Anteriormente, a los actos en que se dividía una obra teatral se les denominaba "Jornadas". Me gusta pensar que, como actor principal en el escenario de mi vida, voy poco a poco dando forma a cada una de estas Jornadas, aunque en una manera diferente para este blog: Primero las vivo y luego las escribo. Así que: Tercera llamada. Comenzamos.
lunes, 25 de marzo de 2013
Esa mujer, mi amiga...
Los días que siguieron quise aparentar entereza, como si ese “pequeño incidente” no me hubiera afectado, y traté de dar la impresión de no sentir dolor. Pero, tarde o temprano, el dolor se nota, no sólo se siente. Y su forma de manifestarse modificó mi mirada, mi andar, hasta mi sonrisa. El llanto humedecía mis ojos por la noche, pero secaba el ánimo y la esperanza durante el día. Luego, siguió el deseo de reparar aquello que había quedado roto, sólo para darme cuenta que varias piezas se habían perdido irremediablemente y las cosas nunca volverían a ser iguales.
Fue cuando le llame a ella, a mi amiga. Mi voz sonaba débil y tambaleante, sin importar el esfuerzo que hacía por mantenerla firme. Hablé y hablé, nombrando cada una de las cosas que sabía perdidas y que me arrepentía de haber dejado ir. Sin desearlo, mis palabras se entrecortaban, el aire me faltaba y comencé a llorar. No pude seguir hablando; las lágrimas ahogaban mi voz. Nunca he podido hacer ambas cosas a la vez: hablar y llorar. Es una cruel maldición que deja al descubierto mis debilidades y me expone ante quien escucha mis sollozos en lugar de mis palabras. Pero ella no esperó a que terminara mi llanto; por la bocina del teléfono escuché su voz decidida que no se compadeció de mí un solo instante y me ordenó dejar de llorar, me gritó que me comportara como el hombre que debería ser (lo recuerdo así: “el hombre que debería ser”, en lugar de “el hombre que era”). Su carácter me sacudió y casi pude sentir su mirada posándose sobre mi miedo, ahuyentándolo de golpe. Podía imaginar sus ojos negros demandando que hiciera a un lado el sufrimiento y que me sobrepusiera ante lo hecho. Me exigió que me pusiera de pie, que sintiera el suelo bajo mis plantas, que pisara y despreciara las lágrimas que había derramado, que saliera, que me encontrara con ella.
Nos vimos en una cafetería repleta de gente. Quizás fue mi estado emocional, pero allí bebí el café más amargo que recuerdo. Volví a repasar mi historia con ella tratando de mantener mis emociones lejos de mi alcance. Ella, a diferencia de lo que pasó en el teléfono, no habló; sólo me miró fijamente, con profundidad. Quise hacerle saber que estaba bien, que había reaccionado mal cuando habíamos hablado; pero que ya había pasado, que me había recuperado y que quería volver a la normalidad, a ser el de antes. No pude. Podría decir que sus ojos negros mirándome no dejaron que yo hablara, podría inventar cualquier otro pretexto, pero fue mi cobardía la que me hizo callar. Sin embargo, ella habló; no con palabras, sino con su sonrisa. Sin tener una razón aparente, me miraba con una alegría brillante. Ahora las palabras sobraban. Acercó su silla a la mía y, sin sacarme de su vista, me besó, primero en la mejilla, luego en los labios, cada vez con más ternura, con mayor emoción, haciéndome sentir el calor de sus besos sobre los míos. Por primera vez, me sentí lleno de debilidad y de fuerza simultáneamente. Mi corazón volvió a traicionarme latiendo con toda su fuerza; pero, esta vez, pude sentir el suyo latiendo con mayor fuerza sobre mi pecho. Ambos nos estremecimos de forma casi sincronizada. Puedo decir que, en aquellos breves instantes, fui feliz. Pero, como dije, fue breve, demasiado breve. Inesperadamente, tal como se había acercado, ella se alejó. Regresó la silla a su lugar y dijo “Me tengo que ir”. Yo estaba a punto de reclamar, de demandar una explicación a sus reacciones, hasta que, con voz firme ordenó: “Acompáñame”.
Nunca supe cuál era su plan original, pero cuando llegamos a su casa, la recibió (nos recibió) la noticia de que su abuela acababa de morir. No voy a describir el drama que se desató en su interior; sólo diré que, seguramente, era la peor noticia que había recibido hasta entonces, y la devastó. Sin siquiera preguntar, la acompañé al funeral y traté de animarla, tal como ella lo hubiera hecho conmigo. La diferencia era que yo no sabía cómo devolverle la fuerza a alguien tan inmensamente fuerte. A ratos me acerqué, a ratos me alejé; mil veces cambié la forma de mi rostro para tratar de compadecerla, de reconfortarla, de hacerle sentir mi apoyo. Nunca sentí que algo de eso ayudara. Reuní la fuerzas necesarias para acercarme y para tratar de abrazarla empáticamente; pero antes de que lograra hacerlo, llegó él corriendo. La tomó entre sus brazos y la besó; noté que no dejaba de abrazarla. Ella lo abrazaba también, dejándose confortar. Después de un rato, miró por encima del hombro de él y me vio. Sólo entonces deshizo el abrazo y le murmuró algo al oído. Ambos caminaron hacia mí. “Te presento a mi novio”, me dijo ella. Yo extendí mi fría mano hacia él. Ahora había dos muertos en el velorio.
sábado, 16 de marzo de 2013
La edad de la inocencia
—Bueno, no mucho —dijo Leandro—. Creo que sí.
—¡No lo puedo creer! ¡Claro que te recuerdo! Sólo que antes eras…
—¡Sí! ¿Te acuerdas? Eso me gustó mucho mientras duró. Pero cuando las canas llegaron, quise experimentar con otros colores. ¿Te gusta así?
—Pero ¿no era tu amiga? ¿No seguiste viéndola?
—¿Yo amiga de ésa? ¿Cómo crees? ¿Platicamos de otra cosa?
miércoles, 13 de marzo de 2013
De todo y nada...
Creo que mi motivación inició al leer el comentario que una compañera escribió en una red social muy popular y que yo frecuento más seguido de lo que quisiera. Me refiero a la red social, no a la compañera. Ella decía que quería escribir un epitafio de algo que ni siquiera había podido nacer. Por supuesto, mi primera impresión fue que se refería a un aborto o algo similar. Después me di cuenta de que era poco probable y que, más bien, se refería a un sentimiento. Y como el sentimiento más socorrido para escribir en casos perdidos es el amor, imaginé que quizás se refería a un romance reprimido que quería dejar atrás. Poco a poco, fui inventándole una serie de historias que iban desde un amor platónico hasta un hijo que nunca había podido tener. El caso es que mi imaginación comenzó a volar y la idea de escribir tonterías se fijó en mi cabeza.
Luego, la palabra epitafio resaltó por sí sola. No era sólo enterrar a ese algo que no había podido lograr su existencia, sino que, aparte, había que dedicarle unas palabras de despedida. No soy un experto, pero creo que un epitafio debe de hablar sobre algo positivo por lo cual se recuerde al fallecido. O al no nacido, en este caso. Es curioso, pero, en lo personal, me resulta más fácil encontrar cosas positivas de la gente. Sobre todo si ya se murieron. Porque he tratado de decir cosas de quienes fallecen y, simplemente, no puedo hacerlo. Tengo una especie de bloqueo que no me permite despotricar contra ellos, aunque ya no estén en este mundo. Y quizás sea esa la razón de mi dificultad: ya están muertos y no quiero darles más pesar que eso. O tal vez no me gustaría que, al morir, la gente hable mal de mí. En una especie de acuerdo no escrito, ni dicho, tengo la esperanza de que nadie perturbe la tranquilidad de mi tumba; aunque debo reconocer que el solo hecho de imaginarla ya es bastante perturbante.
