a confundir la izquierda con la derecha. Enhorabuena.&lt;/p&gt; &lt;div style="padding-bottom: 0px; margin: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; float: none; padding-top: 0px" id="scid:0767317B-992E-4b12-91E0-4F059A8CECA8:9bd1182d-3076-4536-80bf-d2f222080101" class="wlWriterEditableSmartContent"&gt;Technorati Tags: &lt;a href="http://technorati.com/tags/bandera" rel="tag"&gt;bandera&lt;/a&gt;,&lt;a href="http://technorati.com/tags/escolta" rel="tag"&gt;escolta&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7557790631437488664?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7557790631437488664/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/02/dias-de-la-bandera.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7557790631437488664'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7557790631437488664'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/02/dias-de-la-bandera.html' title='Días de la bandera…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-6208607910713004367</id><published>2010-02-21T17:32:00.002-06:00</published><updated>2012-01-09T22:05:34.362-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico – Parte III</title><content type='html'>Durante los muchos años que me he dedicado a dar soporte técnico me he encontrado con situaciones inverosímiles relacionadas con el uso de la tecnología. Específicamente, me refiero al uso de equipos de cómputo en todas sus variantes, desde la computadora personal, hasta complejos sistemas que impresionan con el solo hecho de contemplar su enorme tamaño. Uno pudiera pensar que la mayoría de las situaciones curiosas que un ingeniero de soporte se encuentra en su trabajo están relacionadas directamente con la inexperiencia del usuario que solicita la ayuda. Para sorpresa de muchos, son los usuarios más experimentados los que provocan más problemas y anécdotas para platicar. Esto incluye a los propios fabricantes de hardware y software.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;Teclazos.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;No me gusta mucho hacer notar que ya he estado mucho tiempo en estos asuntos, pero debo confesar que mi primer contacto con lo que alguien me presentó como una “computadora” fue algo realmente impresionante. Era un aparato mucho más grande a cualquier refrigerador que alguien pudiera tener en casa y que emitía más calor que cualquier calefactor que pudiera caber en la misma casa. Yo apenas estaba familiarizándome con aquellos aparatos “modernos” pues quería decidir a qué dedicarme en el futuro y el conocer ese tipo de “monstruos” tecnológicos formaba parte el recorrido que una escuela organizaba para atraer gente a sus filas. Por supuesto, no era el aparato más moderno de la época. Formaba parte de una especie de “museo” donde uno podía ir viendo la evolución que habían tenido los equipos de cómputo en esa escuela. “Como pueden ver, esta computadora no cuenta con un teclado para introducir los datos y las instrucciones”, comenzó diciendo nuestro guía. “Utiliza tarjetas perforadas donde se escriben los comandos y se van introduciendo. La computadora ‘lee’ la información y la procesa. Si alguna tarjeta contiene un error es necesario volver a realizarla y procesarla nuevamente. Es importante numerar las tarjetas ya que si se pierde el orden la información carecerá de sentido para la computadora y el resultado será imprevisible”, continuó con tono casi amenazador y después mencionó la frase que en aquellos tiempos no podía dejar de usar ningún informático que se respetase: “Garbage in. Garbage out”. Afortunadamente, las computadoras más avanzadas de esos tiempos ya contaban con teclados tipo ‘qwerty’ aunque todavía era raro encontrar uno en español. Eso facilitaba la labor del usuario y así había menos riesgo de caer en aquel fatídico principio de la basura que entra y la que sale. O al menos eso creía yo.&lt;br /&gt;Conforme adquiría experiencia en el uso de las computadoras, me dí cuenta de que para efectuar aquella parte del “Garbage in” no era necesario tener un teclado. Literalmente. En una ocasión, una usuaria me llamó para decirme que su computadora marcaba un error al encenderla. Ella seguía las instrucciones que aparecían en pantalla y nada ocurría. Apagaba la computadora físicamente y, al volverla a encender, recibía el mismo mensaje. Decidí que era mejor ir a ver el problema en persona y subí al piso de arriba, donde estaba su lugar. Cuando llegué ella acababa de aparagar por enésima vez la computadora y se disponía a encenderla nuevamente. Mientras la computadora contaba y verificaba pacientemente todos los bytes de memoria que tenía disponibles, me percaté de que había un cable suelto por detras del CPU. Era precisamente el cable del teclado que posiblemente había sido desconectado por la gente de la limpieza a tratar de sacar el polvo tras la computadora. Después de verificar que la memoria estaba en buen estado, la computadora inició el proceso de reconocimiento de dispositivos e, inteligentemente, detecto la falta de teclado. Emitió varios ‘beep’ sonoros y puso en pantalla el inequívoco mensaje de “Missing Keyboard”. Hasta aquí, parecía todo lógico e incluso sorprendente, de no ser por el mensaje que se mostraba un poco más abajo: “Press F1 for help”. Efectivamente, por más que la usuaria presionaba la tecla F1 del teclado desconectado nada ocurría. “Ni el CTRL-ALT-DEL me hace caso”, dijo al tiempo que presionaba esas teclas tratando de probar que sabía de lo que hablaba. No quiero justificar a la usuaria pero ¿qué clase de mensaje era ese después de haber detectado que no había teclado? Apaqué la computadora, volví a conectar el teclado y, al encenderla nuevamente todo funcionó como era esperado. El “Garbage out” no necesariamente viene del procesamiento que hace una computadora, ya viene de paquete a veces.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quizás el primer reporte de soporte técnico que me tocó atender en mi vida fue cuando recibí una llamada de una usuaria indicándome que tenía un problema con su información. A veces los usuarios no dicen exactamente lo que están haciendo sino sólo dan una explicación vaga, supongo yo, para no comprometerse demasiado si están haciendo algo mal. “Tengo un problema con mi máquina. Me está borrando todo lo que hice”, comenzó diciendo. Con mi poca experiencia, contesté lo primero que se me vino a la mente: “Interesante”. Dicen que si un conferencista, un médico o un ingeniero de soporte técnico dice frases como “interesante pregunta”, “está raro” o emite sin pensar alguna expresión tipo “wow”, “increíble” o alguna similar, inmediatamente se puede inferir que no tiene la más mínima idea de lo que se le está hablando y hay que preocuparse. Efectivamente, no tenía ni idea de lo que pudiera estar provocando el problema que me estaba describiendo la usuaria. “Mira, yo no doy soporte técnico, soy desarrollador pero ahorita que llegue Adán le digo que te marque”, fue mi excusa para no atender la llamada. “No creo que sea nada difícil”, insistió. Tratando de no quedar mal y teniendo en cuenta de que era nuevo en el trabajo y podía ganar ciertos puntos por ayudar, decidí hacer el intento. “¿Está borrando todo?”, pregunté tratando de disimular el miedo a estar enfrentándome a algo muy serio. “No todo, pero cada que intento hacer algo me borra lo que ya llevaba”, contestó.&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;-Déjame ver si entendí- dije casi afirmando que no- ¿Te está borrando archivos que ya tenías guardados?&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-No los archivos, lo de adentro&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-Lo de adentro…- repetí tratando de ganar algo de tiempo mientras pensaba si existía algún virus que borrara información “de adentro”.&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-Sí, cada vez que escribo algo se borra lo que ya tenía.&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-¿Estás usando el procesador de textos?&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-¡Sí!&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-¿Tienes algo ya escrito y cuando quieres insertar una palabra entre el texto que ya tenías, esa palabra va reemplazando las letras de las que ya estaban escritas?&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-¡Sí!&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;-Ok, busca en la parte superior derecha de tu teclado una tecla que se llama ‘Insert’. Presiónala una vez y vuelve a intentar escribir.&lt;br /&gt;-¡Brujo!- exclamó en un grito&lt;/blockquote&gt;Después de verificar que todo estaba funcionando bien y que mi solución había sido acertada me dijo “¿Ya ves? Eres bueno en esto. Deberías dedicarte a dar soporte”. No sé si aquello fue una maldición proferida por quien me había llamado “Brujo” a mí, pero desde entonces el soporte técnico ha estado relacionado a mis actividades más de lo que a veces quisiera. Y no todos los problemas se resuelven presionando una tecla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;Por los codos.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Hubo un tiempo en que surgieron muchísimas empresas que se dedicaron a dar servicios de Internet a los usuarios. Espero no recibir muchas burlas sobre lo que voy a decir a continuación pero, en ese entonces contar con un módem de 28.8 Kbps que ocupaba por completo la línea telefónica era todo un lujo. Como ya habrán podido deducir, no había redes inalámbricas comerciales y la forma más común de conectarse a Internet era conectando el cable del teléfono a la entrada RJ-11 del módem de la computadora, abrir el programa de conexión que pedía la cuenta de usuario, la contraseña y el número telefónico del proveedor de Internet (que podía ser marcado ya sea por tonos o por pulsos) y pulsando un botón que normalmente decía “Conectar”. Al hacerlo, una serie de pitidos en diversos tonos, ruidos como de cuando alguien sopla continuamente en un micrófono y otros surgían de la bocina del módem (o de la computadora, dependiendo el modelo). Después de este olvidado ritual, iniciaba la conexión y podía navegarse a una velocidad asombrosamente lenta que hoy no permitiría ni consultar un correo de forma decente.&lt;br /&gt;Pero lo interesante de esa situación era conocer todo lo que había tras de aquel ruido y silbidos emitidos por el módem desde las casas de los usuarios. Obviamente, debía haber todo un sistema de módems en las instalaciones de los proveedores de Internet que contestaban cada una de las llamadas recibidas. Como parte de un equipo de soporte técnico en sitio un día me tocó acudir a una de estas instalaciones y finalmente conocería toda la tecnología empleada para dar servicio al cada vez más creciente número de usuarios de Internet. Lo que me encontré al llegar no fue tan sorprendente, sin embargo. No, al menos, en un sentido positivo. Había cerca de un centenar de módems encimados uno sobre otro, todos conectados a un servidor que hacía la función de conmutador y repartía la carga a cada uno de los dispositivos con los que contaba. Eso no era lo peor. El servidor era una ‘caja blanca’, es decir, un equipo sin marca, que había sido armado simplemente conectando cada componente sin importar si cada uno era compatible con los otros. Los módems, ya viéndolos de cerca, eran una imitación china de una marca comercial y, por comentarios del cliente, le habían costado mucho menos de la mitad que uno original. El sistema operativo en el servidor marcaba varios errores que indicaban que existían varios componentes no reconocidos en el sistema. Lo más agravante del caso era que el sistema de correo electrónico que se ofrecía a los clientes de esa compañía era administrado por un programa que habían bajado de Internet. Y no es que lo que todo lo que se baje de Internet sea malo, sino que el programa de correo electrónico era una copia de evaluación. Lo mismo ocurría con el sistema que administraba el acceso a los usuarios, porque en ese entonces existían planes de conexión por renta (donde el usuario pagaba una cantidad fija independientemente del tiempo que estuviera conectado) y planes de conexión por tiempo (donde el usuario pagaba sólo el tiempo que había estado conectado). Pero el programa que llevaba dicho control de acceso resultó ser también una copia de evaluación.&lt;br /&gt;Para hacer todavía más preocupante la situación, la razón por la que mis compañeros y yo estábamos allí era porque este proveedor de Internet había decidido cambiar su enlace por otro mucho más barato que otra compañía le había ofrecido. Poco o nada habíamos escuchado mis compañeros y yo sobre dicha compañía. Pero según el cliente, era mucho más rápida, más confiable y, sobre todo, más económica. Como puede uno darse cuenta, algo importante para esta persona era ahorrar al grado de tomar decisiones únicamente por precio. No sólo eso, también exigía a sus proveedores (nosotros) como si hubiera pagado un servicio exclusivo y dedicado (cosa que nunca le hubiera pasado por la mente, a menos que fuera más barato que el servicio normal). Estuvimos trabajando horas redireccionando todos los servicios para que apuntaran hacia el nuevo proveedor del enlace, aunque los cambios no iban a reflejarse tan rápido para los usuarios, así que dejamos todo configurado y decidimos regresar al día siguiente para validar que todo funcionara correctamente.&lt;br /&gt;Antes de lo esperado, el cliente ya había llamado a nuestro jefe para quejarse. Nuestro jefe no dejaba de enviarnos mensajes a nuestros localizadores para preguntar qué había pasado. “Quedamos en regresar hoy para validar los cambios”, le dije al reportarme. “Pues está enojadísimo porque dice que todo lo que hicimos no funcionó, que ningún cliente de su servicio de Internet puede navegar y que quiere que se deje funcionando todo como estaba”, fue el comentario de mi jefe. Cuando llegué a las oficinas del cliente mis compañeros ya estaban allí revisando todo. “Todo está bien”, dijeron tras revisar las configuraciones del día anterior. El cliente no dejaba de gritarnos a nuestras espaldas vociferando toda clase de insultos entre los que más resaltaban “incompetentes”, “ineptos” y, por supuesto, “estafadores”. Seguimos revisando por horas, arreglando, desarreglando, probando diferentes opciones. Nada parecía funcionar. No podíamos conectarnos a Internet. Uno de mis compañeros le solicitó al cliente que lo comunicara con el proveedor del enlace para confirmar algunos datos. Sin dejar de proferir insultos, le aventó una tarjeta donde venía el teléfono del proveedor del enlace. Al comunicarse, mi compañero habló largo rato con la gente responsable de darle el servicio al cliente. Todos los datos que teníamos eran correctos, razón por la que todo debía funcionar… excepto por un mínimo detalle. “No hemos recibido el pago por la apertura del servicio”, dijo al otro extremo de la línea telefónica el encargado. “No puedo activar el servicio del enlace hasta que reciba el depósito”, concluyó. Al comentar esto con el cliente, su primera reacción fue preguntar gritando “¿Cómo que no he pagado? Pásamelo”. Mi compañero le dio el teléfono y, poco a poco, vimos cómo su furia iba apagándose hasta convertirse en lo que optimistamente era vergüenza. Escuchamos cómo concluía la conversación diciendo “No recuerdo que en eso hubiéramos quedado pero en un momento te deposito y te mando el comprobante”. Tras girar unas instrucciones más a su secretaria volteó hacia donde nosotros estábamos sin saber qué más revisar. “En un momento me activan el servicio. No se vayan para que verifiquen que todo funcione en cuanto me confirmen la activación”, dijo ya en un tono mucho más relajado. Estuvimos más o menos una hora esperando sin poder reírnos a nuestras anchas porque su oficina estaba demasiado cerca y seguramente se hubiera quejado con nuestro jefe. Finalmente nos anunció que el enlace había sido activado y que empezáramos a probar. Efectivamente, todo funcionó inmediatamente a una velocidad que nunca habíamos visto. Era realmente rápido el acceso estando en sus instalaciones. El cuello de botella seguirían siendo los limitados módems pero aún así creo que el servicio mejoró. Pensamos que ya habíamos cumplido con nuestras actividades pero el cliente nos detuvo antes de poder cantar victoria. “Una última cosa”, me piden instalar este certificado en el sistema de correo electrónico para que la conexión sea segura. Requisitos del nuevo proveedor. Sin dudarlo mucho, instalamos el certificado e inmediatamente recibimos un error. No podía ser cierto, apenas librábamos un obstáculo se nos presentaba otro. “El certificado ha expirado” era el mensaje. Revisamos la caducidad del certificado y la fecha que indicaba el fin de la validez del certificado todavía no había ocurrido. Por un momento, dudamos del mensaje recibido. Pero después reaccioné: la fecha del servidor era incorrecta, estaba atrasada por unos 3 años (lo cual invalidaba el certificado que era por un solo año). Comentamos con el cliente la posibilidad de ajustar el reloj del servidor a la hora correcta pero brincó inmediatamente del susto. “¡No! Si ajustan la hora mis programas de evaluación expirarán”, dijo mientras se lanzaba a alejarnos de la consola. Sistemáticamente, el cliente iba atrasando el reloj del servidor para evitar que llegara la fecha de expiración de sus programas. Por unos momentos no supo qué hacer. Si ajustaba el reloj del servidor sus programas no seguirían funcionando, si no lo ajustaba no podría cumplir con los requerimientos de seguridad del nuevo proveedor, lo que implicaría regresar el enlace al proveedor antiguo. Sin embargo, era demasiado tarde, ya se había peleado con el proveedor anterior y no había forma de que le restauraran el servicio. Tuvo que tomar la dolorosísima decisión de pagar por los programas que estaba usando y evitar que expiraran.&lt;br /&gt;Ya era noche cuando salimos y no habíamos comido todavía. En eso, antes de alcanzar la salida, escuchamos el temible grito de nuestro cliente: “¡Oigan! Esperen”. ´No reaccionamos a tiempo, por un momento quisimos correr y huir de allí pero tal vez el cansancio era tal que no pudimos hacerlo. “¿No han comido verdad?”, preguntó inesperadamente. Pensamos que, después de todo no era tan codo e insensible como aparentaba. Cuando pensamos que iba a invitarnos a algún lugar a cenar, simplemente dijo: “Bueno, ni modo. Gracias” Y regresó al interior de su oficina. Nos quedamos viendo unos a otros pero, lejos de molestarnos, todos soltamos una carcajada que realmente necesitábamos y nos dirigimos a algún lado a devorar la cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;u&gt;Sistemas seguros.&lt;/u&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Siempre puede uno encontrarse con gente entusiasmada por la seguridad. Generalmente se les encuentra en dos modalidades: 1. los que creen que protegen eficientemente toda su infraestructura y 2. los que creen que pueden vulnerarla. En mi forma de ver las cosas, la única forma de asegurar de forma absoluta algo es dejándolo inservible. Es algo similar a la abstinencia sexual… pero no entraré en más detalles. Para no extenderme más de lo que ya lo he hecho, sólo diré que en una empresa donde yo administraba los servidores y el correo electrónico había una persona que se jactaba de que era tan meticuloso en la forma de resguardar su información que retaba a cualquiera a ‘hackear’ su sistema y robarle su información. No hablábamos de ningún tipo de acceso ilegal que rompiera ‘firewalls’ ni nada similar sino el simple ataque a una computadora en específico. Aceptamos el reto y le dimos todo un día para proteger lo mejor que pudiera su equipo. Por mi parte, comencé a revisar los trucos que había aprendido en un libro de ‘hackeo’ que asumía que el conocimiento adquirido se utilizaría para proteger, no para atacar. Nada más alejado de la verdad en este caso.&lt;br /&gt;Cuando finalmente nuestro experto en seguridad nos indicó que podíamos iniciar con los ataques se desató la lucha. Teníamos un día completo para darle un listado de los archivos que se encontraban en su carpeta de documentos e imprimir el contenido de alguno. Unos intentaron bajar programas de Internet para aprovechar alguna vulnerabilidad, no era factible ya que había activado algunas funciones que “escondían” el equipo de la red aparentando que se encontraba apagado. Atacarlo vía remota no iba a ser una buena alternativa. Un compañero le instaló a escondidas un “Key logger” que es un dispositivo que guarda cada teclazo que el usuario da. De esta forma, podía buscar la secuencia de teclas CTRL-ALT-DEL que se presionan al inicio de la sesión y lo que seguiría a continuación sería su contraseña. Después de un rato de dejar funcionando el curioso dispositivo buscó la tan esperada secuencia de teclas pero nunca apareció. Buscó también si estaba su nombre de usuario registrado pero tampoco lo encontró. No había reglas ni límites para realizar el robo de la información, podíamos usar desde técnicas de fuerza bruta hasta ingeniería social, así que intentamos algo inusual. Pese a que teníamos el control de un sistema que podía reiniciar los equipos, el protector que él había instalado bloqueaba las instrucciones que le envíabamos; decidimos entonces utilizar algo menos ‘geek’. Investigamos cuáles eran los interruptores de energía de su oficina y, aunque sabíamos que íbamos a afectar a más usuarios, bueno, no nos importó. Bajamos el interruptor de los contactos eléctricos de su oficina (y las de otros 20 usuarios) y fuimos a ver cuál era su reacción. Aparte de estar echando pestes todos por que su equipo se había apagado de improviso, casi todos empezaron a salir de sus oficinas y empezaban a platicar. Llamaron a la gente de mantenimiento para revisar el problema y, en lo que esperaban, salieron a ‘estirar las piernas’. Era el momento que todos estábamos esperando. La gente de mantenimiento no tardaría mucho tiempo en darse cuenta que el interruptor estaba desconectado y, al volverlo a conectar, podríamos encender nuevamente su equipo y tendríamos algunos minutos antes de que regresara para intentar entrar al sistema. Íbamos bien armados. Llevábamos un disco de arranque que permite cambiar o eliminar la contraseña de un usuario local y con eso, podríamos intentar firmarnos y adquirir privilegios para obtener la información. Nos escabullimos sigilosamente a su oficina y permanecimos lo más ocultos que podíamos esperando que la energía fuera reconectada. Pasaron algunos minutos pero nada pasaba, todo seguía apagado. No era posible que los de mantenimiento no pudieran subir un interruptor que claramente estaba “botado”. Se nos estaba acabando la paciencia (y el tiempo) cuando repentinamente vimos cómo se encendían algunos dispositivos que estaban conectados. Inmediatamente encendimos la computadora. Con la torpeza que produce la ansiedad, insertamos el disco que nos brindaría el tan anhelado acceso al sistema. “Disco ilegible”, apareció en la pantalla. “¡¿Qué?