Anteriormente, a los actos en que se dividía una obra teatral se les denominaba "Jornadas". Me gusta pensar que, como actor principal en el escenario de mi vida, voy poco a poco dando forma a cada una de estas Jornadas, aunque en una manera diferente para este blog: Primero las vivo y luego las escribo. Así que: Tercera llamada. Comenzamos.
lunes, 25 de marzo de 2013
Esa mujer, mi amiga...
Los días que siguieron quise aparentar entereza, como si ese “pequeño incidente” no me hubiera afectado, y traté de dar la impresión de no sentir dolor. Pero, tarde o temprano, el dolor se nota, no sólo se siente. Y su forma de manifestarse modificó mi mirada, mi andar, hasta mi sonrisa. El llanto humedecía mis ojos por la noche, pero secaba el ánimo y la esperanza durante el día. Luego, siguió el deseo de reparar aquello que había quedado roto, sólo para darme cuenta que varias piezas se habían perdido irremediablemente y las cosas nunca volverían a ser iguales.
Fue cuando le llame a ella, a mi amiga. Mi voz sonaba débil y tambaleante, sin importar el esfuerzo que hacía por mantenerla firme. Hablé y hablé, nombrando cada una de las cosas que sabía perdidas y que me arrepentía de haber dejado ir. Sin desearlo, mis palabras se entrecortaban, el aire me faltaba y comencé a llorar. No pude seguir hablando; las lágrimas ahogaban mi voz. Nunca he podido hacer ambas cosas a la vez: hablar y llorar. Es una cruel maldición que deja al descubierto mis debilidades y me expone ante quien escucha mis sollozos en lugar de mis palabras. Pero ella no esperó a que terminara mi llanto; por la bocina del teléfono escuché su voz decidida que no se compadeció de mí un solo instante y me ordenó dejar de llorar, me gritó que me comportara como el hombre que debería ser (lo recuerdo así: “el hombre que debería ser”, en lugar de “el hombre que era”). Su carácter me sacudió y casi pude sentir su mirada posándose sobre mi miedo, ahuyentándolo de golpe. Podía imaginar sus ojos negros demandando que hiciera a un lado el sufrimiento y que me sobrepusiera ante lo hecho. Me exigió que me pusiera de pie, que sintiera el suelo bajo mis plantas, que pisara y despreciara las lágrimas que había derramado, que saliera, que me encontrara con ella.
Nos vimos en una cafetería repleta de gente. Quizás fue mi estado emocional, pero allí bebí el café más amargo que recuerdo. Volví a repasar mi historia con ella tratando de mantener mis emociones lejos de mi alcance. Ella, a diferencia de lo que pasó en el teléfono, no habló; sólo me miró fijamente, con profundidad. Quise hacerle saber que estaba bien, que había reaccionado mal cuando habíamos hablado; pero que ya había pasado, que me había recuperado y que quería volver a la normalidad, a ser el de antes. No pude. Podría decir que sus ojos negros mirándome no dejaron que yo hablara, podría inventar cualquier otro pretexto, pero fue mi cobardía la que me hizo callar. Sin embargo, ella habló; no con palabras, sino con su sonrisa. Sin tener una razón aparente, me miraba con una alegría brillante. Ahora las palabras sobraban. Acercó su silla a la mía y, sin sacarme de su vista, me besó, primero en la mejilla, luego en los labios, cada vez con más ternura, con mayor emoción, haciéndome sentir el calor de sus besos sobre los míos. Por primera vez, me sentí lleno de debilidad y de fuerza simultáneamente. Mi corazón volvió a traicionarme latiendo con toda su fuerza; pero, esta vez, pude sentir el suyo latiendo con mayor fuerza sobre mi pecho. Ambos nos estremecimos de forma casi sincronizada. Puedo decir que, en aquellos breves instantes, fui feliz. Pero, como dije, fue breve, demasiado breve. Inesperadamente, tal como se había acercado, ella se alejó. Regresó la silla a su lugar y dijo “Me tengo que ir”. Yo estaba a punto de reclamar, de demandar una explicación a sus reacciones, hasta que, con voz firme ordenó: “Acompáñame”.
Nunca supe cuál era su plan original, pero cuando llegamos a su casa, la recibió (nos recibió) la noticia de que su abuela acababa de morir. No voy a describir el drama que se desató en su interior; sólo diré que, seguramente, era la peor noticia que había recibido hasta entonces, y la devastó. Sin siquiera preguntar, la acompañé al funeral y traté de animarla, tal como ella lo hubiera hecho conmigo. La diferencia era que yo no sabía cómo devolverle la fuerza a alguien tan inmensamente fuerte. A ratos me acerqué, a ratos me alejé; mil veces cambié la forma de mi rostro para tratar de compadecerla, de reconfortarla, de hacerle sentir mi apoyo. Nunca sentí que algo de eso ayudara. Reuní la fuerzas necesarias para acercarme y para tratar de abrazarla empáticamente; pero antes de que lograra hacerlo, llegó él corriendo. La tomó entre sus brazos y la besó; noté que no dejaba de abrazarla. Ella lo abrazaba también, dejándose confortar. Después de un rato, miró por encima del hombro de él y me vio. Sólo entonces deshizo el abrazo y le murmuró algo al oído. Ambos caminaron hacia mí. “Te presento a mi novio”, me dijo ella. Yo extendí mi fría mano hacia él. Ahora había dos muertos en el velorio.
sábado, 16 de marzo de 2013
La edad de la inocencia
—Bueno, no mucho —dijo Leandro—. Creo que sí.
—¡No lo puedo creer! ¡Claro que te recuerdo! Sólo que antes eras…
—¡Sí! ¿Te acuerdas? Eso me gustó mucho mientras duró. Pero cuando las canas llegaron, quise experimentar con otros colores. ¿Te gusta así?
—Pero ¿no era tu amiga? ¿No seguiste viéndola?
—¿Yo amiga de ésa? ¿Cómo crees? ¿Platicamos de otra cosa?
lunes, 2 de enero de 2012
A Brazos
Ocurrió un día de escuela mientras iba caminando bajo el intenso calor del sol. Sin notar el momento preciso, dejé de percibir los edificios que se encontraban a mi derecha y junto a los cuales repartía mis pasos. Fue una sensación extraña pues me pareció increíble que hubieran desaparecido así nada más. Dirigí curiosamente mi mirada hacia el lugar donde acababa de ver aquellas construcciones y, con cierto alivio, pude descubrir que no habían ido a ningún lado. Seguían allí. Sin embargo, con miedo noté que algo más desaparecía a mi derecha. Pero al virar con fuerza mi cabeza, constataba que todo permanecía justo donde debía estar. No eran las cosas las que desaparecían, era la vista en mi ojo derecho la que me estaba abandonando paulatinamente.
Sería una mentira decir que fue una oscuridad la que invadió mi cabeza. No, fue justo lo contrario. Lo único que mi ojo derecho pudo percibir fue un brillo descontrolado que no me dejaba ver. Traté de disimular el síntoma y cerré, en una especie de castigo, aquel ojo traidor que ahora se volvía en mi contra para evitar mostrarme el mundo. Nada cambió. Era como si aquel destello proviniera de mi interior y deslumbrara mi vista. Pensé que el calor me estaba jugando una mala broma y decidí detenerme por unos instantes para tranquilizarme y regresar a la normalidad. Pronto la luz abarcó ambos ojos y, en una inesperada complicidad, me prohibieron volver a ver. No quiero volver a describir la sensación terrible que me recorrió en esos momentos, cuando el miedo me tomó como presa y la vida me ofreció como sacrificado a cambio, espero, de una buena causa.
El caso es que desde ese momento quedé ciego. Esa luz intensa que conformó mi última visión terminó por apagarse definitivamente aprovechando la inconsciencia que tomó el control de mi cuerpo. De eso han pasado ya muchos años. Veintiuno. Quizás veintidós. Es difícil recordar cuando lo que se desea es olvidar. Creo que los primeros meses de mi ceguera fueron los más difíciles, los más aterradores. No era la oscuridad en que vivía lo que me asustaba, sino todo el mundo que cobraba vida bajo la luz que yo no percibía. Mis más absolutas certezas se convirtieron en amplias inseguridades. Mi andar se hizo lento e indeciso ante el misterio que el camino representaba ahora. El dolor de cada golpe recibido se transformó rápidamente en vergüenza, y la vergüenza en incapacidad. Nadie se explicaba la razón de mi desgracia, sólo supe que, irreversiblemente, mis ojos no podían ahora más que llorar.
