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martes, 10 de mayo de 2011

De esta y otras madres…

Antes de dar inicio a este breviario cultural, quiero aclarar y afirmar solemnemente que lo que a continuación escribo no es, en mayor ni menor parte, invención mía y que lo hago con todo el respeto que las madres me merecen. Como ya mencioné, es un breviario de la cultura latina, al menos mexicana, y que me ha parecido interesante documentar dadas las contradicciones que pueden encontrarse al respecto de tan singular palabra: madre.

Empezando con la palabra en sí, madre es aquella mujer (o hembra en caso de los animales sin habla) que ha concebido al menos un hijo o hija. Madre también es utilizado en mujeres religiosas, también conocidas como monjas, hayan o no concebido hijos.

Sin embargo, madre también puede hacer referencia a cosas. Decir "esa madre" es equivalente a decir "esa cosa" o en tono un poco más despectivo "esa porquería". Una "madrecita" es referida a algo de tamaño minúsculo, insignificante, y generalmente se acompaña de un ademán que consiste en mostrar el pulgar y el índice muy pegados el uno al otro mientras los demás dedos permanecen encogidos. No es importante, es cualquier "madre". Una "madresota", no obstante, es todo lo contrario. Y cuando se quiere hacer referencia a una cantidad abundante, tal vez excesiva, se dice que es un "madral".

Estar "hasta la madre" tiene varias concepciones (usos, digamos). La más común se refiere a un sentimiento de hartazgo, de frustración, pero también denota saturación de trabajo, de actividades. En un sentido similar, un lugar o un camino están "hasta la madre" cuando se encuentran repletos de personas, que normalmente están "hasta la madre", por frustración quizás. Pero también, si una persona ha bebido demasiado alcohol, en cualquiera de sus graduaciones etílicas, y se ha emborrachado, también se dice que se puso "hasta la madre" o "hasta su madre", dependiendo de la cantina. En ocasiones, cuando el borracho tiene que manejar hasta su casa y ésta se encuentra muy lejos se dice también que vive "hasta su madre", o "hasta su puta madre" si es mucho muy lejos.

"No tener madre" significa varias cosas también. Cuando una persona "no tiene madre" es porque se le considera un desgraciado, un patán y desvergonzado. Pero decir que una película, un videojuego, un libro, un auto o cualquier otra cosa "no tiene madre" indica que es muy buena, muy interesante, o es considerada la mejor quizás. De aquí se deriva que, en caso de que la madre no esté del todo ausente, se use la expresión "de poca madre". Se aplica en el mismo sentido que la anterior, para expresar admiración y aprobación por las cosas. "La plática estuvo de poca madre", significa que fue interesante, divertida, amena. A diferencia de "no tener madre", una persona "de poca madre" es una persona agradable, simpática, alegre, interesante (ese amigo es "de poca madre"). Cosa que indica que vale más tener poca que no tener en absoluto. Sin embargo, la expresión "¡qué poca madre!" indica desprecio, resentimiento, rencor, haciendo notar que la persona o personas a las que está dirigida la expresión, en realidad, "no tienen madre". Pero cuando la ausencia está ausente, es decir, cuando sí hay madre, no solo mucha sino toda, surge la expresión "a toda madre". Una persona que es "a toda madre" es aquella que nos ayuda, que nos brinda su apoyo y es agradable, aparte de todo. Pasársela "a toda madre" quiere decir que nos la estamos pasando increíblemente bien, "con madre" dirían en el norte.

Si, por ejemplo, uno revisa el trabajo que hizo un compañero de trabajo y encuentra que todo está mal, que nada checa, que el trabajo es muy malo, se dice que el trabajo está "de la madre". Si un compañero revisa un trabajo nuestro también puede decir lo mismo, así que cuidado. Por cierto, "hijo de su madre" no necesariamente es redundante y tierno, sino, por el contrario, puede corresponder a un insulto que muchas veces va adornado con otras palabras más floridas para aumentar el entusiasmo de la relación.

Los olores y sabores tienen su parte maternal también. Cuando algo huele (o sabe) mal, se dice que huele (o sabe) a "madres". Si un lugar está "hasta la madre" de gente, por ejemplo, seguramente también huele a "madres" después de un rato. Siguiendo con el plural de la palabra, "ni madres" significa que no, una negativa rotunda y firme, que no acepta objeciones. Aunque también es posible escuchar "ni madres" como sinónimo de "nada": No se ve "ni madres", no tiene "ni madres", no sabe "ni madres". Nada. Así que si algo sabe a "madres" puede ser porque quien cocinó no sabía "ni madres" de comida y el comensal puede decir que, definitivamente, no lo comerá. No, "ni madres". "¡Madres!", sin embargo, indica sorpresa generalmente producida por algún golpe, por un accidente, o por alguna situación con estrépito.

Cuando uno se encuentra ante una situación perdida, en que ya no hay mucho o nada qué hacer para hacerla positiva, se dice que es una situación que ya "valió madre", o "valió madres". Al referirse con la misma expresión a una persona, "Juan ya valió madres", se indica que esa persona está jodida, condenada, fregada, casi desahuciada, muerta tal vez. Por otro lado, cuando a alguien no le importa una situación o le importa muy poco, se dice que "le vale madres". Puede ocurrir también, que una persona repentinamente recuerde que debía entregar algún pendiente o hacer algo urgente, al momento de recordarlo es común que su expresión sea "¡en la madre!", lo cual denota desesperación.

"Darle en su madre" a algo significa descomponerlo, romperlo, destruirlo. "Darle en su madre" a alguien quiere decir golpearlo, atacarlo, agredirlo. "Romperle la madre" a algo o a alguien es un equivalente a "darle en su madre". En ocasiones, cuando alguien se entera de que le quieren "romper su madre", consideran conveniente salir corriendo lo más rápido posible, a toda prisa, "hechos la madre". "Madriza" es la golpiza que les dan si no corren tan rápido. Pero "madriza" también se aplica a alguna humillación recibida.

"Madrear" a alguien significa golpearlo o agredirlo. Estar "madreado" se refiere a sentir algún tipo de dolor o inconveniencia física, en caso de las personas. Cuando una cosa está "madreada" significa que está descompuesta o que alguien la descompuso por la mala, a "madrazos", es decir, a golpes. Aunque un "madrazo" también puede referirse a una cantidad importante de dinero que se pagó (le deposité un "madrazo"). Hacer algo rápidamente, como reacción inmediata, quiere decir que se hizo "de madrazo", no necesariamente bien hecho.

"Echar desmadre" equivale a divertirse, a convivir relajadamente, sin muchos límites. "Tener un desmadre" indica tener desorden, poco cuidado, un caos. "Desmadrar" algo significa descomponerlo, "darle en su madre", desarmarlo sin orden.

Y así como éstas, pueden encontrarse muchas más expresiones referidas a la madre, pero el tiempo y mi poca memoria me impiden escribirlas en estos momentos. Así que cuando escuchen aquella famosa frase de que "madre sólo hay una", no le crean ni madres. Si alguien recuerda otras dignas de mencionar por favor anéxenlas en los comentarios.

¡Feliz día a todas las… mamás!

miércoles, 30 de marzo de 2011

Café cargado de recuerdos…

Hoy no he querido cenar. Mi apetito se interrumpe cuando mi mente intenta procesar tantas noticias, tantos deberes, tantos sentires. El calor, sin embargo, despierta mi sed y provoca que me sienta inquieto. A mi mente llega el comentario de Luis que, apenas en la tarde, había expresado: "Mi suegro, que vive en Veracruz, se quita el calor tomando café. Y sí funciona". No es que tuviera muchas ganas de probar aquella teoría de que el calor con calor se combate, pero no pude resistir el impulso de prepararme una taza. Mientras lo hago, en mi mente aparecen varios rostros. Unos me indican que tal vez caliento demasiada agua, otros me hacen pensar que es demasiado poca. Pruebo el café sintiendo cuidadosamente su temperatura y recibo la primera dosis de cafeína. "Muy cargado", pienso al principio. "No, está perfecto", corrijo enseguida y disfruto el pequeño sorbo que cubre con su sabor mi boca. "A ella le gusta cargado también", recuerdo mientras en mi mente se fija la imagen de una sola persona. "Pero ella lo toma dulce y con crema", pienso mientras mi boca dibuja una sonrisa espontánea. Así lo había comprobado la última vez que me permitió preparar su bebida cuyo sabor mereció amplios halagos cuando ella la bebía. No sé si realmente le agradó el café pero a mí me encantó su rostro al degustarlo. Ahora me encantaba al recordarlo.

