miércoles, 16 de febrero de 2011

A mi profe sin cariño…

Era un sábado a eso de mediodía, la peor hora para organizar un partido de futbol. El sol pegaba con toda su intensidad y alrededor de la cancha no podía verse una sola sombra que ayudara a jugadores y espectadores a protegerse del sofocante calor. La tierra suelta, principal materia prima de aquella cancha, no mejoraba el asunto. Aún los rostros de quienes no corrían quedaban cubiertos de gruesas capas de suciedad que quedaba firmemente adherida gracias a los interminables chorros de sudor que parecían emanar como por arte de magia, sin necesidad de palabras mágicas. "Échale ganas, viejo", gritó una alegre espectadora al momento que aplaudía efusivamente y en sus manos parecía formarse un pequeño remolino de polvo. Por supuesto, ninguno de los equipos que se enfrentaban era profesional, ni siquiera medio bien organizado. Las figuras de aquellos animosos jugadores los delataban: las panzas desbordadas en los ajustados uniformes, las calvas que rápidamente mostraban signos de irritación por la exposición al sol, y el inconfundible agotamiento provocado por la falta de ejercicio que se traducía en enormes nubes de tierra levantada al ir arrastrando los cansados pies. Así eran, en su mayoría, los torneos organizados para celebrar el Día del Padre en las escuelas primarias. En esta ocasión no se trataba de un partido "Padres vs Hijos", sino que, por la gran asistencia de padres ese año, se decidió organizar uno de "Padres vs Padres". Al menos la humillación para los perdedores sería menor por el simple hecho de haber sido derrotados por un equipo de "su misma condición", en todo caso. Como puede imaginarse, las porras provenían principalmente de las esposas de los jugadores ya que los hijos trataban de pasar inadvertidos y evitaban responder con vergüenza a la tan sádica pregunta de "¿Cuál es tu papá?". Y, si la pregunta no podía evadirse, había quienes alegremente señalaban con poca precisión hacia un grupo lejano difícil de distinguir entre la polvareda levantada. El juego no empezó tan mal, se escuchaban aplausos y porras casi eufóricas para animar a los jugadores y motivarlos a dar "un buen espectáculo". Los jugadores hicieron su mejor esfuerzo por moverse de un lado a otro sin que se notara mucho la poca idea de lo que estaban haciendo. No es lo mismo dirigir a un equipo de futbol desde la comodidad del sillón de la sala que ejecutar con precisión la jugada que todos quieren ver, sobre todo si hay que correr para llevarla a cabo. Poco a poco, los ánimos comenzaron a disminuir, junto con las fuerzas en las piernas de los jugadores. Se empezaba a distinguir cuáles jugadores podían ser fácilmente burlados y el otro equipo podía tomar ventaja de aquel punto flaco, o más precisamente, de aquel punto débil. Así, comenzaron a caer los goles de un equipo, siempre aprovechando la poca velocidad de uno de los defensas que constantemente era dejado atrás. No era difícil que, con un pequeño drible, el delantero rebasara al cansado defensa y quedara frente al portero con alta probabilidad de anotar. Cada gol parecía la repetición del anterior: el mismo defensa dejaba de correr y dejaba expuesto a su guardameta. "Córrele, viejo. ¡Córrele!", le gritaba la esposa. "¡Ya está ruco!", avisaban entre gritos y risas los niños que presenciaban el partido. Todos los niños parecían muy divertidos cada vez que veían que, nuevamente, el delantero buscaba avanzar por la zona del defensa. "Allí está el pan. ¡Allí está el pan!", vociferaban todos ahogados casi en una carcajada. Todos, excepto uno. A diferencia del resto de los niños, había uno que parecía molesto. No, molesto era poco. Endiabladamente enojado. Y su enojo se tornaba en furia al reprimirse expresarlo. No quería que nadie lo notara. No quería ser el centro de burlas y comentarios malintencionados. Pese a que aquel lento defensa era su padre, él no tenía la culpa de su mala actuación. No tenía por qué pagar por la incompetencia de otro, aunque ese "otro" lo hubiera criado y hecho nacer. Permanecería callado, aguantando el coraje de ver la poca efectividad con la que se desempeñaba en el terreno su progenitor. Procuraría, incluso, reírse cuando, por enésima vez, aquel maldito delantero volviera a burlarlo. Pero algo en su interior se lo impedía, le resultaba imposible no enojarse. Cada vez le costaba más trabajo quedarse callado. No sabía cómo reaccionar. Quería hacer callar a todos aquellos burlones e insensibles que proferían mofas de su padre, quería romperles la boca y los dientes para detener su cruel risa. Con angustia, vio cómo aquel mismo delantero volvía a acercarse a la zona que "defendía" con cansancio extremo su padre. "No otra vez", pensó. "No otra vez". Pero todo parecía inevitable, mientras que el delantero preparaba ya la forma de burlar al defensa, los otros niños emocionados gritaban "¡Sí, sí, búrlalo otra vez!". Pero el hijo del tan atacado defensa no estaba dispuesto a permitirlo. No iba a permitir que humillaran nuevamente su honor, su intachable reputación, su inmejorable trayectoria, y tampoco, por supuesto, la de su padre. Así que cuando su padre estaba a punto de rendirse ante el embate del atacante, el hijo gritó con todas sus fuerzas, sacando toda su furia, haciendo uso de todo el aire que podía almacenar en sus pulmones: "Papá… ¡¡muévete, pendejo!!". En ese momento, todo mundo pareció callarse. Era como si una puerta cósmica se hubiera tragado el sonido por un momento y hecho que todo ocurriera como en cámara lenta. No pasó, sin embargo, mucho tiempo para que aquella puerta volviera a cerrarse y una estruendosa carcajada resonó por toda la cancha. Jugadores y espectadores no podían dejar de reír. Pero la risa no era motivada por la desesperación con la que el niño había gritado, tampoco por haber descubierto al hijo de aquel incompetente, y, menos aún se debía a aquella forma tan florida de referirse a su padre enfrente de todos. No, la risa se debió a que, tras el desgarrador grito, ¡se movió! Como impulsado por un resorte, el obediente padre logró vencer su cansancio y comenzó a correr rápidamente al grado que pudo quitarle el balón al delantero del otro equipo, avanzó en dirección de un compañero y le puso un pase impecable. Terminada su excelente jugada, el padre volteó orgulloso hacia donde había nacido el grito y, sonriéndole a su hijo, levantó el pulgar en forma aprobatoria.

Todavía las risas resonaban en el salón de clases cuando la voz del profesor volvió a escucharse. "¿Qué opinan?", fue su pregunta inicial. "Si pusieron atención a la historia que acabo de contar ¿qué conclusión sacan? ¿Por qué ese padre, cansado hasta el extremo, reaccionó inmediatamente al oír el reclamo de su hijo?", preguntó logrando que todos guardáramos silencio para reflexionar un poco sobre la recién escuchada narración. Podíamos sentir cómo su mirada recorría lentamente cada lugar, cada silla que ocupábamos. Pese a que su pregunta buscaba una respuesta seria, una pequeña sonrisa se dibujaba en su boca dando la sensación de que disfrutaba esos momentos en que nos hacía dudar. O, mejor dicho, esos momentos en que nos hacía pensar. Este tipo de dinámicas no eran poco comunes en las clases del profesor Raúl Rivera Carreño, a quien se le conocía más como "el Profesor Carreño". Siendo un maestro con una técnica de enseñanza poco tradicional, supongo yo que estaba acostumbrado a respuestas que más bien buscaban evadir las preguntas. "¿Eso va a venir en el examen, profesor?", era una de las clásicas. Típicamente, su sonrisa se convertía en mueca de desaprobación y surgía una de sus principales cualidades pedagógicas que lo caracterizaban: el sarcasmo. "No te preocupes, sólo harán el examen los que puedan pasarlo", respondía con la sonrisa vuelta al rostro. ¿Había sido eso un reclamo, una exhortación, un consuelo… una amenaza? Tal vez un poco de todo ello. Lo cierto es que, al menos vagamente, siempre surgía en la mente de los alumnos cierta inquietud: ¿Qué tenía que ver el partido de futbol y todas aquellas historias que el profesor Carreño contaba con la Ingeniería Industrial? Sí, la materia que estábamos estudiando era "Introducción a la Ingeniería Industrial" durante el primer semestre de la carrera en la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas del Instituto Politécnico Nacional. UPIICSA, para abreviar bastante. Si la memoria no me falla, era el año de 1989.

–Posiblemente el padre se sintió motivado al escuchar el grito de su hijo –dijo Rosa Ana, una de las compañeras más participativas de la clase.

–Seguramente, pero ¿qué de aquello que dijo el niño fue diferente a lo que, por ejemplo, la esposa le gritó?

–Pues nada, los dos buscaban motivarlo y que corriera, excepto que…

–¿Ajá? Termina la frase.

–Excepto que el niño lo llamó pendejo –dijo Rosa Ana soltando una risita.

–¡Exacto! ¡Esa es la parte importante!

–¿La de "pendejo"? –preguntó asombrada

–Háganse esta pregunta: ¿Qué clase de hijo le habla así a su padre en una situación como esta?

–¿Un suicida? –preguntó alguien más provocando una carcajada generalizada.

