martes, 23 de febrero de 2010

Días de la bandera…

Hace unos momentos alcancé a escuchar que algunas personas platicaban sobre las ceremonias en las que sus hijos participarían mañana para conmemorar el Día de la Bandera. Algunos tenían que elaborar enormes banderas para ir mostrando la forma en que ha evolucionado este símbolo patrio. Otros recitarían la historia de la bandera y darían la explicación sobre cada uno de los colores que la forman. He participado ya varias veces ayudando a mis hijos con sus labores escolares específicas para estas ceremonias: recortes de monografías, cartulinas decoradas como banderas de México y otros países, poemas, canciones, discursos llenos de orgullo y patriotismo, etc. Pero tal vez la mayor aportación que he hecho en este tema fue el haber participado en una escolta escolar cuando estudiaba la secundaria. No, seguramente no es nada que se puedan imaginar, así que permítanme contarles.

Supongo que ocurre en todas las escuelas secundarias del país: los alumnos con los mejores promedios son seleccionados y “honrados” para formar parte de la escolta escolar. Supongo también que en todos los casos se organizan concursos de escoltas para elegir una especie de escolta oficial de la escuela que, a su vez, tiene la responsabilidad de concursar contra escoltas de otras escuelas para, después, volver a concursar y concursar otra vez. Al final, la escolta ganadora… ganaba. Así nada más. Bueno, al menos esa es mi teoría porque nunca pasé de la primera fase de estos concursos. Claro, tampoco es que me importara mucho. La realidad es que la vez que llegué a formar parte de una escolta fue sin que me hubieran consultado previamente y, puedo decirlo ahora, contra mi propia voluntad.

Sí, estaba cursando apenas el primer año de secundaria. Mi estatura en ese entonces era apenas la altura promedio entre los niños de mi salón y mi actitud era más bien tímida ante la locura creciente que la adolescencia despierta en la mayoría de los estudiantes de esa edad. No es que fuera un alumno brillante sino que no había mucho de dónde elegir y resulté seleccionado para formar parte de la escolta del 1o. “B”. Había ciertas ventajas que los integrantes de las escoltas teníamos porque todos los días nos daban permiso de faltar a la última clase para poder ensayar todos los movimientos y agrupaciones que debían exhibirse durante el próximo concurso. Por designio de algún maestro cuyo nombre no recuerdo ahora, fui nombrado “comandante”, es decir, la persona que da las instrucciones al resto de la escolta. Me dieron un extenso manual con todos los lineamientos que debíamos seguir durante el concurso y los diferentes aspectos que serían evaluados: Presentación, uniforme, ejercicios obligatorios, ejercicios opcionales, los diferentes tipos de pasos que debíamos usar (paso redoblado, paso acortado, paso alto, paso de costado, cambios de dirección) y otra serie de movimientos que yo, como comandante de la escolta, debía dirigir con voz fuerte, clara, firme y dando siempre la pausa necesaria para que las instrucciones no se confundieran unas con otras. Bueno, esa era la teoría.

No sé qué le hice al manual, honestamente no lo recuerdo pero, durante las horas que nos dedicábamos a “ensayar” los ejercicios obligatorios, con esfuerzos lográbamos mantener el paso coordinadamente. Tampoco nos preocupaba mucho eso. Nuestra idea nunca fue ganar sino simplemente participar “decorosamente” y olvidarnos por completo del asunto. Así que recorríamos sin mucha preocupación el contorno de la cancha de basquetbol usando algo parecido a lo que cada quien recordaba que era el paso redoblado. “¡Gallardo!”, me gritaba la maestra que nos coordinaba algunas veces. “¡López!”, la corregía yo mentalmente pensando que me estaba llamando por mi apellido. “Tú debes dar las órdenes de forma que todos te oigan, con fuerza y determinación”, me decía. Yo asentía convencido de que, mientras mi escolta me escuchara ¿qué importaba si el resto de la escuela no lo hacía?

Finalmente llegó el día del concurso. Le atinamos al uniforme sólo porque era el mismo que usábamos todos los días pero, la verdad, ni siquiera ese día sabíamos qué tipo de recorrido realizaríamos. Hubo una especie de sorteo para determinar cuál sería el orden en que las escoltas marcharían frente a todos los alumnos de la escuela. Sí, todos los alumnos de la secundaria estaban allí, alrededor de la misma cancha de basquetbol donde solíamos (o al menos debíamos) practicar. Los espacios parecieron reducirse y repentinamente nos dimos cuenta de que todo el mundo nos estaría viendo muy, muy de cerca. Todos queríamos que nuestra escolta fuera la última en marchar, así posiblemente contaríamos con el aburrimiento acumulado de los espectadores y, con suerte, no nos prestarían mucha antención y podríamos pasar desapercibidos. Pero no fue así. De las diez escoltas que se presentarían esa mañana, éramos los cuartos en desfilar. Ciertamente no fuimos los primeros, pero un décimo lugar no nos habría desanimado. Recuerdo que buscamos hacer un juego de palabras con el lugar en que nos tocó desfilar, pero no fue fácil. Si hubiéramos sido los primeros habríamos dicho algo así como “los número uno”, el tercer lugar nos habría dado la oportunidad de decir “la tercera es la buena”, “no hay quinto malo” si hubiéramos sadado el número cinco. ¿Pero el cuarto? ¿Qué podíamos decir del cuarto lugar? Definitivamente era una señal de que algo malo se avecinaba.

La primera escolta estaba formada únicamente por mujeres, cosa que al principio nos animó porque pensábamos que no podrían mostrar la “gallardía” requerida por el jurado. “¡Atención, escolta!”, dijo con potente voz la comandante. Su voz era tan fuerte que todos retrocedimos un poco al escucharla. “Paso redoblado… ¡Ya!”, indicó con la misma potencia mientras todas iniciaban con precisión milimétrica su marcha. Durante su ejecución realizaron tantos movimientos que provocó que todos nos quedáramos viendo como diciendo “¿de dónde sacaron esos pasos?”. Hubiera podido responder de haber sabido dónde extravié el manual, pero ya era un poco tarde para eso. La exhibición que dieron fue magistral y al final todos estaban aplaudiendo. La alegría se veía en el rostro de aquellas chicas al recibir abrazos y felicitaciones por su desempeño. Yo me preguntaba qué tan factible sería fingir alguna insuficiencia respiratoria para poder salir de allí urgentemente.

“No se preocupen, al menos no nos tocó marchar después de ellas porque la comparación hubiera sido peor para nosotros”, dijo nuestro abanderado tratando de calmarnos. Desafortunadamente, la forma en que la segunda y tercera escoltas marcharon nos produjo la sensación de que, sin lugar a dudas, estábamos por pasar un mal momento, posiblemente el peor de toda nuestra vida. La única opción que teníamos era salir y hacer nuestro mejor esfuerzo… lo más rápido posible. Seguramente a lo largo de mi vida algo bloqueó los momentos que siguieron, porque no recuerdo de qué manera fue, pero súbitamente estábamos al centro de la cancha con la formación típica de las escoltas esperando que nos dieran la señal para el inicio de nuestra marcha.

“¡Atención, escolta!”, grité sin poder ocultar el nerviosismo del momento. “Paso redoblado… ¡Ya!”, dije para iniciar nuestra marcha. Empezamos a recorrer un costado de la cancha de manera uniforme y no íbamos tan mal. Tratamos de demostrar que habíamos ensayado una que otra vuelta y formaciones diversas pero las cosas empezaron a salir mal. Sin darnos cuenta en qué momento ocurrió, perdimos el paso. Unos iban marchando con el pie derecho adelante justo al mismo tiempo que otros lo llevaban atrás. Nuestras brazadas eran tan disparejas que nos golpeábamos unos a otros por lo juntos que íbamos. Empezamos a escuchar cómo desde la tribuna se escuchaban risas y eso nos produjo más nervios, desconcentración y miedo. Era la peor presentación de una escolta en muchos años y nosotros mismos lo sabíamos. “Sácanos de aquí”, me dijo disimuladamente el compañero que iba marchando a mi lado. Yo estaba sudando copiosamente aunque no recuerdo que hiciera mucho calor. Imaginé que era el pavor cristalizado que recorría mi cara. Decidí entonces que ya había sido suficiente sufrimiento por un día: Ordenaría a la formación redoblar el paso, girar hacia la salida y rompería filas sin pensar siquiera en detenerme para que el abanderado pudiera regresar la bandera. Como pudimos, nos enfilamos hacia el espacio que las tribunas dejaban libres, bastaría dar vuelta y estaríamos fuera de la cancha, fuera de la vista de los demás, ojalá fuera del planeta. Con los nervios destrozados y una desesperación que no había sentido antes me dispuse a dar la orden de girar: “Atención, escolta… flanco izquierdo… ¡Ya!”, dije con todas mis fuerzas esperando que ese fuera el útlimo grito del día. Lo que pasó entonces hizo historia en los concursos de escoltas escolares. Toda la escolta, como era esperado, dio vuelta a la izquierda, excepto yo. Por alguna razón que aun hoy no me explico, di vuelta a la derecha. ¡Yo mismo había dado la orden! ¡Y me equivoqué al seguirla! Me di cuenta hasta después de haber marchado unos 3 ó 4 pasos ¡solo! Obviamente, las carcajadas no se hicieron esperar. Sin quererlo, había practicado un procedimiento quirúrgico extremo y había dejado acéfala la escolta. Ni ellos tenían quién los dirigiera, ni yo tenía a quién dirigir. Aunque quisiera decir que allí acabó todo, eso no fue lo peor. En mi desesperación por tratar de hacer pensar a todos que no era yo quien se había equivocado sino que, por una especie de estupidez generalizada, eran los demás quienes estaban mal, me atreví a gritar “¡el otro izquierdo, pendejos!”. El siguiente recuerdo que tengo es que la bandera se dirigía hacia mi arrastrando por el piso. Era porque el abanderado salía corriendo de la cancha doblado de la risa. “Un aplauso para la escolta del 1o. ‘B’”, dijo el maestro de ceremonias por el micrófono tratando de contener la carcajada. Al menos los aplausos resultaron efusivos.