Así comenzó mi nueva vida, con incertidumbres y sin esperanzas. Quisiera poder decir que salir de mi casa representó todo un reto. Lo cierto es que el solo hecho de bajar de mi cama me significó algo similar a abandonar mi propia tumba. Día tras día, tropiezo tras tropiezo, comencé a conocer nuevamente un universo que creía había haber dominado desde siempre. Incluso mi cuerpo me resultaba desconocido, ¡ni hablar de mi propia habitación! Pero fui encontrando formas para ir recorriendo los espacios, buscando las luces que sólo mi espíritu llegó a vislumbrar. Como semilla recién plantada, la confianza en mí mismo parecía no retoñar. Requería tiempo, paciencia y constancia. Y así, a cada paso, literalmente, encontré el camino hacia una aventura que, de otra forma, no hubiera logrado apreciar.
Un día abrí la puerta que, por tanto tiempo, no me había atrevido a cruzar. Sentí el viento en mi cara y, extraño como suena, sentí la luz posarse sobre mí. Los sonidos invadieron mi mente y formaron imágenes que tenía mucho tiempo sin ver, imágenes que quizás nunca había podido reconocer. Caminé con los brazos extendidos, apoyado sólo con un delgado bastón que dirigía torpemente para tratar de identificar los obstáculos que mi andar pudiera encontrar. ¿A dónde iba? Sé que parecerá estúpido pero me justificaba contestándome a mí mismo: "A respirar". Quería llegar al parque y recorrer sus paisajes, oler la fragancia de sus colores, escuchar sus formas, tocar todos sus movimientos.
Pero mi atrevimiento fue castigado casi de inmediato. En los primeros metros que recorrí para acercarme a mi destino me topé con estorbos que mi bastón no pudo detectar. No hablo de obstáculos que mis pies no pudieran evadir, ni de muros que interrumpieran mi decisión de avanzar. No, hablo de limitaciones que sólo ciertos humanos son capaces de edificar. Justo antes de disponerme a atravesar la primera calle, escuché la fuerte voz de un automovilista que, con palabras más o con palabras menos, reclamaba su derecho de paso por sobre el mío. Lo peor, sin embargo, fue que a fuerza de gritos atribuyó mi ceguera a mi estupidez. Ciertamente, me detuve, pero no para evitar ser arrollado, sino para acreditar aquellas palabras que acababa de escuchar y que, como sólidas cadenas, arrancaban mi determinación y buscaban arrastrarme de regreso a mi oscura habitación. Había comenzado a dar la media vuelta cuando de mi brazo colgó el peso de la bondad. "¿Lo ayudo a cruzar?", dijo una voz de mujer que sonaba alegre y atenta. Por supuesto, no pude verla, pero sabía que ella sonreía en ese momento. Su sonrisa se contagió en mi rostro y la cadena que luchaba por retener mi disposición terminó hecha añicos, tanto que casi pude escuchar los pedazos caer sobre el piso. Ella tomó mi sonrisa como un "sí" y me llevó cuidadosamente hacia el otro extremo de la calle. "¿Hacia dónde va?", preguntó en cuanto subimos la banqueta. "Al parque", contesté pensando en las siguientes tres cuadras que me separaban de él. "Vamos, lo llevo", dijo ella desprendiendo cierta emoción en sus palabras. Dejó de tomarme del brazo y, a cambio, colocó mi mano sobre su propio brazo y me condujo hacia el parque.
Su nombre era María Juana pero todos la llamaban Juanita, según me contó. A juzgar por la fuerza de su brazo, pude deducir que se trataba de una persona con un temple excepcional. Había también, en la forma en que me dirigía, una delicadeza que pocas veces había podido notar en una persona. Al principio, supuse que su compañía sería pasajera, pero ella decidió quedarse durante todo el tiempo que estuve en el parque. Si bien no estaba en mis planes que alguien pudiera disolver mi soledad en sus palabras, no puedo negar que lo disfruté enormemente. Hacía mucho tiempo que nadie parecía interesado en mi vida y, justo ese día, Juanita avivó mi propio interés. Los paseos al parque se hicieron pronto una costumbre y el brazo que guiaba mi camino se hizo tan familiar como si, a través de él, pudiera ver a Juanita. Ella me decía José, pese a que yo me presenté oportunamente como Raúl. Nunca la corregí, quizás porque decía que formábamos "la doble jota": Juanita y José.
Por supuesto, Juanita no podía estar presente todas las ocasiones en que a mí me placía salir a indagar en el mundo. Inesperadamente, aunque gratamente, otros brazos ofrecieron su apoyo para que yo pudiera llegar a mi destino. A veces, aquellos brazos me acompañaron para cruzar una calle en específico; otras veces, para recorrer algunas cuadras; otras más, hasta asegurarse de que había yo llegado con bien a la vieja banca donde siempre me sentaba. Sólo Juanita se quedaba a platicar conmigo todo el tiempo. Pero pronto aprendí a distinguir que, dependiendo de la fuerza con que aquellos brazos me sostenían, de la posición que empleaban para brindar el apoyo, de la suavidad de sus movimientos o de la rapidez con que me soltaban, siempre había una relación con la personalidad de quien me ayudaba. Podría decir que incluso el calor que cada brazo transmite tiene que ver con la calidez humana de su dueño. En una ocasión pude sentir el dolor que un muchacho sentía sólo con aferrarme a su antebrazo. No dijo nada y yo sólo acerté a decir: "Todo va a estar bien". Él separó mi mano de su brazo pero enseguida me cubrió en un afectuoso abrazo y, con el rostro recargado sobre mi cabeza, dijo "Gracias". Sentí una gota salada cayendo sobre mi labio y el muchacho se retiró a toda prisa.
No quiero decir que cuente con algún don especial con esto de los brazos, pero es casi como percibir una mirada triste o mirar la verdad en los ojos ajenos. De alguna forma, cuando una persona extiende sus brazos con la intención de ayudar, abre también su corazón hacia quien necesita la ayuda, y eso puedo percibirlo mientras avanzo a su lado. Le comentaba este pensamiento a Juanita en una de las incontables veces en que, afortunadamente, me acompañó hacia el parque (y uso el verbo "acompañar" porque, después de las primeras veces, ofrecía su brazo más como cómplice que como guía). Ella quedó en silencio unos momentos y se me hizo evidente que dirigía su mirada hacia mí. De alguna forma, supe que sus ojos estaban llenos de asombro y sólo pude preguntarle: "¿Es muy tonto lo que acabo de decir?". A manera de respuesta, de sus labios llegó una sensación cálida y húmeda a mi mejilla y, de inmediato, recorrió en forma de escalofrío el resto de mi cuerpo. Luego, sus palabras se dejaron escuchar en mis oídos:
"Nada de tonto. Lo que pasa es que has aprendido a mirar a la gente más allá de su apariencia. Quienes podemos ver confiamos demasiado en nuestros ojos, aun sabiendo que tienen grandes limitantes, sobre todo en los momentos más oscuros. José, tú no tienes el prejuicio de la luz, lo que percibes es justamente los que, quienes te sostienen, te transmiten. No influyen en ti las pantallas de las apariencias.".
Para ser completamente honesto, nunca había creído que mi ceguera hubiera tenido algún beneficio. Por el contrario, siempre me había considerado el mayor de los desgraciados. Pero ante las palabras de Juanita me quedé sin saber qué decir. He omitido mencionar el enorme sufrimiento en que las personas ciegas nos hundimos a veces a causa de la discriminación y las limitantes que encontramos; y la razón por la cual decidí omitir mayor detalle es porque, simplemente, no son mayores que las limitantes y humillaciones que personas con todos sus sentidos pueden llegar a sufrir. La única diferencia, es que algunos tenemos un pretexto notorio para dejarnos arrastrar hacia la desesperación. Curiosamente, me sigue costando trabajo reconocer los regalos que la vida me ofrece y gente como Juanita me ayudan a salir de mi autocompasión y buscar nuevos horizontes. Desde ese momento, decidí que no volvería a poner mi ceguera como excusa para no vivir mi vida y acepté con gusto los retos que, en la intención de sentirme vivo, se me fueron presentando. Una ocasión, una amiga de ella me sugirió subir a un globo aerostático. La única condición que pude poner fue ir todo el tiempo aferrado a su brazo. Ella y Juanita me acompañaron en la travesía aérea que estuvo llena de sensaciones. Al menos para mí, el paisaje no fue un distractor y me concentré en las subidas, las bajadas, el aire en mi cara y, sobre todo, en la emoción que Juanita y su amiga depositaban en mis brazos. Fue una experiencia inolvidable. "Fue como acercarse a Dios", comentó Juanita cuando descendimos a tierra. Su brazo seguía temblando de la excitación.