–No. Y la prueba es que, lejos de enfadarse, el padre parecía complacido al final. Eso indica que, de alguna forma, estaba familiarizado con aquella forma de motivación ¿cierto?

–Pues sí –confirmó Rosa Ana

–¿Cómo creen que el papá solía motivar a su hijo? ¿Con halagos? ¿Frases profundas y bien pensadas? ¡No! Seguramente lo hacía a punta de insultos, malas palabras y provocaciones. Y, obviamente, esperaba que el hijo respondiera sin quejarse, sin resentirse. Desde su propio punto de vista, estaba educando a su hijo para ser "hombrecito". ¿Y saben algo? El niño lo estaba aprendiendo ya. ¿Así que cómo creen que ese niño educará en el futuro a sus hijos? Muy probablemente de la misma forma. Educar, enseñar y formar, conllevan un nivel elevado de responsabilidad, pero también involucran un riesgo: el riesgo de que aquellos a los que tratamos de educar, de enseñar y de formar aprendan. No por el hecho de aprender en sí, sino por aprender en la forma incorrecta. Cada aprendizaje, cada información recibida tiene al menos dos formas de emplearse de forma general: en beneficio del hombre o en su contra. Aquel que estudia ingeniería normalmente lo hace creyendo que utilizará sus conocimientos para construir, para crear. Pero les tengo noticias: aquellos que diseñan armas, que se las "ingenian" para determinar la forma más eficiente de destruir a otros seres humanos, también se han llamado "ingenieros". Una bala expansiva no se diseña para otra cosa que estar completamente seguros de que, quien la reciba en un disparo, no necesite una segunda para morir. Si hay algo básico que me gustaría que aprendieran en esta clase es que todos tenemos en nuestras manos el poder de crear y el de destruir por igual. ¿Mi objetivo? Enseñarles que el verdadero hombre, el verdadero ingeniero respeta la vida y el lugar en donde vive él y sus semejantes. Recuerden siempre esto: Lo más importante para el ingeniero es el ser humano. Y me refiero al ser humano como raza y habitante de este mundo, como también me refiero a esa actitud que de vez en cuando adoptamos de "ser humanos". Repito: "¡Lo más importante para el ingeniero es el ser humano!".

Obviamente, la relación con el estudio de la Ingeniería Industrial nos quedó clara.

Raúl Rivera Carreño resultó ser una persona risueña, de voz profunda y fuerte, cuya principal pasión consistía en cautivar con sus enseñanzas a sus alumnos. No era un típico maestro que escribe en el pizarrón esperando que los demás apunten. Era una persona que empleaba el pizarrón esperando que los demás aprendieran. Llenaba sus clases de historias e imágenes que nos transportaban a otros lugares, a otros tiempos, siempre buscando que, a nuestro regreso, pudiéramos reflexionar y pensar. En muchas ocasiones nosotros, sus alumnos, nos llegamos a preguntar de qué escuela había salido tan extraordinario profesor y cómo había llegado a la nuestra. Así lo explicaba él: "Si yo no hubiera sido Ingeniero Mecánico, habría sido Ingeniero Industrial, pero en el tiempo en que estudié no existía la carrera, al menos no en ESIME", y al tiempo de decir "ESIME" ponía una rodilla en el piso en signo de reverencia y volvía a levantarse inmediatamente, provocando risas entre los presentes. "El Ingeniero Mecánico diseña maquinaria y equipos para facilitar los trabajos pesados, el Ingeniero Industrial desarrolla procesos de forma inteligente, conoce cada aspecto de la maquinaria y busca nuevas formas de aplicarlas para ayudar al hombre cuidando su productividad y su propia seguridad. Y aun cuando no existía la carrera de Ingeniero Industrial en ESIME (rodilla en tierra), me siento profundamente agradecido con la escuela en la que estudié. No porque sea la mejor del mundo, ni porque cuente con prestigio ni reconocimiento universal, sino porque es el lugar en donde aprendí, no sólo conceptos, sino muchos principios, en más de un sentido. Espero que algún día ustedes se sientan orgullosos de su carrera y de su escuela, y, al igual que yo, se hinquen y rindan reverencia cada vez que escuchen 'UPIICSA' porque eso querrá decir que ha trascendido en ustedes más allá de los conocimientos adquiridos".

Conforme el semestre fue transcurriendo, conocimos más aspectos del profesor en su forma de impartir su clase. Ninguna sesión era igual a la otra y siempre había algo sorprendente en ellas. Por supuesto que existían definiciones, conceptos, cuestionarios y otros aspectos de la educación tradicional en su clase, pero lo que recuerdo hoy con mayor intensidad son los aprendizajes que obtuve no sólo para mi carrera, sino para mi vida. En una ocasión, sin mayor preámbulo, fue hacia el pizarrón y escribió lo siguiente: F=ma

–¿Qué dice allí? –preguntó señalando la fórmula que había escrito.

–Fuerza igual a masa por aceleración –contestó alguien, muy probablemente Rosa Ana.

–Así es, de acuerdo a la Ley de Newton, la Fuerza que adquiere un objeto en movimiento depende de la masa del propio objeto y es directamente proporcional a la aceleración que desarrolla el mismo objeto. Ahora, ¿qué dice aquí? –preguntó el profesor mientras escribía algo más en el pizarrón: "E=mc2"

–La Energía es igual a la masa por la velocidad de la luz elevada al cuadrado –respondió rápidamente Rosa Ana.

–No –dijo secamente el profesor

–Bueno, la Energía que adquiere un objeto es dependiente de la masa y directamente proporcional a la velocidad de la luz elevada al cuadrado

–No

–Digo, que la Energía de un cuerpo depende de la velocidad de la luz elevada al cuadrado y es directamente proporcional… ¿a su masa?

–No

Silencio.

–¿Alguien más? –inquirió retando con la mirada al resto del salón

Silencio.

–No. Lo que realmente dice allí es: "Newton es un imbécil. Firma Albert Einstein". Newton no consideró cuestiones relativistas y su fórmula es válida únicamente para calcular fuerzas cinéticas y aplica sólo en ciertos escenarios cuando la masa permanece constante. Si tomamos como referencia un cohete que es lanzado al espacio, la masa que el propio cohete pierde en su desplazamiento es totalmente considerable. Los litros y litros de combustible que se consumen durante su ascenso provocan una variación en la propia masa de cohete que hace que la segunda ley de Newton quede totalmente obsoleta y sea poco práctica en estos casos. Einstein determinó que la velocidad de la luz resultaba una mejor referencia para estas situaciones ya que, independientemente de su punto de origen, dicha velocidad nunca varía.

–Bueno, pero eso no significa que Newton haya sido un imbécil, simplemente que no consideró todos los escenarios.

–Lo que en realidad quiere decir es que nadie tiene la verdad absoluta y que cualquier principio o ley puede tener su propio ámbito de aplicación, tal vez hasta su propia vigencia. No, no digo que Newton haya sido un imbécil. Por el contrario, creo que fue un científico genial para su época. Excelente buscador de la verdad. Lo que digo es que hasta los genios tienen sus limitantes. Posiblemente alguien en el futuro determine que la ley de la relatividad de Einstein es incorrecta o incompleta. Mi punto es que todo es mejorable en cada instante y que, pese a las evidencias que otros han mostrado en el pasado, siempre existe la posibilidad de ir más allá, de encontrar nuevos límites fuera de nuestra imaginación pero debemos trabajar y prepararnos para alcanzarlos. No, definitivamente Newton no era un imbécil. Algo que me oirán decir muy seguido durante las clases tiene que ver con la intención con que digo las frases, con el propósito de las anécdotas, con el objetivo de mis palabras: No es lo que digo, sino lo que quiero decir.