No es errado pensar que esa fue la última vez que participé en la escolta de la escuela. A decir verdad, fue la última vez que alguien me seleccionó pese a que mis calificaciones siguieron siendo de las mejores. Pero algo bueno saqué de aquella situación bochornosa (tal vez la más bochornosa que haya tenido en público): Nunca más volví a confundir la izquierda con la derecha. Enhorabuena.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Anécdotas de Soporte Técnico – Parte III

Durante los muchos años que me he dedicado a dar soporte técnico me he encontrado con situaciones inverosímiles relacionadas con el uso de la tecnología. Específicamente, me refiero al uso de equipos de cómputo en todas sus variantes, desde la computadora personal, hasta complejos sistemas que impresionan con el solo hecho de contemplar su enorme tamaño. Uno pudiera pensar que la mayoría de las situaciones curiosas que un ingeniero de soporte se encuentra en su trabajo están relacionadas directamente con la inexperiencia del usuario que solicita la ayuda. Para sorpresa de muchos, son los usuarios más experimentados los que provocan más problemas y anécdotas para platicar. Esto incluye a los propios fabricantes de hardware y software.

Teclazos.
No me gusta mucho hacer notar que ya he estado mucho tiempo en estos asuntos, pero debo confesar que mi primer contacto con lo que alguien me presentó como una “computadora” fue algo realmente impresionante. Era un aparato mucho más grande a cualquier refrigerador que alguien pudiera tener en casa y que emitía más calor que cualquier calefactor que pudiera caber en la misma casa. Yo apenas estaba familiarizándome con aquellos aparatos “modernos” pues quería decidir a qué dedicarme en el futuro y el conocer ese tipo de “monstruos” tecnológicos formaba parte el recorrido que una escuela organizaba para atraer gente a sus filas. Por supuesto, no era el aparato más moderno de la época. Formaba parte de una especie de “museo” donde uno podía ir viendo la evolución que habían tenido los equipos de cómputo en esa escuela. “Como pueden ver, esta computadora no cuenta con un teclado para introducir los datos y las instrucciones”, comenzó diciendo nuestro guía. “Utiliza tarjetas perforadas donde se escriben los comandos y se van introduciendo. La computadora ‘lee’ la información y la procesa. Si alguna tarjeta contiene un error es necesario volver a realizarla y procesarla nuevamente. Es importante numerar las tarjetas ya que si se pierde el orden la información carecerá de sentido para la computadora y el resultado será imprevisible”, continuó con tono casi amenazador y después mencionó la frase que en aquellos tiempos no podía dejar de usar ningún informático que se respetase: “Garbage in. Garbage out”. Afortunadamente, las computadoras más avanzadas de esos tiempos ya contaban con teclados tipo ‘qwerty’ aunque todavía era raro encontrar uno en español. Eso facilitaba la labor del usuario y así había menos riesgo de caer en aquel fatídico principio de la basura que entra y la que sale. O al menos eso creía yo.
Conforme adquiría experiencia en el uso de las computadoras, me dí cuenta de que para efectuar aquella parte del “Garbage in” no era necesario tener un teclado. Literalmente. En una ocasión, una usuaria me llamó para decirme que su computadora marcaba un error al encenderla. Ella seguía las instrucciones que aparecían en pantalla y nada ocurría. Apagaba la computadora físicamente y, al volverla a encender, recibía el mismo mensaje. Decidí que era mejor ir a ver el problema en persona y subí al piso de arriba, donde estaba su lugar. Cuando llegué ella acababa de aparagar por enésima vez la computadora y se disponía a encenderla nuevamente. Mientras la computadora contaba y verificaba pacientemente todos los bytes de memoria que tenía disponibles, me percaté de que había un cable suelto por detras del CPU. Era precisamente el cable del teclado que posiblemente había sido desconectado por la gente de la limpieza a tratar de sacar el polvo tras la computadora. Después de verificar que la memoria estaba en buen estado, la computadora inició el proceso de reconocimiento de dispositivos e, inteligentemente, detecto la falta de teclado. Emitió varios ‘beep’ sonoros y puso en pantalla el inequívoco mensaje de “Missing Keyboard”. Hasta aquí, parecía todo lógico e incluso sorprendente, de no ser por el mensaje que se mostraba un poco más abajo: “Press F1 for help”. Efectivamente, por más que la usuaria presionaba la tecla F1 del teclado desconectado nada ocurría. “Ni el CTRL-ALT-DEL me hace caso”, dijo al tiempo que presionaba esas teclas tratando de probar que sabía de lo que hablaba. No quiero justificar a la usuaria pero ¿qué clase de mensaje era ese después de haber detectado que no había teclado? Apaqué la computadora, volví a conectar el teclado y, al encenderla nuevamente todo funcionó como era esperado. El “Garbage out” no necesariamente viene del procesamiento que hace una computadora, ya viene de paquete a veces.

Quizás el primer reporte de soporte técnico que me tocó atender en mi vida fue cuando recibí una llamada de una usuaria indicándome que tenía un problema con su información. A veces los usuarios no dicen exactamente lo que están haciendo sino sólo dan una explicación vaga, supongo yo, para no comprometerse demasiado si están haciendo algo mal. “Tengo un problema con mi máquina. Me está borrando todo lo que hice”, comenzó diciendo. Con mi poca experiencia, contesté lo primero que se me vino a la mente: “Interesante”. Dicen que si un conferencista, un médico o un ingeniero de soporte técnico dice frases como “interesante pregunta”, “está raro” o emite sin pensar alguna expresión tipo “wow”, “increíble” o alguna similar, inmediatamente se puede inferir que no tiene la más mínima idea de lo que se le está hablando y hay que preocuparse. Efectivamente, no tenía ni idea de lo que pudiera estar provocando el problema que me estaba describiendo la usuaria. “Mira, yo no doy soporte técnico, soy desarrollador pero ahorita que llegue Adán le digo que te marque”, fue mi excusa para no atender la llamada. “No creo que sea nada difícil”, insistió. Tratando de no quedar mal y teniendo en cuenta de que era nuevo en el trabajo y podía ganar ciertos puntos por ayudar, decidí hacer el intento. “¿Está borrando todo?”, pregunté tratando de disimular el miedo a estar enfrentándome a algo muy serio. “No todo, pero cada que intento hacer algo me borra lo que ya llevaba”, contestó.
-Déjame ver si entendí- dije casi afirmando que no- ¿Te está borrando archivos que ya tenías guardados?
-No los archivos, lo de adentro
-Lo de adentro…- repetí tratando de ganar algo de tiempo mientras pensaba si existía algún virus que borrara información “de adentro”.
-Sí, cada vez que escribo algo se borra lo que ya tenía.
-¿Estás usando el procesador de textos?
-¡Sí!
-¿Tienes algo ya escrito y cuando quieres insertar una palabra entre el texto que ya tenías, esa palabra va reemplazando las letras de las que ya estaban escritas?
-¡Sí!
-Ok, busca en la parte superior derecha de tu teclado una tecla que se llama ‘Insert’. Presiónala una vez y vuelve a intentar escribir.
-¡Brujo!- exclamó en un grito
Después de verificar que todo estaba funcionando bien y que mi solución había sido acertada me dijo “¿Ya ves? Eres bueno en esto. Deberías dedicarte a dar soporte”. No sé si aquello fue una maldición proferida por quien me había llamado “Brujo” a mí, pero desde entonces el soporte técnico ha estado relacionado a mis actividades más de lo que a veces quisiera. Y no todos los problemas se resuelven presionando una tecla.