En las recientes celebraciones de Año Nuevo, Juanita me invitó a caminar por el parque y me hizo una pregunta inusual: "¿Cuáles son tus propósitos de Año Nuevo?". Obviamente, cuando dije "inusual" me refería a que nadie me la había hecho en los últimos años. Por la misma razón, mi respuesta requirió de mucha reflexión y algún tiempo en silencio. Mientras lo pensaba, sabía que Juanita sonreía satisfecha. Finalmente, accedí a contestar: "Este año quiero viajar y conocer otros lugares. No conozco la playa". Ella tomó con fuerza mi brazo y emocionada dijo: "¡Es una estupenda idea!". Sin dejarla decir nada más, solté mi pregunta temiendo que ella notara el nerviosismo en mi cuerpo: "¿Irías conmigo?". Ella imprimió aún más emoción en la forma en que me sostenía y contestó casi de inmediato: "¡Sí, por supuesto! ¿Cómo te gustaría viajar?". Sólo pude emitir una respuesta basada en mis sentimientos: "A brazos, Juanita. A brazos.". Ella derramó una lágrima de alegría cuando contestó: "Abrazos, José. Abrazos.". Y me besó.
sábado, 11 de junio de 2011
No matarás
Como si el tiempo hubiera quedado detenido precisamente en ese momento, Augusto sintió que todo a su alrededor quedaba inmóvil, en pausa. Trató de recordar cómo había llegado a aquel escenario, cómo el destino lo había puesto ante aquella macabra situación donde la posibilidad de matar a un hombre parecía no haber resultado tan nula como siempre lo aseguró. Paradójicamente, pasaron ante sus ojos diversas escenas de su vida. Recordó, por ejemplo, todas aquellas lecciones en que su religión lo instaba a construir, no a destruir. "No matarás", repitió muchas veces como parte de su aprendizaje, de su entrenamiento, de su fe. El respeto a la vida y al derecho de todos a vivir constituyó un fuerte pilar en su propia existencia. Vinieron a su mente aquellos momentos en que, incluso, decidió volverse vegetariano, no por salud, sino como una forma de limpiar su conciencia ante la matanza de animales, de reafirmar su respeto a la vida, diría él. Luchó activamente contra la pena de muerte y repudió abiertamente a aquellos políticos, funcionarios y comunicadores que llegaban a velar apenas la idea de promover dicho castigo. Incluso temas como el aborto, la eutanasia, la guerra y otros donde la vida pudiera verse amenazada, servían de plataforma para exponer con fervor aquel bien aprendido mandato: "no matarás".
Sí, siempre estuvo en contra de acortar una vida, de arrebatarla, de robarla. No sólo por fe y convicción religiosa, sino por convicción personal también. ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo responder a aquella simple (y a la vez compleja) pregunta que hacía ahora su hijo?: "¿Lo mataste, papá?".
Recordó aquella misma sala unos minutos antes. Aún se encontraba todo en su lugar, en impecable orden. Pedro se encontraba en su habitación viendo caricaturas en la televisión y devorando un paquete de frituras. Augusto revisaba en el sofá algunos documentos que daban la impresión de ser recibos y cuentas por pagar. Afuera, en el jardín, todo permanecía en calma. En una extraña e intranquila calma. Notó por debajo de la puerta de entrada una sombra en movimiento. Al principio no pudo determinar si se trataba simplemente de alguna nube que en su paso tapaba momentáneamente la luz del sol. Pensó que quizás se trataba de un gato callejero que estaba en busca de comida y acercaba su nariz a la puerta tratando de localizar con el olfato algún bocadillo. Enseguida notó que ninguna de estas explicaciones era correcta: la perilla de la puerta comenzó a moverse. No esperaba a nadie. Su instinto le advirtió con un torrente de adrenalina corriendo por su cuerpo que algo andaba mal. Sin decir una palabra, soltó descuidadamente los documentos que tenía en las manos, se puso de pie con más rapidez de lo que nunca imaginó que podía moverse y se dirigió hacia su escritorio. Empleando una pequeña llave, abrió uno de los cajones inferiores. Allí estaba el arma que su propia esposa le había regalado años atrás y que había sido, en varias ocasiones, motivo de discusiones, de peleas, de separaciones. Él accedió a conservar aquel revólver siempre con la condición de mantenerlo bajo llave y sin cargar. Quizás en realidad accedió a conservarlo cuando la muerte de su esposa lo motivó a cumplirle un último deseo. Como sea que haya ocurrido, el arma estaba allí pero descargada, justo como Augusto había acordado consigo mismo. Mientras buscaba las balas en otro cajón, deseó que el movimiento en la perilla hubiera cesado, pero al levantar la vista se dio cuenta de que los forcejeos eran ahora más violentos y descarados. Con manos temblorosas, colocó torpemente cada una de las seis balas en la cámara del revólver. No es que pensara usar el mortal artefacto: a lo más serviría para asustar al intruso con sólo mostrarlo o, menos probablemente, se vería obligado a hacer algún disparo al aire para hacerlo huir. Lo que fuera necesario, no para defenderse él, sino para defender a Pedro, a su amado hijo. En caso necesario, ¿sería capaz de matar por defender a su hijo? Esperaba no tener que llegar a decidir. Justo terminaba de armar el revólver cuando el intruso logró romper la cerradura y abrir ruidosamente la puerta. Era un sujeto robusto, de aspecto cruel y rostro desalmado. "¡Alto!", ordenó, casi suplicó, Augusto con voz temblorosa. Aquel invasor, al ver el arma con la que le apuntaba, dudó en seguir avanzando. Pero como si la tan arraigada frase aprendida años atrás ("no matarás") se viera reflejada en la mirada de Augusto, el tipo supo que no corría peligro y, esbozando una ligera sonrisa, se lanzó furiosa y confiadamente hacia él. Había tenido razón: Augusto no pudo disparar. Al recibir el impacto del criminal contra su cuerpo, Augusto cayó de espaldas sobre una pequeña mesa haciéndola añicos instantáneamente. Para su propio asombro, no soltó la pistola y golpeó con ella, usando todas las fuerzas con que disponía, la cabeza de su agresor. Esto lo liberó temporalmente y, apenas pudo levantarse, gritó desesperadamente: "¡Pedro, cierra la puerta de tu habitación y no salgas! ¡No salgas!". Pedro no alcanzó a distinguir la instrucción y asomó la cabeza fuera de su cuarto. "¿Qué pasó?", gritó el niño. "¡Cierra la puerta! ¡Cierra la puerta!", gritó Augusto desgarrándose la voz en su desesperación. Pero un fuerte golpe ahogó su grito y lo lanzó contra la pared, haciendo que varios cuadros cayeran. En una reacción inesperada, Augusto tomó todo lo que tenía a su alcance y comenzó a lanzarlo hacia el agresor. No tuvo suerte. Ninguno de los objetos alcanzó su objetivo. Una alarma comenzó a sonar en una casa vecina, quizás alguien había notado lo ocurrido y trataba de ayudar. Como si aquel salvaje quisiera acabar de una vez por todas con la oposición que estaba encontrando, sacó inesperadamente una pistola que traía oculta en la parte trasera del pantalón y apuntó hacia Augusto. Asustado, sorprendido, Augusto levantó también su arma y la dirigió a su atacante. Entonces se escuchó el disparo.