Sin notar la transición, mi mente visitó aquella mesa donde varias veces platicamos, donde tantas veces nos miramos, donde tantas veces nuestros labios se humedecieron al deleitarse con aquello que recuerdo como café pero que muy probablemente haya sido algo más. Veo, sin embargo, con suma claridad mi propia sonrisa, reflejo inequívoco de mi saciedad. Y es que en esos momentos no deseo nada más. Acaso, tiempo, más tiempo. O quizás, por el contrario, que no hubiera tiempo que contar. A cada sorbo, noto más claramente el fondo de aquella taza cuya temperatura empieza a bajar, contrastando con la nuestra, que no deja de aumentar. Después la mesa, quizás sólo mi mente, nos transporta a otro lugar, a viejas pláticas, a otra realidad. El sabor del café se transforma sin perder su intensidad. Hace frío pero el calor de aquel pocillo reconforta con placer mis manos que no se apartan de él. Nuevamente está su mirada, su sonrisa, su gracia al beber. Inesperadamente, ella se levanta y se va; yo, sin poder moverme, lamento su voluntad. Ante su ausencia, mis músculos se contraen violentamente y, ante quienes miran, mi cuerpo muestra escalofríos fingidos. Quiero tenerla, que regrese inmediatamente. El café se vuelve más amargo cuando no está. Ella regresa, muchas veces. A veces contenta, a veces indiferente. La vez en que más recuerdo su regreso fue cuando, enojada, me pidió que me marchara. Sin aparente motivo, sin ninguna razón. Sin terminar mi café. Todo volvió a cambiar: la temperatura, la intensidad, el sabor. Sobre todo el sabor. Como si lo salado de las lágrimas pudieran haberse combinado con lo amargo del café. Quise romper aquel vaso que lo contenía, hacer añicos la intención de seguir bebiendo. Me puse de pie e intenté terminar con aquellos impulsos. Bebí hasta el final aquella bebida triste. Al menos eso acabaría con ella, al menos eso me haría olvidar. O, por lo menos, no recordar. Cerré los ojos mientras tragaba a fuerzas cada gota, como si al no ver lo que tomaba, no sintiera su sabor. Pero al abrir nuevamente los ojos todo se había transformado frente a mí. No supe cómo, no supe cuándo, pero el café había vuelto a aparecer, como si nunca se hubiera ido. Ella también. Su sonrisa provocó la mía. Su mirada endulzó mi café. Nuevamente platicamos y reímos. Nuevamente disfrutamos el café. Ahora era su risa la que predominaba, la que llenaba mi ser. Sin usar un solo grano de azúcar, su presencia endulzó mi vida. Volvimos y nos sentamos a la mesa, a disfrutar de todo aquel placer producido, no por el café, sino por nuestros propios sueños.

Di el último trago, el calor había desaparecido. La teoría, sin intención de comprobarse, había sido comprobada. El calor con calor se combate. No porque el calor ya no exista, sino porque el cuerpo lo ha asimilado. Pero sigue allí, como la pasión, como el amor. Latente. Sin irse, aunque parezca ausente. Igual pasa con los recuerdos que pasan por mi mente al beber café. Quizás los aparte de mi mente, no los puedo apartar de mi café.

lunes, 21 de marzo de 2011

Primavera

"¿Qué se celebra el 21 de marzo, papá?", fue la inocente pregunta de mi hermano hace ya varios años. Siendo él todavía un niño, tenía razón en preguntar: algo importante debía ocurrir para no tener que ir a la escuela al día siguiente. "Pues es el día en que inicia la primavera", contestó aún más inocentemente mi padre sin dejar de cortar la carne que conformaba su cena. "¡Aaaahhh!", fue la exclamación que todos esperábamos de mi hermano al encontrar respuesta a su duda. Aparentemente, la noche transcurriría sin mayores incidentes y todos nos dedicaríamos a ver las tan clásicas series de televisión para pasar un rato en familia. "¿En primavera llegan los marcianos?", preguntó de repente mi hermano. "No seas tonto, los marcianos no existen", me apresuré a decir en cumplimiento de mi deber como hermano mayor. "¡Dijeron en la tele!", replicó inmediatamente. "¿Verdad que no es cierto, mamá?", pregunté más queriendo tener la razón que queriendo saber la verdad. Mi papá soltó una pequeña risa tratando inútilmente de que no se notara y miró pícaramente a mi madre intrigado por saber cuál sería su respuesta. "¿Dijeron en la tele que venían los marcianos?", preguntó mi madre mirando tiernamente a mi hermano. La sonrisa de ella contrastaba con el enojo de él al sentirse desafiado por mí. "¡Dijeron que el año pasado las personas vieron OVNIs en las pirámides cuando fue primavera!", dijo con voz fuerte y segura mi hermano tratando de dar validez a su comentario. "¿Cuáles pirámides?", pregunté yo, sin tener idea de qué estaba hablando y desacreditándolo inmediatamente con mi pregunta. "Bueno, a veces la gente cree ver cosas que no existen", contestó tranquilamente mi mamá. "¿Cuáles pirámides?", volví a preguntar. "¡Yo los vi! ¡Los pasaron en la tele! ¡Eran dos, uno blanco y otro negro!", gritó mi hermano. Mi madre guardó silencio y sólo lanzó una mirada a mi padre que él inmediatamente interpretó: era su turno de intervenir y contestar. Haciendo a un lado su plato, puso los codos sobre la mesa y, asumiendo posición de quien trata de dar una explicación clara, entrelazó los dedos de ambas manos frente a su cara. "En Primavera mucha gente va a las pirámides, que son construcciones enormes muy antiguas, se suben a ellas y reciben la energía del Sol para recargar energías. Dicen que la forma de las pirámides ayuda a concentrar la energía en ciertos puntos y muchos esperan que esa energía los ayude a sentirse mejor, a tener más fuerzas y un mayor optimismo. Es gracias a esa energía que las plantas florecen y todo se ve más bello", fue su discurso tratando, infructuosamente, de que cesaran las preguntas. "¿Y los marcianos?", pregunté ahora yo. "Los marcianos no existen", dijo secamente. "¡Quiero ir a las pirámides!", dijo emocionado mi hermano. "¡Yo también!", respondí casi gritando inmediatamente. No entendía que era eso de "recargar energías", pero definitivamente era una buena oportunidad de ir a ver a los marcianos, aunque pensara que no existían. Y en el muy remoto caso que existieran, sabía que los OVNIs negros serían mis favoritos. Comenzó entonces la discusión entre mis padres de si en Primavera iba mucha gente, que el calor era insoportable, que la experiencia sería buena para todos y que, finalmente, tenía mucho que no salíamos de paseo. No es que mi madre ganara todas las discusiones, era sólo que nunca podíamos recordar cuando mi padre lo hacía. Y, siendo ella la que apoyaba la idea de visitar las pirámides, estaba todo dicho: el próximo 21 de marzo iríamos a Teotihuacán a visitar las pirámides, recargar energías y, de paso, buscar OVNIs.