Pero sus enseñanzas no se limitaban a frases motivacionales o a relacionar la Ingeniería Industrial con la vida. Sus dinámicas abarcaban mucho más. "A mí me gusta viajar mucho. Cada fin de semana procuro ir a algún estado de la República Mexicana o, con menor frecuencia, a algún otro país", comenzó diciendo alguna vez. "Independientemente de todos los lugares que uno puede conocer, de las experiencias que uno puede adquirir en un viaje, a mí me agrada la sensación de libertad que me da el recorrer lugares que no conozco. Libertad de ir caminando y tener total decisión en dar una vuelta a la izquierda, a la derecha, seguir de frente o simplemente parar. Constantemente recorro lugares donde uno puede seguir avanzando y avanzando y parece que no llegará a ningún lado. Normalmente son lugares poco transitados, llanos, bosques o praderas, en muchas ocasiones. Me he dado cuenta de que, por más cansado que uno se sienta en esos recorridos, siempre es posible dar un paso más. Y tras ese paso, otro, y luego otro más. Así hasta llegar a su destino. Parecería que el hombre estuviera diseñado para seguir caminando mientras todavía tuviera un destino al que llegar. Contrario a lo que muchos pudieran pensar, la resistencia física es más bien un asunto mental. Quienes corren un maratón pasan siempre por un punto en que sus fuerzas flaquean, los dolores en las piernas, en los brazos, en el abdomen, pueden volverse insoportables. Al llegar a este punto, las posibilidades de terminar el maratón se equilibran, independientemente de su preparación. ¿Por qué? Porque en ese preciso momento todo depende de su actitud mental. Un solo instante de duda basta para que las piernas no logren dar un paso más. Primero se rinde la mente, luego el cuerpo, después el espíritu. Todo termina allí. Por el contrario, si el corredor logra sobreponerse mentalmente al dolor, al cansancio, a la desesperación, logrará seguir avanzando. Y seguramente habrá momentos, más adelante en el camino, que volverán a retar su mente, a tratar de mermar su convicción de seguir corriendo. Sólo si logra vencer todas y cada una de las tentaciones de detenerse logrará cruzar la meta", nos dijo una vez. Posteriormente, se colocó en un extremo del salón y miró fijamente hacia el piso. En realidad no había nada raro allí, era el típico piso recubierto por losetas plásticas. Se ubicó sobre una de ellas y eligió un "camino" formado por una hilera de losetas consecutivas. "¿Qué me dirían si les pidiera que caminen por esta hilera de losetas, de un extremo del salón a otro? Sería fácil ¿no? Un camino de 30 centímetros de ancho, de máximo 10 metros de longitud. ¿Qué dificultad podría presentar?". Enseguida se puso a caminar sobre el "camino" con los brazos extendidos hacia los lados, de un extremo al otro del salón. "Sí, en realidad está fácil", dijo. "Es tan fácil que podría hacerlo con los ojos cerrados y yendo de espaldas", afirmó al tiempo que cerraba los ojos y giraba para caminar hacia atrás realizando aquella tarea impecablemente, sin salirse de la ruta trazada. "¿Lo ven? ¿Creen que podrían hacerlo ustedes también?". Y sin esperar a que hubiera respuesta regresó al punto de partida, como preparándose para repetir la hazaña. "¿Pero qué pasa si les digo que hagan exactamente lo mismo aunque con una pequeña diferencia? ¿Qué pasaría si les digo tienen que recorrer el camino de 30 centímetros de ancho, 10 metros de largo, pero que a cada lado del camino existe un abismo?". Inició el camino denotando miedo, como haciendo equilibrio de forma exagerada, sin confianza en seguir caminando. "¡Ay, nanita!", exclamó al tiempo en que puso rodillas y manos al piso, como para seguir avanzando a gatas". Por supuesto que todos reímos ante tal escena, tal vez porque era la primera vez que lo veíamos posar las rodillas sobre el piso sin haber mencionado la palabra "ESIME". Asumiendo nuevamente la posición vertical, preguntó hablando seriamente "¿Por qué nos acobardamos ante una tarea que, de antemano, sabemos que dominamos? ¿Son los riegos los que nos hacen comportarnos torpemente, ridículamente? Definitivamente, nunca hay que restarle importancia a los riesgos pero no tienen que ser justificantes de nuestras inseguridades. ¿De dónde proviene aquel miedo, esa torpeza, aquella indecisión? Sí, efectivamente. De nuestra mente. De nosotros mismos. Nuestra mente es muy poderosa. Sumamente poderosa, diría yo. Pero tiene un defecto enorme: es muy ingenua y se cree todo. ¿Qué pasa cuando a nuestra mente, provista con ese poder inmenso, le decimos 'No puedo'? ¡Pues que se la va a creer! ¿Y qué creen? ¡No vamos a poder! Las barreras más difíciles que un ser humano debe vencer son aquellas que provienen de su propio ser", concluyó.

Quisiera tratar de trasmitir un poco más claras las ideas e intenciones del profesor, así que permítanme presentar la siguiente clase en palabras del propio maestro, tal como las recuerdo:

Iba avanzando lentamente por el tráfico. O mejor dicho, quisiera haber podido avanzar lentamente en ese tráfico infernal de viernes pero la interminable fila de autos amontonados en la calle y los inservibles semáforos me lo hacían imposible. Estaba anocheciendo y, para colmo de males, una torrencial lluvia se dejó sentir inesperadamente. Dentro de mi auto, un Topaz, el ambiente era mucho más tranquilo. La temperatura era bastante agradable, la música sonaba en el estéreo y, aunque difícil de creer, estaba yo disfrutando aquella sensación de privacidad, de intimidad conmigo mismo. Lo único que alteraba aquel estado de paz y serenidad era el estrés provocado por el camión de redilas que tenía enfrente y que bloqueaba mi vista. Me daba la impresión de estar a la deriva, con gran incertidumbre, sin saber qué estaba pasando. Tenía que estar atento de vez en cuando para ver si era posible avanzar unos cuantos centímetros. Decidí que sería mucho mejor estacionarme, dejar de preocuparme por todas las horas que podría pasar atorado en ese embotellamiento. En cuanto tuve la oportunidad me orillé y apagué el motor del auto, dejando que el único sonido que saliera de él fuera el de la música que tanto estaba disfrutando en ese momento. Subí hasta el tope las ventanillas, puse los seguros de las puertas y giré la perilla del volumen para opacar el ruido que producía la lluvia al golpear contra la carrocería del auto. Era un momento sumamente reparador y agradable. Cerré los ojos, tarareé la canción que sonaba en el estéreo y no pude dejar de sonreír inconscientemente. Así duré un rato, no sé cuánto. Sin realmente tener una razón, giré mi cabeza hacia la ventanilla del lado del pasajero y abrí los ojos. La escena que vi fuera del carro llamó enormemente mi atención. Era un hombre que vendía billetes de lotería. Protegía su cabeza con un pequeño impermeable plástico y ofrecía alegremente los billetes restantes a quienes pasaban apresuradamente. Sí, alegremente. Pese a la intensa lluvia, pese a la poca probabilidad de que alguien le comprara un billete mojado, ¡él sonreía! No sólo eso, debía tener un cierto grado de locura ya que, repentinamente, su sonrisa se volvió risa. ¿Cómo podía estarse riendo? Se estaba llevando la empapada de su vida, tenía que aguantar el frío que ya se sentía, nadie le compraba un billete y el tipo seguía saltando alegremente entre los charcos. ¡Riendo! En realidad no lo entendía. La expresión de mi rostro cambió al darme cuenta de todo ello. Pasé de un estado de paz mental a uno de completa estupefacción. Todavía estaba yo asimilando aquella escena cuando, sin saber por qué, reconocí esa rara sensación de estar siendo observado. Era como si la mirada de alguien se posara sobre mi nuca y me provocara girar mi cabeza hacia el lado opuesto. Allí, fuera de la ventanilla del lado del conductor, reconocí mi propia expresión. Aquella que el vendedor de billetes de lotería había provocado en mí. Se trataba de un completo desconocido que iba formado en el tráfico. Su auto era de una marca de lujo, iba vestido elegantemente y mantenía su mirada fija en mí. Sus ojos, su postura, sus gestos, todo expresaba claramente una duda, una cruel pregunta: "¿De qué se ríe ese estúpido? Encerrado en su Topaz, estacionado, sin intención de avanzar, posiblemente escuchando música él solo. ¡Y todavía sonríe!". Inmediatamente me imaginé que, a lo lejos, alguien en un helicóptero estaría mirando a aquel hombre a través de la ventanilla y con lástima pensaría: "¿Y ese de qué se ríe? Atorado en el tráfico, usando traje y corbata al manejar". Y quizás, desde un jet privado, algún otro personaje miraría con pena al conductor del helicóptero y se preguntaría si a alguien más se le ocurriría ir volando con aquella lluvia torrencial. Y así, quizás pudiera existir alguien más observando a los demás sin saber cómo es que alguien, en ciertas circunstancias, se atreve a ser feliz. Y es que la felicidad es una decisión personal, independiente de las circunstancias, creada por nosotros mismos. Nadie puede entender las razones que hacen feliz a los demás porque cada uno de nosotros ha elegido de forma personal aquello que lo hacen disfrutar y sentirse bien. Todos, absolutamente todos, podemos ser felices, es cuestión de atreverse, de decidirse, de querer serlo. En la vida encontrarán situaciones favorables y desfavorables. Tendrán altas y bajas en sus carreras, en sus vidas personales, con su pareja, en aspectos deportivos y políticos. Pero todo es parte de vivir, hay que aprender, mejorar y seguir disfrutando. ¿Qué me hace feliz a mí? ¿Qué me impulsa a seguir viviendo? ¿Qué me da fuerza para sonreír? Simple: Esa expresión inconfundible, esa sonrisa espontánea, esas palabras no siempre pronunciadas, aquello que puedo descubrir de vez en cuando en la cara de mis alumnos y que me da la certeza de que algo de lo que estoy diciendo ha llegado a su corazón. Eso, invariablemente, me hace sonreír.

Pero ningún relato sería suficiente para narrar todas las experiencias vividas durante las clases del profesor Carreño, por más extenso que fuera. Fueron cientos de historias, anécdotas, hechos interesantes. Imposible expresar con exactitud la intensidad de sus palabras, la profundidad de su mirada, las variaciones de su voz, su innegable carisma. Intentar recrear sus clases no logra una imagen cercana a lo que era presenciarlas ¿Por qué entonces estas líneas? ¿Con qué objeto escribirlas? No, no es cariño. De alguna forma, el cariño doblaría tendenciosamente mi juicio y pondría en duda la veracidad de mis palabras. No, es otra cosa. Por alguna extraña razón, su voz sigue resonando en mi mente, su risa sigue provocando la mía, sus relatos siguen inspirando mis acciones. Respeto, admiración, agradecimiento. Esas son sólo algunas de las cosas que me impulsan a escribir este pequeño tributo a una persona inolvidable para mí. Creo que el mayor logro que un maestro puede atesorar es que sus enseñanzas permanezcan vivas en aquellos a quienes él mismo las transmitió. No habría forma de que aquel logro sea atesorado sin ayuda de sus alumnos. Sólo cuando aquellos alumnos, que cada clase abandonaban el salón y parecían retirarse mostrándose indiferentes, regresan y muestran lo que han aprendido, es cuando el profesor empieza a sentir que su labor está rindiendo frutos. Pero ninguna enseñanza estaría completa si no produjera en un discípulo aquella sensación de haber recibido un tesoro, no para poseerlo o esconderlo, sino para transmitirlo.