¡”, dijimos todos a la vez. No era posible. ¿Acaso había instalado también algún sistema que bloqueara el uso de dispositivos de arranque diferentes al disco duro? Lo intentamos varias veces más, siempre con el mismo frustrante resultado: “Disco ilegible”. “Creo que tengo otra copia en mi lugar”, dijo mi compinche. “Corre, ve a traerla”, le dije apurándolo. Mientras esperaba a que regresara crecía mi desesperación porque sabía que nuestra “víctima” no tardaría en regresar y lejos de asombrarse con mi presencia le resultaría yo un blanco fácil de burlas al encontrarme allí escondido y, sobre todo, sin haber podido entrar al sistema. Nada parecía salvarme, mi compañero no regresaba y decidí aparentar que algún progreso tenía para que no resultara tan bochornoso el encuentro con el usuario. Me paré apurádamente y en mi desesperación tiré el teclado. Al levantarlo exclamé “No es posible”. Encendí la máquina, tecleé la contraseña, ingresé a su directorio, lo imprimí. Abrí uno de los archivos más pequeños que encontré e imprimí su contenido, justo antes de que el usuario entrara por la puerta. “Ve a la impresora de enfrente. Se acaba de imprimir el listado de tus archivos y el contenido de el primer archivo que me encontré”, dije con una sonrisa mientras, incrédulo, él se asomaba a su máquina para comprobar que, efectivamente, estaba yo accediendo a su información. En su afán por poner una contraseña demasiado compleja, usó un pedazo de ‘masking tape’ para escribirla y que no se le olvidara, la pegó bajo su teclado y nunca creyó que alguien la encontraría en el plazo estipulado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, no intenten nada de esto en casa. Esto ha sido realizado por profesionales y ya bastante vergüenza ha sido que le pase a una persona como para que se vuelva a repetir. Hasta la próxima edición… o hackeo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-6208607910713004367?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/6208607910713004367/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/02/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-iii.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6208607910713004367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6208607910713004367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/02/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-iii.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico – Parte III'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2060769077801776735</id><published>2010-01-13T18:44:00.002-06:00</published><updated>2012-01-09T22:05:03.522-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico – Parte II</title><content type='html'>Como mencioné en alguna entrada anterior: el soporte técnico no es precisamente el trabajo más reconocido, pero no por eso tiene que estar fuera del alcance de la diversión. Muchas veces la parte graciosa del trabajo la provoca el usuario final, otras tantas el propio agente de soporte técnico, en otras (más de las que uno podía imaginarse) el propio produto al que se le da soporte técnico. Presento los siguientes casos no como burlas sino como experiencias agradables que me han tocado vivir y que, en más de una ocasión, me han hecho exclamar “¡Me encanta mi trabajo!”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;u&gt;La computadora daltónica.&lt;/u&gt;&lt;br /&gt;Mientras trabajaba en una empresa de soporte técnico “multivendor” (que significa que le dábamos soporte “a lo que fuera”, sin importar el fabricante) nos llamó el gerente de informática de una empresa muy grande cuyo equipo interno de soporte técnico tenía un alto nivel técnico. Cuando recibíamos una llamada de esta empresa sabíamos que el problema que se estaba presentando era realmente complejo y ya había pasado por varios ingenieros de diversos niveles sin que hubieran podido arreglarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Cliente:&lt;/strong&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Llamo porque nuestro programa de diseño gráfico no muestra correctamente los colores.&lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; Mmmm… ¿El problema es sólo con el programa de diseño o en cualquier otro programa se ven mal los colores?&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Cliente:&lt;/strong&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;No, solo en el programa de diseño, pero no en todas partes sino únicamente en las texturas.&lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Yo:&lt;/strong&gt;&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿En las texturas?&lt;/blockquote&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Sí, si estamos diseñando algo que tiene que ser hecho de madera el programa de diseño no muestra la textura del objeto de color café y con las vetas de la madera, sólo muestra un color verde casi fosforescente. La madera no es verde fosforescente ¿verdad?&lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;En ese entonces todavía no había salido la película “Avatar” afortunadamente o hubiera dudado en mi respuesta. Pero no únicamente ocurría con las texturas de madera, sino también en las de metal, plástico, cemento y, para abreviar, en todas las demás (que eran unas cien, según recuerdo). Así que decidí que una visita en sitio sería más conveniente para resolver más rápido el problema.&lt;br /&gt;“Todo empezó cuando llegaron las máquinas nuevas”, dijo el gerente cuando estuve ya en sus instalaciones. “Ya vienen con la nueva versión del sistema operativo y parece que algo no es compatible porque en las máquinas ‘viejitas’ funciona todo bien” concluyó. Inmediatamente me llevó a un equipo donde el programa de diseño funcionaba bien y justo a un lado había otro donde, efectivamente, cualquier textura de los objetos se iluminaba con un horrible color verde intenso. “Seguro es culpa del Sistema Operativo que hace cosas raras”, diagnosticó sin mayor miramiento como queriendo transmitirme que no aceptaría un diagnóstico que pudiera indicar un problema en el programa de diseño gráfico. &lt;br /&gt;Al revisar los equipos que tenían el problema mi primera sugerencia fue cambiar el idioma en el que estaba configurado el equipo de Español a Inglés. “¿Podemos probar eso en algún equipo?”, pregunté. “¿Cómo crees? ¿Qué clase de solución es esa? ¿Por qué no me mandaron a alguien con más experiencia resolviendo problemas y con más lógica? Sería una estupidez pensar que el idioma tenga algo que ver con los colores que se muestran en la pantalla”, me dijo antes de realizar la prueba y descartando mi solución. “No perdemos nada con probar”, contesté confiado aunque sin realmente estar seguro de que funcionaría lo que acababa de proponer. “Vamos a hacer esto: si no funciona lo que dices quiero que me asignen a otro ingeniero para que me ayude, alguien que sí sepa”, dijo con prepotencia y sin voltear a verme. Cambió el idioma del equipo a Inglés y, posteriormente, entró al programa de diseño. Intentó aplicar la textura de madera a un objeto mientras yo, sumamente nervioso, esperaba a un lado del equipo. Esta vez aquel efecto color verde espantoso no apareció. En su lugar el objeto dio la apariencia de estar hecho de madera con un color café impecable. “¡¡No manches!! ¡No puede ser!”, exclamó posando su cabeza entre ambas manos. “No, no puede ser. ¡Vamos a otra máquina!”, ordenó mientras se paraba apuradamente y buscó otro de los equipos nuevos. Verificamos que sin el cambio de idioma las texturas quedaban “manchadas” con aquel color verde intenso. Aplicamos el mismo procedimiento para cambiar el idioma en la configuración del equipo y volvimos a intentarlo. “¡Ja! ¡Ahí está! ¡No funcionó tu solución!”, dijo casi saltando del asiento, esta vez viéndome fijamente con los ojos muy abiertos y poniendo una sonrisa burlona que no podía quitar. Cuando vi la pantalla me di cuenta de que el objeto donde se quería aplicar la textura no estaba verde, más bien tenía un color casi negro pero no parecía madera. Sin alterarme mucho, me acerqué al monitor y le subí el brillo. La textura tipo madera con su típico color café apareció mágicamente. También, como por arte de magia, su sonrisa desapareció inmediatamente. Volteándose hacia la persona que normalmente usaba esa máquina comenzó a preguntar “¿Por qué…?”. “Es que me molesta el brillo de la pantalla”, respondió rápidamente el usuario sin dejarlo terminar su pregunta.&lt;br /&gt;Quisiera poder decir que el gerente quedó convencido después de ver que la solución había funcionado también en la segunda máquina, pero se pasó recorriendo varios puestos de trabajo buscando que en alguna no funcionara. “Déjame probar una cosa”, empezó diciendo a los dueños de los equipos para que lo dejaran aplicar el procedimiento. Como en todos los casos el problema iba quedando corregido, en los últimos lugares a donde fuimos cambió su frase a “Déjame aplicar unos cambios para que ya funcione el programa de diseño gráfico”. La realidad era que él no podía aceptar que, tras varios días de “pelearse” con el problema, llegara alguien externo y lo arreglara al primer intento. Buscó desesperadamente los datos de quien le había vendido el programa de diseño porque, según él, a alguien había que reclamarle. “No puede ser que sean tan imbéciles”, gruñía al tiempo que buscaba un número telefónico. “Quiero que tú les expliques cuál es el problema”, me dijo. Su posición y opinión cambió varias veces en el tiempo en que estuve allí. “Tengo un equipo lleno de incompetentes”, “Días y días investigando y no pudieron imaginarse algo así”, “Bueno, pero quién podía imaginarse algo así”, “Alguien tiene que responder por esto”, fueron algunas de las frases que llegaba a vociferar junto con otras que emitía sin que pudiera yo descifrar lo que decía. Curiosamente, mientras seguía buscando sin suerte el número telefónico comenzó a calmarse. Yo permanecí callado frente a su escritorio sólo con una pequeña pero notoria sonrisa en mi rostro. Sin poder reclamarme nada y sin lograr encontrar el número del proveedor del programa de diseño finalmente me dijo “Pues muchas gracias, ya teníamos mucha presión porque no podíamos usar los equipos nuevos y lo arreglaste rápido”. Pensé que iba a dejarme ir después de eso pero viéndome de forma un poco extraña finalmente se atrevió a preguntar “¿Cómo supiste que era eso? ¿Por qué no revisaste la tarjeta de video, los drivers o algo más relacionado con el video? ¿Por qué tu primera opción fue revisar el idioma del equipo?”. Por un momento no supe si contestar o no, hasta que finalmente me decidí y dije “Los sistemas que cubren con algún patrón un área definida realizan muchísimos cálculos para determinar el brillo, sombras y otros aspectos que hagan más real la forma en que son aplicados. Dependiendo del resultado de los cálculos se emplea el color resultante en cada punto de la figura a ‘rellenar’. Cuando el Sistema Operativo está en español el separador de unidades de millar es un punto y el separador de decimales es una coma, justo al contrario que en inglés (aclarando que me refiero al español de España, que era como estaban configurados los sistemas). Esto provoca que los resultados de los cálculos sean equivocados y que el programa lo interprete como un color verde intenso (posiblemente fuera una respuesta predeterminada ante un número demasiado grande o negativo)”. Nuevamente el gerente me agradeció por haberle ayudado y me dejó ir.&lt;br /&gt;Hoy, después de muchos años de haber tenido este caso, debo ser honesto y confesar algo que nunca le dije al gerente sobre la verdadera causa por la que se producía el problema. Pese a que la explicación de los separadores de unidades de millar y de decimales resultaba convincente, la realidad es que, justo antes de salir de mi oficina para dirigirme hacia la oficina del cliente, entré a la página del fabricante del software de diseño gráfico, consulté las preguntas más frecuentes y encontré directamente la respuesta. De hecho era la pregunta más frecuente. ¿La razón del problema? En realidad un problema al leer las fechas, no los números: En inglés el mes se escribe antes que el día (en español es al revés) y en ocasiones esto provocaba que el producto quedara invalidado y desactivaba algunas funciones por expiración de licencia, entre ellos, el desplegado correcto de las texturas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;u&gt;Palabras que matan&lt;/u&gt;&lt;br /&gt;Con el surgimiento de las computadoras personales fue necesario desarrollar a la par un conjunto de palabras que describieran adecuadamente cada una de sus partes y de sus funciones. En algunos países donde se habla español se esforzaron por encontrar (o inventar) palabras que representaran adecuadamente cada una de estas partes y sus funciones. Incluso, en algunos lugares la palabra ‘computadora’ no fue totalmente aceptada y se le dio el nombre de ‘ordenador’ (por aquello de que podía ser utilizado para poner en orden una serie considerable de datos. En otras ocasiones se buscaron formas de ‘españolizar’ algunos términos traduciendo literalmente el término en inglés, tal como cuando decimos ‘Disco duro’ o ‘Desborde de pila”. Pero con tantos términos nuevos que no tenían un equivalente adecuado en español como ‘bits’, ‘buffers’, ‘bus’, etc. se terminó adoptando el término tal cual venía en inglés y en algunos casos se crearon verbos nuevos como en el caso de ‘resetear’, ‘subnetear’, ‘chatear’, entre otros.&lt;br /&gt;A veces, lejos de facilitar el entendimiento entre las personas que trataban de ponerse de acuerdo por teléfono, esto provocaba confusión entre el cliente y el ingeniero de soporte técnico. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; Tengo un problema con mi computadora porque mi hoja de cálculo se quedó ‘trabada’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;¿El resto de las aplicaciones funcionan bien?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; No sé, ¿cómo lo puedo verificar?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Presiona al mismo tiempo las teclas ALT-TAB para ver si otras aplicaciones funcionan bien.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Las teclas cuáles?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp; &lt;em&gt;“ALT-TAB”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Altas? No las encuentro.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;No se preocupe, ¿puede ver el botón Start?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Es con el que se prende la máquina?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;No, no es un botón físico. Debe verse en la pantalla.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿En la pantalla? ¿Para prender el monitor?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;No, adentro de la pantalla, dibujado.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; No, estaba usando la hoja de cálculo, no estaba dibujando.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;Ok, creo que tendremos que ‘resetear’ la computadora. ¿’Salvó’ su trabajo?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; No entiendo. ¿Cómo que si salvé mi trabajo? Me está diciendo que esto puede provocar que me corran? ¡Soy bueno en mi trabajo! ¿Por qué tendría que salvarlo? Usted debería salvar su trabajo si no sabe cómo ayudar a la gente que le llama.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Perdón, me refería a que si había podido guardar en algún disco lo que estaba haciendo con su hoja de cálculo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; No, ni siquiera pude empezar y se ‘plasmó’.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Está bien. ¿Sabe cómo ‘bootear’ su equipo?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Está loco? ¿Qué solución es esa?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Sé que a veces no es la opción ideal pero si no tenía nada pendiente por salv… guardar, podríamos arreglar el problema más rápido. ¿Puede ‘bootear’ su máquina?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Cómo voy a &lt;em&gt;putear&lt;/em&gt; mi máquina? ¡Es nueva! ¡Me dan ganas pero de putearte a tí, hijo de la…!&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;Y aunque muchos no lo crean, este tipo de situaciones no es exclusiva de usuarios inexpertos. Incluso entre miembros del equipo de soporte técnico llegan a darse el mismo tipo de confusiones, hasta peores. En una ocasión, un ingeniero de soporte se encontraba en las instalaciones de un cliente que dependía de un sistema de pesado de camiones. Para aclarar un poco esta parte, los camiones que llegaban a su empresa registraban su peso al entrar y salir ubicándose sobre una plataforma enorme que hacía las veces de báscula. Los pesos registrados eran almacenados en una base de datos con fines estadísticos y de control. El trabajo del ingeniero que se encontraba en sitio era determinar el motivo de la lentitud con la que se estaba registrando la información en dicha base de datos. Resultaba un tanto crítico el asunto porque la lentitud del sistema provocaba que cada camión tuviera que esperar en la plataforma más tiempo del necesario y toda la distribución comenzaba a atrasarse. Aún así, el ingeniero asignado era una persona experimentada en bases de datos y confiaba yo que haría su trabajo eficientemente. Sin embargo, al cabo de un rato recibí la llamada del cliente bastante enojado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¡Tenemos problemas con el ingeniero que nos mandaron!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;¿Cuál es el problema?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¡Al estar tratando de arreglar nuestro problema de lentitud tiró la base y ahora ningún camión puede salir! ¡Eso que escuchas en el fondo es el ruido del cláxon de todos los trailers que están formados esperando que el sistema registre su peso!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;¿Podrías comunicarme con el ingeniero para ver qué podemos hacer?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Cliente&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; El problema es que tiró la base pero ahorita lo pongo en la línea para que te explique.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Bueno?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp; &lt;em&gt; ¿Qué pasó? ¿Cómo que se cayó la base?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; La verdad es que no sé qué pasó. Estaba revisando los datos de rendimiento del servidor y de repente se cayó todo. Está hecho un relajo esto.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp; &lt;em&gt; ¿Por qué no levantas un caso urgente al centro de soporte internacional? Tal vez sea más rápido si te apoyas con ellos.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; ¿Al centro de soporte? Pero…&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;Por lo menos para que el cliente esté más tranquilo levanta el caso y tú sigue intentando levantar el servidor.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; Bueno, el servidor se cayó pero no es ese el problema, sino que todo se quedó sin conexión.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;No entiendo. ¿Se cayó el servidor o es problema de conexión?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; Ehhhh… los dos. Se cayó la base y todo lo que tenía arriba.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;A ver… ¿qué se cayó? ¿La base, el servidor o la conexión?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; Todo. El problema es que arriba de la base estaba el servidor y ahora no se puede conectar. No alcanzan los cables.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; &lt;em&gt;¿Cuáles cables?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ingeniero&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&amp;nbsp; Los del servidor. Te explico. Al estar revisando el servidor moví la base donde estaba apoyado el ‘rack’ del servidor. Era una base con rueditas, no estaban fijas, y se fue hacia un punto donde no había piso falso en el ‘site’. El servidor cayó en el hueco que había en el piso, jaló todos los cables y todo quedó desconectado. Estamos tratando de sacar el servidor de allí pero parece que algo quedó atorado y además está muy pesado.&lt;/blockquote&gt;Se requirió de varios ‘drivers’ (o manejadores de trailers) para levantar el servidor. A partir de ese momento el concepto de “servidor caído” tuvo un nuevo significado para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="wlWriterEditableSmartContent" id="scid:0767317B-992E-4b12-91E0-4F059A8CECA8:446ed5ce-77d4-49c5-a405-371fae5ed191" style="display: inline; float: none; margin: 0px; padding: 0px;"&gt;Technorati Tags: &lt;a href="http://technorati.com/tags/soporte+t%c3%a9cnico" rel="tag"&gt;soporte técnico&lt;/a&gt;,&lt;a href="http://technorati.com/tags/an%c3%a9cdotas" rel="tag"&gt;anécdotas&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2060769077801776735?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2060769077801776735/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-ii.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2060769077801776735'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2060769077801776735'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/anecdotas-de-soporte-tecnico-parte-ii.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico – Parte II'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-7203276034110860904</id><published>2010-01-10T16:35:00.001-06:00</published><updated>2010-01-10T16:35:12.356-06:00</updated><title type='text'>A veces…</title><content type='html'>&lt;p&gt;A veces, al darme cuenta que un día no es lo bueno que yo quisiera, trato de tranquilizarme yendo por un café a mediodía, telefoneando a alguien, o simplemente saliendo un rato de donde esté para respirar un aire diferente. A veces situaciones tan simples como encontrar un buen café se complican y debo conformarme tomando cualquier otra cosa, no porque necesite tomar algo, sino para continuar el pretexto de no estar, aunque sea por un momento, donde no quiero estar. A veces, antes de yo llamar, recibo alguna llamada justo de la persona a la que tenía pensado llamar yo, como si por alguna coincidencia de la vida nuestras mentes y momentos se sincronizaran. A veces me encuentro con gente a la que no quisiera ni dirigirle el saludo, pero al tenerlas de frente no puedo más que traicionar mis propios deseos y discretamente las saludo. A veces surgen más problemas de los habituales y siento la frustración de no ser capaz de resolverlos todos. A veces quisiera que el día tuviera un par de horas más para poder terminar con las cosas que debo hacer. A veces quisiera poder desocuparme más temprano y hacer más cosas que no necesito hacer. A veces pronuncio palabras que tranquilizan y confortan a otros justo en el momento en que así lo requieren. A veces digo estupideces que salen de mi boca sin esfuerzo y no logro notarlo hasta que ya es muy tarde. A veces juego mentalmente con situaciones ocurridas para hacerlas más graciosas de lo que en realidad son, no para hacerlas más interesante sino para poder contarlas después y pasar buenos ratos. A veces leo con la impacienca de quien desea enterarse rápido de lo que está leyendo, tratando de acumular rápidamente páginas como si la cantidad de palaras leídas estuviera directamente relacionada al nivel de su entendimiento.