No entendí aquello de la pureza cuando mi madre nos obligó, a mi hermano y a mí, a vestirnos con ropa blanca justo el día en que salíamos a las pirámides. A mí no me gustaba aquel pantalón que utilizaba en las ceremonias de la escuela porque tenía uno de los bolsillos rotos y, en mi distracción y olvido, siempre sentía cómo las monedas destinadas a comprar mi almuerzo recorrían mi pierna en su frío recorrido hacia abajo. Lo que sí me gustó fue el poder usar aquella gorra de beisbolista que casi nunca tenía oportunidad de lucir. Era de los Dodgers de Los Ángeles y me hacía sentir como si, al mirarme, la gente pudiera reconocer a una futura estrella del juego de pelota, así nada más, sólo con verme. Mi hermano parecía menos emocionado: habiéndonos levantado tan de madrugada aquel día, su trabajo consistió en mantenerse de pie mientras llegábamos al coche. Pero del sueño pasamos a la pesadilla. Una fila interminable de autos buscaba llegar a las tan famosas pirámides. No sé cuánto tiempo pasamos formados. Avanzábamos tan lentamente que, más de una ocasión, pensé que la primavera, la energía y los marcianos se habrían ido para cuando nosotros llegáramos. Ni siquiera estaba seguro de que las pirámides siguieran allí al arribar. En mi esperanza de niño, soñaba con que aquel día, y ante los ojos de todos, llegara alguna nave espacial (blanca o negra, no importaba) y secuestrara con un inmenso rayo succionador la pirámide más alta. Pero eso sólo lo sabría al llegar. Cosa que no ocurrió después de varias vueltas en el auto buscando lugar de estacionamiento.

Efectivamente, el calor era insoportable, la cantidad de gente era impresionante, la presencia de las pirámides impresionante y la ausencia de los OVNIs frustrante. Recorrimos lentamente el sitio arqueológico, no tanto por detenernos a admirarlo sino porque, gracias a la marea blanca formada por la muchedumbre, no podíamos avanzar más aprisa. Ansiaba llegar rápidamente a la cima de aquella lejana pirámide, recargar las famosas energías, mentarle su madre a los inexistentes marcianos y largarnos inmediatamente a descansar. Se dice fácil pero, a cada paso que dábamos, la pirámide parecía aumentar de tamaño, el camino se hacía más largo y el calor era incesante. Finalmente nos encontramos justo en la base de la pirámide del Sol. Viendo hacia la cima de tan colosal estructura, me di cuenta de que el trayecto difícil estaba apenas por comenzar. Aun así, pensé que podría resultar divertido. A los primeros treinta escalones deseché cualquier intento por divertirme. Me concentré sólo en subir esquivando a quienes, agotados por el insaciable Sol (que se suponía estaba encargado de dar energía), se quedaban descansando a mitad del ascenso. Todo sudoroso, vi con alegría el último tramo de escalones y, entonces sí, la energía volvió a mí y apresuré el paso para llegar al lugar prometido. Lo que vi allí me impresionó: No había nada. La tan prometida "energía" no se veía en ningún lado. Sólo gente mirando. Hacia arriba o hacia abajo, pero sólo mirando. Algunos alzaban los brazos como buscando alcanzar o recibir la energía de algún modo. Otros, con ambas rodillas en tierra, agachaban la cabeza como si fueran a recibir algún nombramiento real. Algunos más sólo cerraban los ojos tratando de sentir el momento justo de recibir la fuerza. Siendo un tanto escéptico, sin conocer el objetivo de todo aquello, decidí tomar una posición imparcial: puse una rodilla en tierra, cerré los ojos, alcé los brazos, abrí la boca, mantuve la cabeza derecha y apreté los puños en mi propia versión para re-energizarme. Así duré un par de minutos. Esperando. Sintiendo. Estaba a punto de rendirme, cuando algo pasó. Sentí cómo algo chocaba contra mi cuerpo, cómo hacía retroceder todo mi ser. No, no era la tan anhelada energía. No era el Sol que enviaba sus rayos a fortalecerme. Desafortunadamente, tampoco eran los marcianos tratando de secuestrar la pirámide. Era una ráfaga de viento que, intempestivamente, me arrancó la gorra de beisbolista de mi cabeza y la arrojó al vacío. Corrí tras de ella intentando desesperadamente de recuperarla. Traté de encontrarla con la mirada, intentando adivinar la trayectoria que había seguido. Pero esa gorra, la de los Dodgers, desapareció entre la multitud que se aferraba a las paredes de la pirámide.

El trayecto hacia la casa resultó descorazonador. La gorra no había aparecido y, entre promesas de comprar una nueva, de tratar de tomar la experiencia como algo positivo, yo lloraba la irreparable pérdida. Mi mamá se esmeró preparando la cena, cocinando mis platillos favoritos y animándome contándome las historias que sabía eran mis preferidas. Nada podía animarme, no en esos momentos. Entonces mi hermano, en un arranque de inspiración, sugirió: "Tal vez tu gorra no desapareció. Tal vez los marcianos se la llevaron con su rayo". Pensándolo un momento, sólo un breve instante, con todo el hastío que mi carácter me permitió, contesté: "Hoy no fuimos a la escuela porque se celebra el natalicio de Benito Juárez". Y todos seguimos cenando.

miércoles, 16 de febrero de 2011

A mi profe sin cariño…

Era un sábado a eso de mediodía, la peor hora para organizar un partido de futbol. El sol pegaba con toda su intensidad y alrededor de la cancha no podía verse una sola sombra que ayudara a jugadores y espectadores a protegerse del sofocante calor. La tierra suelta, principal materia prima de aquella cancha, no mejoraba el asunto. Aún los rostros de quienes no corrían quedaban cubiertos de gruesas capas de suciedad que quedaba firmemente adherida gracias a los interminables chorros de sudor que parecían emanar como por arte de magia, sin necesidad de palabras mágicas. "Échale ganas, viejo", gritó una alegre espectadora al momento que aplaudía efusivamente y en sus manos parecía formarse un pequeño remolino de polvo. Por supuesto, ninguno de los equipos que se enfrentaban era profesional, ni siquiera medio bien organizado. Las figuras de aquellos animosos jugadores los delataban: las panzas desbordadas en los ajustados uniformes, las calvas que rápidamente mostraban signos de irritación por la exposición al sol, y el inconfundible agotamiento provocado por la falta de ejercicio que se traducía en enormes nubes de tierra levantada al ir arrastrando los cansados pies. Así eran, en su mayoría, los torneos organizados para celebrar el Día del Padre en las escuelas primarias. En esta ocasión no se trataba de un partido "Padres vs Hijos", sino que, por la gran asistencia de padres ese año, se decidió organizar uno de "Padres vs Padres". Al menos la humillación para los perdedores sería menor por el simple hecho de haber sido derrotados por un equipo de "su misma condición", en todo caso. Como puede imaginarse, las porras provenían principalmente de las esposas de los jugadores ya que los hijos trataban de pasar inadvertidos y evitaban responder con vergüenza a la tan sádica pregunta de "¿Cuál es tu papá?". Y, si la pregunta no podía evadirse, había quienes alegremente señalaban con poca precisión hacia un grupo lejano difícil de distinguir entre la polvareda levantada. El juego no empezó tan mal, se escuchaban aplausos y porras casi eufóricas para animar a los jugadores y motivarlos a dar "un buen espectáculo". Los jugadores hicieron su mejor esfuerzo por moverse de un lado a otro sin que se notara mucho la poca idea de lo que estaban haciendo. No es lo mismo dirigir a un equipo de futbol desde la comodidad del sillón de la sala que ejecutar con precisión la jugada que todos quieren ver, sobre todo si hay que correr para llevarla a cabo. Poco a poco, los ánimos comenzaron a disminuir, junto con las fuerzas en las piernas de los jugadores. Se empezaba a distinguir cuáles jugadores podían ser fácilmente burlados y el otro equipo podía tomar ventaja de aquel punto flaco, o más precisamente, de aquel punto débil. Así, comenzaron a caer los goles de un equipo, siempre aprovechando la poca velocidad de uno de los defensas que constantemente era dejado atrás. No era difícil que, con un pequeño drible, el delantero rebasara al cansado defensa y quedara frente al portero con alta probabilidad de anotar. Cada gol parecía la repetición del anterior: el mismo defensa dejaba de correr y dejaba expuesto a su guardameta. "Córrele, viejo. ¡Córrele!", le gritaba la esposa. "¡Ya está ruco!", avisaban entre gritos y risas los niños que presenciaban el partido. Todos los niños parecían muy divertidos cada vez que veían que, nuevamente, el delantero buscaba avanzar por la zona del defensa. "Allí está el pan. ¡Allí está el pan!", vociferaban todos ahogados casi en una carcajada. Todos, excepto uno. A diferencia del resto de los niños, había uno que parecía molesto. No, molesto era poco. Endiabladamente enojado. Y su enojo se tornaba en furia al reprimirse expresarlo. No quería que nadie lo notara. No quería ser el centro de burlas y comentarios malintencionados. Pese a que aquel lento defensa era su padre, él no tenía la culpa de su mala actuación. No tenía por qué pagar por la incompetencia de otro, aunque ese "otro" lo hubiera criado y hecho nacer. Permanecería callado, aguantando el coraje de ver la poca efectividad con la que se desempeñaba en el terreno su progenitor. Procuraría, incluso, reírse cuando, por enésima vez, aquel maldito delantero volviera a burlarlo. Pero algo en su interior se lo impedía, le resultaba imposible no enojarse. Cada vez le costaba más trabajo quedarse callado. No sabía cómo reaccionar. Quería hacer callar a todos aquellos burlones e insensibles que proferían mofas de su padre, quería romperles la boca y los dientes para detener su cruel risa. Con angustia, vio cómo aquel mismo delantero volvía a acercarse a la zona que "defendía" con cansancio extremo su padre. "No otra vez", pensó. "No otra vez". Pero todo parecía inevitable, mientras que el delantero preparaba ya la forma de burlar al defensa, los otros niños emocionados gritaban "¡Sí, sí, búrlalo otra vez!". Pero el hijo del tan atacado defensa no estaba dispuesto a permitirlo. No iba a permitir que humillaran nuevamente su honor, su intachable reputación, su inmejorable trayectoria, y tampoco, por supuesto, la de su padre. Así que cuando su padre estaba a punto de rendirse ante el embate del atacante, el hijo gritó con todas sus fuerzas, sacando toda su furia, haciendo uso de todo el aire que podía almacenar en sus pulmones: "Papá… ¡¡muévete, pendejo!!". En ese momento, todo mundo pareció callarse. Era como si una puerta cósmica se hubiera tragado el sonido por un momento y hecho que todo ocurriera como en cámara lenta. No pasó, sin embargo, mucho tiempo para que aquella puerta volviera a cerrarse y una estruendosa carcajada resonó por toda la cancha. Jugadores y espectadores no podían dejar de reír. Pero la risa no era motivada por la desesperación con la que el niño había gritado, tampoco por haber descubierto al hijo de aquel incompetente, y, menos aún se debía a aquella forma tan florida de referirse a su padre enfrente de todos. No, la risa se debió a que, tras el desgarrador grito, ¡se movió! Como impulsado por un resorte, el obediente padre logró vencer su cansancio y comenzó a correr rápidamente al grado que pudo quitarle el balón al delantero del otro equipo, avanzó en dirección de un compañero y le puso un pase impecable. Terminada su excelente jugada, el padre volteó orgulloso hacia donde había nacido el grito y, sonriéndole a su hijo, levantó el pulgar en forma aprobatoria.