Recuerdo que, en aquellos días de sus clases, el propio profesor Carreño nos recomendó una película: La sociedad de los poetas muertos. "Representó mucho para mí por el hecho de yo ser un maestro, pero seguramente será interesante para ustedes también", comentó. Por supuesto que la fui a ver y resultó una de mis películas favoritas hasta la fecha. Creo que la parte que más disfruté de aquella película fue cuando los alumnos suben a sus mesas en una especie de homenaje para él. En menor grado, este escrito intenta ser un pequeño homenaje a un profesor que dejó sus enseñanzas más allá del salón de clases y que me hizo comprender que una buena educación no se trata de sacar la mejor calificación en un examen, se trata de sacar lo mejor de uno mismo en la vida. Rodilla en tierra digo: ¡Gracias!

sábado, 20 de noviembre de 2010

Lo que enseñan los niños…

Durante mucho o poco tiempo, todos hemos tenido la oportunidad de mirar en perspectiva el comportamiento infantil. Algunos quizás se las hayan arreglado distrayendo y cuidando a pequeños hermanitos, otros tal vez hayan tenido la oportunidad de jugar con sobrinitos, primos o algún otro familiar más o menos lejano, algunos más posiblemente hayan experimentado la fortuna de tener sus propios hijos y disfrutar diariamente de sus increíbles aventuras. Traviesos, inquietos, curiosos, gritones, tiernos, alegres, los niños siempre nos brindan la oportunidad de observar a alguien en constante aprendizaje… a nosotros mismos. Sí, es cierto que los niños aprenden cosas nuevas todos los días de los adultos pero las lecciones que ellos nos dan son invaluables. He aquí unos ejemplos:

Igualdad.


Los niños no distinguen clases sociales ni situaciones económicas… siempre pedirán juguetes, regalos, ropa, discos y cualquier chuchería como si fuéramos los hombres más ricos del planeta.

Apoyo colectivo.


Sin importar lo bello, vistoso y encantador de sus juguetes, siempre desearán aquel que tiene el niño de al lado… y lucharán a muerte por obtenerlo (todo sea por el bien común).

Amor al arte.


Entre mayor sea la atención que los padres pongan a sus berrinches, mayor será el desarrollo histriónico y teatral que tendrá el niño (y se encargará que su pasión por el drama sea destacado en toda la sociedad).

Unión familiar.


Si bien entre semana es un verdadero sufrimiento hacerlos que se levanten temprano para que desayunen y vayan a la escuela, los sábados y domingos no faltan sus gritos madrugadores y visitas en la cama de los padres haciéndoles saber lo mucho que les gustaría jugar con ellos en esos momentos tan especiales.

Comunicación.


No importa cuánto se las ingenien los padres por mantener el celular resguardado y fuera del alcance de los niños, éstos siempre encontrarán la forma de hacerle saber a todos los contactos que han logrado apoderarse de él.

Reciclaje.


Aprovechando las ventajas de aquellos sillones, sillas y otros muebles que permiten que pequeños trozos de comida queden atrapados en algunas de sus esquinas o compartimientos, los niños nos enseñan que nunca es tarde para que aquellos dulces, palomitas o pedazos de fruta, logren cumplir la función para la que fueron creados. Y si el desagradable sabor fuera un inconveniente, siempre existe la posibilidad de regresarlos a su escondite… hasta la siguiente vez.

Concentración.


Basta con que aparezca en la tele su programa favorito (y aunque no sea su favorito, es más, pueden ser los comerciales) para que podamos apreciar la enorme atención que un niño puede poner cuando se lo propone. Esos momentos son suyos, son privados, no los distraigan, pueden provocar algún tipo de déficit de atención.

Individualidad.


Los juguetes, dulces, accesorios y cualquier otro artículo que pudiera ser compartido… es SUYO. No es del dominio público ni está en red para quererlo compartir. Es totalmente individual. A compartir en Facebook.

Ciencia.


¿Saben qué resulta de combinar refresco, papel de baño, jabón, crayolas, yogur, pegamento, sal de uvas, pelo de animal (y eso que no hay mascotas) y aceite para bebé? ¿No? ¡Ellos pueden orientarlos en cualquier momento! Y si por alguna extraña razón ellos no lo hubieran descubierto aún, no se preocupen, mientras ustedes leen esto y yo lo escribo… ¡¡Niños, qué están haciendo con todo eso!!

Sinceridad.


Nada como escuchar la verdad directa de la gente que amamos… ¿o no? "¿Por qué tienes tantas canas, papá?", "No me gusta la comida que haces, mamá", "Jajaja… ¡se te ve la panza!"

Sencillez.


Juguete ultramoderno, última versión del videojuego, ropa de vanguardia, discos y afiches de su artista favorito: un dineral. Que se pasen horas jugando con una caja de cartón: ¡no tiene precio!

Orden.


Mientras más te esfuerces por alzar todo el tiradero que ellos han dejado por toda la casa, te darás cuenta que ellos vienen atrás de ti… dejando todo justo como lo habían dejado.

Constancia.


No importa cuántos libros de cuentos hayas conseguido para leerles en la noche. Siempre querrán escuchar de tus labios aquel que puedes repetir ya de memoria.

Podría pasarme horas describiendo todas y cada una de las cosas que a diario aprendemos y disfrutamos de los niños, pero me doy cuenta que nunca acabaría. Tal vez de las que me parecen mejores es que el amor de un niño es más grande que su memoria. Sin importar cuánto hubieran llorado por un regaño o cuán largo hubiera sido el último de sus berrinches, al final, mientras se acerca la noche y el sueño comienza a hacerlos su presa, siempre podrás escucharlos decir "Te quiero".

Para quienes creen que esto sólo les pasa a ellos, no se preocupen: Estamos juntos en esto. ¿Cierto…? ¿Hola…? ¿Hay alguien allí…?

Hasta la próxima anécdota.

jueves, 14 de octubre de 2010

Anécdotas de Soporte Técnico – Parte V

Durante mi carrera profesional, siempre me ha resultado interesante encontrarme con situaciones que, para variar, me liberan del estrés y hacen que la tan temida actividad de Soporte Técnico resulte divertida en extremo. Lo que a continuación relato es sólo una referencia sobre las cosas que disfruto de mi trabajo sin que represente, en forma alguna, falta de respeto hacia los usuarios y clientes con los que trabajo. Bueno, una vez aclarada la situación, no se aceptan reclamos y cualquier semejanza con la realidad no es coincidencia.


 

El correo fantasma.

Seguramente esta situación les parecerá conocida: Recibimos una llamada de un amigo, familiar o compañero de trabajo diciendo "Hola, ¿qué te pareció el correo que te mandé?". "No tengo ningún correo tuyo" es nuestra respuesta inmediata tras revisar todas las carpetas de nuestro sistema de envío y recepción de correos electrónicos. Ya saben, empieza casi inmediatamente la cascada de preguntas que forman un interrogatorio digno de cualquier capítulo de "La Ley y el Orden". ¿Cuándo me lo mandaste? ¿Seguro que era mi cuenta? ¿Qué decía? ¿Cuánto medía? ¿No tendría virus? ¿Sí tienes bien mi dirección de correo? ¿Seguro que lo mandaste? ¿Ya salió de tu "Outbox"? ¿Sí me lo mandaste a mí? ¿No se lo mandaste a alguien más? ¿Me puedes deletrear mi dirección de correo para ver si lo tienes bien? ¿Mayúsculas o minúsculas? ¿Cuándo dices que, según tú, me lo mandaste?

Bueno, pues una vez que pusimos en entredicho la credibilidad de nuestro interlocutor y que le hicimos saber que seguramente fue él quien hizo algo mal, nos enteramos que, por alguna extraña razón, el correo simplemente desapareció, se esfumó, se perdió en el camino o tal vez haya sido capturado por algún "hacker" interesado en conocer todas y cada una de las tonterías que escribimos. La realidad es que, en la mayoría de los casos, los correos no dejan de existir ni se convierten en mensajes fantasmas que, si son afortunados, regresan recogiendo sus pasos hasta el servidor que los vio nacer notificando al usuario que, por causas fatales, no pudieron ser entregados. Debo advertir que la frase clave en la oración anterior es "en la mayoría de los casos".

Antes de continuar, aclaro que están leyendo la opinión de un experto que se mantiene escéptico ante la actividad paranormal a la que se somete diariamente un servidor de correo electrónico. Sin embargo, lo que están a punto de leer resultó impactante para mí ya que pude atestiguarlo vía el uso de herramientas intensivas de rastreo de correos y es completamente real.