La verdad es que lo que digan frente a mi tumba no me preocupa; ni siquiera podré oirlo. Lo que sí me gustaría es dejar algo que sirva a los demás cuando ya no esté. No me refiero sólo a cuertiones como pertenencias o a la donación de órganos, sino a cuestiones de enseñanza que lleguen a cambiar vidas. De preferencia, cambiarlas para bien. No creo estar siendo demasiado ambicioso en esto. Imagino los poemas de tantos escritores que, aún después de muertos, siguen conmoviendo y motivando a quienes los leen. Sí, lo sé, lo sé. Yo ni siquiera escribo poesía; no en verso, por lo menos. Sin embargo, el hecho de plasmar algunas palabras pueden darle sentido a alguien. No digo que le den riqueza o nada parecido, pero me gusta pensar que pueden ofrecer tranquilidad. La tranquilidad de que hay (o hubo) alguien que tiene (o tuvo) los mismos pensamientos locos y desesperados que otros no quieren revelar. Y si ese simple detalle ayuda a aceptar la existencia en un lugar común, creo que será suficientemente bueno para mí. Aunque espero que haya algo más sustancial que eso.
Por otro lado, está también el placer que me da el hecho de escribir. Me libera, me motiva e, incluso, puede llevarme a un estado de disfrute casi orgásmico. No lo digo en broma, por más patético que suene, lo digo convencido de haber sentido la satisfacción de haber creado algo cada vez que finalizo un cuento, o una anécdota, o cualquier otra cosa que me da la impresión de que estuvo bien contada. En este sentido, no puedo dar más explicaciones al respecto pues sería como tratar de describir el orgasmo en sí: las palabras no bastan, es mejor sentirlo.
Sea como sea que haya surgido esta necesidad de escribir, me alegro de haber tomado la decisión y de decidirme a escribir estas palabras durante la última hora (sí, me tomó todo ese tiempo escribir estas pocas líneas). Decidí hacerlo en primera persona para convencerme a mí mismo de que se trataba de una conversación (aunque sea conmigo mismo) y de que alguien (yo mismo) me pondría un poco de atención. Esa es la magia de la escritura: la imaginación y la creación de situaciones que no estaban allí antes.
Esto es lo que se consigue con las palabras: reflexiones, mundos, ideas, tormentos, alegrías... aunque para muchos no sean absolutamente nada.
lunes, 16 de enero de 2012
Anécdotas de Soporte Técnico – Parte VI
—Sí, como que no le gusta quedarse solo —fue su respuesta.
—¿En serio? —pregunté esperando inútilmente el grito animoso de “¡Sorpresa! ¡Estás en Candid Camera!”. Pero no, no llegó.
—Sí. De hecho, si algún usuario se queda en la noche a trabajar, el servidor no funciona hasta que alguien entra en el cuarto.
—¿No será algún tipo de desconexión o de falso contacto en algún componente? —pregunté.
—Eso pensamos al principio, pero el servidor muestra en todo momento actividad en la tarjeta de red. Responde sin problema los “pings”. No, no se desconecta.
—¡No! —grité rápidamente sin estar dispuesto a romperme algún hueso. Ni siquiera el teclado merecía romperse por una tontería de ese tamaño.
lunes, 2 de enero de 2012
A Brazos
Ocurrió un día de escuela mientras iba caminando bajo el intenso calor del sol. Sin notar el momento preciso, dejé de percibir los edificios que se encontraban a mi derecha y junto a los cuales repartía mis pasos. Fue una sensación extraña pues me pareció increíble que hubieran desaparecido así nada más. Dirigí curiosamente mi mirada hacia el lugar donde acababa de ver aquellas construcciones y, con cierto alivio, pude descubrir que no habían ido a ningún lado. Seguían allí. Sin embargo, con miedo noté que algo más desaparecía a mi derecha. Pero al virar con fuerza mi cabeza, constataba que todo permanecía justo donde debía estar. No eran las cosas las que desaparecían, era la vista en mi ojo derecho la que me estaba abandonando paulatinamente.
Sería una mentira decir que fue una oscuridad la que invadió mi cabeza. No, fue justo lo contrario. Lo único que mi ojo derecho pudo percibir fue un brillo descontrolado que no me dejaba ver. Traté de disimular el síntoma y cerré, en una especie de castigo, aquel ojo traidor que ahora se volvía en mi contra para evitar mostrarme el mundo. Nada cambió. Era como si aquel destello proviniera de mi interior y deslumbrara mi vista. Pensé que el calor me estaba jugando una mala broma y decidí detenerme por unos instantes para tranquilizarme y regresar a la normalidad. Pronto la luz abarcó ambos ojos y, en una inesperada complicidad, me prohibieron volver a ver. No quiero volver a describir la sensación terrible que me recorrió en esos momentos, cuando el miedo me tomó como presa y la vida me ofreció como sacrificado a cambio, espero, de una buena causa.
El caso es que desde ese momento quedé ciego. Esa luz intensa que conformó mi última visión terminó por apagarse definitivamente aprovechando la inconsciencia que tomó el control de mi cuerpo. De eso han pasado ya muchos años. Veintiuno. Quizás veintidós. Es difícil recordar cuando lo que se desea es olvidar. Creo que los primeros meses de mi ceguera fueron los más difíciles, los más aterradores. No era la oscuridad en que vivía lo que me asustaba, sino todo el mundo que cobraba vida bajo la luz que yo no percibía. Mis más absolutas certezas se convirtieron en amplias inseguridades. Mi andar se hizo lento e indeciso ante el misterio que el camino representaba ahora. El dolor de cada golpe recibido se transformó rápidamente en vergüenza, y la vergüenza en incapacidad. Nadie se explicaba la razón de mi desgracia, sólo supe que, irreversiblemente, mis ojos no podían ahora más que llorar.
Así comenzó mi nueva vida, con incertidumbres y sin esperanzas. Quisiera poder decir que salir de mi casa representó todo un reto. Lo cierto es que el solo hecho de bajar de mi cama me significó algo similar a abandonar mi propia tumba. Día tras día, tropiezo tras tropiezo, comencé a conocer nuevamente un universo que creía había haber dominado desde siempre. Incluso mi cuerpo me resultaba desconocido, ¡ni hablar de mi propia habitación! Pero fui encontrando formas para ir recorriendo los espacios, buscando las luces que sólo mi espíritu llegó a vislumbrar. Como semilla recién plantada, la confianza en mí mismo parecía no retoñar. Requería tiempo, paciencia y constancia. Y así, a cada paso, literalmente, encontré el camino hacia una aventura que, de otra forma, no hubiera logrado apreciar.
Un día abrí la puerta que, por tanto tiempo, no me había atrevido a cruzar. Sentí el viento en mi cara y, extraño como suena, sentí la luz posarse sobre mí. Los sonidos invadieron mi mente y formaron imágenes que tenía mucho tiempo sin ver, imágenes que quizás nunca había podido reconocer. Caminé con los brazos extendidos, apoyado sólo con un delgado bastón que dirigía torpemente para tratar de identificar los obstáculos que mi andar pudiera encontrar. ¿A dónde iba? Sé que parecerá estúpido pero me justificaba contestándome a mí mismo: "A respirar". Quería llegar al parque y recorrer sus paisajes, oler la fragancia de sus colores, escuchar sus formas, tocar todos sus movimientos.