Por los codos.
Hubo un tiempo en que surgieron muchísimas empresas que se dedicaron a dar servicios de Internet a los usuarios. Espero no recibir muchas burlas sobre lo que voy a decir a continuación pero, en ese entonces contar con un módem de 28.8 Kbps que ocupaba por completo la línea telefónica era todo un lujo. Como ya habrán podido deducir, no había redes inalámbricas comerciales y la forma más común de conectarse a Internet era conectando el cable del teléfono a la entrada RJ-11 del módem de la computadora, abrir el programa de conexión que pedía la cuenta de usuario, la contraseña y el número telefónico del proveedor de Internet (que podía ser marcado ya sea por tonos o por pulsos) y pulsando un botón que normalmente decía “Conectar”. Al hacerlo, una serie de pitidos en diversos tonos, ruidos como de cuando alguien sopla continuamente en un micrófono y otros surgían de la bocina del módem (o de la computadora, dependiendo el modelo). Después de este olvidado ritual, iniciaba la conexión y podía navegarse a una velocidad asombrosamente lenta que hoy no permitiría ni consultar un correo de forma decente.
Pero lo interesante de esa situación era conocer todo lo que había tras de aquel ruido y silbidos emitidos por el módem desde las casas de los usuarios. Obviamente, debía haber todo un sistema de módems en las instalaciones de los proveedores de Internet que contestaban cada una de las llamadas recibidas. Como parte de un equipo de soporte técnico en sitio un día me tocó acudir a una de estas instalaciones y finalmente conocería toda la tecnología empleada para dar servicio al cada vez más creciente número de usuarios de Internet. Lo que me encontré al llegar no fue tan sorprendente, sin embargo. No, al menos, en un sentido positivo. Había cerca de un centenar de módems encimados uno sobre otro, todos conectados a un servidor que hacía la función de conmutador y repartía la carga a cada uno de los dispositivos con los que contaba. Eso no era lo peor. El servidor era una ‘caja blanca’, es decir, un equipo sin marca, que había sido armado simplemente conectando cada componente sin importar si cada uno era compatible con los otros. Los módems, ya viéndolos de cerca, eran una imitación china de una marca comercial y, por comentarios del cliente, le habían costado mucho menos de la mitad que uno original. El sistema operativo en el servidor marcaba varios errores que indicaban que existían varios componentes no reconocidos en el sistema. Lo más agravante del caso era que el sistema de correo electrónico que se ofrecía a los clientes de esa compañía era administrado por un programa que habían bajado de Internet. Y no es que lo que todo lo que se baje de Internet sea malo, sino que el programa de correo electrónico era una copia de evaluación. Lo mismo ocurría con el sistema que administraba el acceso a los usuarios, porque en ese entonces existían planes de conexión por renta (donde el usuario pagaba una cantidad fija independientemente del tiempo que estuviera conectado) y planes de conexión por tiempo (donde el usuario pagaba sólo el tiempo que había estado conectado). Pero el programa que llevaba dicho control de acceso resultó ser también una copia de evaluación.
Para hacer todavía más preocupante la situación, la razón por la que mis compañeros y yo estábamos allí era porque este proveedor de Internet había decidido cambiar su enlace por otro mucho más barato que otra compañía le había ofrecido. Poco o nada habíamos escuchado mis compañeros y yo sobre dicha compañía. Pero según el cliente, era mucho más rápida, más confiable y, sobre todo, más económica. Como puede uno darse cuenta, algo importante para esta persona era ahorrar al grado de tomar decisiones únicamente por precio. No sólo eso, también exigía a sus proveedores (nosotros) como si hubiera pagado un servicio exclusivo y dedicado (cosa que nunca le hubiera pasado por la mente, a menos que fuera más barato que el servicio normal). Estuvimos trabajando horas redireccionando todos los servicios para que apuntaran hacia el nuevo proveedor del enlace, aunque los cambios no iban a reflejarse tan rápido para los usuarios, así que dejamos todo configurado y decidimos regresar al día siguiente para validar que todo funcionara correctamente.
Antes de lo esperado, el cliente ya había llamado a nuestro jefe para quejarse. Nuestro jefe no dejaba de enviarnos mensajes a nuestros localizadores para preguntar qué había pasado. “Quedamos en regresar hoy para validar los cambios”, le dije al reportarme. “Pues está enojadísimo porque dice que todo lo que hicimos no funcionó, que ningún cliente de su servicio de Internet puede navegar y que quiere que se deje funcionando todo como estaba”, fue el comentario de mi jefe. Cuando llegué a las oficinas del cliente mis compañeros ya estaban allí revisando todo. “Todo está bien”, dijeron tras revisar las configuraciones del día anterior. El cliente no dejaba de gritarnos a nuestras espaldas vociferando toda clase de insultos entre los que más resaltaban “incompetentes”, “ineptos” y, por supuesto, “estafadores”. Seguimos revisando por horas, arreglando, desarreglando, probando diferentes opciones. Nada parecía funcionar. No podíamos conectarnos a Internet. Uno de mis compañeros le solicitó al cliente que lo comunicara con el proveedor del enlace para confirmar algunos datos. Sin dejar de proferir insultos, le aventó una tarjeta donde venía el teléfono del proveedor del enlace. Al comunicarse, mi compañero habló largo rato con la gente responsable de darle el servicio al cliente. Todos los datos que teníamos eran correctos, razón por la que todo debía funcionar… excepto por un mínimo detalle. “No hemos recibido el pago por la apertura del servicio”, dijo al otro extremo de la línea telefónica el encargado. “No puedo activar el servicio del enlace hasta que reciba el depósito”, concluyó. Al comentar esto con el cliente, su primera reacción fue preguntar gritando “¿Cómo que no he pagado? Pásamelo”. Mi compañero le dio el teléfono y, poco a poco, vimos cómo su furia iba apagándose hasta convertirse en lo que optimistamente era vergüenza. Escuchamos cómo concluía la conversación diciendo “No recuerdo que en eso hubiéramos quedado pero en un momento te deposito y te mando el comprobante”. Tras girar unas instrucciones más a su secretaria volteó hacia donde nosotros estábamos sin saber qué más revisar. “En un momento me activan el servicio. No se vayan para que verifiquen que todo funcione en cuanto me confirmen la activación”, dijo ya en un tono mucho más relajado. Estuvimos más o menos una hora esperando sin poder reírnos a nuestras anchas porque su oficina estaba demasiado cerca y seguramente se hubiera quejado con nuestro jefe. Finalmente nos anunció que el enlace había sido activado y que empezáramos a probar. Efectivamente, todo funcionó inmediatamente a una velocidad que nunca habíamos visto. Era realmente rápido el acceso estando en sus instalaciones. El cuello de botella seguirían siendo los limitados módems pero aún así creo que el servicio mejoró. Pensamos que ya habíamos cumplido con nuestras actividades pero el cliente nos detuvo antes de poder cantar victoria. “Una última cosa”, me piden instalar este certificado en el sistema de correo electrónico para que la conexión sea segura. Requisitos del nuevo proveedor. Sin dudarlo mucho, instalamos el certificado e inmediatamente recibimos un error. No podía ser cierto, apenas librábamos un obstáculo se nos presentaba otro. “El certificado ha expirado” era el mensaje. Revisamos la caducidad del certificado y la fecha que indicaba el fin de la validez del certificado todavía no había ocurrido. Por un momento, dudamos del mensaje recibido. Pero después reaccioné: la fecha del servidor era incorrecta, estaba atrasada por unos 3 años (lo cual invalidaba el certificado que era por un solo año). Comentamos con el cliente la posibilidad de ajustar el reloj del servidor a la hora correcta pero brincó inmediatamente del susto. “¡No! Si ajustan la hora mis programas de evaluación expirarán”, dijo mientras se lanzaba a alejarnos de la consola. Sistemáticamente, el cliente iba atrasando el reloj del servidor para evitar que llegara la fecha de expiración de sus programas. Por unos momentos no supo qué hacer. Si ajustaba el reloj del servidor sus programas no seguirían funcionando, si no lo ajustaba no podría cumplir con los requerimientos de seguridad del nuevo proveedor, lo que implicaría regresar el enlace al proveedor antiguo. Sin embargo, era demasiado tarde, ya se había peleado con el proveedor anterior y no había forma de que le restauraran el servicio. Tuvo que tomar la dolorosísima decisión de pagar por los programas que estaba usando y evitar que expiraran.
Ya era noche cuando salimos y no habíamos comido todavía. En eso, antes de alcanzar la salida, escuchamos el temible grito de nuestro cliente: “¡Oigan! Esperen”. ´No reaccionamos a tiempo, por un momento quisimos correr y huir de allí pero tal vez el cansancio era tal que no pudimos hacerlo. “¿No han comido verdad?”, preguntó inesperadamente. Pensamos que, después de todo no era tan codo e insensible como aparentaba. Cuando pensamos que iba a invitarnos a algún lugar a cenar, simplemente dijo: “Bueno, ni modo. Gracias” Y regresó al interior de su oficina. Nos quedamos viendo unos a otros pero, lejos de molestarnos, todos soltamos una carcajada que realmente necesitábamos y nos dirigimos a algún lado a devorar la cena.