Dejando a un lado el sarcasmo (sólo por un momento), les platico que las razones más comunes por las que un correo electrónico puede "desaparecer" es porque existen sistemas que examinan cada uno de los mensajes que son enviados en las empresas. Dependiendo de ciertas reglas que los administradores del correo electrónico definen, dichos sistemas "examinadores" pueden bloquear, filtrar o poner en "cuarentena" ciertos mensajes. Posiblemente algún correo tiene insertado algún archivo que resulta muy grande y estos sistemas rechazan correos que rebasan cierto tamaño. Otra situación pudiera ser el contenido del correo, como groserías, temas sexuales, anti-raciales, discriminatorios, entre otros. Quizás el correo contiene archivos que, si el usuario que los recibe llega a abrir, ejecutan ciertas instrucciones que pudieran tener algún fin "malicioso". Otros son simplemente publicidad o correo no solicitado que ya ha sido identificado como "spam". En otras situaciones puede ocurrir que el mensaje no es entregado simple y sencillamente porque el servidor está experimentando algún problema técnico. Olvidemos por un momento la intervención humana que, para fines de dar tranquilidad a los usuarios que leen esto, no existe ¿ok? Ni lo mencioné siquiera. Dije que lo olvidemos.

Resulta que, en una ocasión, uno de los directores de la empresa de unos clientes con los que trabajo envió un correo a otros directores. Este tipo de correo generalmente es confidencial, ultra secreto y de alta prioridad, no importa lo que diga. Esto no tendría nada de extraordinario a no ser porque, inexplicablemente, las cosas no salieron como ellos esperaban. El correo original decía algo así como "Les mando el archivo con la presentación que se verá en la siguiente reunión con Fulanito". Después de revisar el correo, uno de los directores que lo recibió contestó "Favor de enviarle el archivo a Fulanito en formato PDF para que no pueda ser editado". Lo que pasó a continuación fue inverosímil. Otro director que recibió el correo contestó "¿Cuál archivo? A mí no me llegó el archivo". No, no, no, no, no. No quiero decirles el problema que se armó: El siguiente correo que salió del director principal fue para la gente que administra el correo diciendo que era inconcebible que no se pudiera garantizar que los correos les llegaran a los directores. Que todos eran una bola de incompetentes, indignos de estar trabajando allí y que no merecían llamarse administradores si no lograban saber dónde se estaban quedando los malditos correos. Bueno, tal vez eso último no lo dijo él, pero yo… sí creo que lo pensó.

Casi le acababa de dar "Enviar" a su correo el director cuando todos los administradores se pusieron como locos tratando de encontrar el mensaje desaparecido. O mejor dicho, el archivo adjunto desaparecido (lo cual es todavía más misterioso). Si lo analizamos detenidamente, es poco probable que un mismo correo llegue a ciertos destinatarios con archivo adjunto y a otros sin él. Aun así, puede llegar a ser posible que ocurra si las reglas de los diversos sistemas "examinadores" de correos no tienen reglas idénticas. Sin entrar en muchos detalles técnicos, sólo mencionaré que en menos de 10 minutos ya estábamos como 10 personas involucradas buscando el famoso archivo por todos los lugares por los que pudo haber pasado. Cabe mencionar que toda nuestra búsqueda dependía de estar monitoreando el tamaño del correo en cada uno de los sistemas por los que fue pasando. Es decir, no teníamos forma de abrir el mensaje y "ver" si el archivo estaba allí cuando pasaba por cada servidor. Dependíamos totalmente de verificar que el tamaño del correo no hubiera disminuido considerablemente en algún punto.

Tras varias horas de análisis, verificaciones y re-verificaciones, llegamos a la siguiente conclusión. El tamaño del mensaje no disminuyó en toda la ruta que siguió. Ningún sistema "examinador" reportaba que hubiera filtrado el archivo y, como consecuencia, nuestro diagnóstico experto era que el correo había llegado íntegro al destinatario. Si, lo sé. Era un diagnóstico arriesgado, no porque fuera incorrecto, sino porque iba a contradecir directamente a un dios, digo, a un director. ¿Cómo decir que el archivo sí llegó cuando él ya había establecido que no lo había recibido? Si por alguna razón, el director demostraba que el archivo no estaba en el correo, el puesto de más de uno estaba en peligro. Esa era otra limitante que teníamos: a un dios, digo, a un director no se le cuestiona. Si él decía que el archivo no había llegado había que creerle. No era necesario que proporcionara ningún tipo de evidencia. ¿Dónde había quedado ese endemoniado archivo?

Para ese entonces, todo mundo dentro de mi empresa estaba buscando explicaciones, alternativas. Incluso el cliente había solicitado (exigido) saber si existía alguna herramienta destinada a monitorear que los archivos hubieran llegado a su destino. Gerentes de cuenta, consultores, gerentes de producto, ingenieros de soporte técnico, ingenieros de preventa, la recepcionista, el bolero y uno que otro de los vigilantes se involucraron para dar una solución. No sé cuántas horas-hombre se invirtieron en la investigación. Creo que hasta un grupo de desarrolladores estaba listo para "inventar" la herramienta en caso de que no existiera. Pero lo principal ahora era localizar el archivo, así que los exorcistas fueron regresados en avión a sus lugares de origen.

Tratando de no cerrarnos a la posibilidad de que tanto el director como nosotros tuviéramos razón, se nos ocurrió que todavía existía otra alternativa: Quizás él tuviera instalado en su computadora algún sistema de revisión de correos que le hubiera filtrado el correo por alguna situación. Sí, era poco probable, pero los dioses tienden a ser desconfiados de todo. A veces los directores también. Uno de los administradores solicitó acceso a su computadora para analizar el caso e, increíblemente, el director aceptó. Aunque tenía que ser a una hora en que él no estuviera presente. De preferencia, muy temprano por la mañana para no tener la necesidad de ver el rostro de los mortales. Y así fue. Un equipo de investigadores forenses llegó a la computadora del director el día siguiente, mucho antes de que él se apareciera por su oficina. Conocían el texto incluido dentro del "Asunto" del mensaje así que su primer intento fue localizar el archivo perdido buscando dicho texto en los mensajes que estaban en la "Bandeja de Entrada" de su sistema de correo electrónico. Nada. No existía el correo original, sea con o sin archivo adjunto. Se decidió entonces ampliar el rango de búsqueda pensando que el sistema hubiera catalogado el mensaje como "correo no deseado". Nada tampoco. En un esfuerzo sobrehumano (aunque todavía mortal) por encontrar el tan mentado correo (literalmente), se extendió aún más la búsqueda. Esta vez se buscaría en todas las carpetas, en todos los posibles repositorios de correo existentes en la computadora. Después de algunos minutos de intenso procesamiento, la búsqueda terminó. Y fue así como apareció. Sí, apareció.

Claro, el hecho de que apareciera no indicaba nada. Podía aparecer sin archivo y estaríamos exactamente donde empezamos. Curiosamente, el correo estaba allí… con el archivo adjunto. ¿Pero cómo pasó? ¿Por qué, si el archivo estaba allí, el director aseguró que no lo había recibido? ¿Por qué hizo tanto relajo y generó la movilización de tanta gente si el archivo estaba allí desde el principio? Bueno, tal vez estas preguntas pueden contestarse sabiendo dónde apareció el tan buscado correo. Resulta que toda la investigación llevó al siguiente descubrimiento: El correo estaba en los "Elementos eliminados". Como dato al margen, aclaro que no existe razón alguna por la que un correo pueda irse directamente a "Elementos eliminados" sin intervención del usuario. No, por muy chocarrero que un correo pudiera ser, no se va moviendo de carpeta en carpeta de forma aleatoria hasta aterrizar en donde se le pegue la gana. Normalmente no funciona así. Claro, una posibilidad es que el usuario tuviera definida alguna regla que automáticamente moviera ciertos correos a "Elementos enviados". Mucha gente hace eso pero de forma consciente. Yo, por ejemplo, empleo una regla que manda los correos de mis jefes a "Elementos eliminados" pero también les manda un correo de respuesta automática que dice "Ok, lo checo y te aviso en cuanto sepa algo". Consideración ante todo.

Pero en este caso, el usuario no tenía definida ninguna regla similar. No había ningún sistema extraño que analizara correos y los moviera a algún dispositivo móvil una vez que llegaran a la computadora. No, tenía que ser algo más. Podría ser un virus. ¿Existe algún virus que mande ciertos correos enviados por otros directores directamente hacia "Elementos eliminados"? Por curiosos que suene… sí, existe. Temo, sin embargo, que no es un virus informático y tampoco se tiene vacuna contra él. En general, se propaga rápidamente en el ambiente y sólo podrá detenerse cuando exista remedio contra enfermedades raras como la estupidez, la insensatez y otros males que hoy son incurables. No sé si los dioses procesen las peticiones de sus fieles seguidores mediante el apoyo de asistentes dedicados exclusivamente a depurar todo lo que va llegando a la "Bandeja de entrada". Tal vez los dioses no, pero los directores sí. Un grupo de cinco personas se dedica a que sólo lo verdaderamente importante sea leído por el director en cuestión. Claro, a alguien no le pareció importante el mensaje que del otro director y, como Fulanito es un nombre que no le sonó conocido, pues borró el correo. Curiosamente, nadie borró las respuestas subsecuentes y el director ya sólo se enteró de parte del chisme.