"¿Lo mataste, papá?", volvió a preguntar Pedro. Augusto levantó la mirada hacia su hijo y trató de encontrar las palabras correctas para explicarle, para justificar sus actos, para convencerlo de que no era un asesino. Sin embargo, Pedro parecía no querer mirarlo, parecía querer ignorarlo. Sin entender qué estaba pasando, Augusto vio cómo su hijo echó a correr y se lanzó con desesperación hacia el cuerpo inerte que yacía en la alfombra. "¡Papá! ¡Papá!", gritó envuelto en lágrimas. Fue en ese momento que Augusto comprendió que había sido su atacante quien había realizado el mortal disparo. ¿Pero cómo? Miró el arma que sostenía en la mano y notó que las seis balas aún se encontraban en la cámara del revólver, sin usar. Lo que antes había creído ser el cañón caliente de su arma era, en realidad, el calor de la bala alojada en su cráneo. Al escuchar la alarma en la casa vecina, el intruso había decidido huir corriendo, cual cobarde era. Augusto echó un último vistazo a su hijo mientras abrazaba llorando su cuerpo sin vida. Pensó que, efectivamente, había cumplido su cometido de proteger a su hijo pero hubiera querido ser capaz, ahora, de responder su pregunta.
lunes, 6 de junio de 2011
viernes, 3 de junio de 2011
Sin todo respeto…
Como podía esperarse, Don Eulogio y Don Manuel se conocían, y se conocían bastante bien. Desde la infancia fueron amigos entrañables y, conforme fueron creciendo y madurando, fueron depurando aquel bello arte de la caballerosidad. Constantemente tenían discusiones sobre protocolos de etiqueta, de comportamiento, de alimentación, de expresión, siempre con aprendizaje para ambos, con orgullo para todos. En diversas ocasiones fueron requeridos para organizar algún banquete, una que otra premiación, algún homenaje a un distinguido personaje. Sobra decir que siempre dejaron una buena impresión. Aunque, quizás, los invitados más impresionados eran aquellos que visitaban las residencias de tan distinguidos caballeros. Orden, control, ceremonia. Todo cabía en aquellas habitaciones que conformaban su hogar.
Sin embargo, no siempre lograban ponerse de acuerdo en todos los aspectos. A Don Eulogio no le parecía correcto que Don Manuel, empleando su facilidad para encantar damas con sus versos, hubiera alcanzado ya la fama de seductor, de incitador a la pasión, al deseo, al amor. Don Manuel sólo reía al escuchar tales reclamos, respondiendo que simplemente brindaba a aquellas féminas la oportunidad de conocer mejor sus habilidades lingüísticas. En cambio, Don Manuel, lejos de hacer reclamos a Don Eulogio, le gustaba burlarse amablemente de él. "Deberías hacer lo mismo, aunque comprendo tu inapetencia para quitarte la ropa ante una dama, pues seguro te ha llevado todo el día elegir qué vestir", solía decirle con su clásica sonrisa pícara. "Inapetencia me daría volver a vestir a la mayoría de las damas de por aquí, que no logran combinar nada ni usando un solo color", contestaba Don Eulogio sin perder la postura. Al final, ambos reían y permanecían como amigos de tradición y abolengo.
Pero las cosas cambiaron con el paso del tiempo. En una ocasión, teniendo ya más de cuarenta años cada uno, llegó a los oídos de Don Eulogio que Don Manuel había estado seduciendo a una bella jovencita. Esto no causó mayor sorpresa a Don Manuel, quien permaneció inalterable al recibir la noticia. Su rostro, sin embargo, se transformó al enterarse que aquella bella jovencita era su hermana menor. "¿Lucrecia? ¿Mi hermana?", preguntó sabiendo ya la respuesta. Haciendo los arreglos pertinentes en su vestimenta para poder salir a la calle, Don Eulogio recorrió con furia las veinte calles que le separaban de la residencia de su "amigo". Llamó con propiedad a la puerta (dando tres golpes suaves pero firmes) y espero pacientemente a que Don Manuel abriera.
—¿Sí? —preguntó Don Manuel al abrir la puerta y sin dejar de notar la mirada furibunda de Don Eulogio.
—He querido venir a confirmar personalmente la veracidad o falsedad de cierta noticia que ha pasado a ser de mi conocimiento y que te involucra a ti y a Lucrecia, mi hermana.
—¿Y qué noticia es ésa?
—Que tú, abusando de la inocencia de mi pequeña hermana, la has seducido y has estado llevando una relación clandestina con ella.
—Absolutamente falso.
—¿Falso?
—Totalmente. En ningún momento ha sido clandestina nuestra relación.
—¿¡Qué!?
—Y tampoco he abusado de la inocencia de Lucrecia —aclaró Don Manuel— ¡Ella no es nada inocente!
Este último comentario hizo que Don Eulogio casi brincara sobre su interlocutor. Pero, como lo exigen los altos estándares de caballerosidad, guardó la compostura y se contuvo de arrancarle la cabeza.
—¡Eres un desgraciado impertinente! —dijo, por fin, Don Eulogio.
—¿Ah sí? Pues si esa es su opinión, le pido respetuosamente que no ose tutearme nuevamente. Ya no puedo considerarlo mi amigo.
—Pues si esa es su decisión, así será: ¡Es Usted un desgraciado impertinente!
De esta forma, inició la ruptura de aquella amistad tan legendaria, tan respetuosa y formal. Y, pese a que el origen de aquella separación había sido Lucrecia, ésta no dudó, en la primera oportunidad que tuvo, en escaparse con un antiguo novio a un pueblo lejano, dejando abandonados y enemistados a tan ilustres caballeros.
Nunca volvieron a entablar una plática. Nunca volvieron a asistir a una reunión donde supieran que posiblemente estaría el otro. Nunca volvieron a frecuentar los lugares de costumbre para evitar la pena, la amargura de volver a verse. Así transcurrieron los años, en medio de rencores no olvidados, en medio de odios reforzados. Sin embargo, como suele pasar de vez en cuando, el destino suele jugar (jugarnos) algunas bromas. Tanto Don Eulogio como Don Manuel, lucían escasas pero blancas cabelleras, caminaban pesadamente con la ayuda de bastón (ya no por elegancia sino por perseverancia) y las arrugas habían invadido vorazmente sus rostros. Nunca, por otro lado, habían abandonado sus modales, sus costumbres de caballeros que habían subsistido firmes pese al paso batiente de los años. En un inusual paseo (uno desde el parque, el otro hacia él), ambos caballeros se encontraron en la calle frente a frente. Los dos caminaban sobre la acera pegados a la pared de un edificio colonial para cubrirse del sol. Dicta la costumbre que, al encontrarse de frente con otra persona, un caballero debe ceder la acera, es decir, debe alejarse de la pared y dejar pasar al otro, en señal de respeto y admiración. Pero entre estos caballeros, una de las tantas cosas que no existían era el respeto, menos la admiración. Su caballerosidad tampoco les permitía empujar al otro para ganarse violentamente el paso, eso sería deshonroso. Así que allí quedaron, inmóviles, sin apartar la mirada el uno de la del otro, sin avanzar. La gente que presenciaba aquella escena pasaba asustada cediendo inmediatamente la acera, sin pestañear, siguiendo desde lo lejos los acontecimientos aunque no aconteciera nada. Habían pasado ya unos quince minutos y ninguno cedía la acera, ninguno cedía el paso, ninguno podía pasar. Fue entonces que Don Eulogio, ajustándose un poco el sombrero inició la conversación:
—Sepa usted, caballero, que yo no le cedo la acera a ningún estúpido.
Don Manuel, entrecerrando los ojos y con calma inédita, le contestó:
—¡Pues yo sí! —Y le cedió la acera haciéndose a un lado.
Se dice que, al día siguiente, ambos caballeros fallecieron. Uno de vergüenza, el otro de humillación. No se sabe cuál de cuál.
lunes, 30 de mayo de 2011
Ese beso…
La siguiente vez que mis ojos pudieron abrirse por sí mismos yacía yo en una especie de cama pequeña. La habitación que me albergaba lucía blanca y brillante todo el tiempo, tan brillante que su propia luz lastimaba mis pupilas. Todo parecía poco nítido ante mí, pero para mi sorpresa, una lágrima corrió en cada ojo al tratar de combatir la luz y eso fue suficiente para aclarar mi visión. Estaba solo. No sabía cómo había llegado a aquel lugar ni por cuánto tiempo había estado en él. Lo único que sabía es que no estaba muerto. Y no lo sabía porque fuera yo catador de sensaciones de ultratumba, sino porque conocía perfectamente las sensaciones terrenales: tenía hambre. Hambre y dolor, los únicos indicadores de mi supervivencia. Así estuve un buen rato, inmóvil, pero vivo. Hambriento, pero vivo. Dolorido, pero vivo. Tal vez lo único que no me resultaba tan normal era la parte de la inmovilidad. Pero entonces Ella volvió a aparecer e, instintivamente, todos aquellos síntomas desaparecieron (quizás sólo se hicieron imperceptibles para mí). Comencé a moverme tratando de incorporarme pero ella me detuvo. Aunque no entendí una sola palabra de las muchas que pronunció, entendí que ella no quería que me levantara, sino, por el contrario, deseaba que me quedara recostado. Así lo hice. Yo intenté hablarle, agradecerle, pero de mi boca emanó sólo un fuerte silbido. Estaba muy débil aún. La máxima movilidad me la daba mi visión, que lentamente recorrió mi cuerpo, mostrándome todos aquellos vendajes y tablillas que mantenían rígida cada parte que antes podía flexionar. Ella siguió hablando y hablando, segura de que yo la entendía y, sin embargo, no esperaba mi respuesta. Acarició suavemente mi cabeza y en mis ojos debió haber notado algo porque los suyos se abrieron grandes repentinamente. Salió corriendo de la habitación y, en aquel lenguaje extranjero para mí, pronunció a gritos algunas palabras. No pasó mucho tiempo cuando regresó en compañía de un hombre alto y fornido, quien, con poca delicadeza, revisó mi cara, mis ojos, mis extremidades. Sentí en mi pecho el frío desprendido del aparato que Él colocó para escuchar mis latidos, mi respiración, mis suspiros, quizás mis delirios. En mi costado izquierdo sentí calor, que se tornaba frío inmediatamente. Una especie de líquido comenzó a emerger casi a borbotones. Los tres miramos con ojos enormes, sólo ellos dos hablaban, yo quería gritar. Sentí un pinchazo en la pierna que no me inmutó en lo más mínimo, pero mis ojos desistieron en su esfuerzo de mantenerse abiertos. Otra vez, el dolor cesó.