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;A veces me imagino en un futuro, con gente que aún no conozco y con gente que creo conocer, sin incertidumbre y sin preocupación. A veces miro al pasado como quien revisa cada uno de los tatuajes que cubren su cuerpo, algunas figuras traen recuerdos buenos, otras provocan nostalgia y arrepentimiento, pero todas ellas se fijaron al cuerpo con dolor cuando se creaban aunque, también, todas ellas produjeron orgullo al ser terminadas. A veces veo el momento que llamamos presente, veo cómo, después de añorarlo tanto, rápidamente se convierte en parte de un recuerdo, y percibo cómo, minuto tras minuto, más momentos se desvanecen. A veces pienso en el tiempo como la sucesión de situaciones (no de momentos) que cada quien vive y que, unidos todos por nuestra imperfecta memoria cuentan una historia. A veces, al cruzar alguna meta, he sentido correr por mi rostro lágrimas, sudor y lluvia, y he sido capaz de distinguir, por su temperatura, por su intensidad, por su sabor, el origen de cada gota.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;A veces pienso en lugares lejanos, que más que traer a mi mente recuerdos de paisajes, sitios, climas, eventos, me recuerdan gente, palabras y juegos. A veces canto en silencio, sintiendo la música y la letra en el alma, no en los oídos. A veces recuerdo mis sueños, muy raras veces, y advierto lo ilógico de mi pensamiento pero, al mismo tiempo, me doy cuenta de la complejidad de mi ser, de la forma irracional, libre y sentimental en que un sueño se forma. A veces despierto sobresaltado, sin recordar lo que me hizo despertar, sabiendo que por más que me esfuerce el insomnio apenas ha comenzado. A veces camino sin importar a dónde me dirija sino tratando de encontrar compañía para el resto del camino. A veces río, juego y disfruto por el simple hecho de reir, de jugar y de disfrutar, descubriendo también que mi alegría puede alegrar a alguien más. A veces callo esperando que una voz diferente a la mía rompa su silencio y el mío y así poder iniciar un escándalo. A veces vivo. A veces muero. Siempre estás allí.&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-7203276034110860904?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/7203276034110860904/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/veces.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7203276034110860904'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/7203276034110860904'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/veces.html' title='A veces…'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4675842367797527571</id><published>2010-01-03T20:39:00.001-06:00</published><updated>2010-01-03T20:39:40.886-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Año Nuevo'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Tradiciones'/><title type='text'>Tradiciones de Año Nuevo</title><content type='html'>&lt;p&gt;Caminando por las calles casi desiertas después de la celebración del Año Nuevo, estaba recordando las palabras que una familia ajena a la mía solía repetir: “&lt;em&gt;Lo que hagas el primer día del año marcará la forma en que vivirás el resto del año, así que diviértete y pásatela bien”&lt;/em&gt;. Si esta oración cobrara vida y se cumpliera durante el resto del 2010, creo que la mayoría de la gente se la pasaría durmiendo hasta tarde y faltando a la escuela o trabajo. Sé que no debo tomar de forma tan literal y exacta la frase pero me hizo pensar en todo aquello que acostumbramos hacer para fortalecer la ilusión de que el nuevo año será siempre un mejor año que el anterior.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;He estado tratando de hacer memoria sobre las cosas que hacía de niño durante las celebraciones de Año Nuevo y, aunque no he podido definir claramente las &lt;em&gt;cábalas&lt;/em&gt; que hacía junto contoda mi familia, he logrado recordar con mucho cariño ciertas “tradiciones” que, en esos primeros años de mi vida, nunca faltaron. Hoy en día, no sé si esas tradiciones familiares condujeron directamente, ya sea a mí o a otro miembro de mi familia, a tener un mejor año que el anterior, pero ciertamente cumplieron con la segunda parte de la frase que mencioné al principio: Nos divertíamos y nos la pasábamos muy bien.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Quizás he desarrollado alguna resistencia a las temperaturas bajas con el paso de los años, o quizás en realidad el clima del país ha cambiado mucho últimamente, no sé a qué atribuirlo, pero aún tengo muy grabado en mi memoria, y en mi propio cuerpo, el intenso frío que siempre se sentía durante mi niñez en esa época del año. Mi cara solía ser la parte más afectada en esos tiempos y yo trataba siempre de meter la nariz y mis prominentes cachetes dentro de la gruesa chamarra que mi madre siempre nos procuraba a mis hermanos y a mí. Como usualmente hacían las familias en esas ocasiones especiales, mi madre nos vestía a mi hermano y a mí de forma casi idéntica. Hasta se las ingeniaba para que nuestro peiando, normalmente diferente, luciera similar en ambos. Si a esto le añadimos que otra tradición era la de estrenar ropa durante la fiesta de Año Nuevo, podrán imaginarse que las compras de Diciembre siempre incluían algún par de prendas idénticas sólo diferentes en talla; entre las que recuerdo estaban chamarras rojas a cuadros, suéteres grises a rayas, pantalones azules con el mismo tipo de valenciana e incluso pares de guantes con la misma figura. Confío en no tener que dar muchas explicaciones al respecto, pero sigo sin entender esa tendencia a uniformar a los hijos que tienen edades similares no únicamente en Año Nuevo sino hasta para salidas ordinarias al parque o para ir a ver alguna película al cine. ¿Qué objetivo tiene eso? ¿Será que si se pierde alguna de las chamarras rojas a cuadros y otra persona la encuentra, la madre podrá reclamarla exhibiendo la otra como evidencia irrefutable e inequívoca de su propiedad? El único consuelo que siempre tenía era que, al llegar al lugar de la reunión familiar para celebrar el Año Nuevo, podía ver que mis primos eran víctimas de la misma obsesión maternal, de modo que por el puro vestuario podían reconocerse las diferentes ramas de la familia: Los “Rojos” son los de Lupe, los “Pachoncitos” de Chela, los “Pitufitos” son los de Rita, los “Metaleros” de Juanita, y así podía seguir aquel desfile de moda infantil.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Como mencioné antes, el frío que en ese entonces se sentía era mucho más intenso que ahora, al menos en mi percepción, pero siempre contrastaba con la sensación cálida que se sentía por todo el cuerpo al entrar a la casa donde celebraríamos la llegada del Año Nuevo. Era un calorcito rico que parecía ir derritiendo de forma casi inmediata cada partícula gélida que provocaba que mi nariz se congelara. Y junto a aquella agradable sensación siempre llegaba otra de igual magnitud, pero desde la cocina: el inconfundible olor a ponche recién preparado y aún calentándose combinado con el del pozole tan cuidadosamente preparado desde varias horas antes y los diferentes platillos por ser servidos unas horas más tarde. No sé cómo ese tipo de cosas pueden quedarse en la memoria de una persona, pero al escribir estas palabras llega a mí, como si alguien lo estuviera preparando, el mismo olor que aquí describo. De alguna forma, era parte de la tradición el poder disfrutar de aquellas delicias que empezaban seduciendo nuestro sentido del olfato y terminaban satifaciendo por completo el del gusto.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Por supuesto que antes de llegar a tan esperado momento, el de la cena, debíamos concluir con otra serie de “tradiciones” no escritas. Una de las que menos disfrutaba era la de ir diligentemente saludando a cada una de las personas que se encontraban ya cómodamente instaladas en los sillones y sillas de la enorme sala. “¡Mira cómo has crecido!”, decía la siempre la misma tía. “¿Cómo va la escuela?”, preguntaba siempre el mismo tío. “¿Siguen tocando en la estudiantina?, solían preguntar todos. Y como si cada uno pensara que estaba haciendo su broma más original, no podía faltar el clásico “¿Y todavía tocas el acordeón o sólo lo usas para pasar los exámenes?”.&amp;nbsp; Procuraba ignorar este tipo de comentarios al mismo tiempo que recordaba con cuidado las indicaciones que mi madre nos daba justo antes de entrar a la reunión: “Saludan. Dan la mano derecha. ¿Cuál es la mano derecha, Julio? ¡No, con la otra! Dicen ‘Buenas Noches’ y que no les falte nadie”. Así que mi pensamiento se enfocaba básicamente en que no me faltara saludar a ninguno de los presentes o me arriesgaba a recibir aquella mirada característica que cada madre sabe propinar a sus hijos, que asusta más que cualquier regaño y que impone más que cualquier grito. Era una especie de amenaza silenciosa que, por supuesto, siempre tratábamos de evitar mis hermanos y yo. Conforme íbamos terminando de saludar a todos, poco a poco nos íbamos acercando a donde se encontraban jugando ya mis primos. Entre todos los primos que nos reuníamos en esas memorables ocasiones podían contarse unos 8 niños y sólo 3 niñas más o menos de la misma edad, que éramos quienes nos juntábamos para jugar o, siendo más honesto, para planear las travesuras que haríamos en el transcurso de la noche-madrugada mientras los adultos se dedicaban a platicar, embriagarse, bailar, bromear, ponerse al tanto de chismes y embriagarse aún más. De vez en cuando todos los primos solíamos jugar a algo juntos, posiblemente un juego de mesa, algún juego inventado por nosotros mismos o simplemente platicábamos de cualquier cosa que se nos ocurría. Pero todas estas actividades en realidad representaban una especie de cortina de humo para disfrazar lo que considerábamos la principal actividad de aquella reunión: ir a tronar &lt;em&gt;cuetes&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Recuerdo que, al más puro estilo de las películas donde se trafican armas, mis primos mayores iban mostrando poco a poco todo el arsenal de pequeños dispositivos explosivos que habían podido conseguir a escondidas de sus padres. “Este es un ‘cañón’, esta una ‘paloma gorda’”, nos explicaban mientras clasificaban cada cuete en dos grandes grupos: los peligrosos (que, por cierto, eran los más codiciados) y los “seguros” (que eran los que podían ser explotados por los primos más pequeños). “Ustedes los ‘cerillos’ y las ‘brujitas’ porque están chicos”, nos decían a mi hermano y a mí, lo cuál siempre solía molestarnos porque nos considerábamos tan aptos para lanzar un ‘cañón’ como cualquier otro de los que estaban presentes. Mi hermana siempre se unía a las voces de mis otras dos primas: “No truenen cuetes, se van a lastimar”. Casi como si fuera parte del ritual preparatorio, alguna de ellas contaba alguna historia que tenía por objeto el disuadirnos de nuestra diversión: “Un niño de mi escuela anduvo tronando cuetes y una ‘paloma’ le explotó en la mano. Se quemó la mano y tuvieron que llevarlo al hospital porque ya no podía ver”. “Pero nosotros no somos tan pendejos”, era siempre la respuesta de alguno de mis primos que eliminaba de forma inmediata cualquier miedo que hubiera podido formarse en nosotros. “Tú no vayas, Julio”, siempre me decía mi prima Vero a quien yo quería mucho y que era de mi misma edad. “Tú no eres como ellos”, me decía. Pero esto, lejos de alejarme de lo peligroso de aquellas actividades, me provocaba mucha vergüenza ante la inmediata burla del resto de mis primos: “Ay sí, ya cásense ¿no? ¡Que no te convenza! ¿O qué? ¿Eres maricón y ya te dio miedo?”. Mi reacción inmediata era levantarme y dirigirme hacia la salida de la habitación donde estábamos reunidos y decir “¡Vamos! A mí no me da miedo”. Casi al mismo tiempo salíamos todos decididos a divertirnos con los cuetes, mientras de reojo volteaba a ver a mi prima y podía percibir su cara de desaprobación y desilusión al tiempo que volteaba su mirada hacia abajo. Una vez afuera, sintiendo el frío en todo el cuerpo, nos poníamos primero a encender aquellos cuetes “inocentes” que no representaban tanto peligro, no porque estuviéramos tomando precauciones iniciales o porque hubiéramos decidido guardar para el final los cuetes “buenos”. No, era más bien porque nunca faltaba que algunos de los adultos saliera a acompañarnos para “vigilar” que estuviéramos jugando de forma segura. Por supuesto, esto no duraba mucho, en cuanto le calaba el frío o le daban ganas de integrarse nuevamente a la plática o al baile de los adultos, nos dejaba camino libre para que pudiéramos iniciar, ahora sí, con toda la diversión. Como en cualquier comando armado, había rangos y actividades asignadas de acuerdo a ellos. Los más pequeños teníamos el importante encargo de identificar los autos que tuvieran instalada una de esas novedosas alarmas de la época. Para quienes no lo recuerden, las primeras alarmas para carros se activaban y descativaban girando una pequeña llave de seguridad sobre una especie de cerradura que se instalaba por la parte externa del carro, normalmente del lado de la puerta del condutor. La razón para realizar esta labor de inteligencia previa era muy simple: esa alarma, lejos de presentar un medio para mantenernos alejados, representaba la oportunidad de activarla ruidosamente al tronar un potente cuete cerca del auto. Los mayores seleccionaban el tipo adecuado de explosivo, se encagaban de colocarlo de forma precisa y, por supuesto, tenían la envidiable tarea de encender la mecha del dispositivo seleccionado. Todos nos reuníamos alrededor de nuestro “armador de bombas” y, sólo hasta que la mecha estuviera encendida, salíamos corriendo a toda velocidad y con más fuerza de la que nos creiamos capaces, impulsados más por el miedo a ser descubiertos que a la propia explosión. Mientras corríamos por nuestras vidas, escuchábamos a nuestras espaldas la potente explosión del cuete seguida por la escandalosa alarma que se activaba casi de inmediato. Obviamente, nuestro escondite era siempre la casa de nuestros familiares y ya estando todos en el patio de la misma soltábamos carcajadas nerviosas que indicaban que la operación había sido todo un éxito. Claro que el resultado no era satisfactorio siempre, había ocasiones en que escondidos en el patio nos dábamos cuenta de que aquel ‘cañón especial’ o aquella ‘paloma gorda’ había fallado, o como se acostumbra decir en estos casos, se había &lt;em&gt;cebado&lt;/em&gt;. Pero no crean que esto representaba una especie de fracaso en nuestra estrategia militar, todo lo contrario, cada vez que uno de estos dispositivos no explotaba tras consumirse su mecha pasaba a formar parte de la artillería secundaria que sólo se utilizaba en misiones “especiales”. Todos estos aparatos, inicialmente defectuosos, se iban almacenando en alguna lata metálica o botella de plástico lo suficientemente grande como para que todos cupieran sin estar muy apretados. Nuevamente, los pequeños agentes de inteligencia tenían la labor de buscar por todas las calles vecinas series de 2 ó 3 autos juntos que tuvieran alarma. El objetivo: activar todas las alarmas juntas con una sola bomba armada usando los residuos de aquellas que no explotaron. El detonante: una paloma de las consideradas “infalibles” que se encendía y se metía en el mismo recipiente donde se habían estado guardando los “defectuosos”. El resultado: generalmente nunca era el esperado ya por la explosión poco ruidosa que no lograba activar ni una alarma, ya porque éramos descubiertos por algún vecino o alguna patrulla y terminábamos castigados, o ya por algún penoso y doloroso accidente ocurrido justo al momento de encender la mecha.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;En el mejor de los casos, nuestra diversión era interrumpida por algún adulto que, a fuerza de gritos por la calle, nos llamaba porque “ya casi era hora”. Sí, la tan esperada medianoche se acercaba y era momento de reunirnos todos en la sala para poder brindar y expresar nuestros buenos deseos a todos los presentes. No recuerdo que en esos tiempos hubiera programas de televisión dando la cuenta regresiva hasta el inicio del Año Nuevo. Por lo menos, no era el medio que se utilizaba en la familia para empezar con el festejo, sino que se le dejaba esa importante responsabilidad al viejo reloj de pared que mi tío tenía justo al centro de la sala. Aquel reloj representaba un regalo que la tía Lupe había traído desde Suiza en uno de sus viajes a Europa. Honestamente era un hermoso reloj con péndulo dorado que estaba protegido por una caja rectangular hecha de madera color café obscuro y decorado con pequeñas piezas doradas alrededor de donde podían apreciarse los números romanos que indicaban la hora y que siempre llamaban mi atención porque el número cuatro estaba representado como “IIII” y no como “IV”, que era la forma en que había aprendido yo en la escuela. Cada media hora, el sonido que emitía imitaba el de una enorme campana como las que suelen verse en lo alto de las torres de las iglesias. Un repique para indicar las “medias horas”, varios repiques consecutivos que coincidían con el número que indicaba la manecilla pequeña justo cuando la manecilla larga apuntaba hacia el “XII” para indicar la horas “completas”. Pero en ese momento tan esperado, ambas manecillas debían apuntar al mismo tiempo hacia la marca del “XII”, el punto más alto de aquella numeración, y el reloj debía repicar tantas veces como le era posible: doce. Así que, mientras todos sosteníamos en la mano una copa llena siempre de sidra rosada, nos quedábamos viendo hacia el péndulo del reloj que iba y venía sin apresurarse por la casi desesperación y emoción que se percibían en el ánimo de los presentes. Finalmente, se escuchaba un ‘clic’ más fuerte proveniente del reloj e inmediatamente sonaba la primera campanada. “¡Feliz año nuevo!” gritaba algún tío. “¡Feliz año nuevo!”, respondíamos todos los demás levantando nuestras copas. “Tómense la sidra y pidan sus deseos”, nos decían nuestras madres mientras ellas mismas se apresuraban a terminarse la sidra antes de que se escuchara la doceaba campanada en el reloj. Conforme todos iban acabando con el contenido de sus copas podía escucharse desde varios puntos de la sala la frase familiar “Bueno, pues felicidades”, y con eso se daba inicio a la tradicional sesión de abrazos, besos y buenos deseos. “Felicidades, hijo. Que este año sea muy bueno para ti. Sigue sacando dieces ¿eh?”, me decían casi todos. “Hijo, acuérdate de que la vida es como tener una flor: para que crezca hay que regarla. Así que si algo no sale como tú quieres este año, pues ¿qué ‘chingaos’? es una regada que hará que con el tiempo tu vida florezca”, me dijo alguna vez mi tío Pedro mientras me abrazaba. Lo que no me dijo es que de tanta regada podía ahogarse también la flor, pero bueno, supongo que debía haberlo intuído siguiendo el mismo ejemplo. “Felicidades, primo. Que tengas bonito año”, me dijo Vero que parecía haberme perdonado por no haberle hecho caso a su recomendación de no ir a tronar cuetes. De vez en cuando escuchaba que, mientras duraba la sesión de abrazos, alguien comentaba “Este año estuvo muy malo. Pero yo espero que el siguiente mejore todo y nos vaya bien”. Tal vez sea esa la esencia de la celebración del Año Nuevo: tenemos un nuevo punto de partida común y, junto con él, la oportunidad de cambiar el curso de las cosas hacia algo absolutamente mejor. Invariablemente, después de aquellos momentos de reflexión al respecto, y una vez finalizada la sesión de abrazos, se servía la tan esperada cena.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Casi siempre me sentaba junto a mi hermano y cerca de mi prima Vero, con quien platicaba de cualquier cosa y nos la pasábamos riendo mientras comíamos los platillos que nos iban sirviendo y que disfrutábamos más por la compañía mutua que por los platillos en sí. “¿Te gusta tocar el acordeón?”, me preguntó una vez. Nunca nadie se había preocupado de si me gustaba o no tocar el acordeón. Simplemente lo daban por hecho porque seguía haciéndolo. “La verdad, no”, fue mi tímida respuesta. “¿Y por qué lo tocas entonces? ¿No te gustaría tocar otro instrumento?” preguntó mientras tomaba un poco del refresco que nos habían servido. “Me gustaría tocar la guitarra, pero esa ya la tocan mis hermanos, yo tengo que tocar el acordeón. No hay nadie más que lo toque en la estudiantina” respondí sin pensarlo mucho. “Ah, entiendo. ¿Y por qué no aprendes guitarra y mis primos aprenden a tocar el acordeón? Tal vez les guste y cada quien tocaría el instrumento que le gusta”, dijo mientras dibujaba en su cara una leve sonrisa. “Inténtalo y el próximo año decides sigues con el acordeón o cambias a la guitarra” conlcuyó alegremente.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Nunca aprendí a tocar la guitarra, aunque tomé algunas clases. Tampoco continúo ya con aquellas tradiciones de fin de año que marcaron mi niñez. Tengo, sin embargo, bellos aprendizajes y recuerdos que llevo conmigo aún hoy en día. Cada año que comienza es una nueva oportunidad que la vida nos da para ser mejores seres humanos y, aunque no siempre tendremos éxito, vale la pena hacer el intento y seguir “regando” aquella flor que se nos ha dado. Es también una referencia para cambiar aquellas cosas que no nos gustan por otras que, tal vez, nos hagan mas felices… si tenemos el valor para realizar ese cambio. De alguna forma, se trata de un “borrón y cuenta nueva” que nos pone a todos en la misma línea de salida brindándonos oportunidades que posiblemente no nos habíamos dado cuenta que teníamos. Pero más que otra cosa, es un nuevo comienzo, un nuevo momento para vivirlo cerca de las personas que, pese a haber sido ignoradas por nosotros, siguen allí dispuestas a sentarse a nuestro lado para convencernos que podemos ser más felices de alguna forma. Dejé de ver a mi prima Vero, y al resto de mis primos, desde hace varios años por causas que ahora no recuerdo, pero la voz de ella, su sonrisa, su plática en aquel año nuevo siguen siendo parte de mí. Hoy, pese a que su lugar no ha sido reemplazado, hay otras personas que también están junto a mi y que día a día se preocupan sobre si estoy o no disfrutando lo que hago. Conforme pasa el año se encargan de advertirme y me dan consejos porque consideran que “yo no soy como los demás”. Este Año Nuevo es mi oportunidad para hacerles saber a todos ellos que, venciendo la vergüenza que ciertas situaciones me pueden causar, he decidido escucharlos y tratar de buscar nuevos retos, nuevas formas de disfrutar la vida. Estoy seguro de que si ven que estoy regando demasiado la flor que trato de cuidar, ellos me lo harán saber en su momento porque no tienen otro interés más que el de que, juntos, podamos seguir disfrutando día con día, semana con semana, mes con mes, y así poder conjuntar y lograr lo que todos buscamos en estas fechas: ¡Un muy feliz año!