Pero lo peor no es eso. Nada tiene que ver que alguien borre correos, que se utilicen recursos tanto de la empresa como de proveedores, que se humille y presione a los colaboradores. Lo importante es sólo una cosa: Los dioses y los directores nunca, nunca jamás, se equivocan. Pese a todas las evidencias que se encontraron, hoy todavía sigue viva la petición sobre monitorear que los archivos lleguen bien en todos los puntos por los que pasa el correo. Claro, sólo para los directores. Los demás… bueno, lo checo y les aviso en cuanto sepa algo.

Hasta la siguiente anécdota…

domingo, 5 de septiembre de 2010

Allí estaba yo…

Allí estaba yo, por la tarde, viendo cómo su respiración se hacía más difícil cada vez. Llegué a comparar esa respiración con un profundo ronquido que pocas veces lograba apagarse. Sus ojos, en el mejor de los casos, quedaban entreabiertos, como si se negaran a cerrarse por completo. Eso sí, el movimiento de los globos oculares era continuo, yendo de un extremo al otro sin cesar.

Se acercaba la noche y sabía yo que era mi turno de permanecer en vela, procurando que, en caso de necesitarse, pudiera yo auxiliarlo (aunque ese auxilio fuera limitarse sólo a buscar ayuda de alguien más). Traté de descansar un poco las horas cercanas a la medianoche, cuando mi mamá y mi tía seguían despiertas procurándole los últimos cuidados del día. No, no pude descansar realmente. Alrededor de las 11:30 de la noche, mi tía me llamó para darme las recomendaciones pertinentes. “Pueden pasar dos cosas durante la noche”, me indicó. “La primera es que surja otra convulsión y hay que cuidar que no se golpee ni se lastime con algo. En realidad no hay mucho que hacer en ese caso pero, si pasa, llámanos inmediatamente”, continuó. “La segunda cosa que puede ocurrir es que deje de respirar”, dijo casi sin inmutarse. Por un momento quedé en espera sobre las indicaciones que tendría que seguir si eso ocurriera. Había dicho que en el caso de las convulsiones no había mucho que hacer, en el segundo caso ¿qué podía hacerse? La respuesta no llegó. Sólo concluyó la frase diciendo “Llámanos en cualquier caso”. Se dirigió hacia donde él estaba y alzando la voz un poco más de lo normal le dijo al oído “Joss, ya nos vamos a dormir. Aquí se queda Julio, tu hijo, contigo, cuidándote. Todos te queremos mucho y no tienes nada de qué preocuparte. Tu familia está tranquila. Ve con Dios”. A lo largo de todo ese día mucha gente se había esforzado en hablarle y generalmente terminaban su conversaciones con esa misma frase: Ve con Dios.

Finalmente, todos se fueron a dormir. Yo preparé un libro que planeaba leer durante el transcurso de la noche para mantenerme despierto y lo más alerta posible. Acomodé una silla de forma que quedara frente a él, viendo cualquier cambio que pudiera haber, estando atento a cualquier situación que pudiera emerger. La única luz que estaba encendida apenas alumbraba lo suficiente como para que yo pudiera realizar mi lectura y rápidamente cansó mi vista. Después de leer un capítulo dejé el libro a un lado y traté de mantenerme alerta. Habían pasado sólo unos minutos después de la medianoche y todo parecía transcurrir de forma normal. Mentalmente cuidaba cada aspecto en su cuerpo recordando aquellas dos situaciones que podrían ocurrir: Convulsiones o dejar de respirar. Debido a la poca luz de la habitación, decidí que sería más fácil monitorear la situación agudizando mi sentido del oído. En caso de una convulsión la cama de hospital que mi mamá había rentado comenzaría a moverse violentamente y produciría el típico ruido de tubos y resortes resistiendo la tensión. Y, debido a la dificultad que en ese momento tenía para respirar, escuchar los cambios en sus inhalaciones y exhalaciones no resultaba tan complicado.

Así que, allí estaba yo, sentado en aquella incómoda silla, sin zapatos y con la cabeza recargada en uno de tantos libreros que todavía permanecen en la casa. Repasé mentalmente cada uno de los sonidos que llegaban a mí: Su fuerte respiración, el tic-tac del reloj de pared, un motor destinado a producir un ligero masaje en su espalda. Pasaron unos minutos y, con cierta extrañeza, me percaté de que el ruido más predominante en la habitación era el del tic-tac del reloj de pared. Algo preocupado, me levanté de la silla y fui a revisar. Efectivamente, la respiración había dejado de ser tan sonora como en las últimas horas, sin embargo, el movimiento ascendente y descendente de su abdomen me indicó que la respiración no había cesado. Me relajé un poco aunque mi cuerpo mantenía un extraño temblor ligero pero constante. Hoy sé que, más que un simple temblor, lo que estaba sintiendo era miedo. No, no era miedo a que mi padre dejara de respirar o a que sufriera alguna convulsión horrible mientras yo estuviera allí. No. Era un miedo mucho más estremecedor para mí. Era miedo a quedarme dormido y no notar a tiempo que alguna de esas situaciones estuviera ocurriendo. Era miedo a dejarlo ir sin que alguien estuviera allí, sosteniéndole la mano. Mientras estaba parado junto a su cama, viéndolo con la escasa luz que había, noté que su respiración comenzaba a hacerse débil, cada vez irremediablemente más débil. Pude ver cómo los ascensos y descensos de su abdomen eran menos marcados. Con ansiedad sostuve su mano entre las mías, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. Sentí el frío de su mano al mismo tiempo que dejaba de percibir tanto el sonido de su respiración como el movimiento en su abdomen. Había pasado. Aquella situación que mi tía había descrito apenas unos minutos antes me tocó presenciarla a mí. Había dejado de respirar. Lentamente solté su mano y la acomodé junto a su cuerpo. Una sensación de urgencia se despertó en mí. Tenía que avisar, tenía que despertar a mi mamá y a mi tía para avisarles lo que había pasado. Por alguna razón, sentí que tenía que ser rápido, sentí que era urgente. Corrí a la primera habitación donde dormía mi tía. “¡Lupe!… ¡Lupe!… ¡¡Ven rápido, dejó de respirar!!”, fue mi única explicación. Al escucharme, ella se levantó y echó a correr hacia la habitación donde él seguía sin moverse. “¡Avísale a tu mamá!”, me ordenó sin más. Salí corriendo nuevamente a despertar a mi mamá. “¡Mamá!… ¡Mamá!… ¡Ven!”, dije. Por alguna razón, no pude decirle qué pasaba, no pude ser tan claro con ella. “¿Otra convulsión?”, preguntó. No salió una palabra de mi boca, sólo pude mover mi cabeza indicando una negativa. Corrimos hacia la habitación de mi papá y allí estaba mi tía acariciándole el rostro. Con los ojos llenos de lágrimas volvió su cabeza hacia donde estábamos mi mamá y yo y nos dijo “Ya se fue, ya está con Dios”. Mi mamá se acercó tiernamente hacia el rostro de mi papá y lo besó. Un tierno abrazo siguió a aquel beso y pensé que en ese momento mi mamá se desmoronaría de tristeza. Pero, para mi sorpresa, ella se incorporó más fuerte que nunca y le dijo “Ya estás con Dios”. Sacó un libro de rezos y comenzó a leer en voz alta las oraciones que en estos casos le resultaban las apropiadas, de acuerdo a su enorme fe. Yo miraba de pie toda la escena. Finalmente, era una escena de paz.

A ese momento siguieron momentos fríos, llenos de trámites, de comunicaciones de la noticia, de reflexión. Volví a mirar la habitación que ahora se sentía tranquila y descubrí que en una pequeña mesita a su lado todavía se encontraba un disco compacto que le había yo regalado apenas unas semanas atrás. Era un compendio de obras de ópera. No era una coincidencia que hubiera elegido ese disco para regalárselo. No, había una razón especial. Crecí escuchando la interpretación de la ópera Nabucco. ¿Qué tenía de especial esto? Simplemente que era mi papá quien la interpretaba, que era él quien con su potente voz llenaba el departamento donde vivíamos cuando yo era niño. Y todos sabíamos que cantaba sólo cuando se sentía muy feliz.

Va, pensiero, sull'ali dorate;
va, ti posa sui clivi, sui colli,
ove olezzano tepide e molli
l'aure dolci del suolo natal!

Así iniciaba aquella pieza de Guiseppe Verdi. Traducido al español diría algo así:

¡Ve pensamiento, con alas doradas,
pósate en las praderas y en las cimas
donde exhala su suave fragancia
el dulce aire de la tierra natal!

Va mi pensamiento contigo, papá, al escribir estas líneas. Recordando todas tus enseñanzas, todos tus esfuerzos por inculcarnos una actitud de bien. Olvidando tus errores, si es que alguna vez los tuviste. Admirando tu dedicación al aprendizaje, pero sobre todo, a la enseñanza. Honrando tu vocación de servir a los demás, de ayudar a los necesitados, de cuidar a los enfermos. Venerando el amor incondicional a tu familia, a tu espacio, a tu comunidad, a los que te rodeaban. Mirando con profundo respeto todas aquellas cualidades que tenías y que nos intentaste transmitir: responsabilidad, dedicación, constancia, esfuerzo, disciplina, mucha disciplina. Anhelando algún día llegar a ser una persona tan querida como lo fuiste dentro y fuera de la familia. Comprometido a honrar tu nombre, tus acciones, tus enseñanzas.