Todavía las risas resonaban en el salón de clases cuando la voz del profesor volvió a escucharse. "¿Qué opinan?", fue su pregunta inicial. "Si pusieron atención a la historia que acabo de contar ¿qué conclusión sacan? ¿Por qué ese padre, cansado hasta el extremo, reaccionó inmediatamente al oír el reclamo de su hijo?", preguntó logrando que todos guardáramos silencio para reflexionar un poco sobre la recién escuchada narración. Podíamos sentir cómo su mirada recorría lentamente cada lugar, cada silla que ocupábamos. Pese a que su pregunta buscaba una respuesta seria, una pequeña sonrisa se dibujaba en su boca dando la sensación de que disfrutaba esos momentos en que nos hacía dudar. O, mejor dicho, esos momentos en que nos hacía pensar. Este tipo de dinámicas no eran poco comunes en las clases del profesor Raúl Rivera Carreño, a quien se le conocía más como "el Profesor Carreño". Siendo un maestro con una técnica de enseñanza poco tradicional, supongo yo que estaba acostumbrado a respuestas que más bien buscaban evadir las preguntas. "¿Eso va a venir en el examen, profesor?", era una de las clásicas. Típicamente, su sonrisa se convertía en mueca de desaprobación y surgía una de sus principales cualidades pedagógicas que lo caracterizaban: el sarcasmo. "No te preocupes, sólo harán el examen los que puedan pasarlo", respondía con la sonrisa vuelta al rostro. ¿Había sido eso un reclamo, una exhortación, un consuelo… una amenaza? Tal vez un poco de todo ello. Lo cierto es que, al menos vagamente, siempre surgía en la mente de los alumnos cierta inquietud: ¿Qué tenía que ver el partido de futbol y todas aquellas historias que el profesor Carreño contaba con la Ingeniería Industrial? Sí, la materia que estábamos estudiando era "Introducción a la Ingeniería Industrial" durante el primer semestre de la carrera en la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas del Instituto Politécnico Nacional. UPIICSA, para abreviar bastante. Si la memoria no me falla, era el año de 1989.

–Posiblemente el padre se sintió motivado al escuchar el grito de su hijo –dijo Rosa Ana, una de las compañeras más participativas de la clase.

–Seguramente, pero ¿qué de aquello que dijo el niño fue diferente a lo que, por ejemplo, la esposa le gritó?

–Pues nada, los dos buscaban motivarlo y que corriera, excepto que…

–¿Ajá? Termina la frase.

–Excepto que el niño lo llamó pendejo –dijo Rosa Ana soltando una risita.

–¡Exacto! ¡Esa es la parte importante!

–¿La de "pendejo"? –preguntó asombrada

–Háganse esta pregunta: ¿Qué clase de hijo le habla así a su padre en una situación como esta?

–¿Un suicida? –preguntó alguien más provocando una carcajada generalizada.

–No. Y la prueba es que, lejos de enfadarse, el padre parecía complacido al final. Eso indica que, de alguna forma, estaba familiarizado con aquella forma de motivación ¿cierto?

–Pues sí –confirmó Rosa Ana

–¿Cómo creen que el papá solía motivar a su hijo? ¿Con halagos? ¿Frases profundas y bien pensadas? ¡No! Seguramente lo hacía a punta de insultos, malas palabras y provocaciones. Y, obviamente, esperaba que el hijo respondiera sin quejarse, sin resentirse. Desde su propio punto de vista, estaba educando a su hijo para ser "hombrecito". ¿Y saben algo? El niño lo estaba aprendiendo ya. ¿Así que cómo creen que ese niño educará en el futuro a sus hijos? Muy probablemente de la misma forma. Educar, enseñar y formar, conllevan un nivel elevado de responsabilidad, pero también involucran un riesgo: el riesgo de que aquellos a los que tratamos de educar, de enseñar y de formar aprendan. No por el hecho de aprender en sí, sino por aprender en la forma incorrecta. Cada aprendizaje, cada información recibida tiene al menos dos formas de emplearse de forma general: en beneficio del hombre o en su contra. Aquel que estudia ingeniería normalmente lo hace creyendo que utilizará sus conocimientos para construir, para crear. Pero les tengo noticias: aquellos que diseñan armas, que se las "ingenian" para determinar la forma más eficiente de destruir a otros seres humanos, también se han llamado "ingenieros". Una bala expansiva no se diseña para otra cosa que estar completamente seguros de que, quien la reciba en un disparo, no necesite una segunda para morir. Si hay algo básico que me gustaría que aprendieran en esta clase es que todos tenemos en nuestras manos el poder de crear y el de destruir por igual. ¿Mi objetivo? Enseñarles que el verdadero hombre, el verdadero ingeniero respeta la vida y el lugar en donde vive él y sus semejantes. Recuerden siempre esto: Lo más importante para el ingeniero es el ser humano. Y me refiero al ser humano como raza y habitante de este mundo, como también me refiero a esa actitud que de vez en cuando adoptamos de "ser humanos". Repito: "¡Lo más importante para el ingeniero es el ser humano!".