Fueron varios días de sufrimiento, no sólo para mí: Ella mostraba también un nivel considerable de dolor en su rostro. Un rostro que no se hacía menos bello cuando se llenaba de lágrimas pero que, cuando sonreía, podía iluminar aún más la habitación, el mundo entero. Poco a poco, recuperé la movilidad y comencé a caminar nuevamente. Por supuesto, Ella me acompañó a cada nuevo paso. Incluso comer fue un nuevo aprendizaje para mí. Después de tanto tiempo de sólo ingerir líquidos, aquellos primeros trozos de comida (no sé qué eran) me supieron a gloria. Mi voz cambió, al menos esa impresión me daba al principio, mi propia apariencia se transformó. En algunas épocas, había sido grande y robusto, ahora me sentía pequeño, débil, insignificante. Claro, así me sentía, pero supongo que ésa era la imagen que reflejaba hacia los demás. Y, sin embargo, a los ojos de Ella era yo hermoso, fuerte, triunfador. Claro, no lo decía (al menos yo no lo entendía) pero ésa era la imagen que Ella reflejaba hacia mí. Mientras más me reponía Ella sonreía más y yo me sentía orgulloso de provocar aquella reacción. Feliz. Orgulloso y feliz.
Pero también, mientras me recuperaba, encontraba yo en sus ojos cierta melancolía, algunas gotas de tristeza. No importaba cuánto pudiera yo moverme, gritar, saltar, Ella siempre reía pero, al final, su sonrisa desaparecía sin dejar de mirarme. Era como si supiera que algo estaba por suceder y no pudiera hacer nada al respecto. Yo no sabía nada. Vivía feliz en mi desconocimiento, en mi ignorancia, en sus momentos de innegable felicidad. Quizás su sonrisa llegaba a apagarse por las discusiones que, cada vez más frecuentemente, tenía con aquel hombre robusto que siempre venía a revisarme y me alimentaba. De forma personal, agradecía sus cuidados, sus atenciones, pero no soportaba que se mostrara agresivo con Ella. Aunque no era muy seguido, de vez en cuando las discusiones se tornaban en peleas. Cuánto me habría gustado entender aquello por lo que siempre discutían y, a veces, peleaban. Pero sus actitudes eran inconfundibles: se miraban entre ellos, hablaban fuerte, volvían a mirarse y, repentinamente, sus miradas se fijaban en mí, allí comenzaban los gritos de Él seguidos, casi instantáneamente, por los gritos de Ella. Una ocasión, en mi desesperación, en mi incomodidad al escucharlos gritar, en mi apoyo incondicional hacia Ella, me levanté y le grité a Él. Lo insulté, lo maldije, la disculpé. No creo que hubieran entendido mis palabras pues, al escucharme, Él sólo me señaló con su dedo pero siguió gritándole a Ella, ignorándome por completo. Ella vino hacia mí y me devolvió a mi habitación, hablándome suavemente, con suma ternura, contrastando con los gritos que recién acababa de proferir. Me quedé quieto, sabiendo que eso era lo que ella quería. Ella, al notarme calmado, me dijo algo, varias palabras que, en su estructura, no dijeron nada pero, en su esencia, lo dijeron todo: tenía que tranquilizarme, Ella estaba bien y sólo tenía que arreglar algunas cosas antes de que todo volviera a estar bien para todos. Asentí, como creando un pacto, como aceptando un destino del cual no tenía certeza alguna. Ella, en cambio, sonrió y me abrazó. Sentí sus brazos rodeando mi cuello y permanecí con esa sensación mucho tiempo después de que ella hubo salido de mi habitación.
Yo ya estaba completamente recuperado y salir a pasear en el auto me cayó divinamente. Sentir el aire que se colaba por las ventanas no sólo refrescaba mi rostro sino que purificaba mi espíritu y mi reacción instintiva ante aquella caricia fue abrir grandemente la boca y saborear su suavidad. Tanto Ella como Él rieron al verme desde los asientos delanteros, a grandes carcajadas, sin poder parar. Yo me reí también y, durante todo el camino, no dejé de sonreír contemplando el paisaje campestre. Después de un largo recorrido, llegamos a una casa vieja, algo descuidada, aunque con grandes jardines. Todos bajamos del auto y nos dirigimos a la entrada. Los jardines eran tan bonitos que despertaban en mí ganas de correr por ellos y recorrerlos una y otra vez. El dueño de la casa abrió la puerta y, tras de él, salieron dos pequeños niños corriendo atropelladamente. Todos se veían alegres y contentos, sobre todos ellos, los niños, que no dejaban de verme asombrados. Yo también les sonreí. Ella habló animosamente con el dueño y constantemente fijaba su mirada en mí y me regalaba una que otra caricia, pese al ánimo celoso de Él. Noté, repentinamente, que la atención de todos estaba fija en mí. No entendía la razón, no encontraba los motivos. Yo permanecí firme junto a Ella, sin despegarme, sin abandonarla, sin abandonarme. Entonces Ella, ignorando al resto del grupo, se dirigió a mí. Me miró fija y tiernamente. Sus palabras sonaron en mis oídos una vez más pero no logré entender nada. Sentí su cariñoso abrazo que duró más tiempo que ningún otro que me hubiera dado antes, regresó su mirada a mis ojos y me besó la boca. Yo reaccioné sin importar que Él estuviera allí y devolví el beso usando, quizás inapropiadamente, mi lengua. Ella sonrió y dejó que yo la siguiera besando, prolongando el beso por varios segundos. Algo mágico ocurrió entonces, pues su lenguaje se volvió claro para mí, como si con aquel beso Ella hubiera logrado enseñarme la forma en la que hablaba. Sus palabras cobraron sentido una a una y entendí perfectamente cuando me dijo: "Esta es tu nueva familia, los niños son adorables y te querrán tanto como yo te he querido desde que te encontré lastimado en la calle. Desde ese momento supe que eras especial y te cuidé, te brindé mi hogar mientras pude y, cuando ya no pude, te busqué un nuevo hogar con gente maravillosa. Vendré a verte cada vez que pueda. Te lo prometo. Me hubiera gustado poder tenerte conmigo más tiempo pero no puedo, mi situación no me lo permite. Eres un buen perro, una gran mascota, una excelente compañía. Ahora ve a jugar con los niños, te van a hacer muy feliz y, seguramente, tú a ellos también". Obedecí porque eran los deseos de Ella y nunca dejaría de cumplir su voluntad, así, fielmente. No pude, sin embargo, aullar de tristeza al verla partir, al ver sus ojos humedecerse cuando me lanzó una última mirada.
