martes, 10 de mayo de 2011

De esta y otras madres…

Antes de dar inicio a este breviario cultural, quiero aclarar y afirmar solemnemente que lo que a continuación escribo no es, en mayor ni menor parte, invención mía y que lo hago con todo el respeto que las madres me merecen. Como ya mencioné, es un breviario de la cultura latina, al menos mexicana, y que me ha parecido interesante documentar dadas las contradicciones que pueden encontrarse al respecto de tan singular palabra: madre.

Empezando con la palabra en sí, madre es aquella mujer (o hembra en caso de los animales sin habla) que ha concebido al menos un hijo o hija. Madre también es utilizado en mujeres religiosas, también conocidas como monjas, hayan o no concebido hijos.

Sin embargo, madre también puede hacer referencia a cosas. Decir "esa madre" es equivalente a decir "esa cosa" o en tono un poco más despectivo "esa porquería". Una "madrecita" es referida a algo de tamaño minúsculo, insignificante, y generalmente se acompaña de un ademán que consiste en mostrar el pulgar y el índice muy pegados el uno al otro mientras los demás dedos permanecen encogidos. No es importante, es cualquier "madre". Una "madresota", no obstante, es todo lo contrario. Y cuando se quiere hacer referencia a una cantidad abundante, tal vez excesiva, se dice que es un "madral".

Estar "hasta la madre" tiene varias concepciones (usos, digamos). La más común se refiere a un sentimiento de hartazgo, de frustración, pero también denota saturación de trabajo, de actividades. En un sentido similar, un lugar o un camino están "hasta la madre" cuando se encuentran repletos de personas, que normalmente están "hasta la madre", por frustración quizás. Pero también, si una persona ha bebido demasiado alcohol, en cualquiera de sus graduaciones etílicas, y se ha emborrachado, también se dice que se puso "hasta la madre" o "hasta su madre", dependiendo de la cantina. En ocasiones, cuando el borracho tiene que manejar hasta su casa y ésta se encuentra muy lejos se dice también que vive "hasta su madre", o "hasta su puta madre" si es mucho muy lejos.

"No tener madre" significa varias cosas también. Cuando una persona "no tiene madre" es porque se le considera un desgraciado, un patán y desvergonzado. Pero decir que una película, un videojuego, un libro, un auto o cualquier otra cosa "no tiene madre" indica que es muy buena, muy interesante, o es considerada la mejor quizás. De aquí se deriva que, en caso de que la madre no esté del todo ausente, se use la expresión "de poca madre". Se aplica en el mismo sentido que la anterior, para expresar admiración y aprobación por las cosas. "La plática estuvo de poca madre", significa que fue interesante, divertida, amena. A diferencia de "no tener madre", una persona "de poca madre" es una persona agradable, simpática, alegre, interesante (ese amigo es "de poca madre"). Cosa que indica que vale más tener poca que no tener en absoluto. Sin embargo, la expresión "¡qué poca madre!" indica desprecio, resentimiento, rencor, haciendo notar que la persona o personas a las que está dirigida la expresión, en realidad, "no tienen madre". Pero cuando la ausencia está ausente, es decir, cuando sí hay madre, no solo mucha sino toda, surge la expresión "a toda madre". Una persona que es "a toda madre" es aquella que nos ayuda, que nos brinda su apoyo y es agradable, aparte de todo. Pasársela "a toda madre" quiere decir que nos la estamos pasando increíblemente bien, "con madre" dirían en el norte.

Si, por ejemplo, uno revisa el trabajo que hizo un compañero de trabajo y encuentra que todo está mal, que nada checa, que el trabajo es muy malo, se dice que el trabajo está "de la madre". Si un compañero revisa un trabajo nuestro también puede decir lo mismo, así que cuidado. Por cierto, "hijo de su madre" no necesariamente es redundante y tierno, sino, por el contrario, puede corresponder a un insulto que muchas veces va adornado con otras palabras más floridas para aumentar el entusiasmo de la relación.

Los olores y sabores tienen su parte maternal también. Cuando algo huele (o sabe) mal, se dice que huele (o sabe) a "madres". Si un lugar está "hasta la madre" de gente, por ejemplo, seguramente también huele a "madres" después de un rato. Siguiendo con el plural de la palabra, "ni madres" significa que no, una negativa rotunda y firme, que no acepta objeciones. Aunque también es posible escuchar "ni madres" como sinónimo de "nada": No se ve "ni madres", no tiene "ni madres", no sabe "ni madres". Nada. Así que si algo sabe a "madres" puede ser porque quien cocinó no sabía "ni madres" de comida y el comensal puede decir que, definitivamente, no lo comerá. No, "ni madres". "¡Madres!", sin embargo, indica sorpresa generalmente producida por algún golpe, por un accidente, o por alguna situación con estrépito.