&lt;/p&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4675842367797527571?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4675842367797527571/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/tradiciones-de-ano-nuevo.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4675842367797527571'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4675842367797527571'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2010/01/tradiciones-de-ano-nuevo.html' title='Tradiciones de Año Nuevo'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4528443279018705225</id><published>2009-12-24T13:13:00.002-06:00</published><updated>2012-01-09T22:04:14.276-06:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Anécdotas de Soporte Técnico'/><title type='text'>Anécdotas de Soporte Técnico</title><content type='html'>Trabajar en el área de soporte técnico no es precisamente la labor más fácil que uno pudiera realizar. A lo largo de (ya muchos) años desempeñando diversas funciones relacionadas a esta área (y como conclusión general) puedo decir que es un trabajo pocas veces apreciado: Si las cosas van bien, es simplemente que ese es tu trabajo, es tu obligación y nadie lo nota; si las cosas salen mal nadie sabe qué diablos estás haciendo, sigue siendo tu obligación y todos te lo reclaman.&lt;br /&gt;Para no ser tan fatalista y poco conforme, debo decir que hay ciertos momentos en que el dar soporte técnico no se hace tan pesado. De hecho, he sido afortunado en haber vivido muchísimas anécdotas al estar atendiendo clientes con algún tipo de problema. Algunas resultan cómicas, otras inverosímiles, pero todas tienen algo en común: son ciertas. Como dirían muchos usuarios que he visto: “&lt;em&gt;De verdad que yo no le moví nada&lt;/em&gt;” y lo cuento tal como las he vivido y recuerdo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La máquina poseída.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Un cliente llama a nuestro centro de soporte técnico indicando que su servidor de correo electrónico no está funcionando adecuadamente. Tras hacer un breve análisis por teléfono se decide que será mejor atender el incidente directamente en sitio. Asigno inmediatamente a quien considero es nuestro ingeniero más experimentado con el producto y se programa todo para que en máximo 2 horas se encuentre con el cliente en sus instalaciones. Una vez en sitio, el ingeniero revisa el equipo y trata de hacer un diagnóstico. No parece ser un problema fácil. Lleva varias horas sin poder avanzar un poco con el problema. El cliente comienza a desesperarse y me llama indicando que no están obteniendo resultados satisfactorios. Hablo con el ingeniero que se encuentra en sitio y me comenta que algo debe estar corrupto en el servidor porque ningún comando que corre funciona para reparar el correo electrónico. La sugerencia del ingeniero: formatear el equipo y bajar un respaldo. Pero al cliente no le parece la mejor opción y quiere que se revise más a fondo. El ingeniero sigue revisando, esta vez con apoyo de un especialista del centro de soporte internacional en el teléfono. Es de madrugada ya y nada parece funcionar. Sin embargo, pese a la presión que tiene el propio usuario, no da autorización para formatear el equipo. “&lt;em&gt;Esa es la típica solución de ustedes: formatear. Quiero que me arreglen el problema desde el origen y que me den una explicación satisfactoria y bien fundamentada. Prefiero no tener servicio que formatear un servidor&lt;/em&gt;”. El tiempo se terminaba porque, como siempre ocurre, el sistema debía estar levantado antes de que los usuarios llegaran a trabajar al día siguiente, o mejor dicho, cuando los directores llegaran a trabajar al día siguiente (lo que nos daba un poco más de tiempo). El ingeniero en sitio quedó en comunicarse conmigo en cuanto tuviera alguna noticia. Durante varias horas no tuve ninguna llamada. Eras casi las 11 de la mañana y estaba a punto de marcarle cuando recibí su llamada. Su voz se percibía cansada aunque algo animada:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Parece que ya quedó esto. El correo ya está funcionando y el cliente me firmó ya la orden de servicio.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- ¡Qué bueno! ¿Cómo le hiciste para arreglarlo?&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Terminamos formateando el servidor.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- ¿Pero cómo? ¿Cómo convenciste al usuario para que autorizara que se formateara? ¿Quedó satisfecho?&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Sí, me calificó muy bien. Ya documentaré el caso por la tarde. Voy a descansar.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Obviamente, en ese momento no iba yo a exigir una explicación inmediata sabiendo que el ingeniero había estado sin dormir por varias horas, así que no insistí. Sin embargo, quedaba en mí la incógnita. La única opción que el cliente no iba a aceptar era formatear el servidor y fue eso precisamente lo que se hizo. ¿Qué pasó durante la madrugada? ¿Por qué el cliente había accedido finalmente a formatear? ¿La presión de no tener correo electrónico lo habría hecho ceder al respecto? No era probable. Habiendo trabajado con él por varios años me hacía pensar que era algo más. Posiblemente el ingeniero encontró la causa raíz probatoria e inequívoca para&amp;nbsp; explicarle por qué sólo formateando podría resolverse el problema.&lt;br /&gt;Por la tarde, mientras reviso los casos abiertos del día me doy cuenta de que el caso del correo electrónico estaba ya cerrado y marcado como “Documentado”. Sin pensarlo dos veces, abro inmediatamente el caso para ver cómo fue la solución y la causa raíz que provocó el problema. Después de leer rápidamente los mensajes de error, puebas fallidas y otras actividades realizadas, llego finalmente a la parte de la solución. Decía algo similar a esto: “&lt;em&gt;Tras haber revisado exhaustivamente el servidor, haber corrido varios comandos que siempre resultaron en otros errores, se convenció al usuario de que el servidor estaba poseído por el demonio&lt;/em&gt;”. ¡¿Qué?! No podía creer lo que estaba leyendo. Pensé que se trataba de una broma y llamé inmediatamente al ingeniero para aclarar el asunto. &lt;em&gt;“El cliente no era nada técnico, por más explicaciones que le dábamos sobre el registry y archivos dañados siempre decía que ese era nuestro problema y que lo arregláramos. Fue hasta que noté que en su oficina tenía figurillas, estampas, veladoras y otras cosas que deduje que era una persona supersticiosa. Le dije que su servidor parecía estar poseído por algún ente y nos permitió formatearlo”,&lt;/em&gt; fue la explicación del ingeniero. Todavía estaba estupefacto por la noticia cuando recibo una llamada del mismo cliente: &lt;em&gt;“Quiero agradecer que me hayas enviado a tu experto. Notó cosas que normalmente nadie más habría notado y logro resolver el problema. No quiero entrar en muchos detalles sobre la solución pero todo está funcionando ya y llamaba para reconocer su labor”.&lt;/em&gt; Sin decir mayor cosa colgué, todavía en shock. Reviso nuevamente la documentación del tan asombroso caso y leo la conclusión que había anotado el ingeniero: “&lt;em&gt;Servidor exorcizado satisfactoriamente”.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los Discos Rápidos.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Con esta anécdota notarán que realmente han pasado muchos años desde que empecé dando soporte técnico. Para que se den una idea, estoy hablando de aquellos tiempos en que la capacidad máxima de un disco duro era de 40 MB (y nadie se podía imaginar cómo podría llenarse semejante espacio). Bueno, pues en una empresa donde normalmente no estaban muy preocupados por el costo de las cosas y solían despilfarrar el dinero en equipo que probablemente no llegara a utilizarse, un día decidieron comprar servidores con discos duros nuevos que, aparte de ser más rápidos, eran del doble de capacidad que cualquier otro que tuvieran instalado. “&lt;em&gt;80 MB en un sólo servidor, increíble&lt;/em&gt;” era un comentario que resultaba apropiado en esos tiempos. Para los que no estuvieron muy familiarizados con ese tipo de discos duros sólo diré que tenían casi el tamaño de una caja delgada de zapatos para adulto. Nada comparado con los discos de hoy ¿verdad?. Un día en que todo parecía estar tranquilo, llega a mi localizador (les dije que fue hace mucho tiempo) un mensaje para que me reportara al centro de soporte. Me indican que en esta empresa que les menciono tenían problemas con un sistema bastante crítico y requerían apoyo en sitio. Después de los clásicos problemas para poder ingresar a las instalaciones voy con el encargado del sistema que está fallando y me dice: &lt;em&gt;“No sé que pasa. Desde la mañana hemos tenido problemas para guardar las transacciones. No podemos hacer consultas y estamos afectando la producción”.&lt;/em&gt; Después de decirme el número de millones de dólares que estaban perdiendo por cada hora que pasaban sin servicio me pongo a revisar los componentes del sistema. En ese entonces no había muchas herramientas de monitoreo y ubicar la causa raíz podía llevar un buen rato. Finalmente, encuentro el servidor que está provocando la falla. Es precisamente uno de los equipos que habían llegado con los discos nuevos. &lt;em&gt;“No puedo creer que esté fallando, es nuevo”&lt;/em&gt; dijo el cliente un tanto escéptico.&lt;br /&gt;Para no dejar más duda de que ha pasado mucho tiempo, tuvimos que dirigirnos al lugar donde se encontraba físicamente el servidor ya que eso del control remoto todavía no era una herramienta de uso común. Para nuestra mala suerte, el nuevo servidor se encontraba en otro piso bajo la custodia de un gerente que no se encontraba en ese momento y que era la única persona que podía darnos acceso para revisar el equipo. Tras varios mensajes enviados a su localizador finalmente apareció. &lt;em&gt;“Perdón, estaba comiendo”&lt;/em&gt; fue su excusa al vernos. &lt;em&gt;“¿Cuál es la urgencia?”&lt;/em&gt; preguntó todavía quitándose una pequeña mancha de salsa de la camisa. &lt;em&gt;“Uno de los servidores nuevos que tienes en tu ‘site’ no está funcionando bien y necesitamos revisarlo porque el sistema de producción no permite hacer ninguna transacción”&lt;/em&gt; explicó mi cliente. Como si hubiera notado la presencia de un fantasma o algo así, el gerente levantó la vista sin poder ocultar su preocupación. &lt;em&gt;“¿Desde cuándo pasó eso?”&lt;/em&gt; preguntó en forma inusual. &lt;em&gt;“Hace unas horas. ¿Hicieron algún cambio en ese equipo?”&lt;/em&gt; preguntó mi cliente. &lt;em&gt;“¡Hijos de la chingada!”&lt;/em&gt; exclamó el gerente y salió casi corriendo de la oficina donde estábamos. Instintivamente y sin mayor miramiento comenzamos a seguirlo mientras recorría apresurado los pasillos del lugar. Llegamos a un pasillo donde una enorme puerta metálica era lo único que podía apreciarse. Sacó de su bolsa unas llaves y abrió la pesada puerta. &lt;em&gt;“¡A ver pendejos, se me salen todos a chingar a su madre!”&lt;/em&gt; gritó si dar más explicación. Unas 4 ó 5 personas salieron apresuradamente del lugar sin decir palabra. &lt;em&gt;“Pasen y cierren la puerta”&lt;/em&gt; nos ordenó. Entramos y nos dimos cuenta de que aquel pequeño cuarto era el ‘site’ donde guardaba su servidor nuevo. &lt;em&gt;“Lo que me temía”&lt;/em&gt; dijo mientras miraba con enojo el equipo. Al inspeccionar la escena me di cuenta de que allí estaba el servidor, destapado, con los discos duros expuestos y, aunque nadie lo crea, ¡tortillas! sobre los enormes discos duros. Por el calor que generaban ese tipo de discos, la gente que realizaba la limpieza de las oficinas se turnaba para ir a calentar sus tortillas ¡sobre los discos duros! &lt;em&gt;“Les dije que en este servidor no, pero les gusta porque calientan más rápido”&lt;/em&gt; dijo lamentándose el gerente. Tratando de ocultar la risa, reconecté los discos, reinicié el equipo y verifiqué su funcionamiento. Afortunadamente, las tortillas habían logrado calentarse exitosamente sin dañar el servidor. El gerente me pidió fervientemente no documentar el caso mencionando las tortillas, así que todo quedó diagnosticado y documentado como &lt;em&gt;“Problemas de alimentación en el sistema”&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Mensajes de error.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;En innumerables ocasiones, me he encontrado con clientes que se quejan de mensajes de error que no dicen nada realmente. No es que reciban una ventana vacía o texto ilegible, sino que la explicación que viene en el mensaje resulta inútil. Creo que todos los hemos visto algunas vez &lt;em&gt;“Error desconocido”,&lt;/em&gt; &lt;em&gt;“No pudo completarse la operación”&lt;/em&gt; y cosas similares que no permiten determinar la causa del problema sino simplemente evidenciar lo que todo mundo ya notó: hay un problema. Incluso he visto (más veces de las que quisiera) mensajes de error indicando alguna situación falsa que hacen que la atención se desvíe hacia cosas que no llevan a la solución: &lt;em&gt;“El disco está lleno”&lt;/em&gt; cuando en realidad no está lleno, &lt;em&gt;“El usuario no tiene permisos”&lt;/em&gt; y tiene más de los que necesita, y otras situaciones similares o peores. En otros casos, el mensaje de error es similar a &lt;em&gt;“0x800744BE”,&lt;/em&gt; eso y nada es lo mismo para el usuario que recibe el mensaje.&lt;br /&gt;Pese a este tipo de inconsistencias, hay que aceptar que la mayoría de las veces los mensajes de error que recibe un usuario son bastante claros. Aunque todo depende del nivel de capacitación de usuario y de algo tal vez más importante: que su equipo esté instalado en un idioma que él pueda entender sin problemas. En ocasiones me he encontrado con usuarios que reportan que un correo no le llega al destinatario y que cada vez que lo intentan (y lo intentan muchas veces) reciben el mensaje de error que dice: &lt;em&gt;“You have reached an unmonitored alias. Please do not reply”&lt;/em&gt;. Y todas las veces que responden reciben el mismo “error”. Con el fin de evitar evidenciar que un usuario no sabe inglés, suelo solicitarles a los clientes que me manden una descripción breve del problema acompañado con las pantallas de error que reciben. De esta forma, si hay algún mensaje de error que el usuario no puede interpretar no tiene que decírmelo y yo puedo darle ayuda un poco más rápido. Pero mi teoría al respecto quedó por los suelos el día en que recibí un correo de uno de mis clientes detallando el problema que tenía. Decía más o menos esto: &lt;em&gt;“Estoy instalando manualmente el agente que requiere el producto de inventarios en una computadora de un gerente y recibo un mensaje de error que ha permanecido varios minutos allí, por lo que se ha vuelto ya un problema crítico. Ejecuté el programa setup.exe desde la carpeta que se me fue indicado e inició un asistente de instalación. Todo iba bien, hasta que después de unos 10 minutos me apareció la siguiente ventana de error y no sé cómo resolverlo. Desde entonces no he podido devolverle el equipo al gerente pero si no queda resuelto para el día de hoy preparará un oficio quejándose por el servicio que ha recibido y por la ineficiencia de los productos que se le están vendiendo”.&lt;/em&gt; Debo admitir que me preocupé al leer el correo porque venía con copia para otros gerentes y para el Account Manager de mi empresa. Me apresuré a revisar la pantalla anexa y efectivamente, podía verse una ventana dentro del asistente de instalación con el alarmante texto &lt;em&gt;“The installation was completed successfully. Please click OK to finish&lt;/em&gt;”. Este fue el origen de lo que ahora se conoce en esa empresa como el temible error del “successful”, bastante común si uno pone atención.&lt;br /&gt;En otra ocasión una usuaria me reclamó terriblemente porque, tras la migración a la nueva versión de su programa de Hoja de Cálculo, había perdido un buque. &lt;em&gt;“El Tikal III no aparece”&lt;/em&gt; me decía asustada. Por un momento no supe si hablar a algún servicio de emergencia naval, contactar familiares o ir corriendo a buscarlo. &lt;em&gt;“¿Cómo que no aparece?”&lt;/em&gt; pregunté tratando de que mi risa pareciera nerviosa. “Aquí estaba” contestó mientras manipulaba su hoja de cálculo para mostrarme la evidencia de tan terrible tragedia. &lt;em&gt;“Probablemente un error con el radar de la hoja de cálculo”&lt;/em&gt; dije en mi pensamiento mientras contenía la risa. &lt;em&gt;“Y aparte de todo me manda un error raro cuando lo busco”&lt;/em&gt; dijo ya algo alterada. Al revisar el mensaje de error podía leerse algo similar a “Algunos filtros han sido aplicados. Para ver la totalidad de los registros seleccione ‘Ver todo’”. Sin inmutarme mucho, seleccioné ‘Ver todo’ y el buque perdido apareció. &lt;em&gt;“Allí está ¡Allí está!”&lt;/em&gt; dijo la usuaria. Y como quien regresa de una expedición de rescate exitosa, me retiré orgulloso de sus oficinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No cabe duda, muchas veces somos héroes. Otras tantas, villanos. Lo cierto es que si no vemos la diversión que puede haber tras una situación crítica viviríamos totalmente estresados y con angustia. Así como éstas, hay muchas más historas que por falta de espacio y tiempo no comparto ahora. Pero seguramente en una entrada posterior dedique tiempo a documentar un poco más lo que sigue haciendo de mi trabajo algo que realmente disfruto. Y claro, sé que muchos de quienes leen este blog tienen sus propias experiencias. Todas son bienvenidas si quieren compartirlas también. Hasta el próximo Error.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4528443279018705225?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4528443279018705225/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/anecdotas-de-soporte-tecnico.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4528443279018705225'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4528443279018705225'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/anecdotas-de-soporte-tecnico.html' title='Anécdotas de Soporte Técnico'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-3280889727871362214</id><published>2009-12-18T12:43:00.001-06:00</published><updated>2009-12-18T12:43:33.428-06:00</updated><title type='text'>Compromisos</title><content type='html'>&lt;p&gt;Por mucho que me hubiera gustado, nunca me he considerado un gran deportista ni nada similar, pero debo mencionar que tampoco soy del todo malo practicando los deportes que me llaman la atención. Durante varios años practiqué &lt;em&gt;Basketball&lt;/em&gt; y llegó a gustarme tanto que lo jugaba casi a diario. En una época llegó a convertirse en mi actividad principal y no me imaginaba yo un fin de semana en otro lado que no fuera una cancha de “&lt;em&gt;basket”&lt;/em&gt;. Pero también me gustaban mucho otros deportes como el &lt;em&gt;Baseball&lt;/em&gt;, el &lt;em&gt;Futbol Americano&lt;/em&gt; e incluso el Volleyball. De todos los deportes que en algún momento practiqué aprendí diversas cosas: disciplina, esfuerzo, constancia, trabajo en equipo, etc. Claro que ningún deporte me hubiera atraído tanto si no me pareciera divertido de alguna u otra forma.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Sin embargo, por motivos que no viene al caso mencionar, al cabo de unos años terminé como la mayoría de los deportistas talentosos: como espectador. O usando palabras menos simplistas, “&lt;em&gt;director técnico vía remota&lt;/em&gt;”. Por supuesto que esto tuvo sus consecuencias a lo largo de los años: inactividad, aumento de peso (unos 25 kilitos de más), problemas de salud y la frustración de haber abandonado algo que realmente disfrutaba. Así que un buen día decidí “activarme” nuevamente&amp;nbsp; y me propuse empezar a hacer ejercicio… Está bien, está bien, fue un poco más complicado el asunto:&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena, por lo que cada vez que algún médico recitaba (junto conmigo mentalmente) la lista de consecuencias que puede tener el sobrepeso, yo tenía siempre bajo la manga el pretexto adecuado para refutar cada elemento. Curiosamente, las palabras que vencieron cualquier argumento que yo pudiera tener vinieron también de un médico: “Posiblemente no recuperes la movilidad del tobillo y tengas que usar un bastón para caminar… si es que el tobillo aguanta tu peso”. Ese fue el veredicto después de que el cirujano había pasado varias horas tratando de, literalmente, reconstruir cada uno de los pequeños elementos que forman el tobillo que, por simples leyes de la física, no había podido soportar la combinación &lt;em&gt;fuerza-masa-inercia-torsión-estupidez-soccer&lt;/em&gt;. No es que haya sido un momento espiritualmente revelador, pero definitivamente resultó aterrador. Así que una vez decidido a no dejar que mi tobillo dejara de moverse, y ya que todos los huesos habían soldado y recuperaron su estabilidad, comencé con la rehabilitación. Fue doloroso, agotador, a veces frustrante, pero resultó: recuperé un 95% de la movilidad normal. Pero había otro problema, según explicó mi médico: “Estás teniendo mucho desgaste en el tobillo todavía. Puedes perder mucha movilidad a menos que bajes de peso… y te mantengas delgado”. Me recomendó varios ejercicios, dieta y cambiar mis hábitos sedentarios que por varios años me caracterizaron. &lt;/p&gt; &lt;p&gt;Elegir el ejercicio adecuado para mí fue un poco complicado. Los deportes que siempre había practicado eran de conjunto y reunir a varias personas con intereses y horarios similares no resulta una tarea fácil en estos tiempos. Intenté varias opciones: ciclismo, natación, caminata, entre otros. Pero el que más me agradó fue el simplemente correr. Es buen ejercicio aeróbico, se puede practicar individualmente, no requiere mucha inversión en dinero, aunque posiblemente sí en tiempo, y es bastante efectivo para bajar de peso y mantenerse delgado. Lo que yo no sabía es que también se vuelve un deporte competitivo, no contra otros, sino contra uno mismo. Conforme se adquiere condición y velocidad siempre se van poniendo nuevos retos en tiempos y distancias. Pero también es un deporte de alta concentración: incontables veces he sentido cómo mi cuerpo comienza a sucumbir ante el cansancio y el dolor, pero si mentalmente uno se mantiene dispuesto a continuar el cuerpo obedece.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Recuerdo un incidente que me ocurrió cuando comencé a competir en carreras de 5 Km (que son consideradas adecuadas para principiantes). Invité a mis padres a verme correr en un centro deportivo que queda cerca de su casa y, aparte del aspecto deportivo, era buen pretexto para ir a desayunar juntos después de la carrera. No tengo la certidumbre ahora, pero creo que era apenas mi segunda carrera de esa distancia. Por supuesto, no gané. De hecho llegué junto con el último bloque de corredores pero mi papá lo festejó como si hubiera yo llegado en primer lugar y hubiera obtenido algún premio a nivel nacional, quizás mundial. “¿Y para cuándo corres una de 10 Km?” preguntó durante el desayuno. “No sé si aguante” fue mi respuesta inmediata. “Eso sólo depende de ti y de que quieras hacerlo” contestó sonriendo. En los siguientes meses no sólo corrí carreras de 10 Km, sino que hasta me aventuré a correr un medio maratón (21 km). Con el paso de los años, he seguido corriendo y llevo ya en mi cuenta 3 medios maratones. Pero nunca un maratón completo.