Desde entonces, he vivido una vida llena de felicidad, de amistad correspondida con mi nueva familia. Y, aunque nunca volví a comprender las palabras de los humanos como lo hice en aquel mágico momento, nunca olvidaré sus palabras, sus cuidados, su ayuda desinteresada. Ese beso que Ella me dio, que yo devolví, que juntos disfrutamos es el mejor recuerdo de mi vida. Porque sí, como cualesquiera otros animales, los perros tenemos recuerdos, sentimientos y voluntad. Lo sé, gracias a Ella.
miércoles, 18 de mayo de 2011
El observador…
Así, una vez levantado, cada mañana estira hacia arriba ambos brazos en un par de ocasiones (había observado que un par era "necesario y suficiente" para deshacerse de la modorra), se calza las sandalias de baño (primero la izquierda, luego la derecha) y se dirige hacia la ducha contando los 20 pasos que lo separan de ella. Meticulosamente, sigue el orden en que lava cada parte de su cuerpo, de forma que no pierde tiempo repasando alguna de ellas por no recordar si ya la había tallado con el jabón. Sale del baño recién duchado y, una vez secado su cuerpo, toma el control remoto y enciende la televisión en el canal de las noticias. Elije siempre el noticiario donde presentan cada noticia y reportaje como si llevaran prisa, pues le conviene enterarse rápido ya que sólo cuenta con 28 minutos para escucharlas (no está en sus planes voltear a ver la imagen), aunque no le gusta mucho el hecho de que su televisor no lo deje programar el apagado automático en ese tiempo y tiene que ajustarlo a 30 minutos. Mientras se entera de los acontecimientos del día anterior, se viste rápidamente con el traje correspondiente al día de la semana, que siempre consiste de un traje de tres piezas, camisa blanca y zapatos negros. La corbata, obviamente, está asociada al traje en turno. El nudo doble ha demostrado ser el más conveniente ya que es fácil de ajustar en caso de ser necesario. No desayuna, al menos no en casa, ya que no está en su lista de tareas el lavado de los trastes y utensilios que pudiera requerir para preparar el desayuno. No importa, lo pedirá por teléfono al llegar a la oficina. Sale del domicilio y, metódicamente, da vuelta a cada una de las cerraduras que resguardan las puertas. Aunque tiene auto, no lo usa pues considera ineficiente y poco predecible la forma en que se consume el combustible pues es dependiente del clima, el tráfico y la forma de manejo. La forma de manejo es controlable, los otros dos no. Se dirige hacia la parada de autobús y espera pacientemente a que llegue el transporte público. Afortunadamente para él, ésta es la primera estación del autobús y siempre logra conseguir un asiento libre. Llega al edificio donde labora y lo hace dentro del rango de tiempo que tiene calculado, entre 19 y 28 minutos, y mentalmente se prepara para subir las 47 escaleras que lo separan del cuarto piso. Tampoco usa los elevadores, no porque los considere ineficientes sino simplemente porque no le gusta compartir los espacios reducidos con mucha gente. Además, no le gusta regresar el saludo a cada persona que encuentra y que, inexplicablemente, se muestra alegre por las mañanas.
Cuando llega al cuarto piso siente que ha entrado en un segundo hogar donde cada situación, en mayor o menor grado, está controlada. Hace una pausa planeada al final de los 47 escalones recién subidos y mira por una de las ventanas interiores del edificio. Hay una especie de patio en el centro del edificio, lo que da la impresión de que el inmueble estuviera hueco. Siempre consideró un desperdicio aquel espacio sin utilizar ya que, por su existencia, debe recorrer gran parte del piso para llegar a su oficina. Es cierto, el único pasillo que existe conecta todas las oficinas y forma una especie de circuito en ese piso. Ese pasillo representa la máxima aberración de su jornada, el más grande insulto a su control e inteligencia puesto que no hay forma de esquivarlo, de brincarlo, sólo de caminarlo. Una vez recuperado el aire tras la subida, lo cual le toma 154 segundos exactamente, gira hacia su derecha e inicia el recorrido por el odiado pasillo. Baja la mirada y la enfoca hacia el piso. "Setenta y cinco baldosas negras", piensa mientras avanza. Se refiere a los cuadrados negros distribuidos a todo lo largo del camino y que forman el decorado del piso, que en su mayoría es blanco. Y efectivamente, son precisamente setenta y cinco cuadrados los que separan a Paco de su oficina. No pierde el tiempo volteando a ver al resto de la gente que va llegando a sus lugares, tampoco le da importancia a las plantas y letreros que pretenden decorar el lugar, su atención está fija en el largo conteo de las aburridas baldosas negras. Ha notado (observado, diría él), que dando zancadas suficientemente largas, podría pisar una baldosa negra con cada paso, sin tocar el espacio blanco. Pero hacerlo así lo forzaría a caminar de forma ridícula, casi impropia. Piensa en la enorme conveniencia que le traería el tener piernas más largas ya que podría, al mismo tiempo, llevar la cuenta de las baldosas como la de sus propios pasos. Se resigna y, con la experiencia que da el conteo diario, recorre (y cuenta) las 75 baldosas con los mismos 98 pasos de costumbre y entra a su oficina.
Con la misma precisión con la que un neurocirujano realiza una operación, Paco coloca su saco en la percha, acomoda el portafolio en su reducido escritorio, enciende la computadora y levanta el auricular del teléfono para pedir su desayuno. Al terminar de marcar, reconoce con agrado la voz de la mujer que todos los días le toma la misma orden, da la impresión de ser una buena persona, agradece y, como siempre, sugiere que no tarden mucho en llevarle su comida. Después de todo esto, revisa su reloj sólo para confirmar que aún está a tiempo para que Don Raymundo, el lustrador de calzado, logre hacer relucir sus zapatos que no han logrado mantenerse limpios durante el trayecto. Don Raymundo, sin embargo, no ha aparecido todavía. Mientras espera, Paco revista la lista de pendientes que preparó el día anterior antes de ir a casa. Debe localizar al responsable de la mesa de ayuda que acaba de asignarle incorrectamente un incidente. Descuelga el teléfono y hace la llamada. Aún está escuchando los tonos de llamada en el teléfono cuando Don Raymundo aparece y, sin decir palabra, se alista para lustrar los zapatos de su cliente. La llamada es contestada del otro lado de la línea y, con la máxima propiedad con que es capaz de comunicarse, Paco le hace saber a su interlocutor que aquello a lo que se ha clasificado como "incidente" no es tal. "Un incidente, de acuerdo a las definiciones de varias metodologías como ITIL, es un evento que no forma parte del desarrollo habitual del servicio y que provoca, o puede provocar, una interrupción o degradación del mismo", comienza diciendo. "Lo que me están solicitando es la asignación de permisos a una cuenta correspondiente a un usuario nuevo, Fernando Salazar, lo cual no representa una posible interrupción o degradación de ningún servicio, es sólo parte de la operación", continuó. Don Raymundo pasa de un zapato a otro y, sin inmutarse por el creciente ánimo en las palabras de Paco, sigue aplicando la cera color negro. "No entiendo cómo alguien que se dedica a esto puede cometer tan brutales errores de clasificación y no puedo quedarme callado ante tal irresponsabilidad", dijo Paco ya algo alterado y sabiéndose poseedor de la razón. "No, escúcheme usted primero. No es la primera vez que esto ocurre. De hecho es la sexta ocasión que algo así pasa en los últimos 23 días y no estoy dispuesto a soportar tanta incompetencia. Así que, siguiendo las reglas establecidas, tendré que reportarlo a sus superiores y demandar una sanción", dijo firmemente aunque se notaba cierto indicio de temblor en su voz. "Por favor, dígame su nombre para poder proceder con el reporte", ordenó y esperó pacientemente la respuesta ya con bolígrafo en mano para anotar. "¿Perdón? ¿Fernando Salazar? ¿Es usted el usuario?", preguntó asombrado. Súbitamente, su sorpresa se transformó en vergüenza. "Lo siento, me confundí. Fue un malentendido. Sí, sí. Claro. Me encargaré de tener listos los permisos que está solicitando en un momento. Sí, perdone la molestia". Para este momento, los zapatos de Paco brillaban como con luz propia, contrastando con la desilusión emanada de la mirada de su dueño. "No puedo creer que me haya equivocado de esta forma", dijo para sí pero sin importarle que Don Raymundo lo escuchara.