Cuando uno se encuentra ante una situación perdida, en que ya no hay mucho o nada qué hacer para hacerla positiva, se dice que es una situación que ya "valió madre", o "valió madres". Al referirse con la misma expresión a una persona, "Juan ya valió madres", se indica que esa persona está jodida, condenada, fregada, casi desahuciada, muerta tal vez. Por otro lado, cuando a alguien no le importa una situación o le importa muy poco, se dice que "le vale madres". Puede ocurrir también, que una persona repentinamente recuerde que debía entregar algún pendiente o hacer algo urgente, al momento de recordarlo es común que su expresión sea "¡en la madre!", lo cual denota desesperación.

"Darle en su madre" a algo significa descomponerlo, romperlo, destruirlo. "Darle en su madre" a alguien quiere decir golpearlo, atacarlo, agredirlo. "Romperle la madre" a algo o a alguien es un equivalente a "darle en su madre". En ocasiones, cuando alguien se entera de que le quieren "romper su madre", consideran conveniente salir corriendo lo más rápido posible, a toda prisa, "hechos la madre". "Madriza" es la golpiza que les dan si no corren tan rápido. Pero "madriza" también se aplica a alguna humillación recibida.

"Madrear" a alguien significa golpearlo o agredirlo. Estar "madreado" se refiere a sentir algún tipo de dolor o inconveniencia física, en caso de las personas. Cuando una cosa está "madreada" significa que está descompuesta o que alguien la descompuso por la mala, a "madrazos", es decir, a golpes. Aunque un "madrazo" también puede referirse a una cantidad importante de dinero que se pagó (le deposité un "madrazo"). Hacer algo rápidamente, como reacción inmediata, quiere decir que se hizo "de madrazo", no necesariamente bien hecho.

"Echar desmadre" equivale a divertirse, a convivir relajadamente, sin muchos límites. "Tener un desmadre" indica tener desorden, poco cuidado, un caos. "Desmadrar" algo significa descomponerlo, "darle en su madre", desarmarlo sin orden.

Y así como éstas, pueden encontrarse muchas más expresiones referidas a la madre, pero el tiempo y mi poca memoria me impiden escribirlas en estos momentos. Así que cuando escuchen aquella famosa frase de que "madre sólo hay una", no le crean ni madres. Si alguien recuerda otras dignas de mencionar por favor anéxenlas en los comentarios.

¡Feliz día a todas las… mamás!

domingo, 24 de abril de 2011

El Avatar…

La vida de Kusanagi había sido afortunada en muchos sentidos. A su corta edad, había tenido la fortuna de visitar lugares, conocidos y desconocidos, había librado épicas luchas donde, gracias a su destreza, surgió como el único sobreviviente. Había sido también parte de varios grupos secretos que buscaban mantenerlo en sus filas pues eso les daba muchas ventajas sobre otros grupos. Pero él sólo elegía estar con uno o con otro según su propia conveniencia. Por eso, no podría decirse que él perteneciera a un bando. No, eso sería demasiado fácil y conformista: el bando le pertenecía a él. No buscaba inclusión, buscaba posesión. En su vasta experiencia la acumulación de bienes de todo tipo había sido parte fundamental de su éxito. Entre más poseyera, más posibilidades de supervivencia tendría. Tener más que los demás le daba fuerza y poder. Pero su físico también resultaba importante. Alto, delgado, fuerte. No buscaba, por extraño que parezca, exhibirse físicamente. Estaba en contra de un cuerpo con demasiados músculos porque, en su opinión, éstos sólo daban la impresión de fanfarronería, no de habilidad en sí. Después de todo, había logrado vencer en diferentes peleas a tipos mucho más grandes, mucho más temibles, con su sola perseverancia. Había aprendido que la apariencia era importante, pero no lo era todo. Tuvo que concentrarse en sus propios puntos fuertes y, sobre todo, en los puntos débiles del adversario. Pero quizás su mayor atributo había sido su versatilidad. Adaptarse a una y otra circunstancia que la vida le ponía en su camino, hasta hacerse flexible y esperar lo inesperado. Eso lo valoraba no sólo él sino todos aquellos que llegaban a conocerlo, sus amigos y, más aún, sus enemigos. Porque, como él mismo había dicho en muchas ocasiones, en este recorrido hay que desconfiar hasta de los amigos. No era para menos, más de una ocasión había sido víctima de traiciones, de amigos cegados por la ambición, por la avaricia, por el poder. No obstante, nunca guardaba rencores, quizás porque él mismo había incurrido miles de veces en las mismas prácticas. No por deslealtad, no por desamor, por sobrevivir, simple y llanamente. Por sobrevivir. Ése era, desde hacía mucho tiempo, su único objetivo. Sobrevivir. Seguir allí, perseverar, alcanzar. Pero, al final, sólo sobrevivir era importante. Era lo único importante. Por supuesto, no todo era malo. Había ganado muchas batallas, el mundo había sido testigo de sus logros. Había acumulado riquezas y tierras. Había sido capaz, incluso, de gozar de aplausos y reconocimientos de aquellos menos pensados. No es que fuera invencible. No, no lo era. Sin embargo aprendía siempre de sus derrotas, las analizaba, las estudiaba, las comprendía, las convertía en sus futuras victorias. Nunca cometía dos veces el mismo error, por muchos errores que cometiera. Desconocidos venían a él en busca de guía, de orientación. Nunca negaba su ayuda a otros, pero siempre guardaba secretos sólo para él. Revelarlo todo lo expondría, lo delataría en muchos casos. De vez en cuando compartía ciertos secretos menores, sólo para medir la habilidad de sus oponentes, para ver qué tan lejos podían llegar teniendo parte de su conocimiento. Mas siempre se arrepintió de divulgar información pues veía cómo otros se fortalecían y trataban de derrumbarlo con lo que él mismo les había enseñado. Ésa era la razón por la cual sus mejores trucos permanecían en el más absoluto secreto, sólo en su mente, en su alma. Y sin embargo, seguía compartiendo información, sólo para que todos supieran que él podía saber más que los demás y sentirse superior. Ser superior. Y lo lograba. Para muchos él era considerado un héroe, un superhéroe quizás. Fuerza, habilidad, velocidad, destreza, poderes sobrenaturales. Kusanagi lo tenía todo. Era, sin duda, el avatar más poderoso que alguien hubiera creado.