Obviamente, la relación con el estudio de la Ingeniería Industrial nos quedó clara.

Raúl Rivera Carreño resultó ser una persona risueña, de voz profunda y fuerte, cuya principal pasión consistía en cautivar con sus enseñanzas a sus alumnos. No era un típico maestro que escribe en el pizarrón esperando que los demás apunten. Era una persona que empleaba el pizarrón esperando que los demás aprendieran. Llenaba sus clases de historias e imágenes que nos transportaban a otros lugares, a otros tiempos, siempre buscando que, a nuestro regreso, pudiéramos reflexionar y pensar. En muchas ocasiones nosotros, sus alumnos, nos llegamos a preguntar de qué escuela había salido tan extraordinario profesor y cómo había llegado a la nuestra. Así lo explicaba él: "Si yo no hubiera sido Ingeniero Mecánico, habría sido Ingeniero Industrial, pero en el tiempo en que estudié no existía la carrera, al menos no en ESIME", y al tiempo de decir "ESIME" ponía una rodilla en el piso en signo de reverencia y volvía a levantarse inmediatamente, provocando risas entre los presentes. "El Ingeniero Mecánico diseña maquinaria y equipos para facilitar los trabajos pesados, el Ingeniero Industrial desarrolla procesos de forma inteligente, conoce cada aspecto de la maquinaria y busca nuevas formas de aplicarlas para ayudar al hombre cuidando su productividad y su propia seguridad. Y aun cuando no existía la carrera de Ingeniero Industrial en ESIME (rodilla en tierra), me siento profundamente agradecido con la escuela en la que estudié. No porque sea la mejor del mundo, ni porque cuente con prestigio ni reconocimiento universal, sino porque es el lugar en donde aprendí, no sólo conceptos, sino muchos principios, en más de un sentido. Espero que algún día ustedes se sientan orgullosos de su carrera y de su escuela, y, al igual que yo, se hinquen y rindan reverencia cada vez que escuchen 'UPIICSA' porque eso querrá decir que ha trascendido en ustedes más allá de los conocimientos adquiridos".

Conforme el semestre fue transcurriendo, conocimos más aspectos del profesor en su forma de impartir su clase. Ninguna sesión era igual a la otra y siempre había algo sorprendente en ellas. Por supuesto que existían definiciones, conceptos, cuestionarios y otros aspectos de la educación tradicional en su clase, pero lo que recuerdo hoy con mayor intensidad son los aprendizajes que obtuve no sólo para mi carrera, sino para mi vida. En una ocasión, sin mayor preámbulo, fue hacia el pizarrón y escribió lo siguiente: F=ma

–¿Qué dice allí? –preguntó señalando la fórmula que había escrito.

–Fuerza igual a masa por aceleración –contestó alguien, muy probablemente Rosa Ana.

–Así es, de acuerdo a la Ley de Newton, la Fuerza que adquiere un objeto en movimiento depende de la masa del propio objeto y es directamente proporcional a la aceleración que desarrolla el mismo objeto. Ahora, ¿qué dice aquí? –preguntó el profesor mientras escribía algo más en el pizarrón: "E=mc2"

–La Energía es igual a la masa por la velocidad de la luz elevada al cuadrado –respondió rápidamente Rosa Ana.

–No –dijo secamente el profesor

–Bueno, la Energía que adquiere un objeto es dependiente de la masa y directamente proporcional a la velocidad de la luz elevada al cuadrado

–No

–Digo, que la Energía de un cuerpo depende de la velocidad de la luz elevada al cuadrado y es directamente proporcional… ¿a su masa?

–No

Silencio.

–¿Alguien más? –inquirió retando con la mirada al resto del salón

Silencio.

–No. Lo que realmente dice allí es: "Newton es un imbécil. Firma Albert Einstein". Newton no consideró cuestiones relativistas y su fórmula es válida únicamente para calcular fuerzas cinéticas y aplica sólo en ciertos escenarios cuando la masa permanece constante. Si tomamos como referencia un cohete que es lanzado al espacio, la masa que el propio cohete pierde en su desplazamiento es totalmente considerable. Los litros y litros de combustible que se consumen durante su ascenso provocan una variación en la propia masa de cohete que hace que la segunda ley de Newton quede totalmente obsoleta y sea poco práctica en estos casos. Einstein determinó que la velocidad de la luz resultaba una mejor referencia para estas situaciones ya que, independientemente de su punto de origen, dicha velocidad nunca varía.

–Bueno, pero eso no significa que Newton haya sido un imbécil, simplemente que no consideró todos los escenarios.

–Lo que en realidad quiere decir es que nadie tiene la verdad absoluta y que cualquier principio o ley puede tener su propio ámbito de aplicación, tal vez hasta su propia vigencia. No, no digo que Newton haya sido un imbécil. Por el contrario, creo que fue un científico genial para su época. Excelente buscador de la verdad. Lo que digo es que hasta los genios tienen sus limitantes. Posiblemente alguien en el futuro determine que la ley de la relatividad de Einstein es incorrecta o incompleta. Mi punto es que todo es mejorable en cada instante y que, pese a las evidencias que otros han mostrado en el pasado, siempre existe la posibilidad de ir más allá, de encontrar nuevos límites fuera de nuestra imaginación pero debemos trabajar y prepararnos para alcanzarlos. No, definitivamente Newton no era un imbécil. Algo que me oirán decir muy seguido durante las clases tiene que ver con la intención con que digo las frases, con el propósito de las anécdotas, con el objetivo de mis palabras: No es lo que digo, sino lo que quiero decir.

Pero sus enseñanzas no se limitaban a frases motivacionales o a relacionar la Ingeniería Industrial con la vida. Sus dinámicas abarcaban mucho más. "A mí me gusta viajar mucho. Cada fin de semana procuro ir a algún estado de la República Mexicana o, con menor frecuencia, a algún otro país", comenzó diciendo alguna vez. "Independientemente de todos los lugares que uno puede conocer, de las experiencias que uno puede adquirir en un viaje, a mí me agrada la sensación de libertad que me da el recorrer lugares que no conozco. Libertad de ir caminando y tener total decisión en dar una vuelta a la izquierda, a la derecha, seguir de frente o simplemente parar. Constantemente recorro lugares donde uno puede seguir avanzando y avanzando y parece que no llegará a ningún lado. Normalmente son lugares poco transitados, llanos, bosques o praderas, en muchas ocasiones. Me he dado cuenta de que, por más cansado que uno se sienta en esos recorridos, siempre es posible dar un paso más. Y tras ese paso, otro, y luego otro más. Así hasta llegar a su destino. Parecería que el hombre estuviera diseñado para seguir caminando mientras todavía tuviera un destino al que llegar. Contrario a lo que muchos pudieran pensar, la resistencia física es más bien un asunto mental. Quienes corren un maratón pasan siempre por un punto en que sus fuerzas flaquean, los dolores en las piernas, en los brazos, en el abdomen, pueden volverse insoportables. Al llegar a este punto, las posibilidades de terminar el maratón se equilibran, independientemente de su preparación. ¿Por qué? Porque en ese preciso momento todo depende de su actitud mental. Un solo instante de duda basta para que las piernas no logren dar un paso más. Primero se rinde la mente, luego el cuerpo, después el espíritu. Todo termina allí. Por el contrario, si el corredor logra sobreponerse mentalmente al dolor, al cansancio, a la desesperación, logrará seguir avanzando. Y seguramente habrá momentos, más adelante en el camino, que volverán a retar su mente, a tratar de mermar su convicción de seguir corriendo. Sólo si logra vencer todas y cada una de las tentaciones de detenerse logrará cruzar la meta", nos dijo una vez. Posteriormente, se colocó en un extremo del salón y miró fijamente hacia el piso. En realidad no había nada raro allí, era el típico piso recubierto por losetas plásticas. Se ubicó sobre una de ellas y eligió un "camino" formado por una hilera de losetas consecutivas. "¿Qué me dirían si les pidiera que caminen por esta hilera de losetas, de un extremo del salón a otro? Sería fácil ¿no? Un camino de 30 centímetros de ancho, de máximo 10 metros de longitud. ¿Qué dificultad podría presentar?". Enseguida se puso a caminar sobre el "camino" con los brazos extendidos hacia los lados, de un extremo al otro del salón. "Sí, en realidad está fácil", dijo. "Es tan fácil que podría hacerlo con los ojos cerrados y yendo de espaldas", afirmó al tiempo que cerraba los ojos y giraba para caminar hacia atrás realizando aquella tarea impecablemente, sin salirse de la ruta trazada. "¿Lo ven? ¿Creen que podrían hacerlo ustedes también?". Y sin esperar a que hubiera respuesta regresó al punto de partida, como preparándose para repetir la hazaña. "¿Pero qué pasa si les digo que hagan exactamente lo mismo aunque con una pequeña diferencia? ¿Qué pasaría si les digo tienen que recorrer el camino de 30 centímetros de ancho, 10 metros de largo, pero que a cada lado del camino existe un abismo?". Inició el camino denotando miedo, como haciendo equilibrio de forma exagerada, sin confianza en seguir caminando. "¡Ay, nanita!", exclamó al tiempo en que puso rodillas y manos al piso, como para seguir avanzando a gatas". Por supuesto que todos reímos ante tal escena, tal vez porque era la primera vez que lo veíamos posar las rodillas sobre el piso sin haber mencionado la palabra "ESIME". Asumiendo nuevamente la posición vertical, preguntó hablando seriamente "¿Por qué nos acobardamos ante una tarea que, de antemano, sabemos que dominamos? ¿Son los riegos los que nos hacen comportarnos torpemente, ridículamente? Definitivamente, nunca hay que restarle importancia a los riesgos pero no tienen que ser justificantes de nuestras inseguridades. ¿De dónde proviene aquel miedo, esa torpeza, aquella indecisión? Sí, efectivamente. De nuestra mente. De nosotros mismos. Nuestra mente es muy poderosa. Sumamente poderosa, diría yo. Pero tiene un defecto enorme: es muy ingenua y se cree todo. ¿Qué pasa cuando a nuestra mente, provista con ese poder inmenso, le decimos 'No puedo'? ¡Pues que se la va a creer! ¿Y qué creen? ¡No vamos a poder! Las barreras más difíciles que un ser humano debe vencer son aquellas que provienen de su propio ser", concluyó.