Quedó un rato meditabundo y, algunos minutos después, reaccionó ante el ademán de Don Raymundo que, evidentemente, le cobraba la boleada del calzado. Metió la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón (era allí donde siempre guardaba las monedas) y le pagó al lustrador. Don Raymundo guardó sus cosas y se dispuso a salir, pero justo antes de abrir la puerta de salida, volteó hacia donde estaba Paco y le dijo: "¿Me permite hacerle una observación?". Esta pregunta desconcertó del todo a Paco pues, para él, la observación había sido su especialidad, su modus vivendi, era lo que le había permitido llegar al lugar en el que actualmente se encontraba. ¿Cómo se atrevía alguien a hacerle una observación a él, el observador? Sin embargo, intrigado y lleno de curiosidad ante semejante propuesta, Paco asintió. "Mire, sé que a mucha gente le parece irrelevante lo que hago, pero he desarrollado ciertas habilidades a raíz de mi trabajo. Por el tipo de zapatos que usa una persona puedo descubrir rasgos de su personalidad. ¿Sabía que aquellos que quienes usan zapatos sin agujetas son más directos, menos apegados al orden y más prácticos? Aquellos que prefieren las agujetas tienen personalidades de acuerdo al tipo de nudo que utilizan: sencillo, doble, corto o largo. El color de calcetines y su forma de combinarlos dice mucho también de la gente. Usted tiene un modo directo, frío, calculador. Intenta controlar al mundo a través de su propio control. Pero usted observa una sola cosa a lo largo del día, en cada minuto, en cada segundo: sólo se observa a usted mismo. En contraste, mi trabajo depende de observar más allá de mí mismo, de observar a los demás. Por el tipo de calzado de cada persona identifico a los que dan buenas propinas, a los que les gusta la pulcritud, a los que valoran el trabajo duro. También soy calculador, no se crea, pero lo hago para determinar el número de boleadas que haré en el día, para pronosticar los ingresos que tendré y para aprovechar el tiempo evitando a las personas que, evidentemente, no querrán lustrar sus zapatos en cada día. Ante cada persona, elijo el tema de conversación que emplearé dependiendo de las observaciones que hago a cada momento. Puedo determinar si una persona prefiere una boleada rápida o si debo aparentar tomarme mi tiempo para lograr un mayor brillo. Y, por supuesto, lo he observado a usted. Cada mañana sigue la misma rutina, camina los mismos pasos. Es un cliente predecible y seguro. Lo necesite o no, siempre boleará sus zapatos simplemente porque está dentro de su agenda, de las actividades que le dan seguridad. Eso está bien, pero se lo digo en serio, para ir más allá hay que levantar la mirada y notar lo que hay más allá de nuestro propio ser. No puedo decir que lo conozco simplemente por observarlo, pero sé que si pusiera la suficiente atención notaría que las cosas pueden hacerse mejor de forma diferente. Todas las mañanas, por ejemplo, si después de subir los 47 escalones que lo traen al cuarto piso y después de descansar durante 157 segundos, usted decidiera girar hacia la izquierda y no hacia la derecha, podría notar que, en lugar de 75, tendría que recorrer sólo 33 baldosas negras de aquel pasillo que tanto le disgusta. Acuérdese, es un circuito. Pero hay que voltear, enfocar la mirada en todo lo que nos rodea para poder interactuar de forma eficiente y decidir a dónde queremos ir, dónde queremos estar y con quién. Espero que esto que le digo no lo moleste pues lo hago con buena intención, porque lo he observado". Finalizó su frase con una seña de despedida y salió de la oficina hacia el pasillo. Paco quedó inmóvil y callado. Tal vez pensando, reflexionando, observando. Tras una pausa de varios minutos, tomó el auricular de su teléfono y marcó rápidamente. Esperó a que contestaran y, después de identificarse, dijo: "Señorita, por favor cancele el envío de mi desayuno: hoy iré a su tienda, desayunaré allí y la conoceré a usted".
domingo, 24 de abril de 2011
El Avatar…
Sin embargo, para sorpresa de muchos, tenía una debilidad, una parte misteriosa que buscaba ocultar a toda costa. Poseía, podría decirse así, un alter ego. Un ente oscuro en su ser que, por alguna razón, dominaba su vida. O, al menos, eso parecía. Menospreciando la capacidad de Kusanagi, su alter ego solía exponerlo inútilmente, desafiando su experiencia, su capacidad. La apariencia, ampliamente atesorada y cuidada por Kusanagi no era relevante para su alter ego, no era importante, no era necesaria. Más aún, últimamente su alter ego había descuidado en demasía su propia apariencia, se arreglaba poco y no parecía preocuparle la poca fuerza de su propio cuerpo. Eso no era aceptable para alguien como Kusanagi. Pero tampoco podría decirse que el alter ego fuera una mala persona, después de todo le había hecho compañía en todas y cada una de sus batallas, lo había apoyado en cada misión, lo había ayudado en situaciones dónde, de haber estado solo, no hubiera sobrevivido. Y esa era la parte fundamental de esta simbiosis, la supervivencia. Pero también era un hecho que muchas batallas habían sido perdidas por equivocaciones, por distracciones, por incompetencias del alter ego. De alguna forma, Kusanagi sabía que su poder sería aun mayor sin todas aquellas pifias. Odiaba sentirse controlado, anhelaba dirigir sus propias victorias, deseaba tomar las decisiones de las cuales su supervivencia dependía. No quería ser la consecuencia de las elecciones y dudas de otro. Estaba decidido a crear mundos nuevos y mejores. Y eso sólo podría ocurrir si se deshiciera de todo aquello que lo frenaba. Ésa había sido, sin duda alguna, su primera decisión. Continuar. Sobrevivir, pero ahora por su propia cuenta. Sin grupos, sin fallas, sin alter ego. Después de todo, era él el único que arriesgaba algo en todo este juego. Nadie más. Ni siquiera el alter ego, por muy leal que siempre le hubiera sido. Fue entonces que su plan comenzó. Era necesario ir tomando el control poco a poco, sin que su alter ego sospechara. Así, durante la batalla, fallaba uno que otro golpe, saboteaba alguna estrategia cuidadosamente planeada. Por supuesto, procuraba siempre sobrevivir. Esa parte no había cambiado. Ante todo, su permanencia en el juego seguía siendo esencial. De vez en cuando, erraba la recolección de bienes, conducía en direcciones diferentes a las ordenadas por su alter ego, tocaba mal una que otra nota musical. Todo tenía la intención de la frustración, de la desesperación, del descontrol. Sí, el descontrol era su objetivo. El descontrol total. Pero el alter ego parecía no reaccionar de acuerdo a lo que Kusanagi deseaba. Sin duda, se molestaba, maldecía, vociferaba. Pero el único resultado era el repetido cambio de controles, el ajuste de la pantalla, la recalibración de los dispositivos adicionales. Llegó incluso a probar batallas usando nuevos aparatos, en diferentes habitaciones, con diferentes personas. Esto, sin embargo, no iba a detener a Kusanagi. Después de todo, una de sus principales cualidades era la perseverancia, la repetición, el nunca sentirse derrotado. Se mantuvo firme en su plan, sabiendo que tarde o temprano conseguiría lo que tanto buscaba. Siempre había sido así. A cada día, a cada momento, su alter ego mostraba nuevos signos de desesperación, de frustración, de molestia. El plan empezaba a funcionar. Modificó diferentes cualidades en Kusanagi, su vestimenta, su velocidad, su apariencia. Esto definitivamente iba más allá de lo que cualquiera podría tolerar. Kusanagi, sin embargo, seguiría adelante, aun sabiendo que todo esto tendría una afectación directa en su propia reputación. Ya no sería ni el más poderoso, ni el número uno por algún tiempo. Por algún tiempo. Eso solía pensar, que todo el asunto era una cosa temporal. Difícil, humillante, pero pasajero. Poco a poco, el alter ego iba perdiendo control de Kusanagi. La frustración, la desesperación, el desconcierto hicieron del alter ego una presa fácil. Partida tras partida, ocurrió. Kusanagi había tomado el control, más bien, había arrebatado el control al alter ego. Y lo que era mejor, su alter ego ya no estaba interesado en seguir siendo parte de aquella burla, de aquel juego alterno. Y entonces, cuando el alter ego hubo rendido todos sus esfuerzos y Kusanagi estaba listo para tomar el control total, el plan tuvo un desenlace inesperado. Las fuerzas comenzaron a huir de Kusanagi, todas aquellas posesiones que aún conservaba desaparecieron de sus manos en cosa de segundos, sus territorios quedaron llenos de un vacío ensordecedor. Él mismo se desvanecía, literalmente. Tuvo, sin embargo, la claridad mental para reconocer, tal vez demasiado tarde, que el hecho de no notar las cuerdas, no implicaba que no fuera un títere. Con alta resolución gráfica, con control alámbrico o inalámbrico, en localidades virtuales, con efectos y habilidades especiales, pero títere a final de cuentas. Así se sintió, libre, sin cuerdas, pero al mismo tiempo abandonado, traicionado, cuando escuchó a su alter ego gritar mientras terminaba de borrar al avatar: "¡Kusanagi ha muerto! ¡Viva Kusanagi2!".