Pero mi atrevimiento fue castigado casi de inmediato. En los primeros metros que recorrí para acercarme a mi destino me topé con estorbos que mi bastón no pudo detectar. No hablo de obstáculos que mis pies no pudieran evadir, ni de muros que interrumpieran mi decisión de avanzar. No, hablo de limitaciones que sólo ciertos humanos son capaces de edificar. Justo antes de disponerme a atravesar la primera calle, escuché la fuerte voz de un automovilista que, con palabras más o con palabras menos, reclamaba su derecho de paso por sobre el mío. Lo peor, sin embargo, fue que a fuerza de gritos atribuyó mi ceguera a mi estupidez. Ciertamente, me detuve, pero no para evitar ser arrollado, sino para acreditar aquellas palabras que acababa de escuchar y que, como sólidas cadenas, arrancaban mi determinación y buscaban arrastrarme de regreso a mi oscura habitación. Había comenzado a dar la media vuelta cuando de mi brazo colgó el peso de la bondad. "¿Lo ayudo a cruzar?", dijo una voz de mujer que sonaba alegre y atenta. Por supuesto, no pude verla, pero sabía que ella sonreía en ese momento. Su sonrisa se contagió en mi rostro y la cadena que luchaba por retener mi disposición terminó hecha añicos, tanto que casi pude escuchar los pedazos caer sobre el piso. Ella tomó mi sonrisa como un "sí" y me llevó cuidadosamente hacia el otro extremo de la calle. "¿Hacia dónde va?", preguntó en cuanto subimos la banqueta. "Al parque", contesté pensando en las siguientes tres cuadras que me separaban de él. "Vamos, lo llevo", dijo ella desprendiendo cierta emoción en sus palabras. Dejó de tomarme del brazo y, a cambio, colocó mi mano sobre su propio brazo y me condujo hacia el parque.
Su nombre era María Juana pero todos la llamaban Juanita, según me contó. A juzgar por la fuerza de su brazo, pude deducir que se trataba de una persona con un temple excepcional. Había también, en la forma en que me dirigía, una delicadeza que pocas veces había podido notar en una persona. Al principio, supuse que su compañía sería pasajera, pero ella decidió quedarse durante todo el tiempo que estuve en el parque. Si bien no estaba en mis planes que alguien pudiera disolver mi soledad en sus palabras, no puedo negar que lo disfruté enormemente. Hacía mucho tiempo que nadie parecía interesado en mi vida y, justo ese día, Juanita avivó mi propio interés. Los paseos al parque se hicieron pronto una costumbre y el brazo que guiaba mi camino se hizo tan familiar como si, a través de él, pudiera ver a Juanita. Ella me decía José, pese a que yo me presenté oportunamente como Raúl. Nunca la corregí, quizás porque decía que formábamos "la doble jota": Juanita y José.
Por supuesto, Juanita no podía estar presente todas las ocasiones en que a mí me placía salir a indagar en el mundo. Inesperadamente, aunque gratamente, otros brazos ofrecieron su apoyo para que yo pudiera llegar a mi destino. A veces, aquellos brazos me acompañaron para cruzar una calle en específico; otras veces, para recorrer algunas cuadras; otras más, hasta asegurarse de que había yo llegado con bien a la vieja banca donde siempre me sentaba. Sólo Juanita se quedaba a platicar conmigo todo el tiempo. Pero pronto aprendí a distinguir que, dependiendo de la fuerza con que aquellos brazos me sostenían, de la posición que empleaban para brindar el apoyo, de la suavidad de sus movimientos o de la rapidez con que me soltaban, siempre había una relación con la personalidad de quien me ayudaba. Podría decir que incluso el calor que cada brazo transmite tiene que ver con la calidez humana de su dueño. En una ocasión pude sentir el dolor que un muchacho sentía sólo con aferrarme a su antebrazo. No dijo nada y yo sólo acerté a decir: "Todo va a estar bien". Él separó mi mano de su brazo pero enseguida me cubrió en un afectuoso abrazo y, con el rostro recargado sobre mi cabeza, dijo "Gracias". Sentí una gota salada cayendo sobre mi labio y el muchacho se retiró a toda prisa.
No quiero decir que cuente con algún don especial con esto de los brazos, pero es casi como percibir una mirada triste o mirar la verdad en los ojos ajenos. De alguna forma, cuando una persona extiende sus brazos con la intención de ayudar, abre también su corazón hacia quien necesita la ayuda, y eso puedo percibirlo mientras avanzo a su lado. Le comentaba este pensamiento a Juanita en una de las incontables veces en que, afortunadamente, me acompañó hacia el parque (y uso el verbo "acompañar" porque, después de las primeras veces, ofrecía su brazo más como cómplice que como guía). Ella quedó en silencio unos momentos y se me hizo evidente que dirigía su mirada hacia mí. De alguna forma, supe que sus ojos estaban llenos de asombro y sólo pude preguntarle: "¿Es muy tonto lo que acabo de decir?". A manera de respuesta, de sus labios llegó una sensación cálida y húmeda a mi mejilla y, de inmediato, recorrió en forma de escalofrío el resto de mi cuerpo. Luego, sus palabras se dejaron escuchar en mis oídos:
"Nada de tonto. Lo que pasa es que has aprendido a mirar a la gente más allá de su apariencia. Quienes podemos ver confiamos demasiado en nuestros ojos, aun sabiendo que tienen grandes limitantes, sobre todo en los momentos más oscuros. José, tú no tienes el prejuicio de la luz, lo que percibes es justamente los que, quienes te sostienen, te transmiten. No influyen en ti las pantallas de las apariencias.".
Para ser completamente honesto, nunca había creído que mi ceguera hubiera tenido algún beneficio. Por el contrario, siempre me había considerado el mayor de los desgraciados. Pero ante las palabras de Juanita me quedé sin saber qué decir. He omitido mencionar el enorme sufrimiento en que las personas ciegas nos hundimos a veces a causa de la discriminación y las limitantes que encontramos; y la razón por la cual decidí omitir mayor detalle es porque, simplemente, no son mayores que las limitantes y humillaciones que personas con todos sus sentidos pueden llegar a sufrir. La única diferencia, es que algunos tenemos un pretexto notorio para dejarnos arrastrar hacia la desesperación. Curiosamente, me sigue costando trabajo reconocer los regalos que la vida me ofrece y gente como Juanita me ayudan a salir de mi autocompasión y buscar nuevos horizontes. Desde ese momento, decidí que no volvería a poner mi ceguera como excusa para no vivir mi vida y acepté con gusto los retos que, en la intención de sentirme vivo, se me fueron presentando. Una ocasión, una amiga de ella me sugirió subir a un globo aerostático. La única condición que pude poner fue ir todo el tiempo aferrado a su brazo. Ella y Juanita me acompañaron en la travesía aérea que estuvo llena de sensaciones. Al menos para mí, el paisaje no fue un distractor y me concentré en las subidas, las bajadas, el aire en mi cara y, sobre todo, en la emoción que Juanita y su amiga depositaban en mis brazos. Fue una experiencia inolvidable. "Fue como acercarse a Dios", comentó Juanita cuando descendimos a tierra. Su brazo seguía temblando de la excitación.
En las recientes celebraciones de Año Nuevo, Juanita me invitó a caminar por el parque y me hizo una pregunta inusual: "¿Cuáles son tus propósitos de Año Nuevo?". Obviamente, cuando dije "inusual" me refería a que nadie me la había hecho en los últimos años. Por la misma razón, mi respuesta requirió de mucha reflexión y algún tiempo en silencio. Mientras lo pensaba, sabía que Juanita sonreía satisfecha. Finalmente, accedí a contestar: "Este año quiero viajar y conocer otros lugares. No conozco la playa". Ella tomó con fuerza mi brazo y emocionada dijo: "¡Es una estupenda idea!". Sin dejarla decir nada más, solté mi pregunta temiendo que ella notara el nerviosismo en mi cuerpo: "¿Irías conmigo?". Ella imprimió aún más emoción en la forma en que me sostenía y contestó casi de inmediato: "¡Sí, por supuesto! ¿Cómo te gustaría viajar?". Sólo pude emitir una respuesta basada en mis sentimientos: "A brazos, Juanita. A brazos.". Ella derramó una lágrima de alegría cuando contestó: "Abrazos, José. Abrazos.". Y me besó.
martes, 25 de octubre de 2011
Cuando sueño contigo
No me ocurre todas las noches pero hay ocasiones en que mi noche se llena con un sueño. Y, a veces, el sueño se vuelve anhelo.