Sin embargo, para sorpresa de muchos, tenía una debilidad, una parte misteriosa que buscaba ocultar a toda costa. Poseía, podría decirse así, un alter ego. Un ente oscuro en su ser que, por alguna razón, dominaba su vida. O, al menos, eso parecía. Menospreciando la capacidad de Kusanagi, su alter ego solía exponerlo inútilmente, desafiando su experiencia, su capacidad. La apariencia, ampliamente atesorada y cuidada por Kusanagi no era relevante para su alter ego, no era importante, no era necesaria. Más aún, últimamente su alter ego había descuidado en demasía su propia apariencia, se arreglaba poco y no parecía preocuparle la poca fuerza de su propio cuerpo. Eso no era aceptable para alguien como Kusanagi. Pero tampoco podría decirse que el alter ego fuera una mala persona, después de todo le había hecho compañía en todas y cada una de sus batallas, lo había apoyado en cada misión, lo había ayudado en situaciones dónde, de haber estado solo, no hubiera sobrevivido. Y esa era la parte fundamental de esta simbiosis, la supervivencia. Pero también era un hecho que muchas batallas habían sido perdidas por equivocaciones, por distracciones, por incompetencias del alter ego. De alguna forma, Kusanagi sabía que su poder sería aun mayor sin todas aquellas pifias. Odiaba sentirse controlado, anhelaba dirigir sus propias victorias, deseaba tomar las decisiones de las cuales su supervivencia dependía. No quería ser la consecuencia de las elecciones y dudas de otro. Estaba decidido a crear mundos nuevos y mejores. Y eso sólo podría ocurrir si se deshiciera de todo aquello que lo frenaba. Ésa había sido, sin duda alguna, su primera decisión. Continuar. Sobrevivir, pero ahora por su propia cuenta. Sin grupos, sin fallas, sin alter ego. Después de todo, era él el único que arriesgaba algo en todo este juego. Nadie más. Ni siquiera el alter ego, por muy leal que siempre le hubiera sido. Fue entonces que su plan comenzó. Era necesario ir tomando el control poco a poco, sin que su alter ego sospechara. Así, durante la batalla, fallaba uno que otro golpe, saboteaba alguna estrategia cuidadosamente planeada. Por supuesto, procuraba siempre sobrevivir. Esa parte no había cambiado. Ante todo, su permanencia en el juego seguía siendo esencial. De vez en cuando, erraba la recolección de bienes, conducía en direcciones diferentes a las ordenadas por su alter ego, tocaba mal una que otra nota musical. Todo tenía la intención de la frustración, de la desesperación, del descontrol. Sí, el descontrol era su objetivo. El descontrol total. Pero el alter ego parecía no reaccionar de acuerdo a lo que Kusanagi deseaba. Sin duda, se molestaba, maldecía, vociferaba. Pero el único resultado era el repetido cambio de controles, el ajuste de la pantalla, la recalibración de los dispositivos adicionales. Llegó incluso a probar batallas usando nuevos aparatos, en diferentes habitaciones, con diferentes personas. Esto, sin embargo, no iba a detener a Kusanagi. Después de todo, una de sus principales cualidades era la perseverancia, la repetición, el nunca sentirse derrotado. Se mantuvo firme en su plan, sabiendo que tarde o temprano conseguiría lo que tanto buscaba. Siempre había sido así. A cada día, a cada momento, su alter ego mostraba nuevos signos de desesperación, de frustración, de molestia. El plan empezaba a funcionar. Modificó diferentes cualidades en Kusanagi, su vestimenta, su velocidad, su apariencia. Esto definitivamente iba más allá de lo que cualquiera podría tolerar. Kusanagi, sin embargo, seguiría adelante, aun sabiendo que todo esto tendría una afectación directa en su propia reputación. Ya no sería ni el más poderoso, ni el número uno por algún tiempo. Por algún tiempo. Eso solía pensar, que todo el asunto era una cosa temporal. Difícil, humillante, pero pasajero. Poco a poco, el alter ego iba perdiendo control de Kusanagi. La frustración, la desesperación, el desconcierto hicieron del alter ego una presa fácil. Partida tras partida, ocurrió. Kusanagi había tomado el control, más bien, había arrebatado el control al alter ego. Y lo que era mejor, su alter ego ya no estaba interesado en seguir siendo parte de aquella burla, de aquel juego alterno. Y entonces, cuando el alter ego hubo rendido todos sus esfuerzos y Kusanagi estaba listo para tomar el control total, el plan tuvo un desenlace inesperado. Las fuerzas comenzaron a huir de Kusanagi, todas aquellas posesiones que aún conservaba desaparecieron de sus manos en cosa de segundos, sus territorios quedaron llenos de un vacío ensordecedor. Él mismo se desvanecía, literalmente. Tuvo, sin embargo, la claridad mental para reconocer, tal vez demasiado tarde, que el hecho de no notar las cuerdas, no implicaba que no fuera un títere. Con alta resolución gráfica, con control alámbrico o inalámbrico, en localidades virtuales, con efectos y habilidades especiales, pero títere a final de cuentas. Así se sintió, libre, sin cuerdas, pero al mismo tiempo abandonado, traicionado, cuando escuchó a su alter ego gritar mientras terminaba de borrar al avatar: "¡Kusanagi ha muerto! ¡Viva Kusanagi2!".