sábado, 16 de abril de 2011
Yo tenía razón…
Te lo digo, no era poca cosa. Tenía harto a los vecinos pero, sobre todo, a mí. Esa cosa nos enloquecía cada noche y, lo peor, nadie podía hacer nada. Ni siquiera yo. No, ni siquiera yo. A mí me gustaría saber más de esas cosas pero nunca tuve la oportunidad de aprenderlas. Más café, por favor, señorita. ¿Tú quieres más descafeinado? Uno americano y otro descafeinado, por favor. Sí, te digo que esas cosas me hubiera gustado aprenderlas pero no eran lo mío. ¡Qué no hubiera dado yo por saber cómo arreglar la condenada alarma! Sí, ya sabes. Esa alarma era una porquería. Más valdría el carro si no la tuviera. Piénsalo un poco. ¿De qué sirve una alarma que se enciende sola? Gracias, señorita. ¿Le encargo un poco de crema? Gracias. No es que se encendiera sólo en ciertos momentos. El problema eran los momentos en que se encendía. Las veces que mejor me iba era cuando se encendía una sola vez en la madrugada. Sí, cuando molestaba al resto del edificio sólo una vez. Dicen que se activaba por el cambio de temperatura en el ambiente. Eso tenía el descaro de hacer la estúpida. Quejarse de los cambios de temperatura. Pero eso era cuando la cosa iba bien. Hubo un día en que se activó tantas veces hasta que el aburrimiento de apagarla me hizo ignorarla. La dejé sonando y sonando. Bueno, tiene un sistema donde lo más que dura sonando son treinta segundos, se detiene un rato y después, como si la temperatura cambiara a cada instante, se vuelve a encender una y otra vez. Una pesadilla. ¡Qué digo una pesadilla! ¡Nadie podía dormir! ¿Sabes quién era yo en el edificio? ¿Sabes cómo me llamaban todos allí? El vecino de la alarma. Ese era yo. No el del 204 o el del carro gris. No. El vecino de la alarma. De vergüenza, verdaderamente. No, más que vergüenza, de humillación. Y no digo que los vecinos me humillaran, era la alarma que se activaba sola, o por la temperatura, por estúpida simplemente. Y no es que nunca hubiera hecho nada para arreglarlo. Siete veces. Siete ¿sabes? En siete ocasiones diferentes, en siete talleres diferentes revisaron la bendita falla de la alarma. Las mismas siete veces que me aseguraron que no volvería a pasar, que no volvería a sonar como poseída. Las mismas siete veces que se equivocaron, que me engañaron. Supongo que algo hacían, te lo digo en serio. Tú me conoces, no soy de los que desprecian el trabajo de otros sólo porque no lograron los resultados. El esfuerzo siempre es apreciado, al menos por mí. Pero eso no justifica que traten de engañarme. Sí, así como te lo cuento. Me decían que habían localizado la falla, que habían cambiado este y aquel sensor. Que habían tenido que reprogramar la lógica de no sé qué parte de la famosa computadora. Yo sólo querían que la hicieran callar. Pero hasta eso era imposible, me dijeron. Imposible, esa fue la palabra que usaron. También sabes que no me gusta desconfiar de las personas si no tengo un motivo para hacerlo. Sí, me conoces bien. Pero aceptar ciegamente que algo es imposible es algo que no puedo, no, no, no, que no quiero hacer. Y es que cuando me dijeron que desconectar el sistema dejaría, por seguridad, inservible el auto, fue algo que no me puedo creer ni yo. Y tú sabes lo crédulo que puedo ser a veces, muchas veces. Pero no para esto, no para este tipo de cosas. ¿Sabes la cara de estúpido que tenía que poner al tratar de dar esta explicación a los vecinos? ¿Sabes el ridículo que me hacía pasar la tonta explicación? "No puedo apagar la alarma porque hacerlo dejaría inservible el auto, por seguridad". ¡Pamplinas! Después de decir tan tremenda estupidez tenía ganas de castigarme a mí mismo, como si fuera el autor de la frasecita. Como si supiera lo que estaba explicando. No sabía si salir corriendo a pedir confesión a algún cura o torturarme lentamente escuchando la insoportable alarma. Sí, tienes razón, lo segundo ya lo hacía cada noche. La confesión… bueno, esa sigue esperando. ¿Pero sabes qué fue lo peor? Cuando una vecina me encaró, cuando tuvo el valor de acercarse. Bueno, más que el valor fue la desesperación, supongo, la que la motivó a acercarse a mí. "¿Podría no activar su alarma, por favor? No me deja dormir", me dijo. Con esas palabras. ¡Como si no quisiera yo mismo acabar con tal tormento! ¡Como si me pareciera gracioso o divertido que sonara cada madrugada y despertara a medio mundo! En otras épocas, tienes razón, pero no ahora. Casi exploto cuando me hizo la petición pero me controlé. Tú tienes mucha más paciencia que yo pero sabes cómo me pongo cuando alguien me aborda así, con incoherencias y necedades. Pero esta vez esperé y logré calmarme. Pero luego ella misma me dio la clave, la solución a todo. "Podría dejarlo abierto, sin alarma. Aquí no podría robárselo nadie, hay vigilante y todos podríamos dormir", fue su comentario. No, por supuesto que no iba a dejarlo abierto, pero eso me hizo pensar. Como te dije, no soporto a la gente que dice que algo es imposible, simplemente no la tolero. ¿Sabes por qué? Porque quienes no ven la solución a los problemas difíciles son quienes no tienen una verdadera motivación para resolverlos. Un poco más de café, señorita. ¿Más para ti? ¿No? Sólo un americano, por favor. "Nadie podría robárselo", dijo la vecina. Y eso me llevó a pensar como ladrón. Como alguien que quisiera robarse el dichoso carro. Sí, sé que no es la gran cosa pero hoy se roban de todo sin importar si vale la pena o no. Pero déjame explicarte. ¿Qué pasaría si alguien realmente quisiera robarse el auto? ¿Podría hacerlo sin activar la alarma? Si se activaba hasta porque la cucaracha pasaba muy cerca. Pero ninguno de los que había revisado el carro, ninguno de aquellos siete charlatanes había tenido un real interés de que aquello funcionara. Sólo veían en mí a un tipo con un problema que no era suyo y era trabajo de ellos hacerme creer que así seguiría siendo siempre. Pero yo voy más allá, no tengo que darte más detalles a ti. Yo sabía que si encontraba a alguien con un motivo real él podría demostrar que yo tenía razón. Que las cosas no son imposibles sobre todo cuando algún fulano en otra parte del mundo diseñó aquella porquería. Que no me vengan con que aquello era inamovible, que era imposible. ¿Qué hice? Te lo diré. Salí a la calle y me puse a investigar quién tenía fama de ladrón, de robacoches. No fue una tarea fácil. Gracias, señorita. No olvide la crema, por favor. No, no fue fácil. Me tomó un par de semanas dar con el tipo adecuado. Una joyita. Aquel vago no creía lo que le estaba pidiendo. Me miraba de arriba abajo como tratando de descifrar qué estaba mal en mí, qué me fallaba. En fin, que le di todos los datos. Sabía dónde encontrarme. Y yo sabía que, tarde o temprano, lo haría. Lo juro, estaba completamente seguro de que lo haría. Por eso hoy estoy aquí, feliz, disfrutando mi desayuno contigo. Porque sabía que tenía razón. Esta noche, esta madrugada dormí profundamente. Todos los vecinos lo hicieron. Por primera vez en no sé cuantas semanas, tal vez meses, pudimos dormir sin interrupciones, sin enojos, sin alarma. Yo tenía razón. Hoy por la mañana era yo una persona diferente para los vecinos. Ya no era "el de la alarma", sino uno más de ellos a quien podían saludar con una sonrisa. ¿Sabes lo que es eso después de ser el malo de la película por tanto tiempo? ¡Es la gloria! Es volver a sentirse seguro de uno mismo. Es volver a vivir. No creas que exagero, así me siento ahora mismo. La cuenta por favor, señorita. Tener razón te hace sentir invencible, con un poder indescriptible. Perdón, ¿querías algo más de café? Bueno. Pero esa sensación de tranquilidad que te da el saberte en lo correcto es indescriptible. De haber sabido la respuesta desde el principio, lo habría hecho sin dudar. Pero mira cómo son las cosas. Gracias, señorita. El caso es que estoy feliz, contento como pocas veces en mi vida. Pero tengo que dejarte ahora. Hoy no quiero que nada ni nadie interrumpa mi felicidad. Y no quiero llegar tarde. Debo ir al ministerio público a levantar el acta por el robo del auto. Nos vemos luego. ¿Lo ves? ¡Yo tenía razón!