Quisiera tratar de trasmitir un poco más claras las ideas e intenciones del profesor, así que permítanme presentar la siguiente clase en palabras del propio maestro, tal como las recuerdo:

Iba avanzando lentamente por el tráfico. O mejor dicho, quisiera haber podido avanzar lentamente en ese tráfico infernal de viernes pero la interminable fila de autos amontonados en la calle y los inservibles semáforos me lo hacían imposible. Estaba anocheciendo y, para colmo de males, una torrencial lluvia se dejó sentir inesperadamente. Dentro de mi auto, un Topaz, el ambiente era mucho más tranquilo. La temperatura era bastante agradable, la música sonaba en el estéreo y, aunque difícil de creer, estaba yo disfrutando aquella sensación de privacidad, de intimidad conmigo mismo. Lo único que alteraba aquel estado de paz y serenidad era el estrés provocado por el camión de redilas que tenía enfrente y que bloqueaba mi vista. Me daba la impresión de estar a la deriva, con gran incertidumbre, sin saber qué estaba pasando. Tenía que estar atento de vez en cuando para ver si era posible avanzar unos cuantos centímetros. Decidí que sería mucho mejor estacionarme, dejar de preocuparme por todas las horas que podría pasar atorado en ese embotellamiento. En cuanto tuve la oportunidad me orillé y apagué el motor del auto, dejando que el único sonido que saliera de él fuera el de la música que tanto estaba disfrutando en ese momento. Subí hasta el tope las ventanillas, puse los seguros de las puertas y giré la perilla del volumen para opacar el ruido que producía la lluvia al golpear contra la carrocería del auto. Era un momento sumamente reparador y agradable. Cerré los ojos, tarareé la canción que sonaba en el estéreo y no pude dejar de sonreír inconscientemente. Así duré un rato, no sé cuánto. Sin realmente tener una razón, giré mi cabeza hacia la ventanilla del lado del pasajero y abrí los ojos. La escena que vi fuera del carro llamó enormemente mi atención. Era un hombre que vendía billetes de lotería. Protegía su cabeza con un pequeño impermeable plástico y ofrecía alegremente los billetes restantes a quienes pasaban apresuradamente. Sí, alegremente. Pese a la intensa lluvia, pese a la poca probabilidad de que alguien le comprara un billete mojado, ¡él sonreía! No sólo eso, debía tener un cierto grado de locura ya que, repentinamente, su sonrisa se volvió risa. ¿Cómo podía estarse riendo? Se estaba llevando la empapada de su vida, tenía que aguantar el frío que ya se sentía, nadie le compraba un billete y el tipo seguía saltando alegremente entre los charcos. ¡Riendo! En realidad no lo entendía. La expresión de mi rostro cambió al darme cuenta de todo ello. Pasé de un estado de paz mental a uno de completa estupefacción. Todavía estaba yo asimilando aquella escena cuando, sin saber por qué, reconocí esa rara sensación de estar siendo observado. Era como si la mirada de alguien se posara sobre mi nuca y me provocara girar mi cabeza hacia el lado opuesto. Allí, fuera de la ventanilla del lado del conductor, reconocí mi propia expresión. Aquella que el vendedor de billetes de lotería había provocado en mí. Se trataba de un completo desconocido que iba formado en el tráfico. Su auto era de una marca de lujo, iba vestido elegantemente y mantenía su mirada fija en mí. Sus ojos, su postura, sus gestos, todo expresaba claramente una duda, una cruel pregunta: "¿De qué se ríe ese estúpido? Encerrado en su Topaz, estacionado, sin intención de avanzar, posiblemente escuchando música él solo. ¡Y todavía sonríe!". Inmediatamente me imaginé que, a lo lejos, alguien en un helicóptero estaría mirando a aquel hombre a través de la ventanilla y con lástima pensaría: "¿Y ese de qué se ríe? Atorado en el tráfico, usando traje y corbata al manejar". Y quizás, desde un jet privado, algún otro personaje miraría con pena al conductor del helicóptero y se preguntaría si a alguien más se le ocurriría ir volando con aquella lluvia torrencial. Y así, quizás pudiera existir alguien más observando a los demás sin saber cómo es que alguien, en ciertas circunstancias, se atreve a ser feliz. Y es que la felicidad es una decisión personal, independiente de las circunstancias, creada por nosotros mismos. Nadie puede entender las razones que hacen feliz a los demás porque cada uno de nosotros ha elegido de forma personal aquello que lo hacen disfrutar y sentirse bien. Todos, absolutamente todos, podemos ser felices, es cuestión de atreverse, de decidirse, de querer serlo. En la vida encontrarán situaciones favorables y desfavorables. Tendrán altas y bajas en sus carreras, en sus vidas personales, con su pareja, en aspectos deportivos y políticos. Pero todo es parte de vivir, hay que aprender, mejorar y seguir disfrutando. ¿Qué me hace feliz a mí? ¿Qué me impulsa a seguir viviendo? ¿Qué me da fuerza para sonreír? Simple: Esa expresión inconfundible, esa sonrisa espontánea, esas palabras no siempre pronunciadas, aquello que puedo descubrir de vez en cuando en la cara de mis alumnos y que me da la certeza de que algo de lo que estoy diciendo ha llegado a su corazón. Eso, invariablemente, me hace sonreír.