Cuando sueño contigo, tu voz pronuncia palabras que en tu sonrisa puedo interpretar.
Cuando sueño contigo, recuerdo lo que no hemos vivido para no llegarlo a olvidar.
Cuando sueño contigo, mi alma descansa, mi cuerpo se exalta y mi corazón te abraza.
Cuando sueño contigo, mis esperanzas se colman, mis miedos se pierden, mis lágrimas se borran.
Cuando sueño contigo, tu risa me regocija, me sosiega, me levanta.
Cuando sueño contigo, tus brazos me abarcan, me hacen tuyo, nos vuelven uno.
Cuando sueño contigo, tus lágrimas me arrastran, tu llanto me ahoga, tu mirada me salva.
Cuando sueño contigo, la calma me seduce, la serenidad me provoca, el miedo fracasa.
Cuando sueño contigo, la vida se renueva, la belleza aflora, la maldad se sofoca.
Cuando sueño contigo, sabiéndote por siempre ausente, la pesadilla del despertar me destroza.
Y hoy soñé contigo, papá.
martes, 21 de junio de 2011
Pacto de sangre
Escucho en el altavoz las monótonas instrucciones para ajustar mi cinturón de seguridad, las órdenes para poner en posición vertical mi asiento y para colocar la charola de alimentos en su lugar. No necesité acatar una sola de ellas pues alguien más se había hecho cargo ya. Escucho lo que, supongo, son las mismas instrucciones y órdenes pero en un idioma que no comprendo. Supongo, una vez más, que es inglés. Increíble que la monotonía de las palabras sea independiente del idioma en que son pronunciadas. El viaje está por comenzar. Dos emociones surgen de las profundidades de mi ser cuando el avión inicia su lento recorrido hacia la pista: Fascinación y terror. Es mi primer viaje en avión y tengo la curiosidad de saber qué se siente dejar de tocar el piso y de moverse a velocidades enormes por los cielos. Después de un recorrido casi fúnebre, el avión llega a lo que parece ser el inicio de la pista y se detiene por completo. La ansiedad comienza a apoderarse de mí cuando, sin saber por qué, quiero que el avión avance y, al mismo tiempo, imagino que se ha detenido por alguna falla mecánica y entonces deseo que siga sin moverse. Aún no logro decidirme sobre qué opción prefiero cuando una fuerza invisible me arroja repentinamente hacia atrás manteniéndome pegado al respaldo de mi asiento. El avión ha iniciado su carrera a toda velocidad por la pista y se dispone a, lentamente (esa impresión me dio), ir abandonando la seguridad del piso. Conforme vamos ascendiendo, mi estómago se reduce a su mínima expresión pues, en varias ocasiones, siento como si cayéramos al vacío. Mis brazos están tensos y un súbito sudor recorre las palmas de mis manos, quizás otras partes de mi cuerpo también. Recuerdo que las experiencias que he logrado vivir a mis siete años de edad han sido todas con mis pies aferrados a la tierra (lo más que he podido), por lo que puedo decir que la fascinación que sentía acabó justo durante el despegue y sólo ha quedado el terror. Después de un buen rato de sacudidas y de las tan mentadas "turbulencias" (que las asistentes del vuelo insisten en nombrar como "normales"), el avión se ha mantenido estable y he comenzado a tranquilizarme y a pensar que las casi cinco horas que le restan al viaje van a ser poco menos que eternas. Visto el mundo desde donde estoy, desde mi ventanilla, el avión da la impresión de ir avanzando muy despacio. Por cierto, mi nombre es Octavio y, según me han dicho (aunque nadie tenía que aclarármelo), soy un "menor que viaja solo". O al menos así me han identificado a bordo. Supongo que se refieren a que ninguna de las personas con las que comparto el aeroplano es familiar mío. Esa parte es cierta, ni mi madre, ni mi padre, ni ninguna otra persona que yo conozca viaja conmigo. Pero no, lo menos que estoy es solo. Y no lo digo refiriéndome a toda la gente que me acompaña en el avión. Ni siquiera porque la señora gorda con vestido de flores que se encuentra sentada a mi lado haya intentado hacerme la conversación en más de una ocasión. Tampoco lo digo porque la niña que hoy viaja sentada al otro lado del pasillo me haya parecido agradable y que, en un par de ocasiones, me haya lanzado miradas de curiosidad a las que yo respondí con una tímida sonrisa. No, la soledad no me acompaña este día pues su lugar dentro del avión lo ha ocupado el recuerdo silencioso de una de las personas que más quiero en este mundo (y en cualquier otro, supongo). Me refiero al Abuelo, a quien no quiero catalogar como un familiar, ni como un amigo, ni como un compañero, sino como lo que en realidad es: un cómplice. Mi cómplice.
Desde que mi memoria ha podido hacer conscientes los recuerdos que mis neuronas protegen celosamente cerca de algún surco de mi cerebro (creo que lo leí en alguna enciclopedia infantil), el Abuelo ha vivido en la casa de mis padres (en la mía, por supuesto). Desafortunadamente, también desde que recuerdo, el Abuelo se ha mantenido casi inmóvil recostado en una cama en su propia habitación, siendo como un mueble más. Nunca he sabido qué enfermedad es la que lo mantiene postrado todo el tiempo, ni por qué, durante años, todo el mundo lo ha llamado así, Abuelo. Hasta donde tengo entendido, el único social y familiarmente habilitado para llamarlo así soy yo, pues soy, legítimamente (ilegítimamente también), su único nieto. Pero tanto mi madre (hija del Abuelo), mi padre, mis tíos y todos los que hoy sé que pertenecen a la familia, lo llaman Abuelo. Ignoro si este apodo sea de su agrado total pero no puede hacer nada al respecto. Muchos doctores han ido a revisarlo, le han aplicado cientos (tal vez miles) de exámenes y ninguno ha podido aclarar por qué el Abuelo no habla. Unos han tratado de explicar que una parálisis parcial ha afectado su habla, otros lo han atribuido a problemas neurológicos. Nada ha sido concluyente. Pero un hecho contundente es que, desde hace como nueve años, cuando él tenía 65, el Abuelo no volvió a pronunciar palabra. He escuchado versiones familiares que lo atribuyen a que la Abuela, su compañera de toda la vida (a quien no tuve la oportunidad de conocer), dejó este mundo y lo dejó a él también. Desde entonces, dicen quienes parecen saber, él no encontró ya ninguna razón para expresar lo que sentía, lo que quería, lo que pensaba. Simplemente, ya no tenía motivos para hablar. Sea como fuere, su salud fue decayendo con el paso de tiempo. A su mutismo se sumó la falta de apetito, la incapacidad para caminar, la debilidad general de su cuerpo y un aspecto tétrico producido por el creciente hundimiento de sus ojos. No quisiera que él se enterara, pero su cara me daba miedo. Y no son las arrugas que corroen insistentemente su rostro las que me asustaban, sino que, viéndolo con detenimiento, mirando no con los ojos, sino con algo que pudiera llamarse "el espíritu", veía la muerte. No la muerte física, sino una muerte que, mostrándose "de espíritu a espíritu", deja ver sus dientes chuecos en señal de triunfo.