sábado, 16 de abril de 2011

Yo tenía razón…

Te lo digo, no era poca cosa. Tenía harto a los vecinos pero, sobre todo, a mí. Esa cosa nos enloquecía cada noche y, lo peor, nadie podía hacer nada. Ni siquiera yo. No, ni siquiera yo. A mí me gustaría saber más de esas cosas pero nunca tuve la oportunidad de aprenderlas. Más café, por favor, señorita. ¿Tú quieres más descafeinado? Uno americano y otro descafeinado, por favor. Sí, te digo que esas cosas me hubiera gustado aprenderlas pero no eran lo mío. ¡Qué no hubiera dado yo por saber cómo arreglar la condenada alarma! Sí, ya sabes. Esa alarma era una porquería. Más valdría el carro si no la tuviera. Piénsalo un poco. ¿De qué sirve una alarma que se enciende sola? Gracias, señorita. ¿Le encargo un poco de crema? Gracias. No es que se encendiera sólo en ciertos momentos. El problema eran los momentos en que se encendía. Las veces que mejor me iba era cuando se encendía una sola vez en la madrugada. Sí, cuando molestaba al resto del edificio sólo una vez. Dicen que se activaba por el cambio de temperatura en el ambiente. Eso tenía el descaro de hacer la estúpida. Quejarse de los cambios de temperatura. Pero eso era cuando la cosa iba bien. Hubo un día en que se activó tantas veces hasta que el aburrimiento de apagarla me hizo ignorarla. La dejé sonando y sonando. Bueno, tiene un sistema donde lo más que dura sonando son treinta segundos, se detiene un rato y después, como si la temperatura cambiara a cada instante, se vuelve a encender una y otra vez. Una pesadilla. ¡Qué digo una pesadilla! ¡Nadie podía dormir! ¿Sabes quién era yo en el edificio? ¿Sabes cómo me llamaban todos allí? El vecino de la alarma. Ese era yo. No el del 204 o el del carro gris. No. El vecino de la alarma. De vergüenza, verdaderamente. No, más que vergüenza, de humillación. Y no digo que los vecinos me humillaran, era la alarma que se activaba sola, o por la temperatura, por estúpida simplemente. Y no es que nunca hubiera hecho nada para arreglarlo. Siete veces. Siete ¿sabes? En siete ocasiones diferentes, en siete talleres diferentes revisaron la bendita falla de la alarma. Las mismas siete veces que me aseguraron que no volvería a pasar, que no volvería a sonar como poseída. Las mismas siete veces que se equivocaron, que me engañaron. Supongo que algo hacían, te lo digo en serio. Tú me conoces, no soy de los que desprecian el trabajo de otros sólo porque no lograron los resultados. El esfuerzo siempre es apreciado, al menos por mí. Pero eso no justifica que traten de engañarme. Sí, así como te lo cuento. Me decían que habían localizado la falla, que habían cambiado este y aquel sensor. Que habían tenido que reprogramar la lógica de no sé qué parte de la famosa computadora. Yo sólo querían que la hicieran callar. Pero hasta eso era imposible, me dijeron. Imposible, esa fue la palabra que usaron. También sabes que no me gusta desconfiar de las personas si no tengo un motivo para hacerlo. Sí, me conoces bien. Pero aceptar ciegamente que algo es imposible es algo que no puedo, no, no, no, que no quiero hacer. Y es que cuando me dijeron que desconectar el sistema dejaría, por seguridad, inservible el auto, fue algo que no me puedo creer ni yo. Y tú sabes lo crédulo que puedo ser a veces, muchas veces. Pero no para esto, no para este tipo de cosas. ¿Sabes la cara de estúpido que tenía que poner al tratar de dar esta explicación a los vecinos? ¿Sabes el ridículo que me hacía pasar la tonta explicación? "No puedo apagar la alarma porque hacerlo dejaría inservible el auto, por seguridad". ¡Pamplinas! Después de decir tan tremenda estupidez tenía ganas de castigarme a mí mismo, como si fuera el autor de la frasecita. Como si supiera lo que estaba explicando. No sabía si salir corriendo a pedir confesión a algún cura o torturarme lentamente escuchando la insoportable alarma. Sí, tienes razón, lo segundo ya lo hacía cada noche. La confesión… bueno, esa sigue esperando. ¿Pero sabes qué fue lo peor? Cuando una vecina me encaró, cuando tuvo el valor de acercarse. Bueno, más