Fuiste siempre un hombre ejemplar. Eso lo tengo muy claro, lo tengo marcado en el alma. Lo sé y me consta porque nadie me lo tiene que contar: Allí estaba yo… y lo agradezco. Gracias, papá.

Ve con Dios.

viernes, 23 de abril de 2010

Jornadas vueltas…

Muchos podrán criticar las redes sociales y la forma en que la gente se vuelve adicta a ellas cada vez más frecuentemente. Sí, debo admitir que, más que un gusto, es casi un vicio lo que siento al estar revisando cada cierto tiempo los comentarios en Twitter y los ‘status’, notificaciones y mensajes en Facebook. Y no es que necesite estar pegado a la computadora para hacerlo, uno de los mayores usos que le doy al celular es precisamente consultar estas y otras redes sociales cada vez que puedo. Sin embargo, es justo decir que mucha de la información que uno lee allí no necesariamente es relevante, y en ocasiones pueden resultar hasta contraproducentes las cosas que uno publica. Pero, ante todo, creo que las redes sociales son excelentes medios para mantenernos comunicados con mucha gente. Bueno, a veces con más gente de la que quisiéramos, créanme.

Lo que hoy les quiero platicar tiene que ver justamente con la forma en que, gracias a las redes sociales, hoy podemos compartir (aunque sea virtualmente) estados de ánimo, juegos, regalos, comentarios y, si somos un poco más afortunados, podemos también encontrar a aquellas personas con las que solíamos convivir años atrás y que, por todas las vueltas que da la vida (y por las que la vida nos hace dar), dejamos de frecuentar hasta que llegaron a convertirse en meros recuerdos dentro de nuestra muy olvidadiza mente.

Pero antes de entrar de lleno a este tema, déjenme platicarles un poco sobre cómo empezó toda esta historia, cuando aquello del Internet era algo totalmente desconocido para la mayoría de nosotros y las computadoras sólo las compraban aquellos que podrían haberse considerado los primeros ‘geeks’ que, aburridos de ver películas en su videocasetera Beta Max II, se ponían teclear comandos para crear, editar, guardar e imprimir (en impresoras de matriz de puntos, las de cartucho de cinta) los muy rudimentarios documentos que podían realizarse usando programas como el WordStar, el Chi-Writer, entre otros. Los más aventurados podían manipular una mayor cantidad de datos usando Lotus 1-2-3 y aquellos con más interés se dedicaban a programar en lenguajes de no sé qué generación para hacer que una pelotita (bueno, tal vez era la letra ‘O’ en realidad) rebotara en los bordes de la pantalla monocromática con el típico color verde de sus caracteres. Si con lo anterior no les quedó claro, estoy hablando ya de hace mucho tiempo atrás, casi 20 años antes de escribir este documento en mi laptop que cuenta con red inalámbrica, lector de huella digital, bluetooth y otras tantas características que pocas veces utilizo. En esa época de oscuridad tecnológica personal, mis mayores fuentes de diversión incluían jugar basquetbol y reunirme con un gran grupo de amigos los sábados. Este grupo de amigos del que les hablo era en realidad un grupo que organizaba retiros para jóvenes apoyados por la comunidad religiosa. A estos retiros les llamábamos ’Jornadas’. De hecho, se les sigue conociendo con el mismo nombre todavía (no todo cambia con el paso de los años) y existen cientos, tal vez miles, de grupos que siguen organizándolas. A grandes rasgos, una Jornada se trata básicamente de que los asistentes se conozcan a sí mismos, que conozcan lo que los rodea y que, a final de cuentas, puedan orientar sus valores, virtudes, pasiones hacia un objetivo positivo que permita que otros sigan sus pasos.

Pero después de todo este breviario cultural, filosófico y, sobre todo, histórico antiguo, lo más importante respecto a las Jornadas es la cantidad de personas que se logran conocer en tan poco tiempo. Si de algo me siento afortunado, es de haber podido convivir con muchísima gente en aquella época. Desafortunadamente, y como en muchas ocasiones lo he mencionado, mi memoria no ha sido muy buena últimamente y he llegado a pasar por situaciones bastante embarazosas en las que más de una persona llega a saludarme muy efusivamente argumentando que nos conocimos en las Jornadas, pero en mi mente no logra fijarse ni la más mínima idea del nombre de quien en ese momento casi me está abrazando de alegría al verme. Para mi fortuna, la gente que con la que conviví más tiempo ha quedado de forma imborrable en mi mente (aunque por las situaciones que recuerdo, tal vez a ellos les hubiera resultado más conveniente que no recordara mayores detalles). Por ejemplo, entre las personas que conocí desde el principio de mi aventura en el mundo ‘jornalero’ está Perla. Ella era una chica sumamente tímida (más que yo, incluso) que solía sonrojarse fácilmente ante cualquier broma o comentario un tanto subido de tono. Tenía una dificultad muy grande para hablar en público y, dado que en las Jornadas nos dedicábamos a actuar y a dar pláticas, esto era realmente un problema para ella. Con enorme gusto, pude ver después de algún tiempo cómo “la niña Perlita” (como solíamos decirle) se iba animando poco a poco a dar pláticas venciendo el pavor que le provocaba pararse ante alguna audiencia (que en ocasiones rebasaban el centenar de personas). Ver la evolución de una persona para mí resultaba tremendamente gratificante y hacía que valorara el tiempo que dedicaba a organizar y planear las Jornadas (normalmente tomaba unos 4 ó 5 meses preparar cada una). Una persona que animaba mucho a Perlita era Araceli. Bueno, hablar de Araceli me llena la mente de muchos recuerdos. El primero de ellos que me viene a la memoria fue cuando la vi por primera vez. Yo era asistente (o sea “primerizo” en Jornadas) y ella era auxiliar (o sea… bueno, ya llevaba más tiempo allí), estábamos en la hora de la cena y ella estaba tocando la guitarra y cantando algunas canciones. Me llamó la atención que supiera tocar la guitarra pero también su hermosísima voz, que no era lo único atractivo en ella. Lo siguiente que noté fue su florido vocabulario y su risa contagiosa. Tenía siempre una plática alegre y era feliz “pintándole huevos” a quien se pusiera enfrente. Quienes la conocen saben que no miento al respecto. Quienes no la conocen podrán darse cuenta, por el tipo de comentarios que estoy haciendo sobre ella, que fue para mí una gran amiga y, por algún tiempo, una novia muy querida. Araceli tenía dos hermanos, uno mayor (Ramón) y uno menor (Javier). Los tres formaban el grupo de hermanos más alegres de que tenga yo memoria y todos formaban parte del grupo de Jornadas al que yo pertenecía.

Alguien a quien no puedo dejar de mencionar es a Luis Rey. Luis Rey era estudiante de medicina en ese entonces y no sabía distinguir los beneficios del alcohol de 96 grados contra los del merthiolate. Dada la impresión de ser un chavo tímido y serio, hasta que lo conocíamos un poco más. Era un verdadero desmadre. Eso sí, daba las mejores pláticas que jamás he escuchado. Su frase favorita al echar relajo era “te voy a hacer el amor”. Obviamente, cuando decía “Perlita, te voy a hacer el amor”, Perlita salía corriendo completamente roja de la pena ante semejante amenaza. A Luis Rey le gustaba jugar con los muñecos “Ziggy” tomándolos de brazos y piernas para simular que saltaban de un trampolín, lo que resultaba tierno para las chicas que observaban el acto, hasta que Luis Rey comenzaba a propinarle al Ziggy tremendas cachetadas que provocaba que todas quisieran arrebatarle el querido muñeco. Después de algún tiempo, se unió al grupo Esmeralda, que es hermana de Perla. Por diversas asociaciones y juegos de palabras con el nombre de Perla, a Esmeralda le llamábamos Ostrita. Ya saben, la Perla y la Ostra que… bueno, hoy no me parece tan gracioso, pero en ese entonces resultaba casi un chiste y de allí el sobrenombre de Esme. Ostrita siempre estaba bromeando con todos y riendo. Recuerdo que solía gritarme durante las comidas de las Jornadas cosas como “Julito, ¿verdad que me quieres mucho?”, a lo que yo, invariablemente, contestaba gritando “Ostrita, ya sabes que no”. Esto provocaba risa en ella y en todos los que nos escuchaban. La verdad es que la quería mucho y la sigo queriendo hasta hoy.