En cuanto a sus cuidados, cada semana lo visita un enfermero que, hábil y cuidadosamente, lo baña sin bajarlo de la cama. Aunque no dice nada, el Abuelo parece disfrutar estos momentos. Cada paso de aquella esponja enjabonada y la sensación refrescante que le produce el agua al retirar suavemente el jabón de su cuerpo marchito, parecen ser los únicos placeres que actualmente puede tener. Como si, al remover mugre y células muertas, su existencia se sintiera también limpia y viva, o, al menos, no tan muerta. Por supuesto, no puede alimentarse solo. Esta capacidad la fue perdiendo poco a poco, conforme yo (en mis primeros años) la adquiría a mi vez, y daba la impresión de que mi madre, habiendo pasado tantas horas alimentándome pacientemente con las papillas envasadas en frascos desinfectados y cerrados al vacío, sólo hubiera tenido que cambiar de boca al dirigir la cuchara una vez que yo aprendí a sostenerla por mí mismo. A veces, algunos han llegado a pensar que su vida se encuentra en un estado casi vegetal, medio respirando, medio alimentándose, medio moviéndose. Pero lo cierto es que su nivel de conciencia es muy elevado, mayor quizás que el de muchos más jóvenes. Con esto quiero decir que el Abuelo entiende todo lo que se le dice, lo que le indican los doctores, lo que le platican sus familiares. Que él conteste u obedezca es totalmente otra historia.
Recuerdo que, un fin de semana, hace unos dos meses, me encontraba viendo un capítulo nuevo de mi programa favorito en la televisión y mis padres decidieron salir para comprar los víveres de la semana al almacén comercial. Aparte de que a mí siempre me han aburrido aquellas salidas, no quería perderme el resto del capítulo nuevo e insistí fervientemente en quedarme en casa. Inesperadamente (nunca pensé que aquello fuera posible), en una situación fuera de lo común, mis padres accedieron a que me quedara "solo" en la casa. Solo, con el Abuelo. Claro, la condición fue que limpiara mi cuarto, hiciera mi tarea y, por supuesto, cuidara del Abuelo. "Si ves que se pone inquieto, me llamas, por favor", me instruyó mi madre. "Y no hagas mucho desorden", ordenó mi padre. Por supuesto, prometí que haría todos aquellos menesteres, juré que no los defraudaría y aseguré que no había nada de qué preocuparse (todo ello, sin apartar por un solo segundo la mirada de la televisión). El caso es que, habiéndome salido con la mía, me quedé frente a la televisión mucho más tiempo después de que el capítulo nuevo hubo terminado. Posiblemente los programas que le siguieron no eran tan de mi agrado pero resultaban lo suficientemente interesantes para mantenerme en una especie de trance televisivo, lo mismo para ver programas infantiles, que para memorizar todos los cortes comerciales. Por insólito que parezca, un grito me tomó por sorpresa. No provenía de la televisión, sino del interior de la casa. Específicamente, de la habitación del Abuelo. Me quedé quieto, rogando silenciosamente que aquello hubiera sido producto de mi muy desarrollada imaginación. Nuevamente, escuché algo que pareció ser una voz, aunque esta vez no pude identificar si se trataba de un grito o un gran suspiro. Me acerqué en silencio, tratando de no ser notado, intentando que aquella voz, aquel suspiro o lo que fuera, no supiera que estaba allí. Conforme la distancia entre la habitación del Abuelo y mi miedo se hacía más pequeña, me di cuenta que aquellos ruidos en realidad eran palabras. Bueno, más que palabras, eran versos. Más que versos, parecía ser una canción. ¡El Abuelo cantaba! ¡Qué digo cantaba! ¡Podía hablar! Debió ser tanto mi asombro, mi emoción que no oculté mi alegría y entré corriendo a su cuarto. "Puedes hablar, Abuelo", dije como notificándole algo que él mismo no supiera, como si no hubiera notado que aquella voz grave le pertenecía. El Abuelo me miró con ojos grandes, más abiertos por sorpresa que por emoción. Guardó silencio un momento, quizás queriendo anticipar más sorpresas. "¿Estás solo?", me preguntó con cierto temor. "Sí, Abuelo. Mis papás fueron de compras", dije todavía emocionado por la repentina mejoría de la que había sido testigo. "¿Cómo lo hiciste, Abuelo? ¿Cómo puedes hablar?", pregunté contento al percatarme de que el solo hecho de oírle pronunciar palabras le daba un rango distinto, lo sacaba de aquella categoría en la que inconscientemente lo había clasificado y lo ponía, súbitamente, en la de "vivo". "Siempre he podido hablar", me dijo con voz áspera pero clara. "Pero desde hace mucho tiempo que nadie escucha mis palabras, tal vez no las dirijo a nadie en realidad", agregó.
—Mi mamá se va a alegrar mucho cuando sepa que…
—No, nadie puede enterarse de que puedo hablar.
—¿Ni mi mamá?
—No
—Pero…
—Desde hace muchos años perdí la ilusión de la plática, la capacidad de la comunicación, la necesidad de expresión. Por una u otra razón, ya nadie me escuchaba. Yo sólo dejé de querer que me escucharan. Porque ¿quién quiere escuchar las palabras necias de un viejo?
—Yo, Abuelo. Yo quiero.
—¡Ja! ¿Tú quieres? ¿Por qué?
—Mmmm. No sé. Me gusta oírte hablar.
Quizás no fue la mejor explicación que uno puede darle a alguien para convencerlo de que interrumpiera su tan prolongado silencio, pero fue lo único que se me ocurrió allí. Él se quedó pensando, meditando mi respuesta, o tal vez la suya, quizás ambas. Posiblemente pensó que, de no acceder, corría el riesgo de que yo revelara su secreto. Aunque, pensándolo bien, ¿quién podría creerle a un niño que siempre había sido acusado de poseer una imaginación caricaturesca? Finalmente, regresando su mirada hacia mis ojos, dijo: Está bien.
—¿Vas a volver a hablar?
—Sí, pero sólo cuando estés tú. A nadie más. Y nadie puede enterarse de que puedo hablar.
—¿Nadie?
—Nadie. Pero no creas que tú no obtendrás nada. A cambio de que tú guardes el secreto yo te contaré un cuento cada vez que nos quedemos solos. Serán cuentos nuevos, cuentos que sólo existen o existirán en mi mente, en mi imaginación.
Yo sabía que el Abuelo había dedicado muchos años de su vida a escribir, a la construcción de historias fantásticas, y me pareció una oportunidad que no podía dejar pasar.
—De acuerdo.
—Ese será nuestro pacto. ¿Podrás respetarlo?
Yo no respondí pero, queriendo reforzar mi compromiso y mi credibilidad, salí corriendo de la habitación por un momento y regresé con una navaja de afeitar, un trozo de algodón y una botellita de alcohol. "Haremos un pacto de sangre", dije. Tomando la navaja de afeitar (previamente desinfectada con alcohol, por supuesto), hice una pequeña incisión en mi muñeca izquierda permitiendo que breves gotas de sangre formaran lentamente un pequeño camino rojo. Repetí la misma operación en la muñeca izquierda del Abuelo y finalmente, para sellar aquel pacto, uní nuestras heridas y, durante algunos pocos segundos, nuestra sangre corrió junta, como una sola. Por un instante, en mi mente se creó la ilusión de que su sangre recorría mis venas y mi sangre recorría las suyas, formando una especie de circuito en donde ambos compartíamos más que tiempo y espacio: compartíamos vida. Posiblemente el Abuelo sintió algo parecido porque, justo en el momento en que nuestras heridas se tocaban y se sanaban mutuamente, él sonrió. Nunca lo había visto sonreír. Nunca hubiera creído que tuviera la capacidad de mostrar el mínimo nivel de felicidad. Tras el compromiso adquirido mediante aquel acto, tomé un trozo de algodón y lo impregné con un poco de alcohol. Cuidadosamente, limpié la sangre, que ya lucía algo seca, y desinfecté ambas heridas. Ninguna de ellas sangraba ya, ninguna dolía, ninguna se veía. Sólo los dos sabíamos que existían, que vivían, que nos unían. Sólo para ambos tenían un significado.