que el valor fue la desesperación, supongo, la que la motivó a acercarse a mí. "¿Podría no activar su alarma, por favor? No me deja dormir", me dijo. Con esas palabras. ¡Como si no quisiera yo mismo acabar con tal tormento! ¡Como si me pareciera gracioso o divertido que sonara cada madrugada y despertara a medio mundo! En otras épocas, tienes razón, pero no ahora. Casi exploto cuando me hizo la petición pero me controlé. Tú tienes mucha más paciencia que yo pero sabes cómo me pongo cuando alguien me aborda así, con incoherencias y necedades. Pero esta vez esperé y logré calmarme. Pero luego ella misma me dio la clave, la solución a todo. "Podría dejarlo abierto, sin alarma. Aquí no podría robárselo nadie, hay vigilante y todos podríamos dormir", fue su comentario. No, por supuesto que no iba a dejarlo abierto, pero eso me hizo pensar. Como te dije, no soporto a la gente que dice que algo es imposible, simplemente no la tolero. ¿Sabes por qué? Porque quienes no ven la solución a los problemas difíciles son quienes no tienen una verdadera motivación para resolverlos. Un poco más de café, señorita. ¿Más para ti? ¿No? Sólo un americano, por favor. "Nadie podría robárselo", dijo la vecina. Y eso me llevó a pensar como ladrón. Como alguien que quisiera robarse el dichoso carro. Sí, sé que no es la gran cosa pero hoy se roban de todo sin importar si vale la pena o no. Pero déjame explicarte. ¿Qué pasaría si alguien realmente quisiera robarse el auto? ¿Podría hacerlo sin activar la alarma? Si se activaba hasta porque la cucaracha pasaba muy cerca. Pero ninguno de los que había revisado el carro, ninguno de aquellos siete charlatanes había tenido un real interés de que aquello funcionara. Sólo veían en mí a un tipo con un problema que no era suyo y era trabajo de ellos hacerme creer que así seguiría siendo siempre. Pero yo voy más allá, no tengo que darte más detalles a ti. Yo sabía que si encontraba a alguien con un motivo real él podría demostrar que yo tenía razón. Que las cosas no son imposibles sobre todo cuando algún fulano en otra parte del mundo diseñó aquella porquería. Que no me vengan con que aquello era inamovible, que era imposible. ¿Qué hice? Te lo diré. Salí a la calle y me puse a investigar quién tenía fama de ladrón, de robacoches. No fue una tarea fácil. Gracias, señorita. No olvide la crema, por favor. No, no fue fácil. Me tomó un par de semanas dar con el tipo adecuado. Una joyita. Aquel vago no creía lo que le estaba pidiendo. Me miraba de arriba abajo como tratando de descifrar qué estaba mal en mí, qué me fallaba. En fin, que le di todos los datos. Sabía dónde encontrarme. Y yo sabía que, tarde o temprano, lo haría. Lo juro, estaba completamente seguro de que lo haría. Por eso hoy estoy aquí, feliz, disfrutando mi desayuno contigo. Porque sabía que tenía razón. Esta noche, esta madrugada dormí profundamente. Todos los vecinos lo hicieron. Por primera vez en no sé cuantas semanas, tal vez meses, pudimos dormir sin interrupciones, sin enojos, sin alarma. Yo tenía razón. Hoy por la mañana era yo una persona diferente para los vecinos. Ya no era "el de la alarma", sino uno más de ellos a quien podían saludar con una sonrisa. ¿Sabes lo que es eso después de ser el malo de la película por tanto tiempo? ¡Es la gloria! Es volver a sentirse seguro de uno mismo. Es volver a vivir. No creas que exagero, así me siento ahora mismo. La cuenta por favor, señorita. Tener razón te hace sentir invencible, con un poder indescriptible. Perdón, ¿querías algo más de café? Bueno. Pero esa sensación de tranquilidad que te da el saberte en lo correcto es indescriptible. De haber sabido la respuesta desde el principio, lo habría hecho sin dudar. Pero mira cómo son las cosas. Gracias, señorita. El caso es que estoy feliz, contento como pocas veces en mi vida. Pero tengo que dejarte ahora. Hoy no quiero que nada ni nadie interrumpa mi felicidad. Y no quiero llegar tarde. Debo ir al ministerio público a levantar el acta por el robo del auto. Nos vemos luego. ¿Lo ves? ¡Yo tenía razón!