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Hace algunas semanas, a mi papá le diagnosticaron un tumor cerebral. Con todas las complicaciones que esto pudiera implicar, las cosas se dieron muy bien. El tumor se detectó a tiempo, estaba ubicado en una zona donde resultaba relativamente sencillo extraerlo, se consiguieron los medios rápido junto con los doctores y las instalaciones adecuadas para realizar la delicada cirugía. Claro que nunca es algo fácil ni libre de riesgos, por lo que mi papá estaba algo temeroso, pero aún así animado. Dos días antes de su operación estuvimos platicando de varias cosas y saliendo un poco (o un mucho) del asunto de su intervención quirúrgica me preguntó: “¿Y cuándo corres un maratón?”. Honestamente, eso no estaba en mis planes cercanos, ni tampoco en los lejanos. “No sé, no lo había considerado ya” respondí un poco sorprendido por la pregunta. “Deberías animarte” concluyó. Aun no me explico cómo una persona que está a punto de ser operado por un tumor cerebral decide animar a otra para que corra un maratón, pero así ocurrió. El martes pasado, mi papá fue operado sin ninguna complicación. El tumor fue extraído en su totalidad y tal vez la única mala noticia fue que, como era probable, resultó ser un tumor maligno. Pero su recuperación ha sido asombrosa: en menos de 24 horas después de su operación había recuperado todas sus facultades y sigue mejorando. El día de hoy recibí la noticia de que ha sido dado de alta y sólo queda la difícil parte de la radioterapia que iniciará en enero. Pero lo crítico ya pasó.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;Mientras todavía se encontraba en el hospital recuperándose esta semana recuerdo que estaba yo animándolo: “Decían que había muchos riegos en la operación y los superaste todos. Y aunque todavía queda la parte difícil de la radioterapia sé que también lo superarás. Será complicado, pero sólo depende de ti y de que quieras lograrlo”. El utilizar las mismas palabras que él usó para motivarme con el maratón hizo que me mirara fijamente sin decir palabra. Tomó mi mano fuertemente entre las suyas y en ese momento dos compromisos quedaron sellados: Yo correría un maratón en el 2010 y él se recuperaría para presenciarlo.&lt;/p&gt; &lt;div style="padding-bottom: 0px; margin: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; float: none; padding-top: 0px" id="scid:8747F07C-CDE8-481f-B0DF-C6CFD074BF67:4ec57234-9276-44f8-b799-06383857f0d7" class="wlWriterEditableSmartContent"&gt;&lt;a href="http://lh3.ggpht.com/_2f8GayE2c_o/SyvNTLLrtcI/AAAAAAAAADA/FHVCoy_CWzE/Radio2-8x6.jpg?imgmax=800" title="" rel="thumbnail"&gt;&lt;img border="0" src="http://lh4.ggpht.com/_2f8GayE2c_o/SyvNU3ih7_I/AAAAAAAAADE/BSh-ZD3aDPY/Radio2%5B9%5D.png?imgmax=800" width="233" height="276" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;  &lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-3280889727871362214?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/3280889727871362214/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/compromisos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3280889727871362214'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3280889727871362214'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/compromisos.html' title='Compromisos'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://lh4.ggpht.com/_2f8GayE2c_o/SyvNU3ih7_I/AAAAAAAAADE/BSh-ZD3aDPY/s72-c/Radio2%5B9%5D.png?imgmax=800' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2151668692449630643</id><published>2009-12-07T00:27:00.003-06:00</published><updated>2009-12-07T09:45:34.603-06:00</updated><title type='text'>Y es Diciembre...</title><content type='html'>Hay pocos meses que hacen que la mente viaje hacia el pasado, meses que provocan celebración, infunden esperanza, evocan sentimientos profundos para bien y para mal. Creo que Diciembre reúne varias condiciones que logran que sea un mes especial. Para empezar, es el último mes del año; y más que tratar de crear una paradoja, trato de darle prioridad al hecho que tiene el llegar al final de algo en la vida. Casi involuntariamente, tendemos a recapitular lo que hemos vivido una vez que hemos alcanzado su fin. Nos pasa a todos: al final de una película, mientras abandonamos la sala del cine, es común ir comentando alguna escena, criticando a la gente que platicaba demasiado, quejándonos del frío que se sentía durante la función. No importa si la situación era importante, o simplemente absurda. Bueno, Diciembre siempre nos lleva a un punto donde debemos recordar lo que hemos hecho, la gente que nos acompañó, las condiciones que tuvimos. Y como pasa en el cine: independientemente de si la película fue buena o mala, solemos recordarla unos momentos sólo para darle paso al deseo de ver otra más, esperando que sea mejor que la que acabamos de ver; cosa que no siempre ocurre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro aspecto que hace especial a Diciembre es el número de celebraciones que se tienen. Particularmente en México, la mayoría de estas celebraciones se originan en fiestas religiosas, aunque la religión sea lo último que se recuerde en ellas. Así tenemos, por ejemplo, el aniversario de la Vírgen de Guadalupe que es un festejo que sugiere arrepentimiento, devoción y agradecimiento, donde la gente paga “mandas” o, en una especie de negociación, promete pagarlas si se le concede algún milagro. Y qué decir de la Navidad, precedida por sus 9 Posadas y las innumerables Pre-Posadas, donde hay ocasiones en que resulta complicado y confuso el saber si se celebra la llegada del Niño Jesús o la llegada de Santa Claus. Por si fuera poco, se celebra también lo que se conoce como el Día de los Inocentes, fecha en que todo mundo hace bromas a otros mediante promesas que no se piensan cumplir o engaños que suponen que “inocentemente” otra persona se tragará y resultará gracioso para todos los demás. Como se han podido dar cuenta, mi conocimiento en celebraciones religiosas es escaso y, por el bien de todos, hasta aquí dejaré el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, la fiesta de Fin de Año (o de Año Nuevo) se ha hecho una costumbre también. Y como más bien es una celebración típicamente familiar, las empresas suelen organizar reuniones un poco antes para festejar con sus empleados los logros obtenidos en todo el año. Claro, como es más barato hacerlas a inicio de mes, es muy común encontrar salones de fiestas repletos de gente celebrando el final del año apenas en los primeros días de Diciembre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero más allá de las celebraciones, Diciembre se ha convertido en el mes de la reflexión y planeación para el futuro. La gente revisa lo que ha logrado y se plantea nuevas metas o propósitos para ser cumplidos el año entrante. Es el mes en que uno se compromete a ser mejor el próximo año y para lograrlo es necesario esmerarse y poner a prueba nuestra fe. Sí, la fe mueve montañas ¿no?. ¿O de qué otra forma se pueden explicar los miles, tal vez millones, de piezas de ropa interior rojas que se venden en esta época? ¿Cómo despreciar la buena suerte que indudablemente llegará al encender todas las luces de la casa? Claro que con el cambio de la compañía que suministra la electricidad hoy en día, posiblemente tengamos la suerte de que no cobren tanto por hacer esto. Aunque si fuera el caso, una moneda en el zapato pudiera ser la solución a los problemas económicos. Dar vuelta por la calle cargando maletas, barrer la entrada de la casa, arrojar vasos con agua y muchas otras cábalas respaldan nuestro compromiso a querer sacar lo mejor de nosotros mismos el año que viene.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablando ya en serio, creo que la magia de Diciembre reside más bien en la Esperanza. La esperanza de que todo puede mejorarse, no por medios mágicos, sino mediante el deseo y el esfuerzo de quienes así lo quieren. Los sueños suelen ser el combustible que alimenta la esperanza. Sin ellos, todo estaría incompleto y no tendría un sentido. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez, por una coincidencia de la vida, es precisamente en Diciembre que ha surgido en mí una Esperanza en particular. Como mencioné en la entrada anterior de este blog, a mi papá le fue diagnosticado un tumor en el cerebro. Después de varios análisis y revisiones ha resultado que dicho tumor se encuentra en un lugar bastante cercano a la corteza cerebral, lo que facilitaría su extracción. Otros estudios relacionados indican que, con una probabilidad bastante alta, puede tratarse de un tumor benigno. También, por el tamaño que actualmente tiene y por el tiempo en que se detectó, el daño no ha sido de consecuencias mayores. Durante los próximos días se efectuarán algunos análisis más y, en caso de ir todo bien, en unos 10 días mi papá será intervenido para extraer el tumor que le ha afectado su salud últimamente. Según comentó el neurocirujano: las probabilidades son tan altas de que todo vaya bien, que es muy factible que todos juntos disfrutemos la cena de Navidad con él en perfecto estado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen que la esperanza es lo último que debe perderse. Y aunque Diciembre marca el fin de muchas cosas, en este año la esperanza apenas comienza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2151668692449630643?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2151668692449630643/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/y-es-diciembre.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2151668692449630643'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2151668692449630643'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/12/y-es-diciembre.html' title='Y es Diciembre...'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-6007232960576155510</id><published>2009-11-29T23:28:00.004-06:00</published><updated>2009-12-02T12:58:37.708-06:00</updated><title type='text'>Don José</title><content type='html'>Según su propia&amp;nbsp;Fe de Bautismo, su nombre es José Álvaro Gabino. De acuerdo a su Acta de Nacimiento, es simplemente José. En realidad no conozco muchos detalles de su niñez, sólo que vivió en medio de dificultades económicas bajo la educación y tutela de sus muy jóvenes padres.&amp;nbsp;A él le tocó ser&amp;nbsp;el mayor de&amp;nbsp;los tres hijos de la familia. Desde muy pequeño utilizó lentes, mismos que con el paso de los años le marcaron la personalidad que ahora tiene y que hacen que pocos puedan imaginarlo sin ellos. Debido a la situación económica en la que vivía la familia, su padre lo obligaba a ser responsable en gastos, con disciplina casi militar. No obtenía un lápiz nuevo si no entregaba a cambio el que venía usando y al cual no era posible ya&amp;nbsp;sacarle punta porque no había grafito disponible que lo permitiera. Su afición, casi vicio, eran los libros. Desde niño su vida le parecía incompleta si no leía al menos un capítulo de algún libro por día.&amp;nbsp;¿Qué tipo de libros leía?&amp;nbsp;En realidad no había un tema específico o predominante. Lo mismo podían encontrarse en sus libreros&amp;nbsp;ejemplares de novelas policiacas que&amp;nbsp;enciclopedias temáticas, literatura clásica, economía, religión, deportes, poemas, revistas, almanaques, tesis, hasta libros manuscritos en algún idioma extraño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Amante también de la música, no era raro escucharlo cantando a todo pulmón en su casa algunas estrofas de óperas que interpretaba en Italiano fingiendo la voz del más experimentado &lt;em&gt;Tenor&lt;/em&gt;. No sé si sería su energía en estas interpretaciones exclusivas, pero más de uno tarareaba involuntariamente las mismas estrofas aún cuando él no se encontraba. Era algo contagioso no por la letra en sí (que nadie comprendía), sino por la fuerza que él proyectaba al cantarla. Poco a poco fue creciendo y todo el mundo lo reconocía principalmente por dos de sus mayores cualidades: su buen humor y el conocimiento que tenía sobre casi cualquier tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron los años y se dedicó en un inicio a la Contabilidad. Durante varios años desarrolló actividades de control de efectivo, estados de resultados, balances, manejo de ingresos y egresos para varias compañías. Y aunque era bastante efectivo en su labor, no podría decir que se sentía feliz haciendo su trabajo. Claro, le daba para comer y mantenerse, pero no era precisamente algo que lo apasionara. Por eso, cuando en una ocasión un amigo le comentó que en cierta editorial estaban buscando traductores para los nuevos &lt;em&gt;Best-Sellers&lt;/em&gt; que llegaban desde Estados Unidos no lo pensó dos veces. Era la oportunidad perfecta para leer cosas nuevas, darles su toque personal en la traducción y seguir aprendiendo cada vez más. Fue así que inició su carrera como editor y traductor, que más tarde lo hizo&amp;nbsp;incursionar en el&amp;nbsp;campo del periodismo e incluso en el de escritor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le resultaba fácil llevarse bien con la gente gracias a su carácter afable y siempre risueño. La mayoría solía admirarse de la cantidad de conocimiento acumulado que tenía en su mente y se maravillaban por su extraordinaria memoria. Sin importar el tema, solía arrancar expresiones de sorpresa y la típica pregunta para él: &lt;em&gt;¿cómo sabe tanto?&lt;/em&gt; Siempre modesto, solía contestar: &lt;em&gt;Un día que no tenía mucho qué hacer leí un poco de eso y se me quedó grabado&lt;/em&gt;. Siguiendo esa lógica, debió tener muchos días sin cosas qué hacer. Al principio solían llamarlo Pepe, de cariño. Luego, por el respeto que cada vez más personas le tenían, comenzó a acuñar el nombre con el que hoy en día lo conocen casi todos: Don José.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre los libros que él mismo compraba, más lo que tenía (en inglés y en español) por sus traducciones, y aquellos que les compraba a sus popios hijos, llegó a llenar varios libreros y otros muebles que originalmente estaban destinados a cubrir otras funciones pero que, por falta de espacio, terminaron albergando varios cientos de libros cada uno. Sin exagerar en lo más mínimo, eran miles de libros los que tenía en su propia casa. Era difícil no encontrar uno sobre algún tema específico. Cuando alguna visita llegaba a su casa y veía la cantidad impresionante de libros era común escuchar una pregunta: &lt;em&gt;¿Y apoco los ha leído todos, Don José?. &lt;/em&gt;Con una sonrisa solía contestar:&lt;em&gt;&amp;nbsp;Sólo los interesantes.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre tuvo una sólida fe en su religión. Asistía regularmente a las ceremonias y procuraba participar de forma activa en ellas. Al principio simplemente uniéndose al coro de su iglesia, después pasó por varias etapas en donde realizó actividades que incluyeron la lectura de las escrituras, recolección de limosnas,&amp;nbsp;asistencia en la comunión,&amp;nbsp;etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claro, estas son sólo algunas actividades que él realizaba, pero para dar una idea más clara de su versatilidad, debo mencionar que en diversas épocas de su vida tuvo actividades de lo más variado: fue un excelente jugador delantero de futbol soccer, fotógrafo, dibujante, nadador, maestro de matemáticas, contador, poeta, reportero y cantante. Era, por tanto, difícil de complacer. Llegué a ver cómo se tomaba el tiempo para revisar todos y cada uno de los libros de texto gratuito que sus hijos llevaban en la primaria y, con un lápiz rojo, marcaba las faltas de ortografía que encontraba, los errores de redacción e incluso hacía anotaciones para corregir el estilo. Podía oírsele repetir frases como: &lt;em&gt;"¿Quién escribió esto? Que primero aprendan a escribir y luego pretendan enseñar Ciencias Naturales"&lt;/em&gt;. Y ni hablar de temas de Historia de México. Solía leer lo que venía en los libros de texto y platicar con su esposa sobre la serie de hechos con los que difería de acuerdo con lo que él había leído en otros textos más especializados. Era definitivamente un perfeccionista. Recuerdo una ocasión en que, tratando de despertar la creatividad de sus hijos, les pedía escribir o dibujar alguna historia o cuento. Indenpendientemente de lo que cualquiera de sus tres hijos creara,&amp;nbsp;ningún trabajo parecía&amp;nbsp;complacerlo nunca. Eso sí, jamás dejó de animarlos para seguirlo intentando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero su vida no ha sido fácil (¿alguna lo es?). Por cierre de diversas editoriales en las que trabajó en varias ocasiones se vio&amp;nbsp;desempleado aunque nunca por mucho tiempo. Siempre había quien le ofrecía un nuevo trabajo o, al menos, algún proyecto tipo &lt;em&gt;freelance&lt;/em&gt; para alguna casa editorial. Tuvo que rolar turnos en algunos periódicos y comenzó a descuidar su alimentación. En algún momento de su vida desarrolló diabetes, situación que le produjo una profunda drepresión y un cambio de carácter que lo hacían verse más viejo de lo que realmente era. Alguna vez, a pocos días de haber presenciado la dolorosa muerte de su padre a causa del cáncer, se encontraba reparando su auto (porque también sabía algo de mecánica) cuando, en un descuido, una de las bandas del motor le arrancó dos de los dedos de su mano derecha. Era la época de su vida en que dependía totalmente de su máquina de escribir (que usaba haciendo gala de una mecanografía impecable) para hacer su trabajo y, sin dos dedos, ésta se convertía en una labor para titanes. No mucho tiempo después empezó a enfrentar algunos problemas con sus hijos: todos decidieron irse de su casa aunque por diversas causas. Esto le produjo la sensación de ser un mal padre, aunque esto en realidad era una percepción equivocada de lo que estaba pasando. Su salud comenzó a deteriorarse aún más y en dos ocasiones tuvo infartos cardiacos. Pasó por una angioplatía y varios tratamientos buscando limpiar y desbloquear sus arterias. Cada tratamiento complicado siempre por la diabetes que siempre provocaba que sus niveles de azúcar alcanzaran niveles peligrosos durante los procedimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero una vez que su salud mejoró, Don José buscó sentirse mejor asistiendo a reuniones donde enseñana a otros sobre religión, el estudio de la Biblia y otros asuntos relacionados con su fe. Esto no pareció llenarlo espiritualmente del todo, así que dedicó gran parte de su tiempo asistiendo a hospitales para animar a enfermos, generalmente terminales. ¿Sería esto una forma de sentirse afortunado por verse en una situación mejor que ellos? No necesariamente. Siempre lo vio como un medio de transmitir apoyo y compañia a gente necesitada espiritualmente. Conoció a mucha gente y mucha gente lo conoció a él. Se hizo poco a poco necesario para muchos y parecía siempre infundir cierta tranquilidad a quienes lo buscaban. No es que fuera un predicador o que prometiera un mundo mejor a quienes lo escuchaban, la mayoría de las veces sólo escuchaba cómo se sentía la gente y procuraba hacerlos sentir bien al hablarles sobre estadísticas y&amp;nbsp;hechos relacionados. En ocasiones simplemente ponía en términos fáciles de entender lo que los médicos explicaban en su jerga de expertos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recientemente Don José volvió al hospital. Pero esta vez como paciente. Originalmente se pensaba que un infarto cerebral fue lo que lo había llevado allí. Luego fue determinado que un tumor fue el culpable.&lt;br /&gt;Mucha gente ha ido a visitarlo en estos días. Familiares, amigos y uno que otro extraño. El día de hoy lo vieron algunos conocidos de su comunidad. &lt;em&gt;"Todos estamos rezando por usted, Don José"&lt;/em&gt;, le aseguraron. Él, con su habla algo deteriorada, contó cómo algunos estudios han probado que el poder de la oración logra que la gente mejore su salud. No se sabe si es por la concentración de la energía, por algún poder divino o si es sólo una coincidencia. Sea por la razón que sea, aquellas personas prometieron seguir orando por su salud y juntar más gente que se sumara al esfuerzo. Por mi parte, aunque me crié bajo las reglas del catolicismo, no he seguido dichas reglas últimamente y mis creencias han cambiado en muchos sentidos. Sin embargo, no dejó de parecerme interesante la plática y su fe en que todo estaría mejor. Por supuesto, quise sumarme a la lucha. Por eso, cuando todos se despedían de él y le decían: &lt;em&gt;"No se preocupe, Don José, se va a poner bien"&lt;/em&gt;,&amp;nbsp;sólo pude&amp;nbsp;decir: &lt;em&gt;"Sí, papá, te vas a poner bien"&lt;/em&gt;.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-6007232960576155510?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/6007232960576155510/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/don-jose.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6007232960576155510'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/6007232960576155510'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/don-jose.html' title='Don José'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-3173174714437060447</id><published>2009-11-22T17:02:00.000-06:00</published><updated>2009-11-22T17:02:29.283-06:00</updated><title type='text'>Aprendiendo...</title><content type='html'>Hay semanas que quedan marcadas en nuestras mentes por algún hecho en particular o, a veces, por la sucesión de coincidencias encontradas al paso de los días. Para mí, esta semana estuvo llena de pifias que, más que traerme problemas o molestias, me provocaron curiosidad y hasta diversión. Aunque fueron muchas las situaciones que puedo mencionar, me enfocaré sólo en unas cuantas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin la menor duda, la que llamó más mi atención fue la ocasionada por una secuencia de correos que se originaron en forma masiva dentro de la empresa en la que trabajo. Todo inició de una forma sumamente inocente: alguien mandó un correo solicitando acceso a una herramienta. El problema fue que lo mandó a un grupo con varios cientos de integrantes. Se empezaron a generar todo tipo de respuestas interminables con respecto a esta solicitud. Gente que le&amp;nbsp;contestaba a todos&amp;nbsp;que no era la indicada para dar el acceso, gente que pedía ser retirada de la conversación&amp;nbsp;y gente que se preguntaba por qué estaba incluida en ese grupo. Por supuesto, no fueron los únicos tipos de respuesta que se recibieron. Esto me hizo pensar en las personas que se atrevían a mandar un correo de respuesta a todo el mundo haciendo todavía más grande el problema. Definitivamente todas podían ser consideradas &lt;em&gt;Spammers&lt;/em&gt; pero de diversos tipos. Después de revisar todos los correos que recibí me permito presentar la clasificación que hice sobre estos &lt;em&gt;spammers&lt;/em&gt;. Aunque los mensajes fueron enviados en inglés, hago la traducción lo más apegada a los correos originales:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Host&lt;/strong&gt; (el que origina la epidemia): ¿Me pueden dar acceso a esta herramienta?