—¿Cuándo será el primer cuento? —pregunté.
—Podría contarte uno ahora mismo, pero temo que lo improvisaría y no sería tan bueno. Ven mañana a verme, cuando no haya nadie. Ya habré inventado algo para entonces.
Y la imaginación del Abuelo resultó mucho más prolífica que la mía. No era caricaturesca como la que a mí me tocó sino llena de emoción, de intriga, de diversión. Desde el momento que escuché el primer cuento quedé prendido a los inventos de su mente, a los delirios de su palabra, al ingenio descubierto en su voz. Esa voz que nadie más escuchaba, que nadie más conocía en esos días, que nadie más disfrutaba, pero que en el hilado de frases me incitaba al llanto, a la risa, a la admiración. Y es que, finalmente, cada historia se convertía en algo agradable, en un nuevo placer. Un placer que sus palabras me provocaban como si deliberadamente me sedujeran, me atraparan, me esclavizaran. ¡Qué no darían mis padres por sentirse absortos en sus pausas, en sus cadencias, en sus formas de narrar! Me sentí privilegiado entre los humanos hasta el grado de sentirme especial, divino, casi inmortal. Y agrego el "casi" sólo porque el Abuelo había dejado claro en una de sus narraciones que la vida es así, finita, fugaz.
Tampoco resultaba posible que el Abuelo y yo platicáramos (o que él me platicara) todos los días. No siempre existía la oportunidad de encontrarnos solos en la casa. Pero el pacto de sangre que habíamos hecho siempre estuvo vigente, día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Siempre ha estado vigente. Por mi parte, nunca he mencionado a alguien la capacidad del Abuelo para hablar, por más ilusiones que despierte en mí el hecho de compartir sus cuentos, sus historias, a veces su vida. No, es un pacto de sangre y se debe respetar hasta la muerte, hasta el final. Tampoco él ha fallado en su compromiso: dedica su tiempo, sus horas, sus minutos, su existencia, a crear cada nueva historia. Como si crear una historia nueva fuera su destino, su objetivo, su razón de estar. Hemos llegado al punto en que él tiene ya en mente dos o tres relatos pendientes por contar. Pero sólo me cuenta uno a la vez, como fue nuestro acuerdo, respetando el pacto que ambos llevamos no sólo en la memoria, sino en nuestro cuerpo, en nuestra sangre, en nuestro mismo ser.
Pero eso fue hasta que mis padres decidieron mandarme de vacaciones, a visitar a un tío lejano. Y con "lejano" me refiero a que él vivía en Detroit y nosotros en la Ciudad de México. Aunque también resultaba lejano porque nunca lo había yo conocido, como si no hubiera sido él hijo del Abuelo. Lo único que sabía de él es que vivía en otro país donde hablaban un idioma diferente al mío. No me emocionaba el hecho de salir de la casa y dejar al Abuelo solo, con mis padres. Pero ellos insistieron en que sería una buena oportunidad de conocer a mis primos y tíos extranjeros y de aprender un poco de inglés. Creo que lo único fascinante del viaje era poder regresar a mi casa y contarle al Abuelo todo lo que hubiera visto o aprendido, relatarle cómo los gringos habrían pronunciado mi nombre de forma chistosa o cómo se las ingeniaban para comer sin tortillas. Por supuesto, no es que yo supiera eso por adelantado sino que el propio Abuelo me lo había platicado en alguno de sus cuentos. Yo sólo quería complementar aquella historia y darle mi propia versión, mi propia aportación. En cuanto supe que saldría fui a despedirme del Abuelo. "Sólo serán dos semanas, Abuelo. Eso te dará tiempo para inventar nuevas historias y yo me encargo de platicarte todo lo que vea en Detroit. Le daré tus saludos a mi tío". El Abuelo sonrío con mirada un tanto triste y sólo me dijo "Te espero en dos semanas con nuevas historias". "Mientras tanto, nuestro pacto sigue: no cambia porque yo no esté aquí", le aseguré y el me miró conforme, con orgullo, podría decirse.
Así que aquí estoy, a punto de aterrizar en el Detroit Metro Airport, según avisó el capitán del avión, o al menos eso me dijeron que dijo, porque no entendí más que "Detroit" y "Thank you". En la ventanilla, las casas, carreteras, y uno que otro automóvil comienzan a aparecer debajo de aquellas espesas nubes que mantenían un constante y aburrido paisaje blanco desde hacía ya varios minutos. Siento el descenso del avión directamente en la boca del estómago y, en varias ocasiones, mis pies dejan de tocar el piso dándome la impresión de que sólo porque llevo puesto el cinturón de seguridad no he ido a chocar contra el techo del avión. Sí, lo sé, es otra turbulencia "normal" y por eso entiendo que el miedo a volar de varias personas sea también "normal". Pero pensándolo bien, a mí no me dio miedo el vuelo, lo que me asustó fue el despegue y, ahora, el aterrizaje, donde el piloto, capitán, o chofer, lo que sea, va dando vueltas tan pronunciadas que puedo ver algunos autos al mirar por la ventanilla que se encuentra al otro lado del pasillo, donde la niña agradable lucha por no voltear a ver y, en cambio, fija su mirada en mí. Yo vuelvo a sonreírle y procuro parecer tranquilo, sin miedo, valiente. Por primera vez en todo el vuelo, ella me sonríe también. Es una suerte que con su mirada no logre captar el sudor que nuevamente recorre mis manos y que evidencian mi nerviosismo mientras el avión va acercándose a la pista de aterrizaje. Poco a poco, las figuras que aparecen en la ventanilla van cobrando su tamaño normal y eso me indica que estamos a segundos de tocar el piso. Una fuerte sacudida acompañada de un breve ruido de cosas moviéndose y el leve gritito de la señora gorda de vestido de flores marcan un aterrizaje exitoso. Mientras el avión recorre la pista y se acerca a la sala donde desembarcaremos (¿se dice desembarcar pese a que nos bajamos de un avión, no de un barco?), todos respiramos profundamente ahora, de alivio, aunque (igual, todos) aparentamos que es de cansancio. Una asistente me indica sonriente que debo esperar a que todos los demás bajen. La niña del otro lado del pasillo recibe la misma indicación y ambos esperamos pacientemente. Finalmente, nos indican que podemos salir y nos llevan a donde nuestros familiares nos esperan.