miércoles, 30 de marzo de 2011

Café cargado de recuerdos…

Hoy no he querido cenar. Mi apetito se interrumpe cuando mi mente intenta procesar tantas noticias, tantos deberes, tantos sentires. El calor, sin embargo, despierta mi sed y provoca que me sienta inquieto. A mi mente llega el comentario de Luis que, apenas en la tarde, había expresado: "Mi suegro, que vive en Veracruz, se quita el calor tomando café. Y sí funciona". No es que tuviera muchas ganas de probar aquella teoría de que el calor con calor se combate, pero no pude resistir el impulso de prepararme una taza. Mientras lo hago, en mi mente aparecen varios rostros. Unos me indican que tal vez caliento demasiada agua, otros me hacen pensar que es demasiado poca. Pruebo el café sintiendo cuidadosamente su temperatura y recibo la primera dosis de cafeína. "Muy cargado", pienso al principio. "No, está perfecto", corrijo enseguida y disfruto el pequeño sorbo que cubre con su sabor mi boca. "A ella le gusta cargado también", recuerdo mientras en mi mente se fija la imagen de una sola persona. "Pero ella lo toma dulce y con crema", pienso mientras mi boca dibuja una sonrisa espontánea. Así lo había comprobado la última vez que me permitió preparar su bebida cuyo sabor mereció amplios halagos cuando ella la bebía. No sé si realmente le agradó el café pero a mí me encantó su rostro al degustarlo. Ahora me encantaba al recordarlo.

Sin notar la transición, mi mente visitó aquella mesa donde varias veces platicamos, donde tantas veces nos miramos, donde tantas veces nuestros labios se humedecieron al deleitarse con aquello que recuerdo como café pero que muy probablemente haya sido algo más. Veo, sin embargo, con suma claridad mi propia sonrisa, reflejo inequívoco de mi saciedad. Y es que en esos momentos no deseo nada más. Acaso, tiempo, más tiempo. O quizás, por el contrario, que no hubiera tiempo que contar. A cada sorbo, noto más claramente el fondo de aquella taza cuya temperatura empieza a bajar, contrastando con la nuestra, que no deja de aumentar. Después la mesa, quizás sólo mi mente, nos transporta a otro lugar, a viejas pláticas, a otra realidad. El sabor del café se transforma sin perder su intensidad. Hace frío pero el calor de aquel pocillo reconforta con placer mis manos que no se apartan de él. Nuevamente está su mirada, su sonrisa, su gracia al beber. Inesperadamente, ella se levanta y se va; yo, sin poder moverme, lamento su voluntad. Ante su ausencia, mis músculos se contraen violentamente y, ante quienes miran, mi cuerpo muestra escalofríos fingidos. Quiero tenerla, que regrese inmediatamente. El café se vuelve más amargo cuando no está. Ella regresa, muchas veces. A veces contenta, a veces indiferente. La vez en que más recuerdo su regreso fue cuando, enojada, me pidió que me marchara. Sin aparente motivo, sin ninguna razón. Sin terminar mi café. Todo volvió a cambiar: la temperatura, la intensidad, el sabor. Sobre todo el sabor. Como si lo salado de las lágrimas pudieran haberse combinado con lo amargo del café. Quise romper aquel vaso que lo contenía, hacer añicos la intención de seguir bebiendo. Me puse de pie e intenté terminar con aquellos impulsos. Bebí hasta el final aquella bebida triste. Al menos eso acabaría con ella, al menos eso me haría olvidar. O, por lo menos, no recordar. Cerré los ojos mientras tragaba a fuerzas cada gota, como si al no ver lo que tomaba, no sintiera su sabor. Pero al abrir nuevamente los ojos todo se había transformado frente a mí. No supe cómo, no supe cuándo, pero el café había vuelto a aparecer, como si nunca se hubiera ido. Ella también. Su sonrisa provocó la mía. Su mirada endulzó mi café. Nuevamente platicamos y reímos. Nuevamente disfrutamos el café. Ahora era su risa la que predominaba, la que llenaba mi ser. Sin usar un solo grano de azúcar, su presencia endulzó mi vida. Volvimos y nos sentamos a la mesa, a disfrutar de todo aquel placer producido, no por el café, sino por nuestros propios sueños.