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Egocéntrico&lt;/strong&gt; (cree que es el único en el grupo): Yo no soy el responsable de esta herramienta&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt; (aquí se suman decenas): ¡Yo tampoco!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Cortado&lt;/strong&gt;: ¡Sáquenme de esta conversación!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spamners Borregos&lt;/strong&gt; (nuevamente decenas): ¡A mí también!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Lógico&lt;/strong&gt;: ¡Dejen de mandarme Spam!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡A mí también!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Didáctico&lt;/strong&gt;: Pueden generar una regla para mandar a Deleted Items todo lo que vaya a esta lista.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Geek&lt;/strong&gt;: La nueva versión de Outlook incluye una nueva función para ignorar este tipo de conversaciones.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer No Geek&lt;/strong&gt;: ¿Cómo la activo? Sigo recibiendo correos.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Yo también! ¿Cómo se activa?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Geek 2&lt;/strong&gt;: Les mando el procedimiento.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Gracias!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Veterano&lt;/strong&gt;: Llevo 15 años en esta empresa y nunca había visto tan poca cultura de correo electrónico.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer más veterano&lt;/strong&gt;: Yo llevo 20 años y tampoco la había visto&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Yo tampoco!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Experimentado&lt;/strong&gt;: Sí, pasa una o dos veces al año con algún grupo de usuarios&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Estadístico&lt;/strong&gt;: Han pasado 4 horas desde que se mandó el primer correo y ya he recibido 326 mensajes de 293 personas. Eso da un promedio 1.36 mensajes por minuto sobre un tema que no le interesa a nadie.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡A mí tampoco!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Ingenuo&lt;/strong&gt;: Espero que esto ponga fin a esta conversación (mandando a todos a BCC)&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer de Acción Retardada&lt;/strong&gt;: ¡Yo no puedo darte acceso!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Yo tampoco! ¿No lo entienden?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Host arrepentido&lt;/strong&gt;: Disculpen por todo el Spam generado. Ya no me incluyan a la herramienta.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡A mi tampoco!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Ignorante&lt;/strong&gt;: ¿Para qué es esta herramienta? No sé por qué tengo acceso.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Yo tampoco!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Geek frustrado&lt;/strong&gt;: No le cambien el subject a la conversación porque vuelvo a recibir los correos que ya había logrado bloquear.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammers Borregos&lt;/strong&gt;: ¡Yo también!&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Spammer Disléxico o que no habla inglés&lt;/strong&gt;: "¡También, mi!"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y no es que fueran todas las respuestas, pero por espacio y tiempo no las incluyo todas.&lt;br /&gt;Sé que esto hubiera sacado de sus casillas a más de uno, pero yo preferí tener un poco de diversión a raíz de esta situación curiosa. Sobre todo porque se da dentro de una empresa que promueve la productividad a través de sus herramientas. En casa del herrero, azadón de palo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como esta situación hubo otras que resultaron al final cómicas, como el envío de un mensaje indicando equivocadamente que era cumpleaños de un compañero (seguramente recibió más felicitaciones que su homónimo), un desyuno casi frustrado por apagar el celular tratando de no recibir llamadas indeseadas (afortunadamente el pago de mi café matutino me hizo notarlo). Incluso tuve situaciones en que, aún sin poder atenderlas de forma inmediata, lograron resolverse sin mayor intervención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué determina que estas situaciones se conviertan en algo divertido en lugar de ser un dolor de cabeza? Aunque aquí podría mencionar varias teorías sobre la forma de ver los problemas, el vaso medio lleno o medio vacío, la actitud y cosas así, creo que, a final de cuentas,&amp;nbsp;es la gente con la que las compartimos. Recibí&amp;nbsp;innumerables&amp;nbsp;bromas&amp;nbsp;sobre los correos de spam,&amp;nbsp;no dejamos de reirnos sobre la situación del compañero&amp;nbsp;y su&amp;nbsp;no-cumpleaños y en realidad disfruté muchísimo&amp;nbsp;el desayuno que por poco me pierdo. Sin temor a equivocarme puedo decir que ninguna de estas situaciones hubieran siginificado nada de no haber sido por la gente con quienes las compartí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante muchos años me dediqué a trabajar arduamente, cumpliendo con mis objetivos, esforzándome por ser el mejor en mi puesto. Muchas veces llegué a considerar que sólo yo podía arreglar ciertas situaciones y que dejarlas en manos de otros sería irresponsable. Lo único que conseguí fue tener menos tiempo para mí y para las cosas que me gustaban (poniendo mentalmente la idea que mi trabajo era lo que yo más disfrutaba). Y no es que no me guste mi trabajo, es sólo que me gusta más el poder compartir mis experiencias con la gente que quiero. Déjenme comentar algo adicional para tratar de explicar lo que pienso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siento mucha admiración por la gente que ha puesto mucho esfuerzo tratando de hacerme aprender algo. En especial por varios de los maestros que he tenido a lo largo de mi vida. Tal vez uno de los más importantes lo tuve cuando estudié la carrera y que, en cierta ocasión, nos recomendó una película. "Es una película realmente buena y que, quizás por yo ser maestro, me llegó de forma única, realmente se las recomendo", dijo al frente de toda la clase. "Se llama &lt;em&gt;La Sociedad de los Poetas Muertos&lt;/em&gt;", concluyó. Por supuesto, habiendo sido recomendada por una persona admirable para mí,&amp;nbsp;fue la película que decidí ver el siguiente fin de semana. Dentro de la historia que narra la película, había varios personajes que, curiosamente, podían tener la misma edad que yo tenía entonces. Había varias facetas en cada uno de ellos con las que llegué a identificarme, pero en especial hubo un personaje que definitivamente tenía mucho que ver conmigo. Un muchacho sumamente tímido, Todd, que se aventura a seguir a otros en la búsqueda por sentirse parte de algo, en la búsqueda, diría yo, por sentirse vivo. No es mi objetivo contar la trama de la película aquí pero muchas cosas tienen que ver con el tratar de disfrutar y aprovechar cada día que se vive (&lt;em&gt;Carpe Diem&lt;/em&gt;), y que Todd entendió perfectamente sabiendo rendir tributo a sus compañeros y a sus maestros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hace muchos años que dejé mis estudios formales, pero aún existen muchas personas que siguen siendo maestros para mí día con día. Son todos aquellos que me enseñan a aprovechar y a disfrutar cada situación aunque al principio parezca incómoda o molesta. En esos casos, soy sólo un alumno tímido deseando poder aprender todo lo que ellos se esfuerzan por enseñarme. Puedo parecer, como uno de ellos comenta en su blog, "un alumno de utilería" a veces, que no interviene en el desarrollo de la clase, que se mueve el mismo ritmo de otros, que se ríe en el mismo momento que todos, pero que internamente está aprendiendo, tal vez más que los demás porque me interesa lo que tienen que decir. Por supuesto, llega un momento en que es necesario dejar de ser de "utilería" y convertirse uno mismo en maestro y así rendir tributo a quienes nos han mostrado parte de las vivencias que han tenido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribir este blog es sólo parte de tratar de enseñar algo, aunque sean pequeños detalles. Es tratar de ofrecer respetuosamente un agradecimiento a la gente que me acompaña en mi vida. Tal vez mandándome algún mensaje al celular, haciéndome bromas sobre los correos de spam recibidos, invitándome a reuniones o simplemente compartiendo una plática ocasional. No sé si exista otra cosa que nos haga disfrutar cada actividad que hacemos. Compartirla con amigos es la mía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-3173174714437060447?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/3173174714437060447/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/aprendiendo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3173174714437060447'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/3173174714437060447'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/aprendiendo.html' title='Aprendiendo...'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4568762396616648340</id><published>2009-11-17T18:35:00.001-06:00</published><updated>2009-11-17T19:31:41.041-06:00</updated><title type='text'>De cuadritos...</title><content type='html'>Gracias al reciente puente que tuvimos, pude aprovechar para salir con mis hijos y visitar algunos lugares cerca de Querétaro. Debo confesar que una de mis principales preocupaciones antes de nuestra salida era que mis hijos no se aburrieran en la búsqueda de actividades que pudieran llevarlos a despegarse un rato de las consolas de videojuegos (sí, en plural). Tal vez esto suene exagerado, así que para definir mejor la situación real diré que aparte de los videojuegos estaba yo compitiendo también contra el &lt;em&gt;Messenger&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;YouTube&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Facebook&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;Hi5&lt;/em&gt;, series de &lt;em&gt;Animé&lt;/em&gt;, series de comedia, ensayos de su banda de &lt;em&gt;Metal&lt;/em&gt;, salidas con amigos y, por supuesto, con sus novias. No todo era videojuego, después de todo. Afortunadamente, como padre hay que desarrollar ciertas habilidades de convencimiento con los hijos para usarse en estas situaciones: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;: Entonces ¿vamos o no?&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ellos&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&lt;em&gt;¿Pero a qué?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;Pues a distraearnos, a divertirnos haciendo otras cosas.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Uno de ellos&lt;/strong&gt;:&amp;nbsp;&lt;em&gt;Yo no estoy aburrido.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El otro&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;Yo tampoco&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;: Bueno, pero para hacer cosas diferentes y no estar todo el fin de semana encerrados.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Uno de ellos&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;Yo estoy bien así&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El otro&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;Yo también&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Yo&lt;/strong&gt;: Ok, si no vamos cancelo el Internet.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ellos&lt;/strong&gt;: &lt;em&gt;¿Cuándo nos vamos?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como dice el dicho: Hijo de geek... navega. Claro, ellos saben que si yo quisiera navegar puedo usar mi celular aunque sea un poco más lento (tampoco me iba a dar un tiro en el pie yo solo&amp;nbsp;¿verdad?). Así que una vez todos convencidos salimos con la idea de estar 2 días conociendo y re-visitando lugares. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salimos el sábado por la mañana temiendo un poco encontrarnos con todo el tráfico intenso de los puentes, pero para nuestra sorpresa no tuvimos mayor contratiempo. Sólo&amp;nbsp;algunos autos amontonados en las casetas para poder pagar la respectiva cuota. Fuera de eso, sin problemas.&amp;nbsp;Llegamos todavía con buen tiempo para aprovechar el día y empezamos nuestro recorrido pero&amp;nbsp;no sin antes disfrutar de la tradicional comida que puede encontrase en diversos lugares típicos de la región, por supuesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin importar mucho los lugares que tuvimos oportunidad de visitar, algo que me llama siempre la atención es la tranquilidad con la que se vive fuera de la ciudad. Aunque se ve movimiento por todos lados, la gente siempre tiene tiempo para una pequeña plática, para dar más información, para hacer sentir bienvenido al visitante. Es posible caminar por las calles por las noches sin el temor latente de ser asaltado o algo peor. Los turistas pasan largos ratos tomando fotos de los variados paisajes y construcciones&amp;nbsp;que pueden verse por todos lados. Yo mismo&amp;nbsp;tomo algunas&amp;nbsp;fotos con mi celular y casi de inmediato las comparto en Internet (sí, a veces es algo adictivo mantenerse en contacto). Así recorrimos muchos sitios, en compañía de grupos de amables desconocidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese a que pueden encontrarse también muchísimos mercados con artesanías, algo que atrajo mi mirada al recorrer uno de ellos fue algo no tan artesanal ni típico. Entre máscaras de madera,&amp;nbsp;utensilios de peltre,&amp;nbsp;tazas y ollas de barro, pude distinguir los colores de un objeto que me resultó familiar. En el tiempo en que se hizo popular en todo el mundo se le llamó Cubo Mágico (al menos en México), aunque más ampliamente se le conoce como Cubo Rubik. Todos lo conocemos: Un cubo&amp;nbsp;cuyas caras son&amp;nbsp;de diferente color (tradicionalmente rojo, anaranjado, azul, blanco, verde y amarillo) y que&amp;nbsp;consta de un mecanismo que permite&amp;nbsp;"revolver" cada pieza que lo forma para combinar sus colores. Obviamente, el objetivo final consiste en volver a armar todo el cubo de&amp;nbsp;suerte que sólo pueda verse un color&amp;nbsp;en cada una de sus caras. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SwNOOHkh9jI/AAAAAAAAACQ/qUaKOxVYcBI/s1600/Rubik.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SwNOOHkh9jI/AAAAAAAAACQ/qUaKOxVYcBI/s200/Rubik.jpg" yr="true" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"¡Yo sé armar esos!" intenté presumir ante mis hijos mientras señalaba uno de los varios cubos que estaban a la venta. Los dos se&amp;nbsp;voltearon a ver el&amp;nbsp;uno al otro durante un momento y casi al unísono dijeron "¡Cómo crees! No es cierto". "Sí, de verdad. Aprendí a armarlos de niño", respondí. "¿De niño? ¿Cuántos años tenías cuando aprendiste?", fue su siguiente pregunta. "Iba en 5o. de Primaria", contesté haciendo memoria. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¡Primaria! ¿Quién te enseñó?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- Un compañero del salón.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¿Otro niño? ¿Y cómo te enseñó?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- Un día al final de clases me estuvo explicando.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;¿En un sólo día? No te creo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- Bueno, ese día me enseñó. Al siguiente me ayudó con unas dudas que tuve, pero nada más.&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Ah, entonces no debe ser tan difícil.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- No, no es tan difícil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No me había dado cuenta&amp;nbsp;del trabajo que costaba creer que yo pudiera armar un Cubo Rubik. Pero bueno, después de recibir tanta motivación y consideración de parte de mis hijos, decidimos que la única forma de probar que una persona como yo podía armarlo era comprando el famoso juguetito. De hecho compramos dos para que les pudiera ir enseñando cada moviemiento en uno&amp;nbsp;mientras ellos mismos lo ponían en práctica en el otro. Debo decir que me sentí un poco presionado porque habían pasado ya muchos años sin haber tenido un cubo de esos en la mano. Intenté no mostrar mi miedo al fracaso y sin pensarlo mucho saqué de su empaque el juguete y comencé a desarmarlo de forma que ninguna cara estuviera completamente de un solo color. Fanfarroneando un poco pregunté "¿qué color elijen?". "¿Color? ¿Qué sólo vas a armar una cara?" preguntaron casi con burla. "¡No! es para ver con qué color comienzo y que vean que no hay truco", respondí. "Azul", dijo el mayor. Y así empecé mi intento por armar la cara de ese color. Me pareció increíble cómo, conforme iba avanzando, recordaba poco a poco los siguiente movimientos. Continué girando el dispositivo varias veces,&amp;nbsp;y al cabo de unos 3 ó 4 minutos dije "¡Ahí está!". Mis hijos voltearon buscando verificar&amp;nbsp;que realmente hubiera podido armar completamente la cara de color azul. "¿Qué?", exclamaron. "¿Todo? ¿Cómo...?", fue su única expresión al ver el cubo completamente armado. De inmediato surgió en ellos la curiosidad de saber cómo lo había logrado. Si alguien como yo podía hacerlo, seguro ellos también.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue así que acaparé su atención con los primeros movimientos básicos hasta finalmente mostrarles cómo completar cada color en las diversas situaciones que pueden presentarse. Desde ese momento, los veo con el cubo en la mano, dándole vueltas. Armando y desarmando caras. Tratando de encontrar cómo lo había conseguido yo tan rápido. Por supuesto, no es algo que se domine desde el principio. Algo que no les dije es que en las épocas en que el Cubo era muy popular se organizaban concursos para ver quién lo armaba más rápido; después de varios cubos rotos por frustraciones, innumerables experimentos por colocar las piezas con menos movimientos, aflojando tal vez cientos de dispositivos del cubo por tantas vueltas, yo me había convertido en uno de los más rápidos en su armado. Claro, nunca fui el más rápido. Pero la práctica me llevó a armarlo en poco más de un minuto como tiempo normal. Por increíble que parezca, el día que regresamos a casa fue poco el tiempo en que mis hijos estuvieron conectados en Internet. Y ese poco tiempo que lo hicieron fue para consultar los "tips &amp;amp; tricks" del armado del cubo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con esto no quiero decir, ni remotamente, que he cambiado sus intereses o que de alguna forma esté pensando en que armarán miles de veces el Cubo Rubik como lo hice yo alguna época de mi vida. Pero me sentí gratamente emocionado al ver su expresión cada vez que volvía a armarlo. Incluso, una vez armado, formaba nuevas figuras que les arrancaba un "¿Cómo le hiciste?" que me hacía sentir especial. Recuerdo que hace años asociaban a las personas que podían armar el cubo con genios. Hoy sé que no hay nada más falso que eso (¡hasta yo sé armarlo!), pero ocurre algo similar a cuando se logra algo en el día a día, durante el trabajo o en la casa: no importa cuán pequeño nos parezca, puede llegar a impresionar a otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer por la noche me di cuenta de que ya era tarde y aun escuchaba a mis hijos despiertos. Fui a ver qué pasaba. Ambos tenían en la mano su cubo y trataban de armar un poco más antes de irse a dormir. "Mañana les enseño otros trucos para armarlo más rápido, pero&amp;nbsp;ya duérmanse", les dije. Y como si hubiéramos hecho algún tipo de trato muy conveniente para ellos contestaron: "¡Sale!". Pusieron el cubo a un lado y se fueron a dormir. Quedé pensativo por algún rato tratando de descifrar lo que hacía tan importante el saber armar el cubo para ellos. ¿Sería el poder ir a presumirlo con sus amigos?, después de todo son adolescentes y viven del reconocimiento y aprobación de los demás. ¿O acaso tiene que ver con el deseo de logro, de ponerse una meta y luchar hasta conseguirla? ¿Podría ser, en un remoto caso, el interés de imitar o adquirir un pasatiempo de su propio padre? Cualquiera que sea el caso, me alegro de saber armar el cubo todavía y poder enseñarle a mis hijos cómo hacerlo. Después de tantos años de haberlo aprendido, hoy me siento orgulloso y deseoso de llegar a casa para seguir maravillándome al ver su rostro cada vez que el cubo se arma. La emoción que veré será cada vez menor, lo sé. Pero mientras dure no dejaré de pensar que fui yo quien la provocó y que todavía puedo impresionar a mis hijos para bien.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4568762396616648340?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4568762396616648340/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/de-cuadritos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4568762396616648340'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4568762396616648340'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/de-cuadritos.html' title='De cuadritos...'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SwNOOHkh9jI/AAAAAAAAACQ/qUaKOxVYcBI/s72-c/Rubik.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2041290577198340185</id><published>2009-11-11T18:40:00.000-06:00</published><updated>2009-11-11T18:40:16.357-06:00</updated><title type='text'>Días de Lucha</title><content type='html'>El día de hoy ha sido particular, en muchos sentidos. He previsto mi salida de casa un poco más temprano de lo habitual por las diversas notificaciones de que hoy sería un día complicado gracias a las numerosas marchas y manifestaciones que habrá en la ciudad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como todos los días, me dirijo al lugar donde compro mi café que hoy en especial me hará despertar y olvidarme un poco del frío que siento. El tema de conversación del día son las manifestaciones y si apoyan o no a quienes se manifiestan. Tengo tiempo, así que pido mi café y un panqué para comer allí, tratando también de mantenerme a una temperatura más agradable. Doy un sorbo a mi café disfrutando el calor que va dejando en mi cuerpo. Sin querer, presto atención a lo que discuten dos personas a la distancia. "Es totalmente legítimo que los trabajadores luchen por lo que les quitaron" dice uno. "Bola de huevones. Mejor que se pongan a buscar trabajo donde sí hagan algo. Si a ti o a mí nos corren no vamos a hacer una marcha" fue la respuesta del otro. Y así continuaron los argumentos. Uno defendiendo la "lucha", el otro repudiándola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dirijo a las oficinas del cliente evitando todos los puntos de conflicto por las marchas. Aun así, paso por un lugar donde se han reunido varias personas. Portan algunas mantas con logotipos de su antigua empresa y de su siempre alentador sindicato. No alcanzo a escuchar con claridad lo que dicen a gritos. Sólo puedo pensar en el número de personas que son (no más de 30) y si en realidad tienen la convicción de que algo resolverán en su manifestación. Por supuesto, me alegra haberlos visto donde no bloqueaban el camino por el que me disponía a pasar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llego al estacionamiento y en lugar de la típica fila para que los "valet" reciban mi auto me encuentro la entrada totalmente despejada. Entrego las llaves e inmediatamente veo la razón por la cual no hay casi nadie circulando por las calles: Otro grupo manifestándose casi en la entrada de las oficinas de mi cliente. Esta vez sí bloquean la calle pero eso me ayuda a&amp;nbsp;entrar sin tanto problema como en otros días.