Un hombre que reconozco gracias a las muchas fotos que mis padres me mostraron antes de salir me saluda: "Hi, Octavio". No sé qué contestar pero de mi boca sale espontáneamente un "Hola". Haciendo mucho esfuerzo por recordar las palabras en español, aquel hombre, mi tío, toma una bocanada de aire y me dice: "Me alegro que hayas llegado bien. Me comentaron tus padres que preferían que yo te explicara la situación en cuanto estuvieras aquí. Buscando que tengas un mejor nivel educativo, tus padres decidieron que sería más provechoso para ti estudiar en Estados Unidos. El inglés es muy importante para salir adelante hoy en día y estudiar un par de años aquí te abrirá muchas puertas y te garantizará un mejor futuro. Ellos no quisieron decírtelo allá en México porque sabían lo apegado que eres al Abuelo y no hubieras querido dejarlo. Él se enteró un poco antes que tú, justo cuando saliste rumbo al aeropuerto. Como siempre, no dijo nada, ya sabes que no puede hablar, pero seguro que se entristeció por no verte pronto. No te preocupes, va a estar bien". Repentinamente, mis oídos se ensordecen, mi pensamiento se nubla y sólo quiero gritar. Gritar que nada de esto es justo, que he sido engañado, agredido, ultrajado en mi alma. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Agradecer? ¿Aceptar? ¡Qué demonios! ¡Me separaron del Abuelo! Y no lloro porque yo lo extrañe ya, sino porque sé que su vida acabo justo cuando se enteró que yo me iba. Su única razón de vivir era mantener aquel pacto que habíamos hecho en casa. Él honraba nuestro pacto con cada historia que narraba, con cada cuento que inventaba. Hoy, repentinamente, le han quitado lo único que lo mantiene vivo. Quiero gritar que el Abuelo puede hablar, que me habla a mí, que se mantiene vivo gracias a eso, pero hacerlo violaría nuestro pacto, el pacto que ambos juramos respetar por toda la vida. ¡Abuelo, resiste! ¡Resiste a mi regreso! ¡Eso es lo que quiero gritar como si él pudiera escucharme! Maldigo, lloro, rasguño, pero no rompo el pacto. Mi propia sangre me lo impide. A lo lejos, la niña del avión me observa. Ya no me importa que ella vea mis lágrimas, que vea mi enojo, que escuche mis gritos de dolor. Ya no me importa nada. Sé que el Abuelo tenía cuentos listos para ser contados en su mente, unos 5 o 10 de ellos. Hoy sé que esos 5 o 10 cuentos no podrán ser escuchados porque él también mantendrá el pacto que hicimos, guardará silencio sabiendo que lo único que puede decir debe ser para mí. Y yo sé que él no resistirá, que la tristeza lo abatirá, que no aguantará a mi regreso, y que esos cuentos que hoy sólo existen en su mente se los llevará consigo, a la tumba, al cielo, o quizás a ningún lado.
A la memoria de M. B.
sábado, 11 de junio de 2011
No matarás
Como si el tiempo hubiera quedado detenido precisamente en ese momento, Augusto sintió que todo a su alrededor quedaba inmóvil, en pausa. Trató de recordar cómo había llegado a aquel escenario, cómo el destino lo había puesto ante aquella macabra situación donde la posibilidad de matar a un hombre parecía no haber resultado tan nula como siempre lo aseguró. Paradójicamente, pasaron ante sus ojos diversas escenas de su vida. Recordó, por ejemplo, todas aquellas lecciones en que su religión lo instaba a construir, no a destruir. "No matarás", repitió muchas veces como parte de su aprendizaje, de su entrenamiento, de su fe. El respeto a la vida y al derecho de todos a vivir constituyó un fuerte pilar en su propia existencia. Vinieron a su mente aquellos momentos en que, incluso, decidió volverse vegetariano, no por salud, sino como una forma de limpiar su conciencia ante la matanza de animales, de reafirmar su respeto a la vida, diría él. Luchó activamente contra la pena de muerte y repudió abiertamente a aquellos políticos, funcionarios y comunicadores que llegaban a velar apenas la idea de promover dicho castigo. Incluso temas como el aborto, la eutanasia, la guerra y otros donde la vida pudiera verse amenazada, servían de plataforma para exponer con fervor aquel bien aprendido mandato: "no matarás".
Sí, siempre estuvo en contra de acortar una vida, de arrebatarla, de robarla. No sólo por fe y convicción religiosa, sino por convicción personal también. ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo responder a aquella simple (y a la vez compleja) pregunta que hacía ahora su hijo?: "¿Lo mataste, papá?".
Recordó aquella misma sala unos minutos antes. Aún se encontraba todo en su lugar, en impecable orden. Pedro se encontraba en su habitación viendo caricaturas en la televisión y devorando un paquete de frituras. Augusto revisaba en el sofá algunos documentos que daban la impresión de ser recibos y cuentas por pagar. Afuera, en el jardín, todo permanecía en calma. En una extraña e intranquila calma. Notó por debajo de la puerta de entrada una sombra en movimiento. Al principio no pudo determinar si se trataba simplemente de alguna nube que en su paso tapaba momentáneamente la luz del sol. Pensó que quizás se trataba de un gato callejero que estaba en busca de comida y acercaba su nariz a la puerta tratando de localizar con el olfato algún bocadillo. Enseguida notó que ninguna de estas explicaciones era correcta: la perilla de la puerta comenzó a moverse. No esperaba a nadie. Su instinto le advirtió con un torrente de adrenalina corriendo por su cuerpo que algo andaba mal. Sin decir una palabra, soltó descuidadamente los documentos que tenía en las manos, se puso de pie con más rapidez de lo que nunca imaginó que podía moverse y se dirigió hacia su escritorio. Empleando una pequeña llave, abrió uno de los cajones inferiores. Allí estaba el arma que su propia esposa le había regalado años atrás y que había sido, en varias ocasiones, motivo de discusiones, de peleas, de separaciones. Él accedió a conservar aquel revólver siempre con la condición de mantenerlo bajo llave y sin cargar. Quizás en realidad accedió a conservarlo cuando la muerte de su esposa lo motivó a cumplirle un último deseo. Como sea que haya ocurrido, el arma estaba allí pero descargada, justo como Augusto había acordado consigo mismo. Mientras buscaba las balas en otro cajón, deseó que el movimiento en la perilla hubiera cesado, pero al levantar la vista se dio cuenta de que los forcejeos eran ahora más violentos y descarados. Con manos temblorosas, colocó torpemente cada una de las seis balas en la cámara del revólver. No es que pensara usar el mortal artefacto: a lo más serviría para asustar al intruso con sólo mostrarlo o, menos probablemente, se vería obligado a hacer algún disparo al aire para hacerlo huir. Lo que fuera necesario, no para defenderse él, sino para defender a Pedro, a su amado hijo. En caso necesario, ¿sería capaz de matar por defender a su hijo? Esperaba no tener que llegar a decidir. Justo terminaba de armar el revólver cuando el intruso logró romper la cerradura y abrir ruidosamente la puerta. Era un sujeto robusto, de aspecto cruel y rostro desalmado. "¡Alto!", ordenó, casi suplicó, Augusto con voz temblorosa. Aquel invasor, al ver el arma con la que le apuntaba, dudó en seguir avanzando. Pero como si la tan arraigada frase aprendida años atrás ("no matarás") se viera reflejada en la mirada de Augusto, el tipo supo que no corría peligro y, esbozando una ligera sonrisa, se lanzó furiosa y confiadamente hacia él. Había tenido razón: Augusto no pudo disparar. Al recibir el impacto del criminal contra su cuerpo, Augusto cayó de espaldas sobre una pequeña mesa haciéndola añicos instantáneamente. Para su propio asombro, no soltó la pistola y golpeó con ella, usando todas las fuerzas con que disponía, la cabeza de su agresor. Esto lo liberó temporalmente y, apenas pudo levantarse, gritó desesperadamente: "¡Pedro, cierra la puerta de tu habitación y no salgas! ¡No salgas!". Pedro no alcanzó a distinguir la instrucción y asomó la cabeza fuera de su cuarto. "¿Qué pasó?", gritó el niño. "¡Cierra la puerta! ¡Cierra la puerta!", gritó Augusto desgarrándose la voz en su desesperación. Pero un fuerte golpe ahogó su grito y lo lanzó contra la pared, haciendo que varios cuadros cayeran. En una reacción inesperada, Augusto tomó todo lo que tenía a su alcance y comenzó a lanzarlo hacia el agresor. No tuvo suerte. Ninguno de los objetos alcanzó su objetivo. Una alarma comenzó a sonar en una casa vecina, quizás alguien había notado lo ocurrido y trataba de ayudar. Como si aquel salvaje quisiera acabar de una vez por todas con la oposición que estaba encontrando, sacó inesperadamente una pistola que traía oculta en la parte trasera del pantalón y apuntó hacia Augusto. Asustado, sorprendido, Augusto levantó también su arma y la dirigió a su atacante. Entonces se escuchó el disparo.