Sistemas seguros.
Siempre puede uno encontrarse con gente entusiasmada por la seguridad. Generalmente se les encuentra en dos modalidades: 1. los que creen que protegen eficientemente toda su infraestructura y 2. los que creen que pueden vulnerarla. En mi forma de ver las cosas, la única forma de asegurar de forma absoluta algo es dejándolo inservible. Es algo similar a la abstinencia sexual… pero no entraré en más detalles. Para no extenderme más de lo que ya lo he hecho, sólo diré que en una empresa donde yo administraba los servidores y el correo electrónico había una persona que se jactaba de que era tan meticuloso en la forma de resguardar su información que retaba a cualquiera a ‘hackear’ su sistema y robarle su información. No hablábamos de ningún tipo de acceso ilegal que rompiera ‘firewalls’ ni nada similar sino el simple ataque a una computadora en específico. Aceptamos el reto y le dimos todo un día para proteger lo mejor que pudiera su equipo. Por mi parte, comencé a revisar los trucos que había aprendido en un libro de ‘hackeo’ que asumía que el conocimiento adquirido se utilizaría para proteger, no para atacar. Nada más alejado de la verdad en este caso.
Cuando finalmente nuestro experto en seguridad nos indicó que podíamos iniciar con los ataques se desató la lucha. Teníamos un día completo para darle un listado de los archivos que se encontraban en su carpeta de documentos e imprimir el contenido de alguno. Unos intentaron bajar programas de Internet para aprovechar alguna vulnerabilidad, no era factible ya que había activado algunas funciones que “escondían” el equipo de la red aparentando que se encontraba apagado. Atacarlo vía remota no iba a ser una buena alternativa. Un compañero le instaló a escondidas un “Key logger” que es un dispositivo que guarda cada teclazo que el usuario da. De esta forma, podía buscar la secuencia de teclas CTRL-ALT-DEL que se presionan al inicio de la sesión y lo que seguiría a continuación sería su contraseña. Después de un rato de dejar funcionando el curioso dispositivo buscó la tan esperada secuencia de teclas pero nunca apareció. Buscó también si estaba su nombre de usuario registrado pero tampoco lo encontró. No había reglas ni límites para realizar el robo de la información, podíamos usar desde técnicas de fuerza bruta hasta ingeniería social, así que intentamos algo inusual. Pese a que teníamos el control de un sistema que podía reiniciar los equipos, el protector que él había instalado bloqueaba las instrucciones que le envíabamos; decidimos entonces utilizar algo menos ‘geek’. Investigamos cuáles eran los interruptores de energía de su oficina y, aunque sabíamos que íbamos a afectar a más usuarios, bueno, no nos importó. Bajamos el interruptor de los contactos eléctricos de su oficina (y las de otros 20 usuarios) y fuimos a ver cuál era su reacción. Aparte de estar echando pestes todos por que su equipo se había apagado de improviso, casi todos empezaron a salir de sus oficinas y empezaban a platicar. Llamaron a la gente de mantenimiento para revisar el problema y, en lo que esperaban, salieron a ‘estirar las piernas’. Era el momento que todos estábamos esperando. La gente de mantenimiento no tardaría mucho tiempo en darse cuenta que el interruptor estaba desconectado y, al volverlo a conectar, podríamos encender nuevamente su equipo y tendríamos algunos minutos antes de que regresara para intentar entrar al sistema. Íbamos bien armados. Llevábamos un disco de arranque que permite cambiar o eliminar la contraseña de un usuario local y con eso, podríamos intentar firmarnos y adquirir privilegios para obtener la información. Nos escabullimos sigilosamente a su oficina y permanecimos lo más ocultos que podíamos esperando que la energía fuera reconectada. Pasaron algunos minutos pero nada pasaba, todo seguía apagado. No era posible que los de mantenimiento no pudieran subir un interruptor que claramente estaba “botado”. Se nos estaba acabando la paciencia (y el tiempo) cuando repentinamente vimos cómo se encendían algunos dispositivos que estaban conectados. Inmediatamente encendimos la computadora. Con la torpeza que produce la ansiedad, insertamos el disco que nos brindaría el tan anhelado acceso al sistema. “Disco ilegible”, apareció en la pantalla. “¡¿Qué?¡”, dijimos todos a la vez. No era posible. ¿Acaso había instalado también algún sistema que bloqueara el uso de dispositivos de arranque diferentes al disco duro? Lo intentamos varias veces más, siempre con el mismo frustrante resultado: “Disco ilegible”. “Creo que tengo otra copia en mi lugar”, dijo mi compinche. “Corre, ve a traerla”, le dije apurándolo. Mientras esperaba a que regresara crecía mi desesperación porque sabía que nuestra “víctima” no tardaría en regresar y lejos de asombrarse con mi presencia le resultaría yo un blanco fácil de burlas al encontrarme allí escondido y, sobre todo, sin haber podido entrar al sistema. Nada parecía salvarme, mi compañero no regresaba y decidí aparentar que algún progreso tenía para que no resultara tan bochornoso el encuentro con el usuario. Me paré apurádamente y en mi desesperación tiré el teclado. Al levantarlo exclamé “No es posible”. Encendí la máquina, tecleé la contraseña, ingresé a su directorio, lo imprimí. Abrí uno de los archivos más pequeños que encontré e imprimí su contenido, justo antes de que el usuario entrara por la puerta. “Ve a la impresora de enfrente. Se acaba de imprimir el listado de tus archivos y el contenido de el primer archivo que me encontré”, dije con una sonrisa mientras, incrédulo, él se asomaba a su máquina para comprobar que, efectivamente, estaba yo accediendo a su información. En su afán por poner una contraseña demasiado compleja, usó un pedazo de ‘masking tape’ para escribirla y que no se le olvidara, la pegó bajo su teclado y nunca creyó que alguien la encontraría en el plazo estipulado.

Por supuesto, no intenten nada de esto en casa. Esto ha sido realizado por profesionales y ya bastante vergüenza ha sido que le pase a una persona como para que se vuelva a repetir. Hasta la próxima edición… o hackeo.

miércoles, 13 de enero de 2010

Anécdotas de Soporte Técnico – Parte II

Como mencioné en alguna entrada anterior: el soporte técnico no es precisamente el trabajo más reconocido, pero no por eso tiene que estar fuera del alcance de la diversión. Muchas veces la parte graciosa del trabajo la provoca el usuario final, otras tantas el propio agente de soporte técnico, en otras (más de las que uno podía imaginarse) el propio produto al que se le da soporte técnico. Presento los siguientes casos no como burlas sino como experiencias agradables que me han tocado vivir y que, en más de una ocasión, me han hecho exclamar “¡Me encanta mi trabajo!”.

La computadora daltónica.
Mientras trabajaba en una empresa de soporte técnico “multivendor” (que significa que le dábamos soporte “a lo que fuera”, sin importar el fabricante) nos llamó el gerente de informática de una empresa muy grande cuyo equipo interno de soporte técnico tenía un alto nivel técnico. Cuando recibíamos una llamada de esta empresa sabíamos que el problema que se estaba presentando era realmente complejo y ya había pasado por varios ingenieros de diversos niveles sin que hubieran podido arreglarlo.

Cliente:   Llamo porque nuestro programa de diseño gráfico no muestra correctamente los colores.
Yo:   Mmmm… ¿El problema es sólo con el programa de diseño o en cualquier otro programa se ven mal los colores?
Cliente:   No, solo en el programa de diseño, pero no en todas partes sino únicamente en las texturas.
Yo:   ¿En las texturas?
Cliente:   Sí, si estamos diseñando algo que tiene que ser hecho de madera el programa de diseño no muestra la textura del objeto de color café y con las vetas de la madera, sólo muestra un color verde casi fosforescente. La madera no es verde fosforescente ¿verdad?