&amp;nbsp;Pocos han llegado. Incluso adentro del edificio donde ya tengo mi lugar asignado escucho los gritos de los manifestantes. Los pocos que han llegado se asoman por las ventanas como tratando de averiguar algo. Tal vez el número de manifestantes, tal vez la ruta que tomarán, tal vez intentando descifrar todo lo que a gritos expresan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco a poco llega la gente que trabaja en el edificio donde me encuentro. Algunos encontraron problemas en el camino, la mayoría no. Al principio la gente comenta sobre el asunto, pero conforme avanza el día cada quien se dedica a hacer su trabajo. Poco a poco, todo regresa a la normalidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchas veces, como ahora, he reflexionado un poco acerca de los beneficios que se obtienen al llevar a cabo una marcha. Honestamente no creo que sea mucho lo que se gana, pero al haber tantas manifestaciones y protestas en esta ciudad ya tengo serias dudas al respecto. Mi curiosidad es mucha y estoy considerando seriamente organizar una marcha en el piso 24 del edificio donde está mi empresa. El motivo aun no lo he definido bien, pero no creo que sea importante tanto como la cantidad de gente que puedo reunir. Solo necesito una forma de convencerlos de que me apoyen en mi causa justa (que sigo sin definir). Digo, siempre hay algo de lo que uno pueda quejarse y nos haga gritar con sentimiento "El pueblo unido jamás será vencido" y similares. Por supuesto que tendrían que hacerse algunas modificaciones para que impactara en una empresa de tecnología, como por ejemplo "Los geeks unidos cambiarán el mundo... aunque necesitamos el código fuente" o "Queremos tener una vida normal... pero&amp;nbsp;no tenemos acceso al sitio para descargarla". Claro, no seríamos muchos en el lugar, pero tendríamos una cantidad impresionante de seguidores vía &lt;em&gt;Twitter&lt;/em&gt;. Para los más conservadores podríamos crear una sesión remota de &lt;em&gt;Live Meeting&lt;/em&gt; y transmitir todo por video que posteriormente publicaríamos en &lt;em&gt;You-tube&lt;/em&gt; para difundir nuestros reclamos.&amp;nbsp;Crearíamos&amp;nbsp;una nueva "Causa" en &lt;em&gt;Facebook&lt;/em&gt; para que los que quieran puedan&amp;nbsp;unirse y darnos su &lt;em&gt;e-apoyo&lt;/em&gt;.&amp;nbsp;El tráfico sería un caos, el tráfico en la red, claro. Actos de rapiña y hackeo contra los que se opongan. Sí, podemos poner a todo el mundo a nuestro favor para conseguir lo que deseamos, todo es cuestión de usar los medios adecuados (DVD es recomendado). Obviamente, tendríamos que tomar nuestras precauciones porque en estos casos los complots están a la orden del día y, con tal de hacer callar nuestra voz, no me extrañaría que se liberara algún nuevo virus tipo AH1N1 v2.3.2 que nuestro sistema inmunológico no lograra detectar y tuviéramos que irnos todos a cuarentena. Y sin embargo, aun si todo saliera en &lt;em&gt;Successful&lt;/em&gt;, no sé si eso nos llevaría a un incremento de sueldo o a mejores prestaciones, pero seguro seríamos escuchados (siempre y cuando el puerto en el firewall se encuentre abierto). Y ya en el último de los casos, los que tenemos cuenta en &lt;em&gt;LinkedIn&lt;/em&gt; podemos publicar nuestro nuevo estado para verificar oportunidades en otros lados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, definitivamente creo que la lucha vale la pena, más que la causa en algunos casos. Por eso invito vía este blog a los que, cansados de las manifestaciones en la calle, busquen una forma más civilizada de manifestarse. Seguramente no conseguiremos nada (tampoco los otros lo consiguen) pero al menos formaremos parte de esta nueva forma de hacer valer nuestros derechos reservados.&amp;nbsp;No hay que tener miedo, este blog ha sido revisado contra malware y es totalmente seguro (ok, no es https pero a quién le importa). Olvídense un momento del estrés de la rutina (rutina diaria, no rutina de programación), y si están de acuerdo firmen digitalmente al final de esta entrada (pongan un comentario, pues). La lucha es nuestra y la fuerza es igual a la masa por la aceleración. Así que aprovechemos la masa (porque no creo que haya mucha aceleración) y juntos gritemos al unísono: "I'm a PC!!... ¿y qué?"&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2041290577198340185?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2041290577198340185/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/dias-de-lucha.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2041290577198340185'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2041290577198340185'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/dias-de-lucha.html' title='Días de Lucha'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-4251894255101947837</id><published>2009-11-07T16:17:00.000-06:00</published><updated>2009-11-07T16:17:14.684-06:00</updated><title type='text'>¿Bueno?</title><content type='html'>Creo que todos hemos aprendido en algún punto de nuestra educación formal que el modelo básico de comunicación (al menos entre humanos) está formado por varios elementos tales como: Emisor (el que envía el mensaje), el Receptor (el que recibe el mensaje) y el Mensaje en sí. Claro, conforme vamos avanzando en el estudio nos damos cuenta de que existen otros componentes involucrados: el medio o canal de comunicación, posiblemente un codificador, y su correspondiente decodificador. Para complicar aún más las cosas, algunos autores incluyen elementos adicionales como el ruido o interferencia que puede provocar que la comunicación se distorsione o, incluso, que se interrumpa. Y bueno, sólo para no dejar olvidado ninguno, enumeraré la lista de componentes según la recopilación que hago de los apuntes de secundaria de uno de mis hijos: Fuente o Emisor (Remitente), Transmisor, Sistema de Transmisión, Receptor, Destino (Destinatario), Utilización del sistema de transmisión, Implemento de la Interfaz (así dice), Generación de la Señal, Sincronización, Gestión del Intercambio, Detección y corrección de Errores, Control de Flujo (no vienen más datos al respecto, así que no pregunten), Direccionamiento y&amp;nbsp;Retroalimentación. ¿Complicado? Bueno, ojalá todo fuera así de simple.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy en día, la forma más simple de comunicarnos en el trabajo es similar a lo siguiente: Llamada a cliente para confirmar si se conectará a la &lt;em&gt;Conference Call&lt;/em&gt; que iniciará en un par de minutos. Nos pone en espera, por lo que podemos tomar la llamada entrante que interrumpe la primera. Es un compañero de trabajo avisando que se conectará vía &lt;em&gt;Communicator&lt;/em&gt; a la conferencia telefónica pero un poco más tarde de lo esperado, queda en que enviará un mensaje de texto en cuanto se desocupe para que estemos enterados. Regresamos a la llamada anterior sólo para verificar que seguimos en Espera. Nos conectamos al &lt;em&gt;Messenger&lt;/em&gt; y vemos conectado a un amigo con quien no hemos platicado recientemente, abrimos una conversación con él y lo saludamos, quedamos de vernos algún día y nos dice que seguimos en contacto vía &lt;em&gt;Twitter&lt;/em&gt;. Lo cual nos recuerda que no hemos actualizado nuestro estado en varios minutos (sí, minutos) así que rápidamente nos conectamos y tecleamos "Esperando a que el cliente me conteste". Nos llega un mensaje de texto avisando que hay un nuevo depósito en nuestra cuenta de nómina, por lo que, sin descuidar la llamada que sigue en espera, hacemos rápidamente una llamada al Banco por Teléfono para hacer una transferencia entre cuentas propias. Justo al finalizar la operación bancaria, el cliente confirma que sí se conectará, así que vía correo enviamos la presentación y otros documentos a todos los participantes para poder comenzar. Todo esto mientras&amp;nbsp;le hacemos señas&amp;nbsp;al limpia-parabrisas para que no se acerque a nuestro carro y nos disponemos a seguir avanzando por el tráfico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, la forma que tenemos actualmente para comunicarnos ha cambiado drásticamente si la comparamos a como estábamos acostumbrados no mucho tiempo atrás. Tal vez parezca inverosímil, pero todavía recuerdo cuando los teléfonos eran sólo eso: teléfonos. De hecho, recuerdo perfectamente el primer aparato telefónico que tuve en casa. Por supuesto, era apenas un niño de unos 5 ó 6 años y vivía en un departamento pequeño con mis padres y mis hermanos. Un buen día, ocurrió algo que, entre una de tantas cosas que a esa edad no comprendía, llamó especialmente mi atención: Un empleado de&amp;nbsp;&lt;em&gt;Telmex&lt;/em&gt; llamó a nuestra puerta y dijo que venía a hacer la instalación de nuestra nueva línea telefónica. Mis padres lo dejaron pasar y en cuestión de minutos tendió el cable a lo largo de nuestra sala, lo sujetó a la pared con una "pistola de grapas" y finalmente conectó al extremo del cable el tan extraño aparato telefónico color &lt;em&gt;beige&lt;/em&gt;. Después de hacer algunas pruebas para verificar el buen funcionamiento de la línea, concluyó: "Listo, está conectado y funcionando". Han pasado muchos años y aún recuerdo la expresión de alegría que pude notar en la cara de mi madre. Era como si hubiera ganado el premio mayor de la lotería. Apenas podía contener la emoción. Recuerdo que le dije: "¡Estás contenta! ¿Por qué? ¿Qué pasa?" Su respuesta fue simple y todavía con una sonrisa en el rostro: "¡Tenemos teléfono!". Por supuesto, no entendía yo la razón de tanta euforia en aquel momento. "¿Qué tiene de especial esto?" pensé. Algunos tal vez no los recuerden pero los teléfonos de ese tiempo tenían algunas diferencias con respecto a los actuales: En lugar de las teclas con números que hoy conocemos, para poder hacer una llamada era necesario girar una disco (generalmente transparente) que tenía 10 agujeros numerados del 1 al 9 y finalmente el cero. Obviamente cada agujero tenía el tamaño adecuado&amp;nbsp;que permitía insertar un dedo señalando el número a marcar, girarlo en sentido de las manecillas del reloj y llevarlo hasta un tope metálico que estaba comúnmente a la derecha del número 1, esperar a que regresara a su posición inicial y posteriormente continuar con esta secuencia por cada uno de los dígitos que componía el número a marcar. Si uno ponía el auricular en su oído al ir "marcando", podía escuchar los característicos "pulsos" que emitía el disco al regresar a su posición original.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvXxsHwYEiI/AAAAAAAAACI/lmUlPuVDGLQ/s1600-h/Telefono-Disco.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" sr="true" src="http://4.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvXxsHwYEiI/AAAAAAAAACI/lmUlPuVDGLQ/s200/Telefono-Disco.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Por supuesto, las llamadas en espera, conferencias telefónicas, identificador de llamadas y otras funcionalidades todavía no existían y lo mejor,&amp;nbsp;nadie se quejaba al respecto. El uso que normalmente le dábamos al teléfono era muy básico debido a las "limitantes" que existían: Era fijo, es decir que solamente podía ser utilizado cuando había alguien en casa que pudiera contestar al escuchar el tradicional y común sonido tipo "campanilla" que emitía al recibir una llamada. Pero claro, ya empezaba a evolucionar desde entonces. Era posible consultar la hora exacta usando el teléfono al marcar el entonces famoso 03. Ok. sé que no es gran cosa pero fueron los primeros pasos para darle más funciones al mismo aparato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero más allá del aparato telefónico en sí, su importancia siempre ha radicado en comunicar lo que una persona quiere compartirle a otra. ¿Quién no se ha vuelto un poco más loco esperando la tan ansiada llamada de alguien especial para nosotros? Incluso revisando si el teléfono está bien conectado o asegurándonos de que el celular tiene señal. ¿O quién no ha durado muchos minutos, incluso horas, en una sola llamada, sin querer colgar para seguir conversando con aquella persona tan especial? Y desafortunadamente, ¿quién no ha recibido alguna llamada donde no se reciben más que malas noticias, en ocasiones trágicas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy existen cientos de formas para comunicarse, pero algo que hace increíblemente indispensable al teléfono&amp;nbsp;actual es que es portátil y&amp;nbsp;la versatilidad que ofrece para&amp;nbsp;comunicarnos prácticamente en cualquier momento, en cualquier lugar.&amp;nbsp;Los usos son variados, desde un simple "hola" hasta las más elaboradas bromas y comunicaciones a veces impensables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ayer recibí un mensaje de texto&amp;nbsp;en mi celular de una persona muy querida para mí. Aunque con cierta complejidad porque lo escribió en otro idioma, el mensaje era simple: "Siempre serás mi amigo". Fue aquí cuando comprendí la felicidad que sintió mi madre al saberse dueña de un teléfono. No es el valor del aparato, ni la cantidad de personas que con las que te puedes comunicar usándolo. Es la oportunidad que se abre de que&amp;nbsp;las personas que quieres&amp;nbsp;te hagan saber su cariño aunque no estén junto a ti en ese momento.&amp;nbsp;Y la capacidad de romper la barrera del espacio para poder contestar a la distancia "Sí, lo seré".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-4251894255101947837?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/4251894255101947837/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/bueno.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4251894255101947837'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/4251894255101947837'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/bueno.html' title='¿Bueno?'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvXxsHwYEiI/AAAAAAAAACI/lmUlPuVDGLQ/s72-c/Telefono-Disco.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-1121851086699078367</id><published>2009-11-01T20:49:00.002-06:00</published><updated>2009-11-03T16:42:28.773-06:00</updated><title type='text'>Lugares olvidados...</title><content type='html'>Al trabajar en una empresa de tecnología, es difícil pasar por alto que actualmente hay muchas actividades que pueden realizarse eficientemente sin&amp;nbsp;que todos los involucrados tengan que estar forzosamente en el mismo lugar físico. Actividades tales como reuniones, soporte técnico, distribución de documentos, fotos, etc., pueden realizarse fácilmente con herramientas que van desde videoconferencias, sesiones remotas vía Internet, correo electrónico&amp;nbsp;hasta las redes sociales donde es posible transmitir ideas, apoyar causas, jugar y otras suertes antes impensables. Sí, definitivamente, el poder trabajar de manera remota tiene sus ventajas indiscutibles: no hay necesidad de lidiar inútilmente con el tráfico, no hace uno corajes por manifestaciones, plantones, marchas, y sobre todo, es posible aprovechar el tiempo para algunas cuestiones personales. Esto finalmente puede traducirse en lo que muchos llaman "calidad de vida". Hasta aquí creo que la tecnología ha puesto su granito de arena para facilitarnos la vida y dejar en nuestras manos la decisión en cuanto a la forma de utilizar nuestro propio tiempo al ser más eficientes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por desgracia, pese a todas las ventajas con las que ahora contamos en nuestro "día a día", todavía siento que el ajetreo de la vida citadina gobierna abrumadoramente nuestro tiempo. La idea de ser cada vez más productivos, más eficientes, más competitivos, provoca que mientras más tiempo libre logremos hacer gracias a algún avance tecnológico, más tiempo queramos dedicar a seguir trabajando y dejamos de lado experiencias que podríamos disfrutar y saborear mucho más. Hay veces que me convenzo de que muchas personas llegan a sentirse culpables si, por haber terminado rápido alguna tarea de su trabajo, "se atreven" a tomarse un tiempo libre para ellos. ¿Qué caso tiene entonces buscar la forma de hacer las cosas más rápido y mejor? ¿Acaso es tener más tiempo... para trabajar más? Absolutamente no. Permítanme platicarles algo que viví el día de ayer para reforzar mi opinión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo dos hijos que son ya adolescentes y, como tales, están en una época de su vida donde buscan experimentar muchas situaciones que no han tenido la oportunidad de vivir aún. Y aunque como padres debemos orientarlos al respecto, la realidad es que no es tarea&amp;nbsp;fácil estar al tanto de todo lo que hacen ni de cómo lo planean hacer. Bueno, pues algo de lo que no estaba yo enterado es de que mi hijo mayor quedó de verse con su novia en Bellas Artes, y cuando digo Bellas Artes me refiero a que iban a ir a algún cine cerca, no propiamente al Palacio de Bellas Artes. Cuando lo supe, y aclaro que lo supe porque mi hijo me pidió que fuera por él al terminar la película, una de mis primeras reacciones fue mentalmente visualizar el tráfico, los venderores ambulantes, las multitudes yendo y viniendo hacia todos lados. Honestamente pensé "¿Ir al Centro en sábado? ¿A quién se le ocurre? ¿Por qué no buscan un cine más cercano?" A regañadientes acepté pasar por él y quedamos en vernos en el Palacio de Bellas Artes a las 6:30 p.m. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siempre me he considerado una persona puntual, aunque no soy infalible; pero por esta razón pido, casi exijo, que otras personas lleguen a tiempo cuando quedamos vernos en algún lugar. No sé si sea raro o no, pero quienes menos respetan este hecho son mis propios hijos. Sí, así es. Tal vez por eso no me sorprendió que, al dar exactamente las 6:30 pm en el reloj ubicado a un costado de la Torre Latinoamericana, mi hijo no apareciera todavía por allí. Peor aún, al tratar de localizarlo en su celular no podía hacer más que dejarle un mensaje en su buzón de voz. Al parecer lo traía apagado. Cualquier persona sensata se hubiera preocupado inmediatamente, pero al no ser la primera vez que alguno de mis hijos me deja esperando (sí, soy un papá barco), decidí relajarme e ir a pasear un rato por los alrededores. Giré sobre mi eje y quedé de frente al Palacio de Bellas Artes. Como si fuera originario de otro estado, país o planeta, quedé asombrado al contemplar aquella maravilla. Mi mente viajó tratando de recordar la última vez que había entrado allí. No pude precisar el año o la ocasión, pero definitivamente había pasado mucho tiempo. Así que no lo pensé dos veces: me enfilé hacia la entrada. No estaba seguro si iba a poder entrar tan fácil: ¿Cobrarían la entrada? No creo, no veo taquilla afuera&amp;nbsp;¿Acaso sería como en ciertos eventos donde compras por anticipado los boletos y tienes que mostrarlos al portero vigilante? Tomé la decisión de ver cómo actuaban otras personas que ingresaban y, sin tener mayor dificultad, en cuestión de segundos estaba yo adentro. Inmediatamente escuché la interpretación &lt;em&gt;a capella&lt;/em&gt; de un coro del ITESM que se encontraba cantando frente a las escaleras principales. "¿Podré estar aquí gratis?" pensé. Realmente era asombroso el sonido que se producía en aquel espacio. "No puede ser gratis" volví a pensar. "¿O sí?" Estuve embelesado por varios minutos, incluso tomando fotos de aquellos desconocidos. Después de un rato, y sin saber realmente por qué, voltée hacia arriba. Aquella cúpula que siempre había apreciado desde afuera cientos de veces cobraba una nueva forma al ser vista desde adentro. "Cómo es que nunca la había visto?" me pregunté un tanto molesto. "Llevo toda mi vida&amp;nbsp;trabajando, paseando, viviendo&amp;nbsp;cerca de aquí y me había perdido de todo esto". Visité una exposición sobre la historia del propio Palacio de las Bellas Artes, su inauguración, sus primeras obras, los artistas y personajes políticos que habían estado allí a lo largo de los años. Por supuesto, no pude visitar ninguna sala más&amp;nbsp;ya que vi que la taquilla que no encontré afuera se ecnuentra adentro y no todo es de entrada libre y lo entiendo. Pero hasta la tiendita de recuerdos me pareció interesante: instrumentos musicales en miniatura, rompecabezas de El Greco, muchísimas artesanías conmemorativas del Día de Muertos, etc, etc.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvCw38sZXZI/AAAAAAAAABw/ajRoJNuZbWM/s1600-h/Foto-0039.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvCw38sZXZI/AAAAAAAAABw/ajRoJNuZbWM/s200/Foto-0039.jpg" vr="true" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de un rato, recibí una llamada de mi hijo. Iba a tardar más porque el papá de su novia los había invitado a comer y claro, ¿cómo le iba a quedar mal? Menos mal que yo también había encontrado una buena forma de pasar el tiempo y la estaba disfrutando mucho. Pero aún pasaría un rato más antes de que mi hijo y yo nos viéramos, así que opté por hacer algo que tenía años, muchísimos años,&amp;nbsp;que no hacía: caminar por la Alameda Central. Con este rollo del cambio de horario, ya estaba totalmente oscuro y la iluminación dentro de la Alameda no es muy buena que digamos. Afortunadamente, los tan (para mí) temidos vendedores ambulantes todavía seguían ofeciendo sus mercancías e iluminaban gran parte del recorrido. A lo lejos escuché unos tambores. No sabía si era un puesto donde vendían CDs de música o si se trataba de algún espectáculo prehispánico a esa hora. Pero sólo había una forma de saberlo. Mientras intentaba llegar al lugar de donde provenía aquel sonido tan particular de tambores, pude percatarme del día que era: Halloween, o para los cuates, Noche de Brujas. No era raro entonces encontrar gente disfrazada por todos lados. No, no sólo niños. Incluso algunos vendedores ambulantes estaban disfrazados. Era eso o no sé distinguir la moda Dark-Gótica. Y si a eso le sumamos la mezcla de tradiciones que ahora tenemos, no faltaban los niños pidiendo su "Calaverita" usando desde pequeñas cajas de cartón hasta elaborados recipientes adornados como si fueran enormes cráneos. Finalmente fui llegando al lugar de donde provenía el sonido de los tambores. Mis sospechas se confirmaron: era una especie de danza prehispánica combinada con un ritual de veneración a los muertos. Me sorprendió lo fastuoso de aquella escena, así que una vez más quedé maravillado y volví a usar mi celular para tomar fotos de todo aquel espectáculo que resultaba tan desconocido para mí. No sé cuánto tiempo pasé así, fueron varios minutos. Hasta que mi cuerpo comenzó a sentir el cada vez más intenso frío de la temporada y&amp;nbsp;decidí ir a buscar un café, o algo lo suficientemente caliente que me hiciera sentir menos entumido. "En algún lado cerca de aquí debe haber un Starbucks" me conforté. Caminé nuevamente hacia la Torre Latinoamericana cuando ví que sobre la calle Madero se había juntado una enorme multitud. Sí, esas que normalmente evito, pero que por una extraña razón decidí seguir en ese momento. Había varios personajes disfrazados, dos de ellos tenían zancos y permitían que la gente se tomara fotos junto a ellos. Sí, nuevamente tomé mi celular y saqué algunas fotos de los curiosos actores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvCxWBSGH-I/AAAAAAAAACA/D9XmB2p7AQA/s1600-h/Foto-0060.