También podíamos encontrar dentro del grupo a verdaderos aficionados del deporte. De hecho, al que hasta hoy considero el fanático número uno del América y de los Acereros es Ricardo, que participó también en nuestro grupo. A Ricardo lo podían tratar de molestar haciendo alusión a su físico (era el más flaco del grupo, según creo) pero nada lo podía alterar más que una derrota del América (y no necesitaba ser contra las Chivas). Narraba partidos de futbol imaginarios de forma magistral y con tanta naturalidad que todos sabíamos que la mejor forma de ser feliz en su vida era dedicándose a algo relacionado con la locución, la crítica y el deporte. Personaje siempre bromista, risueño y parlanchín contagiaba una curiosa alegría simplemente por platicar unos segundos con él. Otra persona de la que ya hablé en alguna entrada anterior es Nayeli. Nayeli siempre llamaba mi atención por su simpatía y eterna sonrisa. Es una persona increíblemente creativa y amante de la naturaleza. Tenía una letra tan bonita que era fácil descubrirla cuando jugábamos al “amigo secreto” y porque sus cartas siempre estaban llenas de dibujitos que la delataban inevitablemente. En ese entonces estudiaba Biología y actualmente trabaja en un complejo ecológico que he tenido oportunidad de visitar en varias ocasiones. Y alguien que definitivamente nadie podría olvidar después de haberlo conocido es Gabriel, mejor conocido como ‘Lewó’ en Jornadas. Lewó era el nivel siguiente del desmadre inagotable. Comentarios, sarcasmo, bromas, poses, gestos, cartas, dibujos. Todo le daba una personalidad única que combinaba con una lealtad enorme hacia sus amigos. Aparte del diseño gráfico, era un estudioso de idiomas y en ese entonces su favorito era el francés, gracias a lo cual lo descubrí alguna vez en el juego del “amigo secreto” porque se refería a mí como “Julito avec C” (Julito con C), y a lo que una compañera ingenuamente preguntó “¿Julito con C? ¿Julitoc?”. Eso dio origen a uno de mis apodos de ese entonces: Julitoc.

Podría pasarme horas y horas platicando sobre la gente que conocí entonces pero para no hacer más cansado este relato y seguir adelante, sólo me permitiré mencionar a otras personas que también recuerdo con enorme cariño y que no porque no escriba más de ellas significa que no las aprecie de la misma forma. Así puedo mencionar a Norma Peregrina, La Pidos, La Pelos, Hugo, Claudia Shanaz, Luis Ramón, Paty, Arturo, Angélica, Héctor, Pedro, David, Martha, El Madas, Bere, Andrés, Tania, Dagmara, Claudia, Noé, Oscar, Nishi, Andrea, Kika, Ivonne, Cacho, etc, etc. Sé que hay muchos, muchos más y les ofrezco de antemano una disculpa por la omisión en este documento, pero mi memoria es más traicionera cuanto más trato de obtener de ella.

Pero como siempre pasa, tarde o temprano en nuestra vida, llegamos a un punto en que por alguna decisión personal, profesional, espiritual o de otras índoles, debemos dar la espalda a todo aquello que hemos obtenido, a todas aquellas personas que hemos querido y optamos por tomar caminos diferentes a los que hemos recorrido hasta entonces. Es así que, por circunstancias que prefiero no detallar ahora, tuve que dedicarme a otros asuntos y, al cabo de no mucho tiempo, le perdí la pista a la gran mayoría de las personas con las que había convivido tantos años. Por supuesto que conocí más gente, tuve nuevas experiencias que viví y, tal vez, disfruté. Pero hay una relación indescriptible con aquellas personas con las que se “vivían” las Jornadas allá “arriba”. Palabras tan simples como “cinito”, “Jederman”, “un alto” conllevan mucho más significado que las propias palabras para nosotros. Por eso, conforme fueron pasando los años, nunca he podido arrancarme la nostalgia que siento al recordar aquellos tiempos. Siempre preguntándome qué habrá sido de cada uno, qué caminos habrán tomado. ¿Serán felices ahora? ¿Habrán triunfado? ¿Cómo serán físicamente en la actualidad? ¿Me recordarían si me vieran? ¿Recordarían las pláticas que dí y las que ellos mismo dieron? ¿Dónde vivirán? Por supuesto que sería ingenuo el siquiera suponer que puedo encontrar respuesta a cada pregunta para cada persona que recuerdo, pero al menos nunca perdí la esperanza de volver a saber de algunos. Sin embargo, pasaron años y años, y era muy esporádico el contacto que tenía con alguno de ellos. Llegué a pensar muchas veces que no volvería a saber de ellos y que mi mejor oportunidad consistía en mantener vivos mis recuerdos mediante alguna foto, alguna carta, algún detalle encontrado en otras personas. Sobra decir que esto me amargaba lentamente conforme el tiempo pasaba. Me dediqué, pues, al trabajo, a la familia. Y como en ninguno de estos dos aspectos he conseguido ser medianamente bueno como quisiera, siempre me aturdía la sensación de haberme considerado bueno actuando y dando pláticas en las Jornadas. De cualquier forma, mi esfuerzo no ha sido poco con respecto a mis nuevas ocupaciones, pese a que muchos dirían lo contrario.

Como creo que a todos los que hemos incursionado en el terreno de las redes sociales nos pasa, un día recibí la invitación de alguien más para unirme a alguna de ellas. Sin mucho ánimo, decidí crear una cuenta y ver qué podía haber allí. De inicio todo era confuso. ¿Qué se supone que debe hacer uno dentro de una red social? ¿Debo incluir a toda la gente que me solicitar ser su “amigo”? ¿Debo hacer algo más que entrar y ver qué hay? ¿Cada cuánto es recomendable actualizar mi ‘status’? ¿Debo esperar que alguien me contacte? ¿Quién puede leer lo que escribo? ¿Microblogging? ¿Tags?

Está bien, no vayamos tan deprisa. La principal función de la red social es comunicar y mantener el contacto con otros. Pero quizás de las partes más interesantes es la conexión de amistades que se dan entre las personas. Una de ellas te puede llevar a otras y a otras a su vez. Así, de forma paulatina, es posible ir hilando y conectando puntos hasta llegar a alguien cuyo rostro no has visto en muchos años. Bueno, tal vez el rostro que vemos ahora no es el mismo que conocimos pero definitivamente sabemos que es la misma persona. De forma por demás increíble, logré en unos meses contactar a personas que durante años había pensado que no volvería a ver.

En un principio me encontré con Nayeli y tuve la oportunidad de verla ya en varias ocasiones (ver Por los árboles morados para más detalles). Luego encontré a Perlita y a Esmeralda. Poco a poco fueron apareciendo Lewó, Ricardo, Nishi, Cacho, etc. Aún con todo esto, no había podido realizarse una reunión más grande (aunque en la fiesta de cumpleaños de Nayeli encontré a Oscar y a Benjamín). Siempre pensé que coordinar agendas podría resultar más fácil cuando nos encontráramos en las redes sociales. Pero los compromisos nuevos, las nuevas actividades e inclusos las nuevas residencias hacen complicada cualquier reunión de más de 3 personas.

Teniendo en cuenta esto, me sorprendí gratamente la semana pasada al recibir un mensaje de Perlita. Me estaba invitando a una reunión con Esmeralda, Ricardo y Javier. El lugar me quedaba un poco lejos, el horario era ya bastante tardecito, estaba yo en medio de un proyecto muy importante en el trabajo, y terriblemente cansado. Muchos factores parecían juntarse para evitar que me les uniera. ¿Pero no era acaso lo que siempre había estado deseando? ¿Saber cómo estaban? ¿Cómo les había ido? Quién sabe cuándo volvería a darse otra oportunidad de verlos. Haciendo el cansancio a un lado, ignorando el hecho de saber que el Periférico estaba cerrado a esas horas, me decidí a alcanzarlos y a pasar un rato agradable y divertido. Creo que ya pasaba de medianoche cuando llegué a donde quedamos de vernos.

Mi primera preocupación fue encontrarlos en el lugar, que estaba lo suficientemente oscuro como para tener que acercarme bastante a cada mesa para reconocer a los que estaban sentados. Había visto a Perlita una semana antes, por lo que tenía, al menos, un rostro bien ubicado para hacer mi búsqueda, pero desconocía como lucirían los demás. Aceptémoslo, las fotos que se publican en Facebook no son necesariamente las más recientes. Fui así, recorriendo varias mesas en el lugar. De repente, me asaltó una duda más: En caso de que no sea Perlita la que me vea, ¿me reconocerían los demás?. No pasó mucho tiempo cuando, al acercarme a una mesa colocada justo en una de las esquinas, reconocí a Esmeralda. Por su expresión sonriente fija en mí me di cuenta de que, afortunadamente, me reconocía. Uno a uno fueron volteando los demás para verme y, como en una reacción en cadena, una sonrisa sincera se dibujó en sus rostros. El mismo efecto me alcanzó a mí. Nos abrazamos y comenzamos a platicar. Debo comentar que en el lugar tocaba una banda muy buena. La música era increíble pero, al mismo tiempo, nos impedía platicar como hubiéramos querido, por lo que teníamos que esperar los espacios entre canción y canción para poder decir algo. Aún así, la experiencia resultó mejor de lo que esperaba. Fue una de las mejores reuniones que he tenido por la gente que allí reencontré. Tal vez no platicamos mucho. Eso no importa. Nos vimos, nos abrazamos, nos re-unimos. Quedamos en vernos en un lugar más tranquilo para platicar próximamente. Estoy más que emocionado de volver a verlos a ellos y a todos los que podamos reunir.

Es muy probable que esa siguiente reunión no sea tan pronto como pudiéramos desear. No es fácil hacer coincidir a tanta gente con horarios y actividades tan distintas que, aparte, vivimos distribuidos a lo largo y ancho del área metropolitana. Pero mientras esa reunión logra darse, mientras las agendas encuentran finalmente el punto de coincidencia común, seguimos bromeando, apoyándonos, riendo, llorando… todo, a través de la herramienta que nos unió y nos hizo encontrarnos en la realidad: una red social.