En ese entonces todavía no había salido la película “Avatar” afortunadamente o hubiera dudado en mi respuesta. Pero no únicamente ocurría con las texturas de madera, sino también en las de metal, plástico, cemento y, para abreviar, en todas las demás (que eran unas cien, según recuerdo). Así que decidí que una visita en sitio sería más conveniente para resolver más rápido el problema.
“Todo empezó cuando llegaron las máquinas nuevas”, dijo el gerente cuando estuve ya en sus instalaciones. “Ya vienen con la nueva versión del sistema operativo y parece que algo no es compatible porque en las máquinas ‘viejitas’ funciona todo bien” concluyó. Inmediatamente me llevó a un equipo donde el programa de diseño funcionaba bien y justo a un lado había otro donde, efectivamente, cualquier textura de los objetos se iluminaba con un horrible color verde intenso. “Seguro es culpa del Sistema Operativo que hace cosas raras”, diagnosticó sin mayor miramiento como queriendo transmitirme que no aceptaría un diagnóstico que pudiera indicar un problema en el programa de diseño gráfico.
Al revisar los equipos que tenían el problema mi primera sugerencia fue cambiar el idioma en el que estaba configurado el equipo de Español a Inglés. “¿Podemos probar eso en algún equipo?”, pregunté. “¿Cómo crees? ¿Qué clase de solución es esa? ¿Por qué no me mandaron a alguien con más experiencia resolviendo problemas y con más lógica? Sería una estupidez pensar que el idioma tenga algo que ver con los colores que se muestran en la pantalla”, me dijo antes de realizar la prueba y descartando mi solución. “No perdemos nada con probar”, contesté confiado aunque sin realmente estar seguro de que funcionaría lo que acababa de proponer. “Vamos a hacer esto: si no funciona lo que dices quiero que me asignen a otro ingeniero para que me ayude, alguien que sí sepa”, dijo con prepotencia y sin voltear a verme. Cambió el idioma del equipo a Inglés y, posteriormente, entró al programa de diseño. Intentó aplicar la textura de madera a un objeto mientras yo, sumamente nervioso, esperaba a un lado del equipo. Esta vez aquel efecto color verde espantoso no apareció. En su lugar el objeto dio la apariencia de estar hecho de madera con un color café impecable. “¡¡No manches!! ¡No puede ser!”, exclamó posando su cabeza entre ambas manos. “No, no puede ser. ¡Vamos a otra máquina!”, ordenó mientras se paraba apuradamente y buscó otro de los equipos nuevos. Verificamos que sin el cambio de idioma las texturas quedaban “manchadas” con aquel color verde intenso. Aplicamos el mismo procedimiento para cambiar el idioma en la configuración del equipo y volvimos a intentarlo. “¡Ja! ¡Ahí está! ¡No funcionó tu solución!”, dijo casi saltando del asiento, esta vez viéndome fijamente con los ojos muy abiertos y poniendo una sonrisa burlona que no podía quitar. Cuando vi la pantalla me di cuenta de que el objeto donde se quería aplicar la textura no estaba verde, más bien tenía un color casi negro pero no parecía madera. Sin alterarme mucho, me acerqué al monitor y le subí el brillo. La textura tipo madera con su típico color café apareció mágicamente. También, como por arte de magia, su sonrisa desapareció inmediatamente. Volteándose hacia la persona que normalmente usaba esa máquina comenzó a preguntar “¿Por qué…?”. “Es que me molesta el brillo de la pantalla”, respondió rápidamente el usuario sin dejarlo terminar su pregunta.
Quisiera poder decir que el gerente quedó convencido después de ver que la solución había funcionado también en la segunda máquina, pero se pasó recorriendo varios puestos de trabajo buscando que en alguna no funcionara. “Déjame probar una cosa”, empezó diciendo a los dueños de los equipos para que lo dejaran aplicar el procedimiento. Como en todos los casos el problema iba quedando corregido, en los últimos lugares a donde fuimos cambió su frase a “Déjame aplicar unos cambios para que ya funcione el programa de diseño gráfico”. La realidad era que él no podía aceptar que, tras varios días de “pelearse” con el problema, llegara alguien externo y lo arreglara al primer intento. Buscó desesperadamente los datos de quien le había vendido el programa de diseño porque, según él, a alguien había que reclamarle. “No puede ser que sean tan imbéciles”, gruñía al tiempo que buscaba un número telefónico. “Quiero que tú les expliques cuál es el problema”, me dijo. Su posición y opinión cambió varias veces en el tiempo en que estuve allí. “Tengo un equipo lleno de incompetentes”, “Días y días investigando y no pudieron imaginarse algo así”, “Bueno, pero quién podía imaginarse algo así”, “Alguien tiene que responder por esto”, fueron algunas de las frases que llegaba a vociferar junto con otras que emitía sin que pudiera yo descifrar lo que decía. Curiosamente, mientras seguía buscando sin suerte el número telefónico comenzó a calmarse. Yo permanecí callado frente a su escritorio sólo con una pequeña pero notoria sonrisa en mi rostro. Sin poder reclamarme nada y sin lograr encontrar el número del proveedor del programa de diseño finalmente me dijo “Pues muchas gracias, ya teníamos mucha presión porque no podíamos usar los equipos nuevos y lo arreglaste rápido”. Pensé que iba a dejarme ir después de eso pero viéndome de forma un poco extraña finalmente se atrevió a preguntar “¿Cómo supiste que era eso? ¿Por qué no revisaste la tarjeta de video, los drivers o algo más relacionado con el video? ¿Por qué tu primera opción fue revisar el idioma del equipo?”. Por un momento no supe si contestar o no, hasta que finalmente me decidí y dije “Los sistemas que cubren con algún patrón un área definida realizan muchísimos cálculos para determinar el brillo, sombras y otros aspectos que hagan más real la forma en que son aplicados. Dependiendo del resultado de los cálculos se emplea el color resultante en cada punto de la figura a ‘rellenar’. Cuando el Sistema Operativo está en español el separador de unidades de millar es un punto y el separador de decimales es una coma, justo al contrario que en inglés (aclarando que me refiero al español de España, que era como estaban configurados los sistemas). Esto provoca que los resultados de los cálculos sean equivocados y que el programa lo interprete como un color verde intenso (posiblemente fuera una respuesta predeterminada ante un número demasiado grande o negativo)”. Nuevamente el gerente me agradeció por haberle ayudado y me dejó ir.
Hoy, después de muchos años de haber tenido este caso, debo ser honesto y confesar algo que nunca le dije al gerente sobre la verdadera causa por la que se producía el problema. Pese a que la explicación de los separadores de unidades de millar y de decimales resultaba convincente, la realidad es que, justo antes de salir de mi oficina para dirigirme hacia la oficina del cliente, entré a la página del fabricante del software de diseño gráfico, consulté las preguntas más frecuentes y encontré directamente la respuesta. De hecho era la pregunta más frecuente. ¿La razón del problema? En realidad un problema al leer las fechas, no los números: En inglés el mes se escribe antes que el día (en español es al revés) y en ocasiones esto provocaba que el producto quedara invalidado y desactivaba algunas funciones por expiración de licencia, entre ellos, el desplegado correcto de las texturas.

Palabras que matan
Con el surgimiento de las computadoras personales fue necesario desarrollar a la par un conjunto de palabras que describieran adecuadamente cada una de sus partes y de sus funciones. En algunos países donde se habla español se esforzaron por encontrar (o inventar) palabras que representaran adecuadamente cada una de estas partes y sus funciones. Incluso, en algunos lugares la palabra ‘computadora’ no fue totalmente aceptada y se le dio el nombre de ‘ordenador’ (por aquello de que podía ser utilizado para poner en orden una serie considerable de datos. En otras ocasiones se buscaron formas de ‘españolizar’ algunos términos traduciendo literalmente el término en inglés, tal como cuando decimos ‘Disco duro’ o ‘Desborde de pila”. Pero con tantos términos nuevos que no tenían un equivalente adecuado en español como ‘bits’, ‘buffers’, ‘bus’, etc. se terminó adoptando el término tal cual venía en inglés y en algunos casos se crearon verbos nuevos como en el caso de ‘resetear’, ‘subnetear’, ‘chatear’, entre otros.
A veces, lejos de facilitar el entendimiento entre las personas que trataban de ponerse de acuerdo por teléfono, esto provocaba confusión entre el cliente y el ingeniero de soporte técnico.

Cliente:   Tengo un problema con mi computadora porque mi hoja de cálculo se quedó ‘trabada’.
Ingeniero:   ¿El resto de las aplicaciones funcionan bien?
Cliente:   No sé, ¿cómo lo puedo verificar?
Ingeniero:   Presiona al mismo tiempo las teclas ALT-TAB para ver si otras aplicaciones funcionan bien.
Cliente:   ¿Las teclas cuáles?
Ingeniero“ALT-TAB”
Cliente:   ¿Altas? No las encuentro.
Ingeniero:   No se preocupe, ¿puede ver el botón Start?
Cliente:   ¿Es con el que se prende la máquina?
Ingeniero:   No, no es un botón físico. Debe verse en la pantalla.
Cliente:   ¿En la pantalla? ¿Para prender el monitor?
Ingeniero: No, adentro de la pantalla, dibujado.
Cliente:   No, estaba usando la hoja de cálculo, no estaba dibujando.
Ingeniero: Ok, creo que tendremos que ‘resetear’ la computadora. ¿’Salvó’ su trabajo?
Cliente:   No entiendo. ¿Cómo que si salvé mi trabajo? Me está diciendo que esto puede provocar que me corran? ¡Soy bueno en mi trabajo! ¿Por qué tendría que salvarlo? Usted debería salvar su trabajo si no sabe cómo ayudar a la gente que le llama.
Ingeniero:   Perdón, me refería a que si había podido guardar en algún disco lo que estaba haciendo con su hoja de cálculo.
Cliente:   No, ni siquiera pude empezar y se ‘plasmó’.
Ingeniero:   Está bien. ¿Sabe cómo ‘bootear’ su equipo?
Cliente:   ¿Está loco? ¿Qué solución es esa?
Ingeniero:   Sé que a veces no es la opción ideal pero si no tenía nada pendiente por salv… guardar, podríamos arreglar el problema más rápido. ¿Puede ‘bootear’ su máquina?
Cliente:   ¿Cómo voy a putear mi máquina? ¡Es nueva! ¡Me dan ganas pero de putearte a tí, hijo de la…!