"¿Lo mataste, papá?", volvió a preguntar Pedro. Augusto levantó la mirada hacia su hijo y trató de encontrar las palabras correctas para explicarle, para justificar sus actos, para convencerlo de que no era un asesino. Sin embargo, Pedro parecía no querer mirarlo, parecía querer ignorarlo. Sin entender qué estaba pasando, Augusto vio cómo su hijo echó a correr y se lanzó con desesperación hacia el cuerpo inerte que yacía en la alfombra. "¡Papá! ¡Papá!", gritó envuelto en lágrimas. Fue en ese momento que Augusto comprendió que había sido su atacante quien había realizado el mortal disparo. ¿Pero cómo? Miró el arma que sostenía en la mano y notó que las seis balas aún se encontraban en la cámara del revólver, sin usar. Lo que antes había creído ser el cañón caliente de su arma era, en realidad, el calor de la bala alojada en su cráneo. Al escuchar la alarma en la casa vecina, el intruso había decidido huir corriendo, cual cobarde era. Augusto echó un último vistazo a su hijo mientras abrazaba llorando su cuerpo sin vida. Pensó que, efectivamente, había cumplido su cometido de proteger a su hijo pero hubiera querido ser capaz, ahora, de responder su pregunta.
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Sin todo respeto…
Como podía esperarse, Don Eulogio y Don Manuel se conocían, y se conocían bastante bien. Desde la infancia fueron amigos entrañables y, conforme fueron creciendo y madurando, fueron depurando aquel bello arte de la caballerosidad. Constantemente tenían discusiones sobre protocolos de etiqueta, de comportamiento, de alimentación, de expresión, siempre con aprendizaje para ambos, con orgullo para todos. En diversas ocasiones fueron requeridos para organizar algún banquete, una que otra premiación, algún homenaje a un distinguido personaje. Sobra decir que siempre dejaron una buena impresión. Aunque, quizás, los invitados más impresionados eran aquellos que visitaban las residencias de tan distinguidos caballeros. Orden, control, ceremonia. Todo cabía en aquellas habitaciones que conformaban su hogar.
Sin embargo, no siempre lograban ponerse de acuerdo en todos los aspectos. A Don Eulogio no le parecía correcto que Don Manuel, empleando su facilidad para encantar damas con sus versos, hubiera alcanzado ya la fama de seductor, de incitador a la pasión, al deseo, al amor. Don Manuel sólo reía al escuchar tales reclamos, respondiendo que simplemente brindaba a aquellas féminas la oportunidad de conocer mejor sus habilidades lingüísticas. En cambio, Don Manuel, lejos de hacer reclamos a Don Eulogio, le gustaba burlarse amablemente de él. "Deberías hacer lo mismo, aunque comprendo tu inapetencia para quitarte la ropa ante una dama, pues seguro te ha llevado todo el día elegir qué vestir", solía decirle con su clásica sonrisa pícara. "Inapetencia me daría volver a vestir a la mayoría de las damas de por aquí, que no logran combinar nada ni usando un solo color", contestaba Don Eulogio sin perder la postura. Al final, ambos reían y permanecían como amigos de tradición y abolengo.
Pero las cosas cambiaron con el paso del tiempo. En una ocasión, teniendo ya más de cuarenta años cada uno, llegó a los oídos de Don Eulogio que Don Manuel había estado seduciendo a una bella jovencita. Esto no causó mayor sorpresa a Don Manuel, quien permaneció inalterable al recibir la noticia. Su rostro, sin embargo, se transformó al enterarse que aquella bella jovencita era su hermana menor. "¿Lucrecia? ¿Mi hermana?", preguntó sabiendo ya la respuesta. Haciendo los arreglos pertinentes en su vestimenta para poder salir a la calle, Don Eulogio recorrió con furia las veinte calles que le separaban de la residencia de su "amigo". Llamó con propiedad a la puerta (dando tres golpes suaves pero firmes) y espero pacientemente a que Don Manuel abriera.
—¿Sí? —preguntó Don Manuel al abrir la puerta y sin dejar de notar la mirada furibunda de Don Eulogio.
—He querido venir a confirmar personalmente la veracidad o falsedad de cierta noticia que ha pasado a ser de mi conocimiento y que te involucra a ti y a Lucrecia, mi hermana.
—¿Y qué noticia es ésa?
—Que tú, abusando de la inocencia de mi pequeña hermana, la has seducido y has estado llevando una relación clandestina con ella.
—Absolutamente falso.
—¿Falso?
—Totalmente. En ningún momento ha sido clandestina nuestra relación.
—¿¡Qué!?
—Y tampoco he abusado de la inocencia de Lucrecia —aclaró Don Manuel— ¡Ella no es nada inocente!
Este último comentario hizo que Don Eulogio casi brincara sobre su interlocutor. Pero, como lo exigen los altos estándares de caballerosidad, guardó la compostura y se contuvo de arrancarle la cabeza.
—¡Eres un desgraciado impertinente! —dijo, por fin, Don Eulogio.
—¿Ah sí? Pues si esa es su opinión, le pido respetuosamente que no ose tutearme nuevamente. Ya no puedo considerarlo mi amigo.
—Pues si esa es su decisión, así será: ¡Es Usted un desgraciado impertinente!
De esta forma, inició la ruptura de aquella amistad tan legendaria, tan respetuosa y formal. Y, pese a que el origen de aquella separación había sido Lucrecia, ésta no dudó, en la primera oportunidad que tuvo, en escaparse con un antiguo novio a un pueblo lejano, dejando abandonados y enemistados a tan ilustres caballeros.
Nunca volvieron a entablar una plática. Nunca volvieron a asistir a una reunión donde supieran que posiblemente estaría el otro. Nunca volvieron a frecuentar los lugares de costumbre para evitar la pena, la amargura de volver a verse. Así transcurrieron los años, en medio de rencores no olvidados, en medio de odios reforzados. Sin embargo, como suele pasar de vez en cuando, el destino suele jugar (jugarnos) algunas bromas. Tanto Don Eulogio como Don Manuel, lucían escasas pero blancas cabelleras, caminaban pesadamente con la ayuda de bastón (ya no por elegancia sino por perseverancia) y las arrugas habían invadido vorazmente sus rostros. Nunca, por otro lado, habían abandonado sus modales, sus costumbres de caballeros que habían subsistido firmes pese al paso batiente de los años. En un inusual paseo (uno desde el parque, el otro hacia él), ambos caballeros se encontraron en la calle frente a frente. Los dos caminaban sobre la acera pegados a la pared de un edificio colonial para cubrirse del sol. Dicta la costumbre que, al encontrarse de frente con otra persona, un caballero debe ceder la acera, es decir, debe alejarse de la pared y dejar pasar al otro, en señal de respeto y admiración. Pero entre estos caballeros, una de las tantas cosas que no existían era el respeto, menos la admiración. Su caballerosidad tampoco les permitía empujar al otro para ganarse violentamente el paso, eso sería deshonroso. Así que allí quedaron, inmóviles, sin apartar la mirada el uno de la del otro, sin avanzar. La gente que presenciaba aquella escena pasaba asustada cediendo inmediatamente la acera, sin pestañear, siguiendo desde lo lejos los acontecimientos aunque no aconteciera nada. Habían pasado ya unos quince minutos y ninguno cedía la acera, ninguno cedía el paso, ninguno podía pasar. Fue entonces que Don Eulogio, ajustándose un poco el sombrero inició la conversación:
—Sepa usted, caballero, que yo no le cedo la acera a ningún estúpido.
Don Manuel, entrecerrando los ojos y con calma inédita, le contestó:
—¡Pues yo sí! —Y le cedió la acera haciéndose a un lado.
Se dice que, al día siguiente, ambos caballeros fallecieron. Uno de vergüenza, el otro de humillación. No se sabe cuál de cuál.