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; cssfloat: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" src="http://1.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvCxWBSGH-I/AAAAAAAAACA/D9XmB2p7AQA/s200/Foto-0060.jpg" vr="true" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Sin darme cuenta, llegué frente al Museo de Arte Popular, donde había a esa hora una exposición relativa al Día de Muertos. Claro, las fotografías no podían faltar una vez más. No era muy grande la exposición así que no pasé mucho tiempo en el lugar y me dirigí nuevamente a buscar un café. En eso recordé: "Aquí cerca están los Churros El Moro. También tiene años que no voy y no me caería nada mal un chocolatito caliente". Sin dudarlo, recorrí el trayecto que me separaba de aquel tradicional lugar. Pese a los años que habían pasado, el establecimiento estaba tal y como lo recuerdo. Sin embargo, estaba llenísimo y es uno de esos lugares en donde no te asignan mesa: cada quién tiene que entrar y buscar su mesa. Lo que se traduce en merodear a los que están sentados, ver a quién le falta menos para terminar y, literalmente, arrojarse a su mesa en cuanto se levantan. No, no estoy exagerando. Pero tampoco me iba a quedar con las ganas y opté por pedir churros y chocolate para llevar. Regresé hacia la plaza de Bellas Artes armado con mi delicioso chocolate en mano y saboreando un rico churro de canela. En eso, mi celular sonó. Era mi hijo preguntando desesperado que dónde andaba yo. Como si tuviera que quedarme parado en el mismo lugar durante las horas que él tranquilamente se tardó comiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lejos de querer discutir el asunto de mi hijo, mi idea es compartir la experiencia de visitar lugares por los que pasamos de forma cotidiana. Dejamos de apreciarlos y sólo pasamos junto a ellos tomándolos como referencia para no perdernos o simplemente para calcular el tiempo que aún nos falta para llegar a nuestra próxima cita de trabajo. Nos llegamos a perder experiencias increíbles por estar preocupados en mantener nuestro alto nivel de productividad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La tecnología se hizo para facilitarnos la vida, para ahorrar tiempo, para cambiar nuestros esfuerzos. Si gracias a ella logramos obtener unos días, unas horas, unos minutos, no los desperdiciemos buscando más trabajo para cubrir los huecos. Usemos ese tiempo para vivir o revivir experiencias que ningún trabajo nos dará. No hace falta ir muy lejos. Los lugares son muchos y muy variados. Y están allí, cerca de nosotros. Esperando a que nos desocupemos de nuestra cotidianeidad para poder ir a disfrutarlos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-1121851086699078367?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/1121851086699078367/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/lugares-olvidados.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1121851086699078367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1121851086699078367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/11/lugares-olvidados.html' title='Lugares olvidados...'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SvCw38sZXZI/AAAAAAAAABw/ajRoJNuZbWM/s72-c/Foto-0039.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-1387733710697235158</id><published>2009-10-25T16:12:00.001-06:00</published><updated>2009-10-26T19:17:43.442-06:00</updated><title type='text'>Marca personal</title><content type='html'>No sé exactamente qué determina lo que nos ocurre cada día. Conozco gente que, sin la menor duda, atribuye su suerte a lo que indique su horóscopo. Claro, no cualquier horóscopo sino el que ellos han elegido como verdaderamente confiable... que, por cierto, puede no ser el mismo todos los días ni para todas las ocasiones. Otras personas han decidido encomendar su destino de acuerdo a lo que sus creencias dictan y simplemente aceptan lo que el día les tiene deparado. Hay quienes de forma más "científica" buscan explicar los acontecimientos cotidianos basados en teorías elaboradas con conceptos tales como el "efecto mariposa". Y, aunque en una cantidad menor, me he encontrado con gente que después de analizar probabilísticamente los datos dentro del universo elegido, determinan que, con cierto nivel de varianza y una desviación estándar confiable, simplemente, "ya les tocaba".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Bueno, pues sin saber realmente por qué ocurrió&amp;nbsp;(tal vez no supe interpretar lo que los astros intentaban decirme al acomodarse),&amp;nbsp;resulta que hace un par de semanas tuve un pequeño percance automovilístico, o como diría el ajustador del seguro, un "alcance". No fue nada serio en realidad, el carro seguía funcionando, pero la parte trasera quedó bastante afectada. La facia quedó notoriamente sumida, la&amp;nbsp;cajuela quedó un tanto "descuadrada" y, bueno, posiblemente había otros daños que a simple vista no estan fácilmente perceptibles. El caso es que, aunque me traería algunas dificultades para trasladarme diariamente al trabajo, sabía que tarde o temprano tendría que despedirme momentáneamente del auto al dejarlo en algún taller para que lo repararan.&amp;nbsp;Y fue más temprano que tarde. Al siguiente lunes llevé el carro a la agencia para que lo ingresaran y se iniciara todo el proceso que, por experiencias similares que han tenido compañeros del trabajo, se llevaría al menos tres semanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias a toda esta situación, el medio que encontré más conveniente para transportarme todos los días fue el taxi. A ciertas horas el taxi puede ser más rápido y, sobre todo, más seguro. Pero tal vez lo que más&amp;nbsp;ha llamado mi&amp;nbsp;atención es que ningún viaje ha sido igual a otro, pese a que la ruta es siempre la misma. Hace ya algunos años había escuchado relatos de taxistas donde describían cómo es que analizaban al pasajero para saber si podían iniciar o no una conversación con él, y luego para determinar qué tipo de conversación sería más adecuada. Pero en mi caso, el análisis comenzó a ser diferente: me he entretenido descifrando la actitud y ánimo de quien&amp;nbsp;va conduciendo. Y no es que me considere un experto analizando personalidades ni nada por el estilo, simplemente es interesante que viajes con más o menos la misma duración resulten en experiencias totalmente diferentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para empezar, es de hacerse notar la "decoración" que puede uno encontrarse al entrar al taxi. Fotos, estampas, muñecos, luces, artículos religiosos, amuletos, plantas (si, plantas), dispositivos para guardar monedas, revistas, pantallas&amp;nbsp;y un largo y variado etcétera. Lo siguiente que puede uno "apreciar" es la forma de manejar del taxista en turno. Y es que así como hay quienes manejan como verdaderos profesionales, los hay otros que parecen creer que son pilotos de Fórmula 1 a punto de cruzar la meta, cuando en realidad están acelerando para detenerse abrúptamente al llegar al semáforo que lleva ya un tiempo con la luz roja encendida. Y qué decir de aquellos que al más puro estilo de "The Fast and the Furious" se la pasan cambiando de carril y haciendo las más osadas maniobras para cerrarle el paso a los demás y mantener al espectador (el pasajero) al filo de la butaca (o del asiento trasero), todo para al final hacer prácticamente el mismo tiempo de viaje que quienes manejan decentemente. Pero para ser justo en mi comentario, debo decir que la mayoría de los taxistas con los que he viajado recientemente han mantenido la cordura y de forma bastante prudente me han llevado sano y salvo a mi destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otro aspecto a resaltar en estos viajes es la conversación. Hay quienes de plano, no dicen ni "Buenos días" ni dan las gracias al recibir el pago del servicio. Otros comienzan a hablar sin mayor miramiento sobre temas que pudieran hasta resultar incómodos para quienes los escuchan: política, religión, etc. Incluso encontré quienes hallan más contructivo hablar con los que van afuera del taxi: tips de manejo ("¡pásate, imbécil! ¡no los dejes pasar!"),&amp;nbsp;publicidad del servicio&amp;nbsp;("súbete, princesa... yo te llevo a donde quieras"), recomendaciones viales a&amp;nbsp;la autoridad&amp;nbsp;("¡ve el desmadre que estás haciendo, con razón eres policía!"), recordatorios familiares (ok, demasiado obvio). Hay también quienes prefieren utilizar temas generales como el clima, el tráfico, el trabajo. Mientras que por otro lado, es posible ver a otros que elaboran toda una conversación a partir de algún hecho fortuito, algún letrero, algún mensaje o comentario escuchado en la radio (porque también es de mencionar que la mayoría de los taxistas no escucha música en el radio, sino noticias o programas donde existe alguna especie de conversación que los distraiga de su rutina diaria).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Posiblemente el caso que más ha llamado mi atención, es el caso de un taxista que me hizo varias sugerencias en la ruta a seguir tras escuchar cuál sería mi destino. Me propuso modificar un poco la ruta para llegar un poco más rápido y evitar un par de semáforos. Me ofreció alguno de los varios períodicos que llevaba a bordo para distraerme y mantenerme informado mientras duraba el traslado. Como no acepté el ofrecimiento, comenzó a hacer comentarios sobre su trabajo y la forma en que trataba de hacerlo mejor cada vez. "No porque el pasajero necesariamente se dé cuenta, sino porque al final del día yo sabré que no lo pude haber hecho mejor" me dijo. No fue mucho lo que duró el viaje, pero al final, cuando estaba yo bajando,&amp;nbsp;me comentó "Espero que el servicio haya sido de su agrado, no para que vuelva a subirse a mi taxi, sino para que sea el comienzo de un buen día para usted". Tal vez era ya una frase hecha, o tal vez en realidad quería provocar en mí una reacción.&amp;nbsp;Mi respuesta fue simple: "Gracias, igualmente". Pero eso pareció agradarle. Tengo que admitir que a veces no tengo buena impresión de este tipo de comentarios. Hay veces que pienso: "Sólo lléveme a donde le dije y dejemos a un lado los comentarios adicionales". Sin embargo, en esa ocasión me hizo pensar de forma diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como ese taxista quería convertir un simple traslado de un pasajero en una experiencia agradable para que iniciara bien su día, existen muchos ejemplos de personas que día a día buscan hacer la diferencia en la gente que los rodea. Todos recordamos a esos maestros "locos" que más allá de dar su clase y apegarse al temario original, buscaban darle su toque personal a cada enseñanza. El maestro de Historia que rompiendo paradigmas, hacía que reacomodáramos las sillas del salón y formáramos un círculo para poder platicar "de frente" con cada uno. Aquel otro profesor que prefería realizar dinámicas vivenciales con el grupo y que dejaba a todos con cara de "¿eso va a venir en el examen?". Los maestros de matemáticas que diseñaban diversos tipos de mecanismos para demostrar que el Teorema de Pitágoras era correcto. El estambre que utilizaba la maestra de primaria para mostrarle a los alumnos de dónde proviene el valor de PI (3.14159) y por qué es útil para calcular el perímetro y el área de un círculo. Los maestros de la vida que a diario nos encontramos y que continuamente nos enseñan que la vida puede ser diferente. Todos ellos tienen algo en común: Todos quieren dejar su marca en nosotros, sentir que sus enseñanzas pueden ser nuestros aprendizajes, creer que su esfuerzo hará la diferencia en la vida de alguien. Y la realidad es que lo logran. Tal vez no en todos, tal vez no siempre. Pero con el paso de los años siempre habrá alguien que los recuerde bien por el esfuerzo, la valentía, el interés de pasar por la vida sin pasar desapercibidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había un maestro que solía utilizar distintas frases ideadas por el mísmo para realzar sus clases. Unas muy ingeniosas, otras más. Hoy cierro el blog de hoy con una frase que escuché de él: "Lo que funde un foco no es que esté prendido todo el tiempo, sino que se esté prendiendo y apagando a cada rato. Pero el valor del foco reside en que encienda cuando alguien necesite su luz".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-1387733710697235158?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/1387733710697235158/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/10/marca-personal.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1387733710697235158'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/1387733710697235158'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/10/marca-personal.html' title='Marca personal'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-2738599119280249474</id><published>2009-10-17T13:17:00.003-05:00</published><updated>2009-10-17T15:45:27.735-05:00</updated><title type='text'>¿Reir para no llorar?</title><content type='html'>Hace unos momentos tuve la oportunidad de presenciar a un grupo de jóvenes caminando por la calle. Algunos iban riendo, otros jugando, unos más saludando a la gente que se encontraban. Supongo que esto no tendría la menor relevancia para nadie si no mencionara yo que todos iban disfrazados de payasos. Y los había de varios tipos: unos harapientos, otros tan cuidadosamente vestidos que traían a mi mente la imagen de los antiguos arlequines; algunos maquillados estilo mimo, otros con los más grotescos dibujos en la cara; los accesorios como paraguas rotos, sombreros, globos y uno que otro triciclo eran parte de todo el espectáculo callejero que pude apreciar. Pero estos payasos y payasas parecían tener un objetivo común: arrancarle una sonrisa a la gente con la que iban topándose, literalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Puede resultarle extraño a más de uno, pero sé lo que es hacer eso. No me refiero únicamente a tratar de arrancar una sonrisa, sino al hecho de realmente vestirme y maquillarme como payaso para lograrlo. No, no es mi trabajo de fines de semana ni nada por el estilo. Tampoco es mi trabajo del resto de la semana, pese a lo que piensan mis clientes y jefes. No, tiene un poco más de fondo el asunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante varios años pertenecí a un grupo de jóvenes que tenía el propósito de ayudar a otros jóvenes con sus problemas, adicciones, conflictos,y otras situaciones personales y sociales. Digamos que me gustaba sentirme útil y "valioso" para mi comunidad. Dentro de este grupo de jóvenes realizábamos diversas actividades que nos ayudaban a entender mejor el entorno que nos reodeaba, pero también a defendernos un poco del mismo. Y al emplear el verbo "defender" lo hago con toda intención y conciencia. Porque por muy ideal y "rosa" que el mundo puede llegar a ser para un joven, la realidad es que, tarde o temprano, la vida nos pondrá en situaciones donde el llanto será la más leve de nuestras reacciones. Precisamente, como parte de la preparación que los integrantes de este grupo debíamos tener, existían ciertas dinámicas que llevábamos a cabo con el fin de forjar nustro carácter y tener una mejor actitud ante la vida. Debo confesar que, en lo personal, me gustaba mucho organizar diferentes tipos de estas dinámicas. Todas tenían un objetivo, una enseñanza y finalmente dejaban una vivencia en los participantes que valía la pena recordar. Pero también debo reconocer que cuando alguien dentro del grupo mencionó que organizaríamos la "Dinámica de los Payasos" no tenía yo la menor idea de lo que se trataba. Así que con gusto acepté.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por motivos de espacio y tiempo no comentaré a detalle todas las actividades que se realizan en la dinámica, pero trataré de explicarlo a grandes rasgos. La dinámica tiene varias fases que se van cubriendo a lo largo de dos días en un lugar aislado. A nadie se le permite salir y sólo quienes organizan saben qué actividad se llevará a cabo y en qué momento. Hubo pláticas, discusiones en grupo, convevencia, risas, llanto. Pero la última actividad fue la principal. Estábamos todos en el salón de pláticas cuando el tema a discutir fueron los payasos. Por trivial que parezca el tema, tiene su lado profundo después de todo. Surgieron varias preguntas: ¿qué hace un payaso? ¿por qué lo hace? ¿cómo logra hacer reir a los demás? ¿cómo logra él mismo reir, si a veces quiere llorar? ¿cómo elige la forma de pintar su cara, su vestimenta, su nombre? ¿logra sentirse satisfecho con su trabajo al final del día? Alguno que otro exponía situaciones: Al llegar a su casa, cuando su esposa le pregunta "¿cómo te fue?", ¿cuál podría ser su respuesta? "Bien, hice muchas payasadas" ¿tal vez?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para contestar algunas de estas preguntas, nuestra siguiente actividad consistió en elegir un nombre, vestimenta y, sí, en maquillarnos como payasos. Honestamente no recuerdo qué nombre elegí en esa ocasión, tomé los pequeños recipientes con pinturas blanca, roja y negra, y comencé a dar forma a mi personalidad de payaso. Entre toda la ropa que los organizadores habían llevado para la dinámica tomé algún saco cuadriculado, unos pantalones enormes y uno que otro accesorio para completar el curioso juego. Comenzamos a tratar de hacer reir a los demás integrantes del grupo haciendo de todo: muecas, chistes, torpezas como fingir caidas, mímica, etc. Y después de practicar un poco todas estas diligencias, los organizadores anunciaron algo que heló mi cuerpo de forma repentina: Pues ya están listos, la última parte de la dinámica es salir de aquí y provocar una risa o, al menos una sonrisa, en la gente que se encuentra en las calles. ¡No se preocupen, nadie los va a reconocer porque van a ir disfrazados de payasos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y así, en una escena muy similar a la que ví por la mañana, salimos todos vetidos como payasos a tratar de hacer reir a la gente. No recuerdo si alguien se rió con las "gracias" que iba haciendo, o si sólo me miraban con extrañeza y curiosidad. Pero al menos puedo decir que tuve algunas respuestas a las preguntas que nos plantéabamos al principio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El trabajo de payaso no es muy diferente a cualquier otro. Requiere de mucho esfuerzo, dedicación, práctica, renovación. Enfrentar la rutina diaria, las críticas, la insensibilidad. La elección de su nombre es tan importante para ellos como el título o posición que cada uno de nosotros tenemos en donde trabajamos, donde un "Jr." o un "Sr." hacen mucha diferencia. Y ni hablar de la vestimenta, todos nos disfrazamos de acuerdo a la ocasión y tipo de cliente. Una amiga muy cercana prefiere decir que los fines de semana nadie la reconoce porque son los únicos días en que no se disfraza y se viste como ella quiere. Pero el aspecto que posiblemente llamó más mi atención fue el maquillaje. El simple hecho de saber que nadie me reconocería estando pintado como payaso me hizo tener más confianza en lo que iba a hacer. Tal vez el maquillaje que uso ahora es diferente, no viene en ningún tipo de recipiente y no debo aplicarlo a mi cara para que los demás lo noten. No, ahora creo que le llamo "expertise", "conocimiento del cliente", "madurez", "best practices". Todo para ocultarme como persona y mostrar sólo lo que el cliente y el resto de la gente quiere ver. Esa es la máscara que muchos usamos, el nombre de una empresa, una fortaleza fingida, una actitud intimidante. Pasamos la vida retando a otros payasos a superar nuestra propias payasadas. Y nuestra única satisfacción será haber hecho nuestro mejor esfuerzo y tratar de disfrutar de nuestras propias bromas hechas originalmente para divertir a alguien más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando la dinámica terminó, era ya de noche y seguía yo maquillado, rumbo a mi casa, deseando sólo quitarme de la cara la horrible sensación que causa la pintura después de tanto tiempo. Llegué y entré a mi cuarto arrojando todo el equipaje sobre mi cama y antes de que alguien pudiera verme me escabullí al baño para tomar una ducha necesaria en más de un sentido. Pasé varios minutos quitándome el maquillaje y tratando de recuperar aquella añorada sensación de estar libre, de ser uno mismo otra vez. Tomé un baño relajante como pocos y me puse una &lt;em&gt;pijama&lt;/em&gt; cómoda. Finalmente vi a mi madre y me preguntó: "Hola, ¿como te fue?". Pensé en responder mil cosas sobre la dinámica, pero sólo acerté a decir: "Bien, provoqué muchas sonrisas hoy". Me miró un poco extrañada y sonriendo ligeramente me dijo: "Bien. Qué bueno que ya llegaste".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/2338331377293859252-2738599119280249474?l=jornadas71.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://jornadas71.blogspot.com/feeds/2738599119280249474/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/10/reir-para-no-llorar.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2738599119280249474'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/2338331377293859252/posts/default/2738599119280249474'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://jornadas71.blogspot.com/2009/10/reir-para-no-llorar.html' title='¿Reir para no llorar?'/><author><name>Julius</name><uri>http://www.blogger.com/profile/02587253315237762792</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='26' height='32' src='http://2.bp.blogspot.com/_2f8GayE2c_o/SqBgirotAeI/AAAAAAAAAAM/a81tdaP-Uao/S220/perfil5.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-2338331377293859252.post-1887495938869285692</id><published>2009-10-10T21:04:00.001-05:00</published