Y aunque muchos no lo crean, este tipo de situaciones no es exclusiva de usuarios inexpertos. Incluso entre miembros del equipo de soporte técnico llegan a darse el mismo tipo de confusiones, hasta peores. En una ocasión, un ingeniero de soporte se encontraba en las instalaciones de un cliente que dependía de un sistema de pesado de camiones. Para aclarar un poco esta parte, los camiones que llegaban a su empresa registraban su peso al entrar y salir ubicándose sobre una plataforma enorme que hacía las veces de báscula. Los pesos registrados eran almacenados en una base de datos con fines estadísticos y de control. El trabajo del ingeniero que se encontraba en sitio era determinar el motivo de la lentitud con la que se estaba registrando la información en dicha base de datos. Resultaba un tanto crítico el asunto porque la lentitud del sistema provocaba que cada camión tuviera que esperar en la plataforma más tiempo del necesario y toda la distribución comenzaba a atrasarse. Aún así, el ingeniero asignado era una persona experimentada en bases de datos y confiaba yo que haría su trabajo eficientemente. Sin embargo, al cabo de un rato recibí la llamada del cliente bastante enojado.

Cliente:   ¡Tenemos problemas con el ingeniero que nos mandaron!
Yo:   ¿Cuál es el problema?
Cliente:   ¡Al estar tratando de arreglar nuestro problema de lentitud tiró la base y ahora ningún camión puede salir! ¡Eso que escuchas en el fondo es el ruido del cláxon de todos los trailers que están formados esperando que el sistema registre su peso!
Yo:   ¿Podrías comunicarme con el ingeniero para ver qué podemos hacer?
Cliente:   El problema es que tiró la base pero ahorita lo pongo en la línea para que te explique.
Ingeniero:   ¿Bueno?
Yo ¿Qué pasó? ¿Cómo que se cayó la base?
Ingeniero:   La verdad es que no sé qué pasó. Estaba revisando los datos de rendimiento del servidor y de repente se cayó todo. Está hecho un relajo esto.
Yo ¿Por qué no levantas un caso urgente al centro de soporte internacional? Tal vez sea más rápido si te apoyas con ellos.
Ingeniero:   ¿Al centro de soporte? Pero…
Yo:   Por lo menos para que el cliente esté más tranquilo levanta el caso y tú sigue intentando levantar el servidor.
Ingeniero:   Bueno, el servidor se cayó pero no es ese el problema, sino que todo se quedó sin conexión.
Yo:   No entiendo. ¿Se cayó el servidor o es problema de conexión?
Ingeniero:   Ehhhh… los dos. Se cayó la base y todo lo que tenía arriba.
Yo:   A ver… ¿qué se cayó? ¿La base, el servidor o la conexión?
Ingeniero:   Todo. El problema es que arriba de la base estaba el servidor y ahora no se puede conectar. No alcanzan los cables.
Yo:   ¿Cuáles cables?
Ingeniero:   Los del servidor. Te explico. Al estar revisando el servidor moví la base donde estaba apoyado el ‘rack’ del servidor. Era una base con rueditas, no estaban fijas, y se fue hacia un punto donde no había piso falso en el ‘site’. El servidor cayó en el hueco que había en el piso, jaló todos los cables y todo quedó desconectado. Estamos tratando de sacar el servidor de allí pero parece que algo quedó atorado y además está muy pesado.
Se requirió de varios ‘drivers’ (o manejadores de trailers) para levantar el servidor. A partir de ese momento el concepto de “servidor caído” tuvo un nuevo significado para mí.


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domingo, 10 de enero de 2010

A veces…

A veces, al darme cuenta que un día no es lo bueno que yo quisiera, trato de tranquilizarme yendo por un café a mediodía, telefoneando a alguien, o simplemente saliendo un rato de donde esté para respirar un aire diferente. A veces situaciones tan simples como encontrar un buen café se complican y debo conformarme tomando cualquier otra cosa, no porque necesite tomar algo, sino para continuar el pretexto de no estar, aunque sea por un momento, donde no quiero estar. A veces, antes de yo llamar, recibo alguna llamada justo de la persona a la que tenía pensado llamar yo, como si por alguna coincidencia de la vida nuestras mentes y momentos se sincronizaran. A veces me encuentro con gente a la que no quisiera ni dirigirle el saludo, pero al tenerlas de frente no puedo más que traicionar mis propios deseos y discretamente las saludo. A veces surgen más problemas de los habituales y siento la frustración de no ser capaz de resolverlos todos. A veces quisiera que el día tuviera un par de horas más para poder terminar con las cosas que debo hacer. A veces quisiera poder desocuparme más temprano y hacer más cosas que no necesito hacer. A veces pronuncio palabras que tranquilizan y confortan a otros justo en el momento en que así lo requieren. A veces digo estupideces que salen de mi boca sin esfuerzo y no logro notarlo hasta que ya es muy tarde. A veces juego mentalmente con situaciones ocurridas para hacerlas más graciosas de lo que en realidad son, no para hacerlas más interesante sino para poder contarlas después y pasar buenos ratos. A veces leo con la impacienca de quien desea enterarse rápido de lo que está leyendo, tratando de acumular rápidamente páginas como si la cantidad de palaras leídas estuviera directamente relacionada al nivel de su entendimiento.

A veces me imagino en un futuro, con gente que aún no conozco y con gente que creo conocer, sin incertidumbre y sin preocupación. A veces miro al pasado como quien revisa cada uno de los tatuajes que cubren su cuerpo, algunas figuras traen recuerdos buenos, otras provocan nostalgia y arrepentimiento, pero todas ellas se fijaron al cuerpo con dolor cuando se creaban aunque, también, todas ellas produjeron orgullo al ser terminadas. A veces veo el momento que llamamos presente, veo cómo, después de añorarlo tanto, rápidamente se convierte en parte de un recuerdo, y percibo cómo, minuto tras minuto, más momentos se desvanecen. A veces pienso en el tiempo como la sucesión de situaciones (no de momentos) que cada quien vive y que, unidos todos por nuestra imperfecta memoria cuentan una historia. A veces, al cruzar alguna meta, he sentido correr por mi rostro lágrimas, sudor y lluvia, y he sido capaz de distinguir, por su temperatura, por su intensidad, por su sabor, el origen de cada gota.

A veces pienso en lugares lejanos, que más que traer a mi mente recuerdos de paisajes, sitios, climas, eventos, me recuerdan gente, palabras y juegos. A veces canto en silencio, sintiendo la música y la letra en el alma, no en los oídos. A veces recuerdo mis sueños, muy raras veces, y advierto lo ilógico de mi pensamiento pero, al mismo tiempo, me doy cuenta de la complejidad de mi ser, de la forma irracional, libre y sentimental en que un sueño se forma. A veces despierto sobresaltado, sin recordar lo que me hizo despertar, sabiendo que por más que me esfuerce el insomnio apenas ha comenzado. A veces camino sin importar a dónde me dirija sino tratando de encontrar compañía para el resto del camino. A veces río, juego y disfruto por el simple hecho de reir, de jugar y de disfrutar, descubriendo también que mi alegría puede alegrar a alguien más. A veces callo esperando que una voz diferente a la mía rompa su silencio y el mío y así poder iniciar un escándalo. A veces vivo. A veces muero. Siempre estás allí.

domingo, 3 de enero de 2010

Tradiciones de Año Nuevo

Caminando por las calles casi desiertas después de la celebración del Año Nuevo, estaba recordando las palabras que una familia ajena a la mía solía repetir: “Lo que hagas el primer día del año marcará la forma en que vivirás el resto del año, así que diviértete y pásatela bien”. Si esta oración cobrara vida y se cumpliera durante el resto del 2010, creo que la mayoría de la gente se la pasaría durmiendo hasta tarde y faltando a la escuela o trabajo. Sé que no debo tomar de forma tan literal y exacta la frase pero me hizo pensar en todo aquello que acostumbramos hacer para fortalecer la ilusión de que el nuevo año será siempre un mejor año que el anterior.

He estado tratando de hacer memoria sobre las cosas que hacía de niño durante las celebraciones de Año Nuevo y, aunque no he podido definir claramente las cábalas que hacía junto contoda mi familia, he logrado recordar con mucho cariño ciertas “tradiciones” que, en esos primeros años de mi vida, nunca faltaron. Hoy en día, no sé si esas tradiciones familiares condujeron directamente, ya sea a mí o a otro miembro de mi familia, a tener un mejor año que el anterior, pero ciertamente cumplieron con la segunda parte de la frase que mencioné al principio: Nos divertíamos y nos la pasábamos muy bien.