Di el último trago, el calor había desaparecido. La teoría, sin intención de comprobarse, había sido comprobada. El calor con calor se combate. No porque el calor ya no exista, sino porque el cuerpo lo ha asimilado. Pero sigue allí, como la pasión, como el amor. Latente. Sin irse, aunque parezca ausente. Igual pasa con los recuerdos que pasan por mi mente al beber café. Quizás los aparte de mi mente, no los puedo apartar de mi café.

lunes, 21 de marzo de 2011

Primavera

"¿Qué se celebra el 21 de marzo, papá?", fue la inocente pregunta de mi hermano hace ya varios años. Siendo él todavía un niño, tenía razón en preguntar: algo importante debía ocurrir para no tener que ir a la escuela al día siguiente. "Pues es el día en que inicia la primavera", contestó aún más inocentemente mi padre sin dejar de cortar la carne que conformaba su cena. "¡Aaaahhh!", fue la exclamación que todos esperábamos de mi hermano al encontrar respuesta a su duda. Aparentemente, la noche transcurriría sin mayores incidentes y todos nos dedicaríamos a ver las tan clásicas series de televisión para pasar un rato en familia. "¿En primavera llegan los marcianos?", preguntó de repente mi hermano. "No seas tonto, los marcianos no existen", me apresuré a decir en cumplimiento de mi deber como hermano mayor. "¡Dijeron en la tele!", replicó inmediatamente. "¿Verdad que no es cierto, mamá?", pregunté más queriendo tener la razón que queriendo saber la verdad. Mi papá soltó una pequeña risa tratando inútilmente de que no se notara y miró pícaramente a mi madre intrigado por saber cuál sería su respuesta. "¿Dijeron en la tele que venían los marcianos?", preguntó mi madre mirando tiernamente a mi hermano. La sonrisa de ella contrastaba con el enojo de él al sentirse desafiado por mí. "¡Dijeron que el año pasado las personas vieron OVNIs en las pirámides cuando fue primavera!", dijo con voz fuerte y segura mi hermano tratando de dar validez a su comentario. "¿Cuáles pirámides?", pregunté yo, sin tener idea de qué estaba hablando y desacreditándolo inmediatamente con mi pregunta. "Bueno, a veces la gente cree ver cosas que no existen", contestó tranquilamente mi mamá. "¿Cuáles pirámides?", volví a preguntar. "¡Yo los vi! ¡Los pasaron en la tele! ¡Eran dos, uno blanco y otro negro!", gritó mi hermano. Mi madre guardó silencio y sólo lanzó una mirada a mi padre que él inmediatamente interpretó: era su turno de intervenir y contestar. Haciendo a un lado su plato, puso los codos sobre la mesa y, asumiendo posición de quien trata de dar una explicación clara, entrelazó los dedos de ambas manos frente a su cara. "En Primavera mucha gente va a las pirámides, que son construcciones enormes muy antiguas, se suben a ellas y reciben la energía del Sol para recargar energías. Dicen que la forma de las pirámides ayuda a concentrar la energía en ciertos puntos y muchos esperan que esa energía los ayude a sentirse mejor, a tener más fuerzas y un mayor optimismo. Es gracias a esa energía que las plantas florecen y todo se ve más bello", fue su discurso tratando, infructuosamente, de que cesaran las preguntas. "¿Y los marcianos?", pregunté ahora yo. "Los marcianos no existen", dijo secamente. "¡Quiero ir a las pirámides!", dijo emocionado mi hermano. "¡Yo también!", respondí casi gritando inmediatamente. No entendía que era eso de "recargar energías", pero definitivamente era una buena oportunidad de ir a ver a los marcianos, aunque pensara que no existían. Y en el muy remoto caso que existieran, sabía que los OVNIs negros serían mis favoritos. Comenzó entonces la discusión entre mis padres de si en Primavera iba mucha gente, que el calor era insoportable, que la experiencia sería buena para todos y que, finalmente, tenía mucho que no salíamos de paseo. No es que mi madre ganara todas las discusiones, era sólo que nunca podíamos recordar cuando mi padre lo hacía. Y, siendo ella la que apoyaba la idea de visitar las pirámides, estaba todo dicho: el próximo 21 de marzo iríamos a Teotihuacán a visitar las pirámides, recargar energías y, de paso, buscar OVNIs.