Pero ningún relato sería suficiente para narrar todas las experiencias vividas durante las clases del profesor Carreño, por más extenso que fuera. Fueron cientos de historias, anécdotas, hechos interesantes. Imposible expresar con exactitud la intensidad de sus palabras, la profundidad de su mirada, las variaciones de su voz, su innegable carisma. Intentar recrear sus clases no logra una imagen cercana a lo que era presenciarlas ¿Por qué entonces estas líneas? ¿Con qué objeto escribirlas? No, no es cariño. De alguna forma, el cariño doblaría tendenciosamente mi juicio y pondría en duda la veracidad de mis palabras. No, es otra cosa. Por alguna extraña razón, su voz sigue resonando en mi mente, su risa sigue provocando la mía, sus relatos siguen inspirando mis acciones. Respeto, admiración, agradecimiento. Esas son sólo algunas de las cosas que me impulsan a escribir este pequeño tributo a una persona inolvidable para mí. Creo que el mayor logro que un maestro puede atesorar es que sus enseñanzas permanezcan vivas en aquellos a quienes él mismo las transmitió. No habría forma de que aquel logro sea atesorado sin ayuda de sus alumnos. Sólo cuando aquellos alumnos, que cada clase abandonaban el salón y parecían retirarse mostrándose indiferentes, regresan y muestran lo que han aprendido, es cuando el profesor empieza a sentir que su labor está rindiendo frutos. Pero ninguna enseñanza estaría completa si no produjera en un discípulo aquella sensación de haber recibido un tesoro, no para poseerlo o esconderlo, sino para transmitirlo.

Recuerdo que, en aquellos días de sus clases, el propio profesor Carreño nos recomendó una película: La sociedad de los poetas muertos. "Representó mucho para mí por el hecho de yo ser un maestro, pero seguramente será interesante para ustedes también", comentó. Por supuesto que la fui a ver y resultó una de mis películas favoritas hasta la fecha. Creo que la parte que más disfruté de aquella película fue cuando los alumnos suben a sus mesas en una especie de homenaje para él. En menor grado, este escrito intenta ser un pequeño homenaje a un profesor que dejó sus enseñanzas más allá del salón de clases y que me hizo comprender que una buena educación no se trata de sacar la mejor calificación en un examen, se trata de sacar lo mejor de uno mismo en la vida. Rodilla en tierra digo: ¡Gracias!

sábado, 20 de noviembre de 2010

Lo que enseñan los niños…

Durante mucho o poco tiempo, todos hemos tenido la oportunidad de mirar en perspectiva el comportamiento infantil. Algunos quizás se las hayan arreglado distrayendo y cuidando a pequeños hermanitos, otros tal vez hayan tenido la oportunidad de jugar con sobrinitos, primos o algún otro familiar más o menos lejano, algunos más posiblemente hayan experimentado la fortuna de tener sus propios hijos y disfrutar diariamente de sus increíbles aventuras. Traviesos, inquietos, curiosos, gritones, tiernos, alegres, los niños siempre nos brindan la oportunidad de observar a alguien en constante aprendizaje… a nosotros mismos. Sí, es cierto que los niños aprenden cosas nuevas todos los días de los adultos pero las lecciones que ellos nos dan son invaluables. He aquí unos ejemplos:

Igualdad.


Los niños no distinguen clases sociales ni situaciones económicas… siempre pedirán juguetes, regalos, ropa, discos y cualquier chuchería como si fuéramos los hombres más ricos del planeta.

Apoyo colectivo.


Sin importar lo bello, vistoso y encantador de sus juguetes, siempre desearán aquel que tiene el niño de al lado… y lucharán a muerte por obtenerlo (todo sea por el bien común).

Amor al arte.


Entre mayor sea la atención que los padres pongan a sus berrinches, mayor será el desarrollo histriónico y teatral que tendrá el niño (y se encargará que su pasión por el drama sea destacado en toda la sociedad).

Unión familiar.


Si bien entre semana es un verdadero sufrimiento hacerlos que se levanten temprano para que desayunen y vayan a la escuela, los sábados y domingos no faltan sus gritos madrugadores y visitas en la cama de los padres haciéndoles saber lo mucho que les gustaría jugar con ellos en esos momentos tan especiales.

Comunicación.


No importa cuánto se las ingenien los padres por mantener el celular resguardado y fuera del alcance de los niños, éstos siempre encontrarán la forma de hacerle saber a todos los contactos que han logrado apoderarse de él.

Reciclaje.


Aprovechando las ventajas de aquellos sillones, sillas y otros muebles que permiten que pequeños trozos de comida queden atrapados en algunas de sus esquinas o compartimientos, los niños nos enseñan que nunca es tarde para que aquellos dulces, palomitas o pedazos de fruta, logren cumplir la función para la que fueron creados. Y si el desagradable sabor fuera un inconveniente, siempre existe la posibilidad de regresarlos a su escondite… hasta la siguiente vez.

Concentración.


Basta con que aparezca en la tele su programa favorito (y aunque no sea su favorito, es más, pueden ser los comerciales) para que podamos apreciar la enorme atención que un niño puede poner cuando se lo propone. Esos momentos son suyos, son privados, no los distraigan, pueden provocar algún tipo de déficit de atención.

Individualidad.


Los juguetes, dulces, accesorios y cualquier otro artículo que pudiera ser compartido… es SUYO. No es del dominio público ni está en red para quererlo compartir. Es totalmente individual. A compartir en Facebook.

Ciencia.


¿Saben qué resulta de combinar refresco, papel de baño, jabón, crayolas, yogur, pegamento, sal de uvas, pelo de animal (y eso que no hay mascotas) y aceite para bebé? ¿No? ¡Ellos pueden orientarlos en cualquier momento! Y si por alguna extraña razón ellos no lo hubieran descubierto aún, no se preocupen, mientras ustedes leen esto y yo lo escribo… ¡¡Niños, qué están haciendo con todo eso!!

Sinceridad.


Nada como escuchar la verdad directa de la gente que amamos… ¿o no? "¿Por qué tienes tantas canas, papá?", "No me gusta la comida que haces, mamá", "Jajaja… ¡se te ve la panza!"

Sencillez.


Juguete ultramoderno, última versión del videojuego, ropa de vanguardia, discos y afiches de su artista favorito: un dineral. Que se pasen horas jugando con una caja de cartón: ¡no tiene precio!

Orden.


Mientras más te esfuerces por alzar todo el tiradero que ellos han dejado por toda la casa, te darás cuenta que ellos vienen atrás de ti… dejando todo justo como lo habían dejado.

Constancia.


No importa cuántos libros de cuentos hayas conseguido para leerles en la noche. Siempre querrán escuchar de tus labios aquel que puedes repetir ya de memoria.

Podría pasarme horas describiendo todas y cada una de las cosas que a diario aprendemos y disfrutamos de los niños, pero me doy cuenta que nunca acabaría. Tal vez de las que me parecen mejores es que el amor de un niño es más grande que su memoria. Sin importar cuánto hubieran llorado por un regaño o cuán largo hubiera sido el último de sus berrinches, al final, mientras se acerca la noche y el sueño comienza a hacerlos su presa, siempre podrás escucharlos decir "Te quiero".

Para quienes creen que esto sólo les pasa a ellos, no se preocupen: Estamos juntos en esto. ¿Cierto…? ¿Hola…? ¿Hay alguien allí…?

Hasta la próxima anécdota.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Allí estaba yo…

Allí estaba yo, por la tarde, viendo cómo su respiración se hacía más difícil cada vez. Llegué a comparar esa respiración con un profundo ronquido que pocas veces lograba apagarse. Sus ojos, en el mejor de los casos, quedaban entreabiertos, como si se negaran a cerrarse por completo. Eso sí, el movimiento de los globos oculares era continuo, yendo de un extremo al otro sin cesar.