Quizás he desarrollado alguna resistencia a las temperaturas bajas con el paso de los años, o quizás en realidad el clima del país ha cambiado mucho últimamente, no sé a qué atribuirlo, pero aún tengo muy grabado en mi memoria, y en mi propio cuerpo, el intenso frío que siempre se sentía durante mi niñez en esa época del año. Mi cara solía ser la parte más afectada en esos tiempos y yo trataba siempre de meter la nariz y mis prominentes cachetes dentro de la gruesa chamarra que mi madre siempre nos procuraba a mis hermanos y a mí. Como usualmente hacían las familias en esas ocasiones especiales, mi madre nos vestía a mi hermano y a mí de forma casi idéntica. Hasta se las ingeniaba para que nuestro peiando, normalmente diferente, luciera similar en ambos. Si a esto le añadimos que otra tradición era la de estrenar ropa durante la fiesta de Año Nuevo, podrán imaginarse que las compras de Diciembre siempre incluían algún par de prendas idénticas sólo diferentes en talla; entre las que recuerdo estaban chamarras rojas a cuadros, suéteres grises a rayas, pantalones azules con el mismo tipo de valenciana e incluso pares de guantes con la misma figura. Confío en no tener que dar muchas explicaciones al respecto, pero sigo sin entender esa tendencia a uniformar a los hijos que tienen edades similares no únicamente en Año Nuevo sino hasta para salidas ordinarias al parque o para ir a ver alguna película al cine. ¿Qué objetivo tiene eso? ¿Será que si se pierde alguna de las chamarras rojas a cuadros y otra persona la encuentra, la madre podrá reclamarla exhibiendo la otra como evidencia irrefutable e inequívoca de su propiedad? El único consuelo que siempre tenía era que, al llegar al lugar de la reunión familiar para celebrar el Año Nuevo, podía ver que mis primos eran víctimas de la misma obsesión maternal, de modo que por el puro vestuario podían reconocerse las diferentes ramas de la familia: Los “Rojos” son los de Lupe, los “Pachoncitos” de Chela, los “Pitufitos” son los de Rita, los “Metaleros” de Juanita, y así podía seguir aquel desfile de moda infantil.

Como mencioné antes, el frío que en ese entonces se sentía era mucho más intenso que ahora, al menos en mi percepción, pero siempre contrastaba con la sensación cálida que se sentía por todo el cuerpo al entrar a la casa donde celebraríamos la llegada del Año Nuevo. Era un calorcito rico que parecía ir derritiendo de forma casi inmediata cada partícula gélida que provocaba que mi nariz se congelara. Y junto a aquella agradable sensación siempre llegaba otra de igual magnitud, pero desde la cocina: el inconfundible olor a ponche recién preparado y aún calentándose combinado con el del pozole tan cuidadosamente preparado desde varias horas antes y los diferentes platillos por ser servidos unas horas más tarde. No sé cómo ese tipo de cosas pueden quedarse en la memoria de una persona, pero al escribir estas palabras llega a mí, como si alguien lo estuviera preparando, el mismo olor que aquí describo. De alguna forma, era parte de la tradición el poder disfrutar de aquellas delicias que empezaban seduciendo nuestro sentido del olfato y terminaban satifaciendo por completo el del gusto.

Por supuesto que antes de llegar a tan esperado momento, el de la cena, debíamos concluir con otra serie de “tradiciones” no escritas. Una de las que menos disfrutaba era la de ir diligentemente saludando a cada una de las personas que se encontraban ya cómodamente instaladas en los sillones y sillas de la enorme sala. “¡Mira cómo has crecido!”, decía la siempre la misma tía. “¿Cómo va la escuela?”, preguntaba siempre el mismo tío. “¿Siguen tocando en la estudiantina?, solían preguntar todos. Y como si cada uno pensara que estaba haciendo su broma más original, no podía faltar el clásico “¿Y todavía tocas el acordeón o sólo lo usas para pasar los exámenes?”.  Procuraba ignorar este tipo de comentarios al mismo tiempo que recordaba con cuidado las indicaciones que mi madre nos daba justo antes de entrar a la reunión: “Saludan. Dan la mano derecha. ¿Cuál es la mano derecha, Julio? ¡No, con la otra! Dicen ‘Buenas Noches’ y que no les falte nadie”. Así que mi pensamiento se enfocaba básicamente en que no me faltara saludar a ninguno de los presentes o me arriesgaba a recibir aquella mirada característica que cada madre sabe propinar a sus hijos, que asusta más que cualquier regaño y que impone más que cualquier grito. Era una especie de amenaza silenciosa que, por supuesto, siempre tratábamos de evitar mis hermanos y yo. Conforme íbamos terminando de saludar a todos, poco a poco nos íbamos acercando a donde se encontraban jugando ya mis primos. Entre todos los primos que nos reuníamos en esas memorables ocasiones podían contarse unos 8 niños y sólo 3 niñas más o menos de la misma edad, que éramos quienes nos juntábamos para jugar o, siendo más honesto, para planear las travesuras que haríamos en el transcurso de la noche-madrugada mientras los adultos se dedicaban a platicar, embriagarse, bailar, bromear, ponerse al tanto de chismes y embriagarse aún más. De vez en cuando todos los primos solíamos jugar a algo juntos, posiblemente un juego de mesa, algún juego inventado por nosotros mismos o simplemente platicábamos de cualquier cosa que se nos ocurría. Pero todas estas actividades en realidad representaban una especie de cortina de humo para disfrazar lo que considerábamos la principal actividad de aquella reunión: ir a tronar cuetes.

Recuerdo que, al más puro estilo de las películas donde se trafican armas, mis primos mayores iban mostrando poco a poco todo el arsenal de pequeños dispositivos explosivos que habían podido conseguir a escondidas de sus padres. “Este es un ‘cañón’, esta una ‘paloma gorda’”, nos explicaban mientras clasificaban cada cuete en dos grandes grupos: los peligrosos (que, por cierto, eran los más codiciados) y los “seguros” (que eran los que podían ser explotados por los primos más pequeños). “Ustedes los ‘cerillos’ y las ‘brujitas’ porque están chicos”, nos decían a mi hermano y a mí, lo cuál siempre solía molestarnos porque nos considerábamos tan aptos para lanzar un ‘cañón’ como cualquier otro de los que estaban presentes. Mi hermana siempre se unía a las voces de mis otras dos primas: “No truenen cuetes, se van a lastimar”. Casi como si fuera parte del ritual preparatorio, alguna de ellas contaba alguna historia que tenía por objeto el disuadirnos de nuestra diversión: “Un niño de mi escuela anduvo tronando cuetes y una ‘paloma’ le explotó en la mano. Se quemó la mano y tuvieron que llevarlo al hospital porque ya no podía ver”. “Pero nosotros no somos tan pendejos”, era siempre la respuesta de alguno de mis primos que eliminaba de forma inmediata cualquier miedo que hubiera podido formarse en nosotros. “Tú no vayas, Julio”, siempre me decía mi prima Vero a quien yo quería mucho y que era de mi misma edad. “Tú no eres como ellos”, me decía. Pero esto, lejos de alejarme de lo peligroso de aquellas actividades, me provocaba mucha vergüenza ante la inmediata burla del resto de mis primos: “Ay sí, ya cásense ¿no? ¡Que no te convenza! ¿O qué? ¿Eres maricón y ya te dio miedo?”. Mi reacción inmediata era levantarme y dirigirme hacia la salida de la habitación donde estábamos reunidos y decir “¡Vamos! A mí no me da miedo”. Casi al mismo tiempo salíamos todos decididos a divertirnos con los cuetes, mientras de reojo volteaba a ver a mi prima y podía percibir su cara de desaprobación y desilusión al tiempo que volteaba su mirada hacia abajo. Una vez afuera, sintiendo el frío en todo el cuerpo, nos poníamos primero a encender aquellos cuetes “inocentes” que no representaban tanto peligro, no porque estuviéramos tomando precauciones iniciales o porque hubiéramos decidido guardar para el final los cuetes “buenos”. No, era más bien porque nunca faltaba que algunos de los adultos saliera a acompañarnos para “vigilar” que estuviéramos jugando de forma segura. Por supuesto, esto no duraba mucho, en cuanto le calaba el frío o le daban ganas de integrarse nuevamente a la plática o al baile de los adultos, nos dejaba camino libre para que pudiéramos iniciar, ahora sí, con toda la diversión. Como en cualquier comando armado, había rangos y actividades asignadas de acuerdo a ellos. Los más pequeños teníamos el importante encargo de identificar los autos que tuvieran instalada una de esas novedosas alarmas de la época. Para quienes no lo recuerden, las primeras alarmas para carros se activaban y descativaban girando una pequeña llave de seguridad sobre una especie de cerradura que se instalaba por la parte externa del carro, normalmente del lado de la puerta del condutor. La razón para realizar esta labor de inteligencia previa era muy simple: esa alarma, lejos de presentar un medio para mantenernos alejados, representaba la oportunidad de activarla ruidosamente al tronar un potente cuete cerca del auto. Los mayores seleccionaban el tipo adecuado de explosivo, se encagaban de colocarlo de forma precisa y, por supuesto, tenían la envidiable tarea de encender la mecha del dispositivo seleccionado. Todos nos reuníamos alrededor de nuestro “armador de bombas” y, sólo hasta que la mecha estuviera encendida, salíamos corriendo a toda velocidad y con más fuerza de la que nos creiamos capaces, impulsados más por el miedo a ser descubiertos que a la propia explosión. Mientras corríamos por nuestras vidas, escuchábamos a nuestras espaldas la potente explosión del cuete seguida por la escandalosa alarma que se activaba casi de inmediato. Obviamente, nuestro escondite era siempre la casa de nuestros familiares y ya estando todos en el patio de la misma soltábamos carcajadas nerviosas que indicaban que la operación había sido todo un éxito. Claro que el resultado no era satisfactorio siempre, había ocasiones en que escondidos en el patio nos dábamos cuenta de que aquel ‘cañón especial’ o aquella ‘paloma gorda’ había fallado, o como se acostumbra decir en estos casos, se había cebado. Pero no crean que esto representaba una especie de fracaso en nuestra estrategia militar, todo lo contrario, cada vez que uno de estos dispositivos no explotaba tras consumirse su mecha pasaba a formar parte de la artillería secundaria que sólo se utilizaba en misiones “especiales”. Todos estos aparatos, inicialmente defectuosos, se iban almacenando en alguna lata metálica o botella de plástico lo suficientemente grande como para que todos cupieran sin estar muy apretados. Nuevamente, los pequeños agentes de inteligencia tenían la labor de buscar por todas las calles vecinas series de 2 ó 3 autos juntos que tuvieran alarma. El objetivo: activar todas las alarmas juntas con una sola bomba armada usando los residuos de aquellas que no explotaron. El detonante: una paloma de las consideradas “infalibles” que se encendía y se metía en el mismo recipiente donde se habían estado guardando los “defectuosos”. El resultado: generalmente nunca era el esperado ya por la explosión poco ruidosa que no lograba activar ni una alarma, ya porque éramos descubiertos por algún vecino o alguna patrulla y terminábamos castigados, o ya por algún penoso y doloroso accidente ocurrido justo al momento de encender la mecha.