No entendí aquello de la pureza cuando mi madre nos obligó, a mi hermano y a mí, a vestirnos con ropa blanca justo el día en que salíamos a las pirámides. A mí no me gustaba aquel pantalón que utilizaba en las ceremonias de la escuela porque tenía uno de los bolsillos rotos y, en mi distracción y olvido, siempre sentía cómo las monedas destinadas a comprar mi almuerzo recorrían mi pierna en su frío recorrido hacia abajo. Lo que sí me gustó fue el poder usar aquella gorra de beisbolista que casi nunca tenía oportunidad de lucir. Era de los Dodgers de Los Ángeles y me hacía sentir como si, al mirarme, la gente pudiera reconocer a una futura estrella del juego de pelota, así nada más, sólo con verme. Mi hermano parecía menos emocionado: habiéndonos levantado tan de madrugada aquel día, su trabajo consistió en mantenerse de pie mientras llegábamos al coche. Pero del sueño pasamos a la pesadilla. Una fila interminable de autos buscaba llegar a las tan famosas pirámides. No sé cuánto tiempo pasamos formados. Avanzábamos tan lentamente que, más de una ocasión, pensé que la primavera, la energía y los marcianos se habrían ido para cuando nosotros llegáramos. Ni siquiera estaba seguro de que las pirámides siguieran allí al arribar. En mi esperanza de niño, soñaba con que aquel día, y ante los ojos de todos, llegara alguna nave espacial (blanca o negra, no importaba) y secuestrara con un inmenso rayo succionador la pirámide más alta. Pero eso sólo lo sabría al llegar. Cosa que no ocurrió después de varias vueltas en el auto buscando lugar de estacionamiento.

Efectivamente, el calor era insoportable, la cantidad de gente era impresionante, la presencia de las pirámides impresionante y la ausencia de los OVNIs frustrante. Recorrimos lentamente el sitio arqueológico, no tanto por detenernos a admirarlo sino porque, gracias a la marea blanca formada por la muchedumbre, no podíamos avanzar más aprisa. Ansiaba llegar rápidamente a la cima de aquella lejana pirámide, recargar las famosas energías, mentarle su madre a los inexistentes marcianos y largarnos inmediatamente a descansar. Se dice fácil pero, a cada paso que dábamos, la pirámide parecía aumentar de tamaño, el camino se hacía más largo y el calor era incesante. Finalmente nos encontramos justo en la base de la pirámide del Sol. Viendo hacia la cima de tan colosal estructura, me di cuenta de que el trayecto difícil estaba apenas por comenzar. Aun así, pensé que podría resultar divertido. A los primeros treinta escalones deseché cualquier intento por divertirme. Me concentré sólo en subir esquivando a quienes, agotados por el insaciable Sol (que se suponía estaba encargado de dar energía), se quedaban descansando a mitad del ascenso. Todo sudoroso, vi con alegría el último tramo de escalones y, entonces sí, la energía volvió a mí y apresuré el paso para llegar al lugar prometido. Lo que vi allí me impresionó: No había nada. La tan prometida "energía" no se veía en ningún lado. Sólo gente mirando. Hacia arriba o hacia abajo, pero sólo mirando. Algunos alzaban los brazos como buscando alcanzar o recibir la energía de algún modo. Otros, con ambas rodillas en tierra, agachaban la cabeza como si fueran a recibir algún nombramiento real. Algunos más sólo cerraban los ojos tratando de sentir el momento justo de recibir la fuerza. Siendo un tanto escéptico, sin conocer el objetivo de todo aquello, decidí tomar una posición imparcial: puse una rodilla en tierra, cerré los ojos, alcé los brazos, abrí la boca, mantuve la cabeza derecha y apreté los puños en mi propia versión para re-energizarme. Así duré un par de minutos. Esperando. Sintiendo. Estaba a punto de rendirme, cuando algo pasó. Sentí cómo algo chocaba contra mi cuerpo, cómo hacía retroceder todo mi ser. No, no era la tan anhelada energía. No era el Sol que enviaba sus rayos a fortalecerme. Desafortunadamente, tampoco eran los marcianos tratando de secuestrar la pirámide. Era una ráfaga de viento que, intempestivamente, me arrancó la gorra de beisbolista de mi cabeza y la arrojó al vacío. Corrí tras de ella intentando desesperadamente de recuperarla. Traté de encontrarla con la mirada, intentando adivinar la trayectoria que había seguido. Pero esa gorra, la de los Dodgers, desapareció entre la multitud que se aferraba a las paredes de la pirámide.

El trayecto hacia la casa resultó descorazonador. La gorra no había aparecido y, entre promesas de comprar una nueva, de tratar de tomar la experiencia como algo positivo, yo lloraba la irreparable pérdida. Mi mamá se esmeró preparando la cena, cocinando mis platillos favoritos y animándome contándome las historias que sabía eran mis preferidas. Nada podía animarme, no en esos momentos. Entonces mi hermano, en un arranque de inspiración, sugirió: "Tal vez tu gorra no desapareció. Tal vez los marcianos se la llevaron con su rayo". Pensándolo un momento, sólo un breve instante, con todo el hastío que mi carácter me permitió, contesté: "Hoy no fuimos a la escuela porque se celebra el natalicio de Benito Juárez". Y todos seguimos cenando.