Se acercaba la noche y sabía yo que era mi turno de permanecer en vela, procurando que, en caso de necesitarse, pudiera yo auxiliarlo (aunque ese auxilio fuera limitarse sólo a buscar ayuda de alguien más). Traté de descansar un poco las horas cercanas a la medianoche, cuando mi mamá y mi tía seguían despiertas procurándole los últimos cuidados del día. No, no pude descansar realmente. Alrededor de las 11:30 de la noche, mi tía me llamó para darme las recomendaciones pertinentes. “Pueden pasar dos cosas durante la noche”, me indicó. “La primera es que surja otra convulsión y hay que cuidar que no se golpee ni se lastime con algo. En realidad no hay mucho que hacer en ese caso pero, si pasa, llámanos inmediatamente”, continuó. “La segunda cosa que puede ocurrir es que deje de respirar”, dijo casi sin inmutarse. Por un momento quedé en espera sobre las indicaciones que tendría que seguir si eso ocurriera. Había dicho que en el caso de las convulsiones no había mucho que hacer, en el segundo caso ¿qué podía hacerse? La respuesta no llegó. Sólo concluyó la frase diciendo “Llámanos en cualquier caso”. Se dirigió hacia donde él estaba y alzando la voz un poco más de lo normal le dijo al oído “Joss, ya nos vamos a dormir. Aquí se queda Julio, tu hijo, contigo, cuidándote. Todos te queremos mucho y no tienes nada de qué preocuparte. Tu familia está tranquila. Ve con Dios”. A lo largo de todo ese día mucha gente se había esforzado en hablarle y generalmente terminaban su conversaciones con esa misma frase: Ve con Dios.

Finalmente, todos se fueron a dormir. Yo preparé un libro que planeaba leer durante el transcurso de la noche para mantenerme despierto y lo más alerta posible. Acomodé una silla de forma que quedara frente a él, viendo cualquier cambio que pudiera haber, estando atento a cualquier situación que pudiera emerger. La única luz que estaba encendida apenas alumbraba lo suficiente como para que yo pudiera realizar mi lectura y rápidamente cansó mi vista. Después de leer un capítulo dejé el libro a un lado y traté de mantenerme alerta. Habían pasado sólo unos minutos después de la medianoche y todo parecía transcurrir de forma normal. Mentalmente cuidaba cada aspecto en su cuerpo recordando aquellas dos situaciones que podrían ocurrir: Convulsiones o dejar de respirar. Debido a la poca luz de la habitación, decidí que sería más fácil monitorear la situación agudizando mi sentido del oído. En caso de una convulsión la cama de hospital que mi mamá había rentado comenzaría a moverse violentamente y produciría el típico ruido de tubos y resortes resistiendo la tensión. Y, debido a la dificultad que en ese momento tenía para respirar, escuchar los cambios en sus inhalaciones y exhalaciones no resultaba tan complicado.

Así que, allí estaba yo, sentado en aquella incómoda silla, sin zapatos y con la cabeza recargada en uno de tantos libreros que todavía permanecen en la casa. Repasé mentalmente cada uno de los sonidos que llegaban a mí: Su fuerte respiración, el tic-tac del reloj de pared, un motor destinado a producir un ligero masaje en su espalda. Pasaron unos minutos y, con cierta extrañeza, me percaté de que el ruido más predominante en la habitación era el del tic-tac del reloj de pared. Algo preocupado, me levanté de la silla y fui a revisar. Efectivamente, la respiración había dejado de ser tan sonora como en las últimas horas, sin embargo, el movimiento ascendente y descendente de su abdomen me indicó que la respiración no había cesado. Me relajé un poco aunque mi cuerpo mantenía un extraño temblor ligero pero constante. Hoy sé que, más que un simple temblor, lo que estaba sintiendo era miedo. No, no era miedo a que mi padre dejara de respirar o a que sufriera alguna convulsión horrible mientras yo estuviera allí. No. Era un miedo mucho más estremecedor para mí. Era miedo a quedarme dormido y no notar a tiempo que alguna de esas situaciones estuviera ocurriendo. Era miedo a dejarlo ir sin que alguien estuviera allí, sosteniéndole la mano. Mientras estaba parado junto a su cama, viéndolo con la escasa luz que había, noté que su respiración comenzaba a hacerse débil, cada vez irremediablemente más débil. Pude ver cómo los ascensos y descensos de su abdomen eran menos marcados. Con ansiedad sostuve su mano entre las mías, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. Sentí el frío de su mano al mismo tiempo que dejaba de percibir tanto el sonido de su respiración como el movimiento en su abdomen. Había pasado. Aquella situación que mi tía había descrito apenas unos minutos antes me tocó presenciarla a mí. Había dejado de respirar. Lentamente solté su mano y la acomodé junto a su cuerpo. Una sensación de urgencia se despertó en mí. Tenía que avisar, tenía que despertar a mi mamá y a mi tía para avisarles lo que había pasado. Por alguna razón, sentí que tenía que ser rápido, sentí que era urgente. Corrí a la primera habitación donde dormía mi tía. “¡Lupe!… ¡Lupe!… ¡¡Ven rápido, dejó de respirar!!”, fue mi única explicación. Al escucharme, ella se levantó y echó a correr hacia la habitación donde él seguía sin moverse. “¡Avísale a tu mamá!”, me ordenó sin más. Salí corriendo nuevamente a despertar a mi mamá. “¡Mamá!… ¡Mamá!… ¡Ven!”, dije. Por alguna razón, no pude decirle qué pasaba, no pude ser tan claro con ella. “¿Otra convulsión?”, preguntó. No salió una palabra de mi boca, sólo pude mover mi cabeza indicando una negativa. Corrimos hacia la habitación de mi papá y allí estaba mi tía acariciándole el rostro. Con los ojos llenos de lágrimas volvió su cabeza hacia donde estábamos mi mamá y yo y nos dijo “Ya se fue, ya está con Dios”. Mi mamá se acercó tiernamente hacia el rostro de mi papá y lo besó. Un tierno abrazo siguió a aquel beso y pensé que en ese momento mi mamá se desmoronaría de tristeza. Pero, para mi sorpresa, ella se incorporó más fuerte que nunca y le dijo “Ya estás con Dios”. Sacó un libro de rezos y comenzó a leer en voz alta las oraciones que en estos casos le resultaban las apropiadas, de acuerdo a su enorme fe. Yo miraba de pie toda la escena. Finalmente, era una escena de paz.

A ese momento siguieron momentos fríos, llenos de trámites, de comunicaciones de la noticia, de reflexión. Volví a mirar la habitación que ahora se sentía tranquila y descubrí que en una pequeña mesita a su lado todavía se encontraba un disco compacto que le había yo regalado apenas unas semanas atrás. Era un compendio de obras de ópera. No era una coincidencia que hubiera elegido ese disco para regalárselo. No, había una razón especial. Crecí escuchando la interpretación de la ópera Nabucco. ¿Qué tenía de especial esto? Simplemente que era mi papá quien la interpretaba, que era él quien con su potente voz llenaba el departamento donde vivíamos cuando yo era niño. Y todos sabíamos que cantaba sólo cuando se sentía muy feliz.

Va, pensiero, sull'ali dorate;
va, ti posa sui clivi, sui colli,
ove olezzano tepide e molli
l'aure dolci del suolo natal!

Así iniciaba aquella pieza de Guiseppe Verdi. Traducido al español diría algo así:

¡Ve pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas
donde exhala su suave fragancia
el dulce aire de la tierra natal!

Va mi pensamiento contigo, papá, al escribir estas líneas. Recordando todas tus enseñanzas, todos tus esfuerzos por inculcarnos una actitud de bien. Olvidando tus errores, si es que alguna vez los tuviste. Admirando tu dedicación al aprendizaje, pero sobre todo, a la enseñanza. Honrando tu vocación de servir a los demás, de ayudar a los necesitados, de cuidar a los enfermos. Venerando el amor incondicional a tu familia, a tu espacio, a tu comunidad, a los que te rodeaban. Mirando con profundo respeto todas aquellas cualidades que tenías y que nos intentaste transmitir: responsabilidad, dedicación, constancia, esfuerzo, disciplina, mucha disciplina. Anhelando algún día llegar a ser una persona tan querida como lo fuiste dentro y fuera de la familia. Comprometido a honrar tu nombre, tus acciones, tus enseñanzas.

Fuiste siempre un hombre ejemplar. Eso lo tengo muy claro, lo tengo marcado en el alma. Lo sé y me consta porque nadie me lo tiene que contar: Allí estaba yo… y lo agradezco. Gracias, papá.

Ve con Dios.