En el mejor de los casos, nuestra diversión era interrumpida por algún adulto que, a fuerza de gritos por la calle, nos llamaba porque “ya casi era hora”. Sí, la tan esperada medianoche se acercaba y era momento de reunirnos todos en la sala para poder brindar y expresar nuestros buenos deseos a todos los presentes. No recuerdo que en esos tiempos hubiera programas de televisión dando la cuenta regresiva hasta el inicio del Año Nuevo. Por lo menos, no era el medio que se utilizaba en la familia para empezar con el festejo, sino que se le dejaba esa importante responsabilidad al viejo reloj de pared que mi tío tenía justo al centro de la sala. Aquel reloj representaba un regalo que la tía Lupe había traído desde Suiza en uno de sus viajes a Europa. Honestamente era un hermoso reloj con péndulo dorado que estaba protegido por una caja rectangular hecha de madera color café obscuro y decorado con pequeñas piezas doradas alrededor de donde podían apreciarse los números romanos que indicaban la hora y que siempre llamaban mi atención porque el número cuatro estaba representado como “IIII” y no como “IV”, que era la forma en que había aprendido yo en la escuela. Cada media hora, el sonido que emitía imitaba el de una enorme campana como las que suelen verse en lo alto de las torres de las iglesias. Un repique para indicar las “medias horas”, varios repiques consecutivos que coincidían con el número que indicaba la manecilla pequeña justo cuando la manecilla larga apuntaba hacia el “XII” para indicar la horas “completas”. Pero en ese momento tan esperado, ambas manecillas debían apuntar al mismo tiempo hacia la marca del “XII”, el punto más alto de aquella numeración, y el reloj debía repicar tantas veces como le era posible: doce. Así que, mientras todos sosteníamos en la mano una copa llena siempre de sidra rosada, nos quedábamos viendo hacia el péndulo del reloj que iba y venía sin apresurarse por la casi desesperación y emoción que se percibían en el ánimo de los presentes. Finalmente, se escuchaba un ‘clic’ más fuerte proveniente del reloj e inmediatamente sonaba la primera campanada. “¡Feliz año nuevo!” gritaba algún tío. “¡Feliz año nuevo!”, respondíamos todos los demás levantando nuestras copas. “Tómense la sidra y pidan sus deseos”, nos decían nuestras madres mientras ellas mismas se apresuraban a terminarse la sidra antes de que se escuchara la doceaba campanada en el reloj. Conforme todos iban acabando con el contenido de sus copas podía escucharse desde varios puntos de la sala la frase familiar “Bueno, pues felicidades”, y con eso se daba inicio a la tradicional sesión de abrazos, besos y buenos deseos. “Felicidades, hijo. Que este año sea muy bueno para ti. Sigue sacando dieces ¿eh?”, me decían casi todos. “Hijo, acuérdate de que la vida es como tener una flor: para que crezca hay que regarla. Así que si algo no sale como tú quieres este año, pues ¿qué ‘chingaos’? es una regada que hará que con el tiempo tu vida florezca”, me dijo alguna vez mi tío Pedro mientras me abrazaba. Lo que no me dijo es que de tanta regada podía ahogarse también la flor, pero bueno, supongo que debía haberlo intuído siguiendo el mismo ejemplo. “Felicidades, primo. Que tengas bonito año”, me dijo Vero que parecía haberme perdonado por no haberle hecho caso a su recomendación de no ir a tronar cuetes. De vez en cuando escuchaba que, mientras duraba la sesión de abrazos, alguien comentaba “Este año estuvo muy malo. Pero yo espero que el siguiente mejore todo y nos vaya bien”. Tal vez sea esa la esencia de la celebración del Año Nuevo: tenemos un nuevo punto de partida común y, junto con él, la oportunidad de cambiar el curso de las cosas hacia algo absolutamente mejor. Invariablemente, después de aquellos momentos de reflexión al respecto, y una vez finalizada la sesión de abrazos, se servía la tan esperada cena.

Casi siempre me sentaba junto a mi hermano y cerca de mi prima Vero, con quien platicaba de cualquier cosa y nos la pasábamos riendo mientras comíamos los platillos que nos iban sirviendo y que disfrutábamos más por la compañía mutua que por los platillos en sí. “¿Te gusta tocar el acordeón?”, me preguntó una vez. Nunca nadie se había preocupado de si me gustaba o no tocar el acordeón. Simplemente lo daban por hecho porque seguía haciéndolo. “La verdad, no”, fue mi tímida respuesta. “¿Y por qué lo tocas entonces? ¿No te gustaría tocar otro instrumento?” preguntó mientras tomaba un poco del refresco que nos habían servido. “Me gustaría tocar la guitarra, pero esa ya la tocan mis hermanos, yo tengo que tocar el acordeón. No hay nadie más que lo toque en la estudiantina” respondí sin pensarlo mucho. “Ah, entiendo. ¿Y por qué no aprendes guitarra y mis primos aprenden a tocar el acordeón? Tal vez les guste y cada quien tocaría el instrumento que le gusta”, dijo mientras dibujaba en su cara una leve sonrisa. “Inténtalo y el próximo año decides sigues con el acordeón o cambias a la guitarra” conlcuyó alegremente.

Nunca aprendí a tocar la guitarra, aunque tomé algunas clases. Tampoco continúo ya con aquellas tradiciones de fin de año que marcaron mi niñez. Tengo, sin embargo, bellos aprendizajes y recuerdos que llevo conmigo aún hoy en día. Cada año que comienza es una nueva oportunidad que la vida nos da para ser mejores seres humanos y, aunque no siempre tendremos éxito, vale la pena hacer el intento y seguir “regando” aquella flor que se nos ha dado. Es también una referencia para cambiar aquellas cosas que no nos gustan por otras que, tal vez, nos hagan mas felices… si tenemos el valor para realizar ese cambio. De alguna forma, se trata de un “borrón y cuenta nueva” que nos pone a todos en la misma línea de salida brindándonos oportunidades que posiblemente no nos habíamos dado cuenta que teníamos. Pero más que otra cosa, es un nuevo comienzo, un nuevo momento para vivirlo cerca de las personas que, pese a haber sido ignoradas por nosotros, siguen allí dispuestas a sentarse a nuestro lado para convencernos que podemos ser más felices de alguna forma. Dejé de ver a mi prima Vero, y al resto de mis primos, desde hace varios años por causas que ahora no recuerdo, pero la voz de ella, su sonrisa, su plática en aquel año nuevo siguen siendo parte de mí. Hoy, pese a que su lugar no ha sido reemplazado, hay otras personas que también están junto a mi y que día a día se preocupan sobre si estoy o no disfrutando lo que hago. Conforme pasa el año se encargan de advertirme y me dan consejos porque consideran que “yo no soy como los demás”. Este Año Nuevo es mi oportunidad para hacerles saber a todos ellos que, venciendo la vergüenza que ciertas situaciones me pueden causar, he decidido escucharlos y tratar de buscar nuevos retos, nuevas formas de disfrutar la vida. Estoy seguro de que si ven que estoy regando demasiado la flor que trato de cuidar, ellos me lo harán saber en su momento porque no tienen otro interés más que el de que, juntos, podamos seguir disfrutando día con día, semana con semana, mes con mes, y así poder conjuntar y lograr lo que todos buscamos en estas fechas: ¡Un muy feliz año!